Loading...

LA REVOLUCIÓN RUSA

RICHARD PIPES  

0


Fragmento



Índice

La revolución rusa

Ilustraciones

Agradecimientos

Abreviaturas

Introducción

PRIMERA PARTE. La agonía del antiguo régimen

1. 1905: la convulsión previa

2. La Rusia oficial

3. La Rusia rural

4. La «intelligentsia»

5. El experimento constitucional

6. Rusia en guerra

7. Hacia la catástrofe

8. La Revolución de Febrero

SEGUNDA PARTE. Los bolcheviques conquistan Rusia

9. Lenin y los orígenes del bolchevismo

10. Los bolcheviques pujan por el poder

11. El golpe de octubre

12. La construcción del Estado de partido único

13. Brest-Litovsk

14. La internacionalización de la revolución

15. El «comunismo de guerra»

16. La guerra contra el campo

17. El asesinato de la familia imperial

18. El Terror Rojo

Epílogo

Glosario

Cronología

Cien obras sobre la Revolución rusa

Agradecimientos textuales

Sobre este libro

Sobre Richard Pipes

Créditos

Notas

334003.tif

1. Lenin, marzo de 1919.

 

imagen

A las víctimas

Ilustraciones

    1. Lenin, marzo de 1919. VAAP, Moscú

    2. Nicolás II y su familia poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Brown Brothers

    3. Viacheslav Pleve

    4. Los restos de Pleve tras el atentado terrorista

    5. Príncipe Piotr Dmitriévich Sviátopolk-Mirski

    6. El gobernador Fullon visita al padre Gapón y su Asamblea de Trabajadores Rusos

    7. El Domingo Sangriento

    8. Pável Miliukov. Biblioteca del Congreso

    9. Serguéi Witte. Biblioteca del Congreso

  10. Una multitud celebra la proclamación del Manifiesto del 17 de octubre de 1905

  11. Tras un pogromo antijudío en Rostov del Don. Cortesía del profesor Abraham Ascher

  12. Miembros del Sóviet de San Petersburgo camino del destierro en Siberia, 1905

  13. El futuro Nicolás II como zarévich. Cortesía del señor Marvin Lyons

  14. Clase de danza en el Instituto Smolni, hacia 1910. Cortesía del señor Marvin Lyons

  15. Campesinos rusos, finales del siglo XIX. Biblioteca del Congreso

  16. Asamblea aldeana. Cortesía del Consejo de Administración del Museo de Victoria y Alberto, Londres

  17. Campesinos con ropa de invierno

  18. Cultivo en franjas, tal como se practicaba en Rusia central hacia 1900

  19. L. Mártov y T. Dan

  20. Iván Goremikin

  21. Piotr A. Stolipin, 1909. Papeles de M. P. Bok, Archivo Bakhmeteff, Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos, Universidad de Columbia

  22. Diputados de derecha de la Duma

  23. General Vladímir A. Sujomlínov. The Illustrated London News

  24. Nicolás II en el cuartel general del ejército, septiembre de 1914

  25. Prisioneros de guerra rusos capturados por los alemanes en Polonia, primavera de 1915. Cortesía de los administradores del Museo Imperial de la Guerra, Londres

  26. General Alexis Polivánov. VAAP, Moscú

  27. Alejandra Fiódorovna y su confidente, Anna Vírubova

  28. Alexánder Protopópov

  29. Rasputín con niños en su aldea siberiana

  30. Día Internacional de la Mujer en Petrogrado, 23 de febrero de 1917. VAAP, Moscú

  31. Una multitud en la plaza Znamenski, Petrogrado. Biblioteca del Congreso

  32. Soldados amotinados en Petrogrado, febrero de 1917. VAAP, Moscú

  33. Manifestantes queman en Petrogrado emblemas del régimen imperial, febrero de 1917. The Illustrated London News

  34. Arresto de un informante de la policía. Cortesía del señor Marvin Lyons

  35. Obreros derribando la estatua de Alejandro III en Moscú, 1918

  36. Comité Provisional de la Duma. Biblioteca del Congreso

  37. Tropas de la guarnición de Petrogrado frente al Palacio de Invierno

  38. Un marinero despoja de sus charreteras a un oficial. VAAP, Moscú

  39. Kosma A. Gvózdev. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  40. Sección de soldados del Sóviet de Petrogrado. Biblioteca del Congreso

  41. Comité Ejecutivo (Ispolkom) del Sóviet de Petrogrado. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  42. Príncipe Gueorgui Yevguénievich Lvov

  43. Alexánder Kérenski

  44. Nikolái D. Sokólov redacta la Orden número 1, 1 de marzo de 1917

  45. Mitin político en el frente, verano de 1917. Niva, n.º 19 (1917)

  46. Gran duque Miguel

  47. Desfile de aspirantes a oficiales (iunkers) en Petrogrado, marzo de 1917

  48. El derrocado zar Nicolás en Tsárkoie Seló, marzo de 1917, bajo arresto domiciliario. Biblioteca del Congreso

  49. Leonid Krasin

  50. Lenin, París, 1910

  51. Kérenski visita el frente, verano de 1917. Cortesía del Archivo Bakhmeteff, Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos, Universidad de Columbia

  52. Soldados rusos huyendo de los alemanes, julio de 1917. The Daily Mirror, Londres

  53. Los acontecimientos de julio de 1917

  54. Pável N. Perevérzev. Niva, n.º 19 (1917)

  55. La plaza del Palacio, en Petrogrado, tras sofocarse el golpe bolchevique

  56. Soldados amotinados del Primer Regimiento de Ametralladoras, desarmados, 5 de julio de 1917. VAAP, Moscú

  57. León Trotski

  58. General Lavr Kornílov

  59. Kornílov llevado en volandas a su llegada a la Conferencia de Estado de Moscú

  60. Vladímir Lvov

  61. Nikolái Vissarionovich Nekrásov

  62. Soldados de la «División Salvaje» se reúnen con el Sóviet de Luga

  63. El Comité Militar Revolucionario (Milrevcom)

  64. Grigori Zinóviev. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  65. Lev Borisovich Kámenev. Cortesía de los administradores del Museo Imperial de la Guerra, Londres

  66. Nikolái Ilich Podvoiski

  67. Cadetes (iunkers) defendiendo el Palacio de Invierno, octubre de 1917

  68. El Palacio de Invierno, tras haber sido tomado y saqueado por los bolcheviques. VAAP, Moscú

  69. El salón de actos del Smolni

  70. Cadetes defendiendo el Kremlin de Moscú, noviembre de 1917. VAAP, Moscú

  71. Incendios en Moscú durante los combates entre las fuerzas leales y los bolcheviques, noviembre de 1917. VAAP, Moscú

  72. Yákov Sverdlov

  73. Letones custodiando el despacho de Lenin en el Smolni. Museo Estatal de la Gran Revolución Socialista de Octubre, Leningrado

  74. Lenin y miembros del secretariado del Consejo de Comisarios del Pueblo. VAAP, Moscú

  75. Una de las primeras reuniones del Consejo de Comisarios del Pueblo. VAAP, Moscú

  76. Votación para la Asamblea Constituyente

  77. Cartel de propaganda electoral de los demócratas constitucionales. Colección de carteles, Archivos del Instituto Hoover

  78. Fiódor M. Onipko. Niva, n.º 19 (1917)

  79. Víctor Chernov. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

  80. La delegación rusa llega a Brest-Litovsk

  81. La firma del armisticio en Brest-Litovsk

  82. Tropas rusas y alemanas confraternizando, invierno de 1917-1918. Culver Pictures

  83. Kurt Riezler

  84. Adolf Yoffe

  85. Tren blindado de la Legión Checoslovaca en Siberia, junio de 1918. Cortesía de los administradores del Museo Imperial de la Guerra, Londres

  86. General Gadja, comandante de la Legión Checoslovaca. Archivos Nacionales, Washington D. C

  87. María Spiridónova. Colección Isaac N. Steinberg, Instituto Judío YIVO de Investigaciones, Nueva York

  88. Coronel Ioakim Vatsetis

  89. Borís Sávinkov

  90. Teniente coronel A. P. Perjúrov

  91. Un romance germano-ruso, viñeta rusa de la época

  92. Yuri Larin

  93. Una escena habitual en las calles de Moscú y Petrogrado en 1918-1921. Colección Borís Sokoloff de los Archivos del Instituto Hoover

  94. Un típico campesino «burgués-capitalista»

  95. Casa de Ipátiev, la «casa del propósito especial»

  96. Casa de Ipátiev rodeada por una empalizada. Archivos Nacionales, Washington D. C.

  97. Alexis y Olga a bordo del buque Rus

  98. El asesino de Nicolás II, Yurovski, con su familia

  99. Isaac Steinberg. División Eslava y Báltica. Biblioteca Pública de Nueva York, Fundaciones Astor, Lenox y Tilden

100. Félix Dzerzhinski

101. Fanni Kaplán. Colección David King, Londres

102. Dzerzhinski y Stalin

Agradecimientos

En el transcurso del trabajo consagrado a este libro he disfrutado del generoso apoyo del Fondo Nacional para las Humanidades y la Fundación Smith Richardson, a los que quisiera expresar mi caluroso agradecimiento. También doy las gracias al Instituto Hoover de Stanford (California) por permitirme el acceso a sus incomparables colecciones.

Abreviaturas

AAR

Arjiv Russkoi Revoliutsi (Archivo de la Revolución Rusa)

BK

Borba Klassov (Lucha de Clases)

BM

Berliner Monatshefte (Cuadernos Mensuales de Berlín)

Brogkauz & Efron

Entsiklopedicheski Slovar Ob-va Brogkauz i Efron (Diccionario Enciclopédico Brockhaus y Efron), 41 vols.

BSE

Bolshaya Sovietskaya Entsiklopedia (Gran Enciclopedia Soviética), 65 vols.

Dekreti

Dekreti sovietskoi vlasti (Decretos del gobierno soviético), 11 vols., Moscú, 1957

DN

Dielo Naroda (Causa del Pueblo)

EV

Ekonomicheski Vestnik (Boletín Económico)

EZh

Ekonomicheskaya Zhizn (Vida Económica)

Forschungen

Forschungen zur Osteuropäischen Geschichte (Investigaciones acerca de la Historia de Europa del Este)

GM

Golos Minuvshego (Voz del Pasado)

Granat

Entsiklopedicheski Slovar Tov-va Granat (Diccionario Enciclopédico Cooperativa Granat), 55 vols.

IA

Istoricheski Arjiv (Archivo Histórico)

IM

Istorik Marksist (Historiador Marxista)

IR

Illustrirovannaya Rossia (Rusia en Ilustraciones)

ISSSR

Istoria SSSR (Historia de la URSS)

IV

Istoricheski Vestnik (Boletín Histórico)

IZ

Istoricheskie Zapiski (Memorias Históricas)

Jahrbücher

Jahrbücher Für Geschichte Osteuropas (Anuario de Historia de Europa del Este)

KA

Krasnyi Arjiv (Archivo Rojo)

KL

Krasnaya Letopis (Crónica Roja)

KN

Krasnaya Nov (Actualidad Roja)

Lenin, Jronika

V. I. Lenin, Biograficheskaya Jronika, 1870-1924 (Crónica biográfica, 1870-1924), 13 vols., Moscú, Editorial de Literatura Política, 1970-1985

Lenin, PSS

V. I. Lenin, Polnoye sobraniye sochineni (Obras completas), 5.ª ed., 55 vols., Moscú, Editorial Estatal de Literatura Política, 1958-1965

Lenin, Sochinenia

V. I. Lenin, Sochinenia (Obras), 3.ª ed., 30 vols., Moscú y Leningrado, Editorial Estatal, 1927-1933

LN

Literaturnoye Nasledstvo (Herencia Literaria)

LS

Leninski sbornik (Antología leniniana)

MG

Minuvshiye Godi (Años Pasados)

NChS

Na Chuzhoi Storonye (En Tierra Ajena)

ND

Novyi Den (Día Nuevo)

NJ

Narodnoye Joziaistvo (Editorial Popular)

NoV

Novoye Vremia (Tiempo Nuevo)

NS

Nashe Slovo (Nuestra Palabra)

NV

Nash Vek (Nuestro Siglo)

NVCh

Novyi Vechernyi Chas (Nuevo Vespertino)

NZ

Die Neue Zeit (Tiempo Moderno)

NZh

Novaya Zhizn (Vida Nueva)

OD

L. Mártov et al., eds., Obshchestvennoye dvizheniye v Rossi v nachale XX-go veka (El movimiento social en la Rusia de principios del siglo XX), 4 vols., San Petersburgo, Imprenta de la Cooperativa de Utilidad Pública, 1910-1914

Padeniye

P. E. Shcheglovítov, ed., Padeniye tsarskogo rezhima (La caída del régimen zarista), 7 vols., Leningrado, Editorial Estatal, 1924-1927

PN

Posledniye Novosti (Noticias de Última Hora)

PR

Proletarskaya Revoliutsia (Revolución Proletaria)

PRiP

Proletarskaya Revoliutsia i Pravo (Revolución Proletaria y Derecho)

Revoliutsia

N. Avdéiev et al., Revoliutsia 1917 goda. Jronika sobyti (Revolución de 1917. Crónica de acontecimientos), 6 vols., Moscú, Editorial Estatal, 1923-1930

RL

Russkaya Letopis (Crónica Rusa)

RM

Russkaya Mysl (Pensamiento Ruso)

RR

Russian Review (Revista Rusa)

RS

Russkoye Slovo (Palabra Rusa)

RV

Russkiye Vedomosti (Gaceta Rusa)

RZ

Russkiye Zapiski (Memorias Rusas)

SB

Staryi Bolshevik (Viejo Bolchevique)

SD

Sotsial-Demokrat (Socialdemócrata)

SiM

Strana i Mir (País y Mundo)

SR

Slavic Review (Revista Eslava)

SS

Soviet Studies (Estudios Soviéticos)

SUiR

Sobraniye uzakoneni i rasporiazheni (Recopilación de Leyes y Mandatos)

SV

Sotsialisticheski Vestnik (Boletín Socialista)

SZ

Sovremennye Zapiski (Memorias Contemporáneas)

VCh

Vechernyi Chas (Vespertino)

VE

Vestnik Evropi (Boletín de Europa)

VI

Voprosi Istori (Cuestiones de Historia)

VIKPSS

Voprosi Istori KPSS (Cuestiones de Historia del Partido Comunista de la URSS)

VO

Vechernye Ogni (Luces Vespertinas)

VS

Vlast Sovietov (Poder de los Sóviets)

VZ

Vierteljahreshefte für Zeitgeschichte (Cuadernos Trimestrales de Historia)

VZh

Vestnik Zhizni(Boletín de Actualidad)

ZhS

Zhivoye Slovo (Palabra Viva)

Introducción

Este libro es el primer intento, en cualquier lengua, de presentar un análisis exhaustivo de la Revolución rusa, posiblemente el acontecimiento histórico más importante del siglo XX. No faltan investigaciones sobre el tema, pero se centran en las luchas políticas y militares por el poder en Rusia entre 1917 y 1920. Sin embargo, vista desde la perspectiva que concede el tiempo, la Revolución rusa fue mucho más que una disputa por el poder en un solo país; lo que los vencedores de dicha disputa tenían en mente lo definió uno de sus principales protagonistas, León Trotski: nada menos que «volver el mundo del revés». Con ello se referían a una completa reconfiguración del Estado, la sociedad, la economía y la cultura en todo el mundo, con el objetivo último de crear un nuevo ser humano.

Estas consecuencias de largo alcance de la Revolución rusa no eran evidentes en 1917-1918, en parte porque Occidente consideraba que Rusia se encontraba en la periferia del mundo civilizado y, en parte, porque la revolución en dicho país se produjo en medio de una guerra mundial de una destructividad sin precedentes. En 1917-1918, casi todos los no rusos creían que lo que había ocurrido en Rusia era algo de importancia exclusivamente local, irrelevante para ellos y, en todo caso, destinado a aquietarse una vez que se hubiera restablecido la paz. Pero sucedió lo contrario. Las repercusiones de la Revolución rusa se sentirían en todos los rincones del planeta durante el resto del siglo.

Los acontecimientos de semejante magnitud no tienen ni un comienzo claro ni un final nítido. Al igual que los historiadores discuten desde hace mucho las fechas de finalización de la Edad Media, el Renacimiento y la Ilustración, no hay un modo indiscutible de determinar la extensión temporal de la Revolución rusa. Lo que puede decirse con certeza es que no comenzó con el derrumbe del zarismo en febrero-marzo de 1917 ni concluyó con la victoria bolchevique en la guerra civil tres años después. El movimiento revolucionario se había convertido en un elemento intrínseco de la historia rusa ya en la década de 1860. La primera fase de la Revolución rusa, en el sentido restringido de la palabra (equivalente a la fase constitucional de la Revolución francesa, 1789-1792), comenzó con la violencia desatada en 1905. Esta se logró controlar mediante una combinación de concesiones y represión, pero reapareció a una escala aún más imponente tras un hiato de doce años, en febrero de 1917, y culminó con el golpe de Estado bolchevique de octubre. Al cabo de tres años de lucha contra los opositores internos y externos, los bolcheviques consiguieron establecer un dominio indiscutido sobre la mayor parte de lo que había sido el Imperio ruso. Pero todavía eran demasiado débiles para llevar a término su ambicioso programa de transformación económica, social y cultural. Había que posponerlo varios años para que el devastado país tuviera tiempo de recuperarse. La revolución se reanudó en 1927-1928 y se consumó diez años más tarde, después de espantosos cataclismos que se cobraron la vida de millones de personas. Cabe decir que solo finalizó con la muerte de Stalin en 1953, cuando sus sucesores impulsaron y llevaron a cabo, a trompicones, una suerte de contrarrevolución desde arriba, que en 1990 parece haber conducido a un rechazo de buena parte del legado revolucionario.

Así pues, y definida en líneas generales, puede decirse que la Revolución rusa duró un siglo. En un país del tamaño y la población de Rusia, era inevitable que un proceso de esa duración fuera extremadamente complejo. La monarquía autocrática que había gobernado Rusia desde el siglo XIV ya no podía hacer frente a las demandas de modernidad y, poco a poco, cedió posiciones en beneficio de una intelligentsia radical en la que el compromiso con unas ideas utópicas de carácter extremo se conjugaba con un ilimitado apetito de poder. Sin embargo, como todos los procesos tan largos, la revolución tuvo su período culminante. A mi juicio, ese período fue el de los veinticinco años transcurridos entre febrero de 1899, con el estallido de los disturbios a gran escala en las universidades rusas, y la muerte de Lenin, acaecida en enero de 1924.

En vista del extremismo de las aspiraciones de los intelectuales que se hicieron cargo del gobierno en octubre de 1917, me ha parecido necesario abordar muchos otros aspectos más allá de la habitual lucha político-militar por el poder. Para los revolucionarios rusos, el poder era simplemente un medio para llegar a un fin, que consistía en la reconfiguración de la especie humana. Durante los primeros años tras su ascenso al poder carecieron de la fortaleza necesaria para alcanzar un objetivo tan contrario a los deseos del pueblo ruso, pero lo intentaron sentando las bases del régimen estalinista, que volvería a intentarlo con recursos mucho más grandes. Dedico una atención considerable a esos antecedentes sociales, económicos y culturales del estalinismo, que, aun cuando fueron impulsados solo de manera imperfecta bajo Lenin, estuvieron desde el inicio en el corazón mismo de la Revolución rusa.

Este volumen se divide en dos partes.

La primera, «La agonía del antiguo régimen», describe la decadencia del zarismo hasta el acontecimiento que marcó su caída, el motín de la guarnición militar de Petrogrado en febrero de 1917, que en un tiempo sorprendentemente breve no solo derrocó a la monarquía, sino que hizo trizas el tejido político y social del país. Se trata de una continuación de mi libro Russia under the Old Regime, que describía el desarrollo de la sociedad y el Estado rusos desde sus orígenes hasta finales del siglo XIX. La segunda parte, «Los bolcheviques conquistan Rusia», relata cómo el Partido Bolchevique se hizo con el poder, primero en Petrogrado y luego en las provincias habitadas por los gran-rusos,[*] e impuso en esta región un régimen de partido único con un aparato terrorista y un sistema económico centralizado. Ambas partes constituyen el presente volumen. Una secuela, Russia under the New Regime, se ocupará de la guerra civil, la separación y reintegración de las tierras fronterizas no rusas, las actividades internacionales de la Rusia soviética, las políticas culturales bolcheviques y el régimen comunista tal como cobró forma en el último año de la dictadura de Lenin.

Las dificultades a las que se enfrenta un historiador ante un tema de tanta complejidad y magnitud son formidables. Con todo, no tienen su causa, como suele creerse, en un déficit de fuentes; aunque algunas son, en efecto, inaccesibles (en especial los documentos relacionados con la toma de decisiones por parte de los bolcheviques), las fuentes primarias son más que suficientes y superan la capacidad de asimilación de cualquier persona. El problema del historiador radica más bien en el hecho de que la Revolución rusa, al formar parte de nuestro propio tiempo, es difícil de abordar de manera desapasionada. El gobierno soviético, que controla el grueso de las fuentes primarias y domina la historiografía, toma la revolución como el fundamento de su legitimidad y quiere que el tratamiento que se le dé implique un respaldo de sus afirmaciones. Al proponer obstinadamente una imagen única de la revolución en las décadas posteriores, logró determinar no solo cómo deben abordarse los acontecimientos, sino cuáles de ellos abordar. Entre los muchos temas que ha dejado en el limbo historiográfico se cuentan el papel de los liberales en las revoluciones de 1905 y 1917; el modo conspirativo en que los bolcheviques tomaron el poder en octubre; el abrumador rechazo por parte de todas las clases sociales, incluidos los trabajadores, de la dominación bolchevique seis meses después de ser instaurada; las relaciones comunistas con la Alemania imperial en 1917-1918; la campaña militar de 1918 contra la aldea rusa y la hambruna de 1921, que se cobró la vida de más de cinco millones de personas. En consecuencia, escribir una historia académica de la Revolución rusa exige, además de asimilar una inmensa cantidad de hechos, liberarse de la camisa de fuerza mental que setenta años de una historiografía políticamente dirigida han conseguido imponer a la profesión. Esta situación no solo se da en Rusia. También en Francia, durante mucho tiempo, la revolución fue sobre todo pasto para la polémica política. La primera cátedra académica consagrada a su historia no fue creada hasta la década de 1880 en la Sorbona, un siglo después del acontecimiento, durante la Tercera República, y cuando 1789 podía tratarse con algún grado de desapasionamiento. Y, aun así, la controversia nunca ha menguado.

Pero, aun abordada de manera académica, la historia de las revoluciones modernas no puede estar despojada de valores; hasta ahora jamás he logrado leer ninguna descripción de las revoluciones francesa o rusa que no revele, pese a la intención de la mayoría de los autores de mostrarse imparciales, hacia quién se decantan las simpatías de quien la ha escrito. No hace falta buscar mucho para encontrar la razón. Las revoluciones posteriores a 1789 han planteado las cuestiones éticas más fundamentales: si es apropiado destruir instituciones construidas por ensayo y error a lo largo de siglos en aras de sistemas ideales; si tenemos derecho a sacrificar el bienestar y aun la vida de nuestra generación en aras de generaciones que todavía no han nacido, y si es posible remodelar al hombre hasta hacer de él un ser perfectamente virtuoso. Ignorar estas cuestiones, ya planteadas por Edmund Burke dos siglos atrás, es hacer la vista gorda ante las pasiones que inspiraron a quienes hicieron las revoluciones y a quienes les opusieron resistencia. Y es que, en definitiva, las luchas revolucionarias posteriores a 1789 no tienen que ver con la política, sino con la teología.

Así las cosas, el saber académico exige al historiador abordar críticamente sus fuentes y transmitir con honestidad la información que obtiene de ellas. No invita al nihilismo ético, esto es, a aceptar que todo lo sucedido tenía que suceder y, por lo tanto, está más allá del bien y del mal (que era el sentir del filósofo ruso Nikolái Berdiaev, para quien no podemos juzgar la Revolución rusa por la misma razón que no podemos juzgar la aparición de las glaciaciones o la caída del Imperio romano). La revolución no fue obra ni de las fuerzas de la naturaleza ni de masas anónimas, sino de hombres identificables que buscaban su propio beneficio. Si bien tuvo aspectos espontáneos, en lo fundamental fue el resultado de actos deliberados. Como tal, está absolutamente abierta a los juicios de valor.

Hace poco, algunos historiadores franceses propusieron poner fin a la discusión de las causas y el significado de la Revolución francesa, que para ellos está «zanjada». Sin embargo, un suceso que plantea cuestiones filosóficas y morales tan fundamentales nunca puede tener fin. El debate, en efecto, no es solo acerca de lo ocurrido en el pasado, sino también de lo que pueda ocurrir en el futuro.

RICHARD PIPES

Chesham, New Hampshire,

mayo de 1989

 

 

 

 

 

LA REVOLUCIÓN RUSA

imagen

imagen

Imperio ruso, hacia 1900

Primera parte

La agonía del antiguo régimen

Los paralíticos del gobierno luchan de manera débil e irresoluta, como si carecieran de voluntad, contra los epilépticos de la revolución.

IVÁN SHCHEGLOVÍTOV,

ministro de Justicia, 1915



1

1905: la convulsión previa

En el prefacio a una novela autobiográfica, Somerset Maugham explica por qué prefiere escribir relatos de una manera más literaria que estrictamente fáctica:

Los hechos son malos narradores. Comienzan una historia al azar, en general mucho antes del principio, divagan intrascendentes y se apagan poco a poco, dejando cabos sueltos y sin aportar una conclusión [...] una historia necesita un esqueleto que la sostenga. El esqueleto de una historia es, por supuesto, su argumento. Ahora bien, un argumento tiene ciertas características de las que no se puede prescindir. Tiene un comienzo, un nudo y un desenlace. [...] Esto significa que la historia debe comenzar en un punto y terminar en otro.[1]

El historiador no puede permitirse el lujo de reconfigurar los acontecimientos para adaptarlos al esqueleto de un argumento, lo cual significa que la historia que cuenta no tiene ni un principio claro ni un final definido. Debe comenzar al azar y apagarse poco a poco, inconclusa.

¿Cuándo comenzó la Revolución rusa? En su análisis del naufragio de la Rusia imperial, Piotr Struve, un importante publicista liberal del cambio de siglo, llegó a la conclusión de que la suerte ya estaba echada en 1730, cuando la emperatriz Ana renegó de la promesa de acatar una serie de limitaciones constitucionales que la aristocracia le había impuesto como condición para dejarla subir al trono. También puede argumentarse que la revolución se inició en 1825, con el abortado levantamiento decembrista. Es indudable que en la década de 1870 había en Rusia un movimiento revolucionario con todas las de la ley; los hombres que lideraron la Revolución de 1917 consideraban a los radicales de esa época como sus precursores.

Sin embargo, si queremos identificar acontecimientos que no solo hayan presagiado 1917, sino que hayan llevado directamente a él, la elección tiene que recaer en los disturbios que estallaron en las universidades rusas en febrero de 1899. Si bien pronto fueron sofocados por la habitual combinación de concesiones y represión, estos disturbios pusieron en marcha un movimiento de protesta contra la autocracia que no menguó hasta el levantamiento revolucionario de 1905-1906. A la larga, esta primera revolución también fue aplastada, pero a costa de importantes concesiones políticas que debilitaron mortalmente a la monarquía rusa. Si es cierto que los acontecimientos históricos tienen un comienzo, el de la Revolución rusa bien pudo ser la huelga general universitaria de febrero de 1899.

Y fue, no cabe duda de ello, un comienzo azaroso. Desde la década de 1860, las instituciones rusas de enseñanza superior habían sido el principal centro de la oposición al régimen zarista; en su mayor parte, los revolucionarios eran, o bien estudiantes universitarios, o bien desertores de la universidad. Hacia finales de siglo había en Rusia diez universidades, así como unas cuantas escuelas especializadas que enseñaban teología, derecho, medicina e ingeniería. El alumnado lo integraban 35.000 estudiantes, en su inmensa mayoría pertenecientes a las clases bajas. En 1911, el contingente más grande estaba compuesto por hijos de sacerdotes, seguidos de los hijos de burócratas y campesinos; los integrantes de la nobleza hereditaria constituían menos del 10 por ciento, la misma proporción que los judíos.[2] El gobierno imperial necesitaba una élite instruida y promovía la educación superior, pero, con escaso realismo, deseaba limitarla estrictamente a la formación profesional y vocacional. Esa política satisfacía a la mayoría de los estudiantes, que, aunque fueran críticos con el régimen, no querían que la política se inmiscuyera en sus estudios; lo sabemos por encuestas realizadas en 1905, un año revolucionario. Pero cada vez que las autoridades reaccionaban exageradamente ante la minoría radical, algo que solían hacer, los estudiantes cerraban filas.

En 1884, en medio de las «contrarreformas» que siguieron al asesinato de Alejandro II, el gobierno revisó los liberales estatutos universitarios promulgados veintiún años antes. Las nuevas regulaciones despojaron a las universidades de gran parte de su autonomía y las pusieron bajo la supervisión directa del Ministerio de Educación. Sus cuerpos docentes ya no podían elegir a los rectores. La autoridad disciplinaria sobre los estudiantes fue puesta en manos de un inspector estatal externo, que ejercía funciones de policía. Se declararon ilegales las organizaciones estudiantiles, aun en la forma de zemliachestva, asociaciones formadas por estudiantes de la misma provincia con fines de asistencia mutua. Como es fácil de imaginar, esas nuevas regulaciones no fueron del agrado de los estudiantes, y su disgusto creció en 1897 con la designación, como ministro de Educación, de Nikolái P. Bogolépov, un profesor de derecho romano que, si bien fue el primer académico en ese cargo, era un conservador adusto e indiferente a quien aquellos apodaron «el convidado de piedra». Aun así, las décadas de 1880 y 1890 fueron un período de relativa calma en las instituciones de enseñanza superior.

imagen

2. Nicolás II y su familia poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Al lado del zar, Alejandra Fiódorovna. Las hijas, de izquierda a derecha: María, Tatiana, Olga y Anastasia. En primera fila, el zarévich Alexis.

El acontecimiento que hizo añicos esa calma fue insignificante. Por tradición, la Universidad de San Petersburgo celebraba el 8 de febrero el aniversario de su fundación.[*] Era habitual que ese día, tras participar en los festejos formales organizados por el cuerpo docente, los estudiantes lo celebraran en el centro de la ciudad. Se trataba solo de divertirse, sin que la política desempeñara papel alguno en ello. Pero en la Rusia de esa época cualquier hecho público que no contara con la aprobación oficial era considerado un acto de insubordinación y, como tal, era político y subversivo. Resueltas a poner fin a esos alborotos, las autoridades solicitaron al rector, el conocido y popular profesor de derecho Vasili I. Serguéievich, que advirtiera a los estudiantes de que dichas celebraciones ya no serían toleradas. La advertencia, difundida en toda la universidad y publicada en la prensa, merece ser citada en su totalidad porque refleja de manera muy fiel la mentalidad policial del régimen:

No ha sido infrecuente que el 8 de febrero, aniversario de la fundación de la Universidad Imperial de San Petersburgo, los estudiantes perturbaran la paz y el orden tanto en las calles como en lugares públicos de la ciudad. Estos disturbios comienzan inmediatamente después de terminadas las celebraciones universitarias, cuando los estudiantes, al son de canciones y hurras, marchan en multitud hacia el puente del Palacio y toman luego la perspectiva [avenida] Nevski. Al anochecer se registran intrusiones ruidosas en restaurantes, lugares de esparcimiento, el circo y el Pequeño Teatro. Ya entrada la noche, las calles adyacentes a estos establecimientos son cortadas por una multitud excitada, que genera altercados lamentables y el enfado del público. Hace tiempo ya que la sociedad de San Petersburgo ha tomado nota de esos desórdenes; los considera indignantes y culpa a la universidad y a todo el alumnado, aunque solo una pequeña parte de este participa en ellos.

La ley ha tomado medidas preventivas para evitar estos desórdenes e impone a los culpables de violar el orden público una pena de 7 días de cárcel y multas de hasta 25 rublos. Cuando en los tumultos participa una vasta multitud que ignora las órdenes policiales de dispersarse, los participantes quedan sujetos a penas de cárcel de hasta un mes y multas de hasta 100 rublos. Y si es menester apelar a la fuerza para apaciguar el desorden, los culpables deben cumplir sentencias de cárcel de hasta tres meses y pagar multas de hasta 300 rublos.

El 8 de febrero, la policía está obligada a preservar la paz de la misma manera que cualquier otro día del año. En caso de alteraciones del orden, tiene la obligación de sofocarlas a cualquier precio. Además, la ley prevé el uso de la fuerza para poner fin a los desórdenes. Los resultados de ese choque con la policía pueden ser sumamente desafortunados. Los culpables serán objeto de arresto, pérdida de privilegios, despido y expulsión de la universidad, así como deportación de la capital. Me siento en la obligación de advertir al alumnado sobre ello. Los estudiantes deben respetar la ley a fin de defender el honor y la dignidad de la universidad.[3]

La imprudente admonición enfureció a los estudiantes. Cuando el 8 de febrero Serguéievich subió al estrado de los oradores, lo abuchearon y silbaron durante veinte minutos. Luego salieron en tropel al son de «Gaudeamus igitur» y La Marsellesa. La multitud intentó cruzar el puente del Palacio para entrar en la ciudad, pero, al encontrarlo bloqueado por la policía, se encaminó en cambio hacia el puente Nikoláiev. En él, más policías la esperaban. Los estudiantes declararon que en la refriega resultante habían recibido latigazos, mientras que la policía sostenía haber sido bombardeada con bolas de nieve y pedazos de hielo.

Muy enardecidos, los estudiantes celebraron durante los dos días siguientes asambleas en las que votaron a favor de hacer huelga hasta que el gobierno les garantizara que la policía respetaría sus derechos.[4] Hasta ese momento, las demandas eran bien específicas y de fácil solución.

Pero el movimiento de protesta no tardó en quedar bajo la dirección de radicales a cargo de un fondo de ayuda mutua ilegal (Kassa vzaimopomoshchi), que vieron en él una oportunidad de politizar al cuerpo estudiantil. Dirigían el fondo los socialistas, algunos de los cuales desempeñarían más adelante un papel protagonista en el movimiento revolucionario, entre ellos Borís Sávinkov, un futuro terrorista; Iván Kaliáiev, que en 1905 asesinaría al gran duque Sergio, gobernador general de Moscú, y Gueorgui Nosar (Jrustalev), que en octubre de 1905 presidiría el Sóviet de Petrogrado.[5] En un principio, los dirigentes del fondo desestimaron la huelga como un ejercicio «pueril», pero tomaron las riendas al comprender que el movimiento disfrutaba de un amplio respaldo. Crearon un comité organizador para dirigir la huelga y despacharon emisarios a las otras universidades con peticiones de apoyo. El 15 de febrero, la Universidad de Moscú se unió a la huelga; la siguió la de Kiev, el 17 del mismo mes, y no mucho después todas las grandes instituciones de enseñanza superior del Imperio estaban cerradas. Alrededor de 25.000 estudiantes boicotearon las clases. Los huelguistas llamaban a poner fin a la disciplina arbitraria y la brutalidad policial, sin plantear por el momento exigencias políticas.

Las autoridades respondieron con el arresto de los dirigentes de la huelga. Con todo, funcionarios más liberales se las ingeniaron para convencerlas de que las protestas no tenían una finalidad política y de que lo mejor para contenerlas era satisfacer las legítimas demandas estudiantiles. De hecho, los propios estudiantes huelguistas creían actuar en defensa de la ley y sin cuestionar al régimen zarista.[6] Se formó una comisión encabezada por Piotr S. Vannovski, un ex ministro de la Guerra y venerable general con impecables credenciales conservadoras. Mientras la comisión investigaba, los estudiantes volvieron a clase, ignorando las protestas del comité organizador. La Universidad de San Petersburgo decidió por votación poner fin a la huelga el 1 de marzo, y en Moscú se volvió a las aulas cuatro días después.[7]

Disgustados por el giro de los acontecimientos, los socialistas del comité organizador difundieron el 4 de marzo, en nombre del cuerpo estudiantil, un manifiesto según el cual los hechos del 8 de febrero de 1899 no eran sino «un episodio más del régimen que impera en Rusia, [un régimen] que se apoya en la arbitrariedad, el secreto [bezglasnost] y la más absoluta falta de seguridad, incluida la ausencia de los derechos más indispensables y, en rigor, más sagrados del desarrollo de la individualidad humana».

El manifiesto convocaba a los opositores rusos a «organizarse para la lucha venidera», que solo terminaría «con la consecución de su principal objetivo, el derrocamiento de la autocracia».[8] A juicio del oficial de policía que informaba de estos sucesos, el documento era no tanto la expresión de los desórdenes estudiantiles como un «preludio a la Revolución rusa».[9]

El episodio recién descrito es un microcosmos de la tragedia de la Rusia tardoimperial: demuestra hasta qué punto la revolución fue el resultado, no de condiciones intolerables, sino de actitudes irreconciliables. El gobierno decidió tratar una manifestación inofensiva de personas jóvenes como un acto sedicioso, y en respuesta los intelectuales radicales transformaron las denuncias estudiantiles sobre el maltrato policial en un rechazo general del «sistema». Era absurdo, desde luego, insinuar que las demandas de los estudiantes que dieron origen a la huelga universitaria no podían satisfacerse sin el derrocamiento del régimen político del país; el restablecimiento de los estatutos universitarios de 1863 habría contribuido en gran medida a dar respuesta a dichas demandas, como debieron de creerlo la mayoría de los estudiantes dado que regresaron a las aulas tras la designación de la comisión Vannovski. La técnica de traducir demandas específicas en exigencias políticas generales se convertiría en un procedimiento habitual de los liberales y radicales rusos. Excluía los acuerdos y las reformas parciales; nada, se alegaba, podría mejorar mientras el sistema existente siguiera en pie, lo cual significaba que la revolución era un requisito previo necesario de cualquier tipo de mejora.

En contra de lo esperado, la comisión Vannovski se puso del lado de los estudiantes y responsabilizó a la policía de los acontecimientos de febrero. La conclusión a la que llegó fue que las huelgas no tenían ni un origen conspirativo ni una intención política; solo eran una manifestación espontánea de la insatisfacción estudiantil a causa del trato recibido. Vannovski propuso un retorno a los estatutos universitarios de 1863, así como una serie de reformas específicas que incluían la legalización de las asambleas estudiantiles y las zemliachestva, la reducción del tiempo dedicado al estudio del latín y la abolición de la obligatoriedad del griego. Las autoridades decidieron rechazar estas recomendaciones y prefirieron recurrir a medidas punitivas.[10]

El 29 de julio de 1899, el gobierno promulgó «normas provisionales» por las cuales se disponía que los estudiantes culpables de mala conducta política perderían la prórroga militar. En el momento de su publicación, casi todo el mundo supuso que la medida pretendía atemorizar a los estudiantes y que no sería llevada a la práctica. Pero se equivocaban. En noviembre de 1900, tras un año y medio de calma, estallaron nuevos disturbios estudiantiles, esta vez en Kiev, en protesta por la expulsión de dos estudiantes. En varias universidades se celebraron mítines de protesta en apoyo de Kiev. El 11 de enero de 1901, invocando la ordenanza de julio de 1899, Bogolépov dispuso la incorporación al ejército de 183 estudiantes de esa ciudad. Cuando la Universidad de San Petersburgo fue a la huelga en solidaridad con ellos, 27 de sus estudiantes recibieron un castigo similar. Un mes después, un estudiante llamado Piotr A. Karpóvich mató a tiros a Bogolépov; el ministro fue la primera víctima de la nueva oleada de terrorismo que en los años siguientes se cobraría miles de ellas. Para sus contemporáneos, las medidas de Bogolépov contra los estudiantes y su asesinato marcaron el inicio de una nueva era revolucionaria.[11]

Se declararon más huelgas universitarias en Járkov, Moscú y Varsovia, y centenares de estudiantes fueron expulsados mediante procedimientos administrativos. En 1901, con la esperanza de calmar la situación, el gobierno designó a Vannovski, que por entonces tenía setenta y ocho años, como sustituto de Bogolépov. El nuevo ministro introdujo modificaciones en las normas universitarias, que autorizaban las reuniones estudiantiles y suavizaban las exigencias respecto de las lenguas antiguas. Pero las concesiones no lograron apaciguar a los estudiantes; en efecto, sus organizaciones las rechazaron con el argumento de que eran una muestra de debilidad y había que aprovecharlas con fines políticos.[12] Incapaz de sosegar a las universidades, Vannovski fue destituido.

En lo sucesivo, las instituciones rusas de enseñanza superior se convirtieron en la plataforma de lanzamiento de la oposición política. Viacheslav Pleve, el archiconservador director del Departamento de Policía, opinaba que «casi todos los regicidas y muchos de los involucrados en crímenes políticos» eran estudiantes.[13] Según el príncipe Yevgueni Nikoláievich Trubetskoi, un académico liberal, las universidades estaban completamente politizadas; los estudiantes se mostraban cada vez menos interesados en los derechos y libertades académicos y solo les importaba la política, lo cual hacía imposible una vida académica normal. En 1906 describió las huelgas universitarias de 1899 como el comienzo de la «crisis general del Estado».[14]

La agitación en las instituciones de enseñanza superior se producía contra el telón de fondo de un creciente sentimiento opositor en los zemstvos, órganos de autogobierno local creados en 1864. En 1890, durante la época de las «contrarreformas», se limitaron sus derechos, medida que suscitó entre sus representantes tanta insatisfacción como los estatutos universitarios de 1884 entre los estudiantes. A finales de la década de 1890, los zemtsi comenzaron a celebrar cónclaves nacionales semilegales de visos políticos.[15]

A esas alturas, el gobierno tenía dos alternativas: podía procurar aplacar con concesiones a la oposición, hasta el momento reducida en su mayor parte a los elementos instruidos, o recurrir a medidas represivas aún más duras. Las concesiones habrían sido, qué duda cabe, la elección más prudente, porque la oposición era una alianza poco firme de elementos diversos entre los cuales debería haber sido posible, con un coste relativamente bajo, satisfacer a los más moderados y apartarlos de los revolucionarios. La represión, por otra parte, lanzó a unos en brazos de otros y radicalizó a los moderados. El zar, Nicolás II, se aferraba al absolutismo, en parte porque en virtud de su juramento de coronación se creía obligado a sostener ese sistema y, en parte, porque estaba convencido de que los intelectuales eran incapaces de administrar el imperio. No contrario del todo a hacer algunas concesiones si con ellas se restablecía el orden, no tenía paciencia; cada vez que las concesiones no producían de inmediato el resultado deseado, las abandonaba y recurría a medidas policiales.

Cuando en abril de 1902 un estudiante radical mató al ministro del Interior, Dmitri S. Sipiaguin, se resolvió otorgar a la policía facultades prácticamente ilimitadas. La designación de Viacheslav Pleve como sucesor de Sipiaguin marcó el comienzo de una política de confrontación inflexible con la «sociedad», una declaración de guer

Recibe antes que nadie historias como ésta