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LA VIDA PRIVADA DE LA TOTA

Mauricio Rosencof  

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Fragmento

«Hay amores que terminan en tragedias. Sin ir más lejos, ahí tenés el programa Gardel a media noche, que Outerello sintoniza religiosamente para los últimos parroquianos, y mire usted, el programa se presenta con una versión teatralizada, Gardel, el mismo, hace de revolver y se mandó un par de estampidos, y tras cartón cambia el tono y llama a la autoridad».

El Tito Ferme, que era un hombre de la radio, admiraba la presentación de ese programa, que silenciaba a los parroquianos de media noche.

A imagen y semejanza creó el suyo propio. Le fascinaba el tema del amor en el tango, y la dramatización de los temas.

Para él, el tango que iniciaba el programa de media noche de infinita audiencia, intitulado Anoche a las dos, era el sumun.

Un camino a seguir. Su inspiración.

Tanto que el Tito Ferme quería hacer una «mesa redonda sobre el amor» en el patio del baile del Club Tuyutí, paralelo a la cancha de bochas; le preocupaba el mes, alguno que no fuera lluvioso, porque más de una vez —si bien las milongas no se suspendían— el patio era un charco de tanta gotera que, según la Nylsa, «mejor, aprenden a bailar cruzado, esquivando el goteo».

Recibe antes que nadie historias como ésta

Era un tema «el del amor» que a Ferme lo subyugaba, como lo subyugaban —para su literatura— las ensoñaciones de Titina la distante, los sentimientos del Chino Suárez hacia ella, la soledad de Olga, la que nunca tuvo. O las aspiraciones del Rengo Pérez que, sobre el principio bélico de conocer el territorio antes de dar batalla, se iba con tubiano y carro al lago del Parque Rodó, donde pensaba invitar con los mejores modales a la Ramona, doña Ramona, tan retrechera a su edad, y con tanto mérito, al que se sumaba su mano para el guiso criollo, con porotos de manteca, carrero.

Y todo así. Dejaba para tema único la historia de Tota con el Toño, porque le veía algo de misterio, sagrado, no para una sobremesa, era un amor en voz baja, tal vez ni carnal, porque Antonio era —dicen— sobrino, linotipista, tal vez remero, como dicen que los vio el Negro Invierno, navegando, pero sin tocar ni a la Tota y —creo yo— ni el agua.

La mesa para el Tito Ferme era una nutriente de un programa radial, de trasnoche, que obtuvo de una radio que se caía del dial, donde comenzó hace unos meses, sin cargo, para probar, con una escenificación radioteatral de tangos y estilos, gardelianos todos. El Tito hacía las voces y el sonido. Pasaba los comerciales («peluquería Albita, el mejor corte con poca guita»). Un suponer: se escuchan unos cascos, cuando el jinete se detiene entra la voz narradora del Tito. «El hombre bajó del pingo, sombrío. Traía una maleta. Retuvo la cabalgaduría a tiento contra el palenque y con paso firme, pero vencido, rumbeó a la comisaría. Se había desgraciado. Su nombre: Alberto Arenas». Y ahí entraba la voz del mago:

Arrésteme, sargento, y póngame cadenas,
si soy un delincuente, que me perdone Dios.

Entonces el Tito agravaba la voz y era el sargento interpelando: «¿Qué se le ofrece?». Y el hombre del delito respondía cantando:

Yo soy un criollo bueno, me llamo Alberto Arenas,
señor me traicionaba y los maté a los dos.

Y ahí el sargento, enérgico: «¿Qué pruebas trae?». Y engrana el surco siguiente que canta Gardel:

Las pruebas de la infamia las traigo en las maletas,
las trenzas de mi china y el corazón de él.

Y se cerraba dramáticamente la escena con un sollozo gemido sobre el rasgueo final de las guitarras.

Su comedia musical, «no hay barrio como mi barrio», era una historia de amor. «El barrio —decía— es una historia de amor».

El amor era la nutriente literaria del Tito, por eso siempre buscó intentar relacionarse con Titina la distante, cuando supo de su lauro en el concurso de El alma que canta. Titina ni ahí, porque pensó que venía a seducirla con caramelitos Zabala, cuando Ferme, formal, casado, dos hijos chicos, solo quería la comunicación que se debe dar entre aquellos que ven en el aire algo más que el vacío.

Porque del aire venimos, de aire somos, y somos nuestros sueños escritos en el aire, aire que bordea y borda los romances, los amores, los amores que flotan y no son, que son, sí, solo para nosotros.

Los poetas.

Poetas como Olga y Titina la distante, acreedoras de una mención literaria en El alma que canta, que el director adjudicaba por correo a todas las concursantes, «porque todas supieron soñar en verso».

El Gallego Menéndez cerró el galpón y caminó calle arriba, rumbo al boliche. El galponcito, que había sido en sus comienzos un depósito de herramientas de una cuadrilla de vialidad, que venía abriendo calles, lo tuvo a Menéndez de jornalero y sereno. De noche guardaba herramientas, como el Quijote sus armas. Cuando la cuadrilla cubrió de hormigón la calle Humaitá, emprendió camino hacia nuevas rutas. Menéndez ancló. Hizo del galponcito su casa.

Dejó las gallinas sueltas y fue subiendo por la vereda de Humaitá hasta Garibaldi, terreno baldío en esquina, donde había plantado unos maizales, de vicio nomás. Para el barrio. Le había dado por plantar cuanto baldío se le cruzara.

La familia del Gallego había quedado del otro lado de la Guerra Civil Española. Menéndez era parco, de pocas palabras. Saludar saludaba. Pero con un gesto. Como este que hacía ahora al pasar frente al chalecito viejo de doña Tota, a la que saludaba sin verla; nunca la veía, pero la saludaba a ella, dentro de su casa.

Vio que se iba a cruzar con el viejo Jacobo, cargado de frazadas. Nunca dejaron de saludarse. Los dos, cortos de lengua, a seña.

Jacobo, como Menéndez, había terminado su jornada, y se dirigía hacia la parada del tranvía, con los pensamientos en otros trenes, tarareando o canturreando bajito una incomprensible canción, pero en tono firme.

Cuando Menéndez se lo cruzó para seguir ‒como siempre‒ de largo, y lanzaba el mismo gesto que le devolvía Jacobo, una inclinación leve de cabeza, seca.

Pero a los pocos pasos el Gallego se paró firme, y casi en un grito lanzó un «¿qué canta usted?». Jacobo se paró y pegó media vuelta sin dejar su canto. «Canto», dijo, casi desafiante. «¿Qué?», respondió Menéndez. «¿De dónde sacas tú ese canto de trinchera?».

Entonces un viejo Jacobo orgulloso, erguido, tropezando con las nuevas palabras de su nuevo mundo le dijo:

‒¡De mis partisanos!

‒¿En qué lengua, coño?

‒Yiddish.

Menéndez, con los ojos conmocionados y puestos en otras orillas del Ebro, tal vez, acompañó la tonada del judío con voz de barricada:

«Agrupémonos todos…».

Y se mezclaron las lenguas y las vibraciones, plantado cada cual en su sitio, hasta la última gota, con la que impregnaron la vereda del barrio.

Los climas emocionales pueden cambiar en un quítame de ahí esas pajas. En el barrio había una gran estabilidad emocional, donde historia y cada vecino estaban en su sitio, sin más alteraciones que las que podríamos llamar cotidianas, algún chisme, una bronca, noviazgos, y era ese territorio lo que se cultivaba, a tal punto, como se ve, que el desfasaje de la resurrección tuvieron que limarlo, reducirlo, cuestionarlo, negarlo o borrarlo con un «no joda».

En este clima saltó una libre. Una frase. Fue en la cancha de bochas del Club Tuyutí, en el primer partido de la tarde. La conchilla estaba bien apisonada, tapados los pozos del día anterior, humedecida la cancha, cubierta con lonas extendidas. Los tablones del fondo, firmes, los que demarcaban el territorio, consistentes. Las rayas del fondo, y el envase relleno con conchilla para tapar los próximos pozos de bochazos perdidos.

Todo obra del Gallego Domínguez. Lo había traído su primo, Pais, de un pueblito gallego inerte, y como era concesionario de la cantina, lo hizo socio. Pero del club.

Domínguez, el Gaita, laburaba que ni Sísifo cargando la piedra, que caía por la noche y al alba meta cargar. Creo que tenía autorización de salir a la calle solo en caso de incendio. Lavaba la cantina, club, mantenía la cancha de bochas, era responsable de los espacios bailables los días de veladas. Ahorraba todo. Poco. Pero suma, y a la mujer la trae. Coño.

Habían entrado a la cancha las dos parejas. De alpargatas todos, no se permitía zapatos, que estropeaban el piso de conchillas. El Chueco Moras, padre de Albita, arrimador de mano, iba a dar comienzo al partido. Dio los dos pasos reglamentarios, largó el bochín, y una vez estacionado en media cancha, recogió una rayada, se inclinó, y con la suavidad de su mano de seda, le dio destino.

Albita, su hija, era inseparable de Titina la distante, ambas vecinas y vigías de la Tota y sus andanzas. De Titina la distante medio barrio estaba enamorado. Los pechos en alza, ojos verdes, un matorral de pelo rubio tirando a rojizo. Una leona.

De ella, entre tantos, estaba prendado el Chino Suárez, que entró de milico de comisaría cuando lo despidieron de parrillero del Recreo la Carreta cuando descubrieron faltante de chorizos, que día a día el Chino se llevaba como cinturón bajo la camisa, atado con los propios embutidos, y revendía de callado a la competencia que encendía el fuego a dos cuadras y no tenía autorización municipal.

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