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LA ROPA EN LA CANCHA

Horacio Varoli   Federico Castillo  

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Fragmento

Enrique Peña y Obdulio Trasante están casi desnudos. Enrique se pasea con una tanga negra que le deja medio trasero al descubierto. «Mirá esto, me quieren ver el culo», le dice a la vestuarista en tono de reclamo. La mujer asiente, mira para el costado con un gesto de pudor y trata de acomodarle la prenda. «La verdad, Pelado, que no quiero verte en bolas». Su intento es en vano, todavía se le ve la línea que separa sus glúteos. A su lado está Obdulio, que, sin hacer tanto aspaviento, recorre el camerino solo con un bóxer apretado. Parece concentrado, como si en su cabeza no hiciera otra cosa que repasar las letras del libreto. Enrique se le acerca y lo intenta sacar de su mutismo con una chicana: «Este se arregla el pito, se pone cosas para agrandar el bulto», comenta casi a los gritos para que todos los actores se enteren. Obdulio responde con una media sonrisa, pero sigue enfrascado. «El pie. Me tiene preocupado que me den bien el pie». Que después agarra cancha, dice, pero que le den bien el pie. «¿Todos tienen sus tangas?», pregunta la vestuarista. Carlos Sorriba, uno de los actores, pasa en calzoncillos y con la camisa abierta de un camerino a otro. La vestuarista ahora plancha un disfraz de superhéroe y vuelve a preguntar si todos tienen sus tangas y si alguno necesita una costura de último momento. Mario Erramuspe, con un tic de actor metódico, revisa que no falte nada en su perchero. Desde abajo de las escaleras que llevan hasta los camerinos, se escucha la voz del director Hugo Blandamuro. «¿Peña y Trasante ya llegaron?», pregunta mientras sube pesadamente los escalones. Blandamuro quiere darles un último consejo a los novatos. «Es la segunda función. En la segunda siempre algo sale mal. Baja el ritmo. Es normal, no se preocupen por eso». Enrique y Obdulio escuchan con el silencio que se les presta a las charlas técnicas, y dedican los minutos que les quedan a ensayar. Están por interpretar en las tablas Sinvergüenzas, una versión local de la película inglesa The Full Monty.

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Enrique se sienta en un rincón. Obdulio apoya las dos manos en la mesada del camarín y se mira en el espejo.

–Che, cómo ligó Carlos con el curro de las minas –dice el Pelado con el libreto en la mano.

–Yo de todas formas en esa no me prendo ni loco. Además, tenemos que reconocer que aunque tengamos energía todavía, para algunas cosas estamos viejos –lee Trasante.

–Yo estoy de novela, además ellos tendrán juventud, pero nosotros tenemos la experiencia…

–Vos sabés que a veces me pregunto para qué sirve la experiencia en este país. Llega una edad en que estás a mitad de camino para todo: somos jóvenes para ser viejos y somos viejos para ser jóvenes.

Obdulio levanta la mirada del guion y vuelve a verse en el espejo.

–Tenés razón, somos jóvenes para jubilarnos y viejos para conseguir laburo.

Es ficción, pero perfectamente pudo ser un diálogo real. Y lo que sigue está tan emparentado con la previa de un partido de fútbol, que ahora el camerino parece tener el clima de un vestuario antes de saltar a la cancha. «Esto es como en el fútbol. Tenemos la misma ansiedad», comenta Enrique mientras se mueve y da saltitos como un jugador en el túnel ciego del estadio Centenario. Hay que elongar, hay que calentar, hay que ...