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LAS RAíCES DEL MAL 10

Anne Perry  

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Fragmento

1

Un joven de veintitantos años estaba de pie en el umbral, con el semblante pálido y asiendo con fuerza un sombrero que hacía girar entre las manos.

—¿El señor William Monk, investigador privado? —preguntó.

—El mismo —saludó Monk, poniéndose de pie—. Adelante, caballero. ¿En qué puedo servirle?

—Lucius Stourbridge.

Entró en la habitación con la mano tendida. Ni siquiera echó un vistazo a los confortables sillones o al cuenco de flores secas que perfumaban el ambiente. Unos y otro habían sido idea de Hester. Monk estaba la mar de satisfecho con el aire espartano y funcional que tenían antes sus aposentos.

—¿En qué puedo ayudarle, señor Stourbridge? —preguntó Monk, indicando uno de los sillones.

Lucius Stourbridge se sentó incómodo en el borde del asiento, con aspecto de hacerlo porque se lo habían pedido más que por deseo propio. Mantenía la mirada fija en Monk y sus ojos reflejaban sufrimiento.

—Estoy prometido en matrimonio, señor Monk —comenzó—. Mi futura esposa es la persona más encantadora, generosa y noble que uno podría encontrar. —Bajó la vista y volvió a subirla aprisa hacia Monk. La sombra de una sonrisa cruzó su semblante y se desvaneció—. Soy consciente de que mi opinión es muy parcial, y debo de parecerle ingenuo, pero constatará que los demás también la tienen en gran estima y que mis padres sienten un sincero afecto por ella.

—No dudo de su palabra, señor Stourbridge —le aseguró Monk, aunque comenzaba a incomodarlo lo que aquel muchacho iba a pedirle.

Hasta cuando con más urgencia necesitaba trabajo, sólo aceptaba los casos matrimoniales a regañadientes. Y, puesto que acababa de regresar de una extravagante luna de miel de tres semanas en las Highlands de Escocia, parecía estar convirtiéndose rápidamente éste en uno de esos momentos de urgencia. Tenía un acuerdo con su protectora y amiga, lady Callandra Daviot, según el cual, a cambio de informarla sobre sus casos más interesantes y, cuando así lo deseara ella, contar con su participación en los procedimientos cotidianos, la mujer lo proveería de fondos, al menos en la medida necesaria para garantizarle una digna supervivencia. Ahora bien, nada más lejos de la intención de Monk que aprovecharse de esa generosidad si no era estrictamente necesario.

—¿Qué es lo que le preocupa, señor Stourbridge?

Lucius se mostró terriblemente desdichado.

—Miriam, la señora Gardiner, ha desaparecido.

Monk se quedó desconcertado.

—¿La señora Gardiner?

El joven se revolvió con impaciencia.

—La señora Gardiner es viuda. Es... —Titubeó, con una mezcla de irritación e incomodidad—. Es unos pocos años mayor que yo, aunque eso no tiene la menor importancia.

Que una joven rehuyera su compromiso era un asunto puramente privado. Si no había ningún delito de por medio y ninguna razón para suponer enfermedad, que regresara o no era sólo decisión suya. Monk no se habría envuelto de ordinario en algo así. Sin embargo, su propia felicidad era tan intensa que sintió una nada característica compasión por el angustiado muchacho que estaba sentado frente a él, a todas luces desesperado.

Monk no recordaba haber sentido jamás que el mundo fuese un lugar tan sumamente justo. Por supuesto, corría el verano de 1860 y él no guardaba ningún recuerdo, salvo imágenes aisladas, de cuanto sucedió antes del accidente de carruaje de 1856, del que despertó en el hospital con la mente completamente en blanco. Aun así, estaba más allá de su capacidad el imaginar un bienestar tan completo como el que ahora lo llenaba.

Después de que Hester aceptara su propuesta de matrimonio se mostró alternativamente tan eufórico como acosado por recelos sobre si tal paso iría a destruir para siempre la confianza sin igual que habían construido entre ambos. Quizá su única relación satisfactoria consistiera en ser amigos, colegas en una enconada persecución de la justicia. Se pasó muchas noches en blanco, paralizado por el miedo a perder algo que le parecía tanto más valioso cuanto más pensaba que lo iba a perder.

Ahora bien, el caso era que todos los temores se desvanecieron como las sombras tras la salida del sol sobre las extensas colinas por las que habían paseado juntos. Pese a haber descubierto en ella tanta calidez y pasión como cabía desear, seguía mostrándose perfectamente dispuesta y capaz de discutir con él como siempre, de ser perversa, de burlarse de él y también de cometer estúpidas equivocaciones. No había cambiado gran cosa, salvo que ahora compartían una intimidad física de una dulzura como nunca hubiese soñado, y tanto más profunda por lo mucho que había tardado en descubrirlo.

De modo que no se libró de Lucius Stourbridge tal como le dictaba su instinto.

—Quizá sería mejor que me contara exactamente lo sucedido —le pidió con amabilidad.

Lucius tomó una bocanada de aire.

—Sí. —Hizo un esfuerzo deliberado por calmarse—. Sí, por supuesto. Naturalmente. Lo siento, me parece que estoy siendo un poco incoherente. Todo esto ha sido un golpe para mí... muy duro. No sé qué pensar.

Aquello era más que aparente, y Monk tuvo que morderse la lengua para no mencionarlo. No acostumbraba ser tolerante por naturaleza.

—Podría empezar por decirme cuándo vio a la señorita, perdón, a la señora Gardiner por última vez; así tendríamos un punto de partida —sugirió.

—Claro, claro —convino Lucius—. Vivimos en Cleveland Square, en Bayswater, bastante cerca de los Jardines de Kensington. Dábamos una pequeña fiesta para celebrar nuestra inminente boda. Hacía un día espléndido y jugábamos un partido de croquet cuando de súbito, y sin motivo aparente, Miriam, o sea la señora Gardiner, se angustió sobremanera y salió apresurada del jardín. Yo no la vi marcharse, o habría ido tras ella para averiguar si se encontraba mal o si podía ayudarla...

—¿Se encuentra mal con frecuencia? —preguntó Monk con curiosidad.

Los enfermos auténticos eran una cosa, pero con las jóvenes aquejadas de síncopes no tenía ninguna paciencia. Y si iba a ayudar a aquel desafortunado muchacho debía saber la verdad en la medida de lo posible.

—No —contestó Lucius bruscamente—. Goza de una salud excelente y su temperamento es ecuánime y sensato.

Monk se sorprendió ruborizándose un poco. Si alguien le hubiese insinuado que Hester era de las que se desmayaban habría señalado con aspereza que ella, irrefutablemente, tenía más agallas para enfrentarse a la lucha, o a un desastre, que ellos mismos. Lo había demostrado con creces como enfermera en los campos de batalla de Crimea.

Aunque no era preciso disculparse ante Lucius Stourbridge. La pregunta había sido necesaria.

—¿Quién la vio irse? —preguntó con toda calma.

—Mi tío, Aiden Campbell, que estaba alojado en casa; de hecho, aún lo está. Y creo que también mi madre, y uno o dos criados, y otros invitados.

—¿Y estaba enferma?

—No lo sé. ¡Ésa es la cuestión, señor Monk! Nadie ha vuelto a verla desde entonces. Y eso pasó hace tres días.

—Y las personas que la vieron —continuó Monk con paciencia— ¿qué le han dicho? Seguramente no salió sola del jardín a la calle, sin dinero ni equipaje, para luego desaparecer.

—Oh... No —Lucius se corrigió—. El cochero, Treadwell, también ha desaparecido, y, por supuesto, uno de los carruajes.

—Entonces se diría que Treadwell la llevó a alguna parte —dedujo Monk—. Dado que abandonó el partido de croquet por su propio pie, cabe suponer que le pidió que la llevara. ¿Qué sabe acerca de Treadwell?

Lucius encogió levemente los hombros, aunque su rostro palideció aún más.

—Lleva tres o cuatro años con mi familia. Creo que nunca ha habido queja de él. Es pariente de la cocinera, sobrino o algo así. No estará pensando que pueda... ¿haberle hecho daño?

Monk no tenía ni idea, pero no venía a cuento causarle más pesar. El muchacho ya andaba bastante desesperado tal como estaban las cosas.

—Más bien pienso que se limitó a llevarla a donde ella le indicó —contestó, y entonces se dio cuenta de que su respuesta carecía de sentido. De haber sido así, Treadwell habría regresado en cuestión de horas—. Aunque al parecer tomó prestado un carruaje para su uso particular. —Otros pensamientos más oscuros acudieron a la mente de Monk, pero aún era demasiado pronto para hablar de ellos. Había muchas otras respuestas y más sencillas a las cotidianas, tragedias privadas que resultaban mucho más plausibles, siendo la más probable que Miriam Gardiner simplemente hubiese cambiado de parecer acerca de su matrimonio y le faltara el coraje para enfrentarse a Lucius y decírselo.

Lucius se inclinó hacia delante.

—Pero ¿cree que Miriam está a salvo, señor Monk? Si lo está, ¿por qué no se ha puesto en contacto conmigo? —Tenía la garganta tan tensa que las palabras se le estrangulaban—. He hecho cuanto se me ha ocurrido. He habla

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