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LA TRINCHERA DE OCCIDENTE

Julio María Sanguinetti  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Nuestro primer contacto con la cultura judía ocurrió de niño. Abuelos, padres, tías, hijos, nietos, la familia Sanguinetti, vivíamos en una gran casona de catorce habitaciones y tres patios en la calle Juan Paullier de Montevideo. Mi abuelo, un viejo coronel de tiempos heroicos, ya retirado, se la alquilaba a un señor judío, Hayman según creo recordar, quien en ocasión de la Pascua nos traía unos grandes paquetes del pan ácimo tradicional. Duraban varias semanas y para nosotros, los menores, resultaba una fiesta, una divertida costumbre, cuyo sentido histórico ahí aprendimos. Eran los años de la Segunda Guerra Mundial, se oía hablar de la persecución de los judíos por los nazis (aún sin idea de los campos de exterminio) y como nuestra familia era muy militante de la causa de los Aliados, todo se asociaba. A tal punto que mi padre, escribano y a la sazón director del Instituto Nacional del Trabajo, era abanderado del Batallón 14.º de Infantería, donde revistaba como voluntario. Sentíamos la guerra muy de cerca y nuestra sorprendida imaginación infantil se había visto sacudida por la imagen del acorazado Graf Spee, en el puerto de Montevideo, donde recaló luego de la batalla de Punta del Este para reparar daños. Al imponerle el gobierno su salida, el capitán alemán, Hans Langsdorff, lo hundió. Estábamos cumpliendo casi cuatro años, pero están grabadas en nuestra memoria esa enorme mole gris y las llamaradas del incendio a la salida del puerto.

De aquel tiempo quedaron indelebles las lecciones históricas de mi padre, a las que más tarde le fui añadiendo lo que recibía de la vida política, que incluía el orgullo de haber sido el Uruguay protagónico participante en Naciones Unidas de la creación del Estado de Israel. Mi incorporación a la vida periodística, en un diario dirigido por el Presidente Luis Batlle Berres, líder político de su causa, me introdujo naturalmente a la corriente política más combativa en la defensa de ese país que, desde el primer día, tuvo que batallar por su existencia con las armas en la mano.

Esa historia personal está jalonada de artículos, conferencias, debates, a lo largo de cinco décadas largas. Detrás de todos ellos flota siempre la pregunta sobre ese milagro de sobrevivencia que ha sido, tanto el de la nación judía histórica como el de ese Estado que está cumpliendo 70 años de existencia en este 2018 y nos ha motivado a armar este libro. Si hay algún proceso histórico al cual le cabe el concepto de “epopeya” es a este, poblado de hechos heroicos que aún esperan al Homero que los narre.

Cabe decir a ese propósito que he tenido que pasar horas en la hemeroteca del Palacio Legislativo para identificar mis artículos de la época del diario Acción. En aquellos gloriosos tiempos primitivos escribíamos a máquina, naturalmente en papel, a lo sumo corregíamos dos o tres palabras (porque el linotipista no aceptaba textos muy sucios) y de allí al taller. Nunca más veíamos el artículo y si no teníamos la precaución de recortar lo publicado, tradición impropia en espíritus juveniles, nuestras letras sucumbían al silencio.

Yendo al fondo de la cuestión, la tradición nos dice que desde tiempos inmemoriales al judío se le ha llamado “el pueblo del libro”. Descendiente legendario del reino de Judá, cuatro mil años de historia lo hicieron errante, al no encontrar el modo de asentarse en paz, sometido por los babilonios y los egipcios, aplastado por los romanos y víctima de innumerables persecuciones en los tiempos más modernos.

¿Cómo se sostuvo, cómo sobrevivió, dónde asentaba esa identidad obstinadamente preservada? En el libro, en la Torá. Como dice George Steiner, “nuestra verdadera patria ha sido siempre, es , y será siempre, un texto”.

El siglo XX logra el milagro del enraizamiento de esa palabra en una tierra, la misma que se asociaba a su memoria, la escrita y la oral, la histórica y la legendaria. Era aquella tierra a la que llegó Abraham, saliendo de Ur, en cumplimiento de un mandato divino. Para reconquistarla hubo de pasar por la tragedia sin par del Holocausto, que generó la conciencia universal sobre la necesidad de reconocerle al pueblo judío “un hogar”. Allí el texto se asentó en la geografía, pero su pueblo tuvo necesidad, desde el primer día y hasta hoy, de luchar con denuedo por ese espacio de suelo.

El nacimiento de Israel es un hecho mayor de las Naciones Unidas, ese gran proyecto de paz, que —infortunadamente— ha sido más bien el escenario de las discordias entre las potencias. La partición de Palestina, creando los dos Estados, el judío y el árabe, fue de los pocos momentos —probablemente el más importante— de una coincidencia para construir. Desgraciadamente, no hubo aceptación por los Estados árabes y se inició allí una larga historia en que la paz ha sido esquiva.

Han pasado 70 años. Pese a ese conflicto constante, a esa negación de su existencia, Israel ha podido edificar una democracia ejemplar. Tanto como que en su Parlamento hay hasta musulmanes. Al mismo tiempo, ha alcanzado los niveles de desarrollo propios de

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