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LA VELOCIDAD DEL ENTUSIASMO

Alejandro Ferreiro  

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Fragmento

El mundo espejo

Sentado contra el ventanal, el cura Bastarrica sueña cosas prohibidas. Tiene porte de apóstol. Le llueven los brazos a los lados de la butaca. Está absorto en pensamientos leves y todos sus músculos caen por su propio peso, en total distensión.

Los dedos de su única mano penden plomados, largos y desproporcionados.

Bastarrica es un tipo reservado y esconde sus pensamientos lejos de las narices de los demás.

Todos los días, durante un par de horas, la congregación entera se reúne a rezar. En una primera etapa los sacerdotes comparten la oración, pero después la experiencia deviene personal y cada uno se entrega a sus pensamientos.

Bastarrica reza en la parte inicial, luego abandona esa práctica. Para entonces sus ideas adoptan formas y colores que están vedados para un religioso de su orden. Y con los párpados sellados se va muy lejos, en dirección contraria al cielo.

Cuando finalizan las dos horas de recogimiento matinal, famélicos de otros alimentos, los curas se retiran a la cocina. Bastarrica, en cambio, se queda en paz, otro rato, mientras le dura el vuelo. Los otros, al cobijo de una taza caliente, admiran su extraordinaria devoción y le permiten esa libertad en el horario. También como excepción admiten la postura poco ortodoxa que adopta para orar. Esa franquicia es producto de un episodio desgraciado en la vida de la congregación: el accidente en el que Bastarrica perdió su mano derecha.

Desde entonces los demás religiosos permitieron que el padre Gervasio (así es como lo llaman) corporizara ese aire desgarbado como un escudo personal, un mecanismo para exorcizar la desgracia.

También resultó un recurso apropiado para eludir la típica fórmula de juntar las manos o cruzar los dedos al momento de rezar; si Bastarrica lo intentara, la imagen sería grotesca, casi hereje.

La capilla está vacía. El padre Gervasio se derrite junto a la ventana.

La calma de su rostro y la curva de sus labios suponen un contacto intenso con la gracia divina, pero en realidad el cura está pensando en una tarde perfecta: de paseo por la ribera del río Tuna, que corta al medio las tierras del convento, Bastarrica se encuentra con una muchacha hermosa. Apenas la ve se enamora de su imagen. Ella está sentada sobre una roca y tiene los pies en el agua. Él se acerca temeroso y le sonríe. Ella lo invita a sentarse y lo convida con frutas frescas. Él acepta gustoso, y de su boca un durazno sangra miel, ámbar dulce, denso, fresco.

Charlan mientras comen y la noche se hace luminosa. Ninguno tiene apuro. La luna es clara, redonda, un agujero en el telón.

—¿Qué habrá del otro lado? —pregunta ella.

Bastarrica piensa que si uno pudiera asomarse tras el boquete lunar, vería un mundo igual a este en tamaño y forma, pero de colores brillantes e intensos.

Eso es lo que le contesta a Camomille (así se llama la muchacha) mientras come una pera que suelta agua del cielo, limpia, pura.

Camomille, sin dejar de mirar el firmamento, se pone a cantar; primero por lo bajo para luego ganar volumen.

Bastarrica acomoda sus oídos. Disfruta y teme la potencia de esa voz. Supone imposible que el mundo entero no escuche ese canto que debe llegar a través de la luna al mundo espejo, al otro lado.

De regreso de sus pensamientos, Bastarrica estira su cuerpo, mueve el cuello porque lo tiene agarrotado, y se va de la capilla. En la cocina se

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