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LAS MENTIRAS QUE NOS UNEN

Kwame Anthony Appiah  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Desde hace muchos años y a lo largo y ancho del mundo, los taxistas han visto su pericia puesta a prueba al hacer un dictamen sobre mí. En São Paulo, al tomarme por brasileño, se han dirigido a mí en portugués; en Ciudad del Cabo, me han tomado por una «persona de color»; en Roma, por etíope, y en Londres, un taxista se negaba a creer que yo no hablara hindi. Un parisino que pensó que yo era belga quizá me tomaba por magrebí. Y, ataviado con un caftán, me he perdido entre la multitud en Tánger. Confundidos por la mezcla que forman mi acento y mi apariencia, los taxistas de Estados Unidos y de Reino Unido suelen preguntarme durante el trayecto dónde he nacido. «En Londres», les digo, pero lo que en realidad quieren saber no es eso. Lo que de hecho están preguntando es de dónde es originaria mi familia, o, dicho sin rodeos: ¿tú qué eres?

La respuesta a la pregunta sobre mis orígenes —la cuestión del «dónde», si no del «qué»— es que provengo de dos familias que son originarias de dos lugares bastante alejados entre sí. Para cuando yo nací, mi madre llevaba viviendo en Londres, con idas y venidas, desde que era pequeña, pero su verdadero hogar estaba lejos —en términos de ambiente, si no de distancia—, sobre las colinas de Costwold, donde había crecido en una granja de una minúscula aldea situada en el límite entre Oxfordshire y Gloucestershire. Su abuelo había pedido a un genealogista que rastreara su linaje, y este se había remontado dieciocho generaciones atrás, hasta llegar a un caballero normando de principios del siglo XIII que había vivido a unos treinta kilómetros del lugar en el que nacería mi madre unos setecientos años después.

El resultado es que mi madre, si bien cuando yo nací era, en cierto sentido, una londinense, en su corazón seguía siendo una chica de campo que había acabado trabajando en la capital…, aunque hubiera pasado bastante tiempo en el extranjero durante la Segunda Guerra Mundial; en Rusia, en Irán y en Suiza. Así, quizá no resulte extraño, dada su experiencia internacional, que encontrara un empleo en una organización londinense que trabajaba por l

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