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LA VIDA SIGUE

Jorge Bafico  

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Fragmento

/ DOS /
Lisa

Comenté en algunas oportunidades y en diferentes lugares que estaba escribiendo un libro sobre Dagoberto. También hice referencia a mis dificultades para terminarlo. Por supuesto no revelaba que todavía, luego de muchos años, apenas lo había empezado. Había fragmentos, muchas veces inconexos en mi cabeza, que intentaban tomar una forma. Confieso que no es bueno dar cuenta sobre lo que uno aún no tiene, ni sabe si alguna vez tendrá. Algunos me alentaban a que lo finalizara, algún otro hasta me lo exigía. Pero el pez dorado era cada vez más difícil de atrapar.

Un día llegó un sobre a mi consultorio. El autor o la autora, anónimo, me dedicaba unas palabras de aliento y me regalaba un poema que versaba sobre su tratamiento con Dago. Esta poesía llegaba para recordarme que no podía escapar de aquel asunto.

Su título invitaba: “Océanos”. ¡Otra vez el mar y el pez! El nombre del poema me recordaba nuevamente a Santiago, aquel viejo pescador cubano a quien por años la mala racha o la falta de chispa perseguían. Su única virtud, quizá, como la mía, era la fuerte determinación de pescarlo; pero sin el talento necesario para hacerlo.

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Leí el texto con avidez y no pude determinar de qué paciente se trataba. Sin duda, lo (o la) conocía pero no había un elemento, un signo, que pudiera dejar asomar su identidad. Si tuviera que apostar, diría que era el testimonio de una mujer agradecida y sensible.

Como un rayo se partió mi alma

y atravesó los abismos de la desolación.

Tomada por aquello,

por lo que más temí…

dolor, dolor.

Así fue como llegué,

no fueron muchas las veces que lo vi,

pero como hilos que tejen redes,

redes que entraman eso que se juega desde el amor.

Sonriendo

lo recuerdo:

“tenés que seguir nadando porque hasta el océano más grande tiene su orilla” —dijo.

Más tarde, en mi análisis,

en el que de alguna manera tuvo que ver,

sus palabras se anudarían a otras marcas,

pasando a jugar desde otro lugar en mi estructura,

al vivenciar lo que en otro tiempo creí imposible:

que “siempre es posible correrse”

como hilos que tejen redes…

Redes que entraman eso que se juega desde el amor.

Cuando terminé de leerlo, me sorprendí llorando. En pocas palabras condensaba lo esencial de Dagoberto. Ella (pues sigo creyendo que lo escribió una mujer) había atrapado al Gran Pez en el primer intento. Fragmentos que lo esbozaban, como su sonrisa, los hilos que tejen, la transferencia de amor, sus palabras. Así trabajaba mi amigo. En el océano del dolor de aquellos pacientes, emergía este hombre para generar otros entramados y ayudarlos a cruzar a la otra orilla, produciendo algo nuevo. El poema me impactó desde el inicio, comenzando por nombrarse como Océano. El mar, aquello tan apreciado por mí.

El tiempo posterior a la muerte de Dago, y en la espera eterna de la chispa, fui acopiando peces, sin percatarme de ello. Poco a poco estos seres marinos fueron poblando mi consultorio. Algunos en obras plásticas, otros en pequeñas esculturas, otros en madera construidos por indígenas guaraníes, hasta una familia de peces blancos patinados agrupados en una mesa.

El amor por el mar no es algo nuevo para mí. En el prólogo de mi primer libro, Casos locos, lo primero que aparece es una referencia al agua de Punta Fría en el departamento de Maldonado. Mis veranos infantiles y preadolescentes transcurrieron en ese lugar mágico.

Los peces y el mar son mis símbolos, lo descubrí hace poco. Mi padre me transmitió ese amor. Él buceaba en el agua salada que rodeaba las rocas de Punta Fría. De niño recuerdo a mi padre enfundado en un traje de neopreno, con la máscara de buceo y las patas de rana de goma. También el arpón de resort ...