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LA REBELIóN

David Anthony Durham  

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Fragmento

Créditos

Título original: The Risen

Traducción: Sonia Tapia

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2016, David Anthony Durham

© Mapas: 2016, Jeffrey L. Ward

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa

del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-901-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

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Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Mapa

PRIMERA PARTE. LOS DIOSES NOS AMARÁN

Drenis

Sura

Filón

Dolmos

Nonus

Ratón

Espartaco

Kaleb

Castus

Vectia

SEGUNDA PARTE. TODOS NOSOTROS

Nonus

Drenis

Sura

Dolmos

Espartaco

Laelia

Filón

Vectia

Castus

Kaleb

TERCERA PARTE. ALMAS EN PENA

Nonus

Drenis

Dolmos

Sura

Filón

Castus

Vectia

Kaleb

Espartaco

Laelia

Nota histórica

Agradecimientos

Dedicatoria

Para Gudrun

Mapa

p9.jpg

PRIMERA PARTE. LOS DIOSES NOS AMARÁN

PRIMERA PARTE

LOS DIOSES NOS AMARÁN

Drenis

Drenis

Drenis odia sus manos. Le tiemblan, por más que intente evitarlo. Debería estar comiendo, como los otros, ocultando sus pensamientos e intenciones, comportándose con normalidad. Están sencillamente hablando, él, Gaidres y Espartaco, sus compañeros. En torno a ellos, los otros gladiadores comen y charlan, bromean, se insultan. Es la hora de la cena, igual que cualquier otro día en el ludus, la escuela de gladiadores de Gneo Cornelio Léntulo Batiato. Pero este no es un día cualquiera. Este es el día en que recibirán los votos de otros hombres, cuando jurarán que harán lo que llevan tanto tiempo susurrando que harían, el día en que los sueños se escribirán con sangre, con los dioses invocados como testigos.

Están sentados a una de las largas mesas, al calor del sol primaveral. Drenis se inclina. No ha tocado el cuenco de madera que tiene delante. Necesita hacer algo y finge rascarse un picor en la palma de la mano, pero en realidad se pellizca la piel, esperando que el dolor lo serene.

—Tranquilo, Drenis —dice Espartaco. Sus manos están relajadas. Con un dedo traza círculos sobre la punta dentada de un anzuelo que sobresale de la mesa, engastado allí mucho tiempo atrás. La madera en torno a él se ha manchado de marrón oscuro—. Esto es lo más fácil —asegura—. Se trata solo de escuchar unos cuantos juramentos. Convertiremos a muchos en uno, y seremos más fuertes. Créeme.

El gálata Kastor es el primero en acercarse. Descarga su copa sobre la mesa, salpicando en la madera la bebida de vinagre y ceniza. Se sienta frente a ellos, con dos de sus corpulentos compañeros a la espalda. Kastor pregunta en voz alta si es cierto que Ziles gimoteó en sus últimos momentos. ¿De verdad llamó a su madre?

Drenis también sabía que sucedería esto. Ziles, el hijo de Gaidres, murió el día anterior. Una herida recibida en la arena se infectó hasta llevárselo al otro mundo. Era natural que los otros ofrecieran sus condolencias. O sus vítores. De cualquier manera, los ojos vigilantes de los guardias verán y no comprenderán. Ha sido idea de Espartaco. Oír los juramentos en público, propuso, donde todo el intercambio sea visto, pero no tomado por lo que es.

Hay un guardia apostado en el balcón que domina la zona de comedor. Se inclina y los observa, aunque con mínimo interés. Hace calor, y esa charla entre los hombres es cosa de todos los días. El guardia aparta la vista, tal como Espartaco ha predicho.

Gaidres no muestra emoción alguna en su rostro curtido. Una vez que Kastor se queda sin preguntas, comenta:

—Mi hijo murió bien, y lo sabes.

—Todos lo sabemos —interviene Espartaco—. Kastor, ¿juras lealtad a nuestra causa?

Kastor sonríe. Sus rasgos son voluminosos. Tiene una cicatriz en la mejilla izquierda, una poblada barba negra, una piel bronceada rojiza que contrasta con sus ojos azules. Es de sonrisa fácil. A menudo se jacta de que su pene mide el doble que el de cualquier otro. Y eso, sostiene, le pone a uno de buen humor.

—Lo juro.

—¿Por qué dios?

—Por cualquiera que escuche a los esclavos. —Se vuelve entonces hacia sus compañeros—. ¿Quién es el dios de los esclavos, lo sabéis?

Gaidres tamborilea con los dedos en la mesa.

Sin dejar de sonreír, Kastor pone una mano sobre la madera, encuentra el anzuelo y presiona el pulgar sobre la punta. Cuando lo aparta, muestra en el dedo un glóbulo de sangre.

—Con esta sangre juro por Tengri. Tengri premia y castiga. Tengri ama la justicia. Tengri dirigirá mi mano. Tenéis mi juramento, y a mi gente. —Y con tono más sombrío añade—: Ziles murió con dignidad. Todos lo sabemos. Era un hijo que cualquier hombre habría deseado llamar suyo. No tengáis en cuenta las palabras que digo contra él. —Se levanta y se aleja.

Los otros se quedan sentados, callados hasta que Espartaco habla:

—Los gálatas están con nosotros.

—No son muchos —señala Gaidres.

—No, pero Kastor vale por varios hombres.

Otros acuden a ellos. Nasah, el libio, presiona la palma contra el anzuelo, jurando por Ba’al. Kut, de los nasamones, invoca a los espíritus de sus antepasados. Se inclina, coge un pellizco de tierra del suelo y lo lame. Thresu coloca la palma contra la punta metálica y se graba el símbolo del dios etrusco de la guerra, Laran. Crixo, de los alóbroges, agarra la muñeca de Espartaco, aprieta más de lo necesario y jura la lealtad de sus hombres con voz tensa, como con reticencia. Aun así, recita las palabras. El jefe de los germanos, Enomao, ofrece su sangre, pero luego pregunta por qué los juramentos se pronuncian ante los medos. ¿Por qué no ante él mismo, puesto que en el ludus hay más germanos que tracios? ¿Por qué no ante él, siendo el primero entre los gladiadores?

—Soy el que tiene más muertes a su nombre. Más cicatrices en la arena.

«Cada argumento tiene su punto de verdad», piensa Drenis. Los de su tribu juran que Enomao ha ocultado su fuerza vital en alguna parte de su cuerpo y gracias a ello no pueden matarlo. Sus heridas lo atestiguan. La abultada cicatriz de una lanza hundida en su vientre; el verdugón que le corre por el muslo; la cuña de piel pelada en la nuca, una herida de hacha, según cuentan.

—¿Por qué no hacen el juramento ante mí? —insiste Enomao.

—Porque el plan es nuestro —responde Gaidres—. La sacerdotisa es de los nuestros, y suya ha sido la visión.

Enomao se mesa su bigote rubio. Tira con tal fuerza que su labio se tensa y destensa cuando lo suelta.

—Pues más vale que no se equivoque.

—No se equivoca —insiste Gaidres—. Tú has visto cumplirse sus profecías más de una vez.

—Ni siquiera nos habéis contado vuestro plan. ¿Es que vuestra mujer los matará a todos ella sola?

Con un gesto de las manos Espartaco impide que Gaidres responda.

—Te hemos dicho lo que necesitas saber —interviene—. Guarda silencio todo lo que puedas. Cuando el silencio se rompa, rebélate.

—¿Que me rebele dentro de una celda cerrada?

—De eso ya nos encargamos nosotros. Mata a los que te han encadenado. Eso es lo único que importa. No necesitas hacer más que eso.

Enomao se queda mirando al tracio.

—He accedido a estar contigo en el alzamiento. Después de eso, los germanos no responderán ante nadie. Recuérdalo.

Cuando ya se ha marchado, Gaidres comenta:

—Será difícil mantenerlo con nosotros.

—Yo lo mantendré —susurra Espartaco—, de una u otra forma.

Y llegan otros, incluso hombres que no hablan por nadie, solo por sí mismos. Todos se comprometen a actuar en el nombre de los dioses de su elección. Este pronunciamiento de votos era algo inimaginable cuando Espartaco lo propuso por primera vez. Tantos hombres tan dispares, de clanes y razas distintos, con lenguas discordantes... Drenis estaba seguro de que jamás podrían unirse en una sola causa, ni siquiera cuando esta es su propia libertad. Pero ahora está sucediendo. Casi todos los gladiadores están con ellos. Solo los latinos han quedado fuera, porque no son de fiar, y los iberos, porque nadie entiende su idioma. Da igual. Son suficientes. Los que han jurado lealtad superan en número a los guardias. Espartaco y Gaidres han tardado semanas en crear esta unión. Con el apoyo de las profecías de Astera, se los han ido ganando uno a uno.

Y el momento ha llegado. Todo está listo para el día siguiente.

Chromis, el taciturno misio del ludus, parece más nervioso que los otros cuando se sienta ante Gaidres. A pesar de ser un esclavo, es el encargado de las llaves que encierran a los diversos grupos de hombres en sus habitáculos: celdas, pasillos o habitaciones, dependiendo del estatus de cada uno o el tamaño de su clan. Es un individuo mal formado, de hombros estrechos y brazos poco musculosos. Alguien debió de arrancarle la oreja de un mordisco hace mucho tiempo. No es un guerrero, ni mucho menos. Tampoco un gladiador. Por todo esto, y por su sumisión a sus amos, le desprecian. Aun así, lo necesitan.

—¿Está todo listo? —pregunta Espartaco.

Chromis asiente con la cabeza. Se rasca el sobaco y la barriga. Picaduras de pulgas, seguramente. Todos las tienen. Drenis se empeña en no reconocer jamás las suyas.

—¿Valens ha preguntado por Astera? —quiere saber Gaidres. Valens es el cocinero.

—Sí. —Chromis parece pasmado por su propia respuesta—. Tal como ella predijo. ¿Cómo sabe lo que hay en la mente de los hombres?

—¿Tendrá la llave? ¿Estás seguro?

—Si las mujeres lo complacen, él les lleva dulces. Así las tiene ansiosas. A algunas. No me imagino que Astera pueda estar ansiosa.

—¿Por complacerlo? —tercia Espartaco—. No, pero sí estará ansiosa por quedarse con su llave. —Le hace un gesto al misio para que haga la ofrenda de sangre.

Cuando Chromis ya se ha ido, Drenis masculla:

—No me fío de él.

—Ni yo —apunta Gaidres—, pero quiere salir de aquí tanto como cualquiera de nosotros. O más, puesto que es un cobarde y se le ha metido en la cabeza que Batiato pronto lo sacará a la arena para que lo maten de una paliza.

—¿Cómo se le habrá ocurrido esa idea? —pregunta Espartaco con ironía.

Gaidres no contesta. Se levanta y se marcha, aduciendo que necesita quemar semillas y pronunciar unas palabras por su hijo. Llevará algún tiempo. Se aleja con las piernas rígidas.

—Tienes razón, por supuesto —comenta Espartaco—. Seremos traicionados. Algunos hombres no pierden la ocasión de engañar. Astera soñó con una manada de caballos, todos a galope. Uno de ellos se puso a morder a los otros, y el que recibía un mordisco se ponía furioso y mordía a otro. De manera que todo el rebaño acabó atacándose. No sabemos quién será, pero uno de nosotros morderá a los otros.

—¿Chromis?

Espartaco menea la cabeza.

—No, él no. Astera dijo que no sería él.

Drenis desconfía del misio más que de nadie. Le disgusta más que nadie, pero sabe que Astera jamás se ha equivocado, desde que llegó un par de meses atrás e hizo saber que era una sacerdotisa de la diosa Cotito. No es más que una mujer, una criatura menuda de rasgos pequeños y delicados. Bonita, sí, pero no una mujer en la que se pueda pensar con lujuria. Es del pueblo de los díos. Son tracios, pero pertenecen a un clan de la montaña, hombres duros incluso entre los tracios, con unos dioses que solo ellos tienen. Cada vez que se posan en Drenis, los ojos de Astera le queman la piel. Y él siente el dolor de esa mirada incluso cuando no sabe que le mira. Un lado de su rostro arde de calor, se vuelve y... ahí está ella, sus ojos verdes fijos en él. Es solo una mujer, pero poseedora de una fuerza que él no comprende.

—Si Astera dice que no es él —admite por fin—, es que no es él. Pero entonces ¿quién? ¡Espartaco, cualquiera puede traicionarnos! Solo tendría que llamar la atención de un guardia, señalar con el dedo, pronunciar unos nombres. Algunos ya deben de estar deseando hacerlo.

—Tienes razón, sí. —Espartaco asiente—. Esta noche todos los hombres que nos han jurado lealtad yacerán en sus jergones agitándose, rumiando sobre lo que sucederá mañana por la noche. Uno de ellos, si no más de uno, decidirá que su destino es más seguro ganándose el favor de Batiato. Tal vez algunos ya lo estén pensando, pero esta es la noche en que la mente les dará vueltas, calculando qué pueden ganar volviéndose contra nosotros. Siempre ha sido el punto débil de nuestro plan. Tenemos que confiar en muchos para triunfar, pero no se puede confiar en muchos. Un gran problema.

—No deberíamos haber tomado los juramentos —dice Drenis—. ¿Por qué lo hemos hecho? De todas formas, ellos no están preparando nada.

—Cierto. Pero de este modo, una vez seamos libres, los hombres estarán ligados a nosotros. Se creerán parte del plan, dueños de él. Huiremos juntos de aquí, y no en cien direcciones distintas. Y por lo tanto seremos más fuertes. Escucha, primo —Espartaco se inclina—, te preocupas demasiado. Cada problema tiene su solución. Ahora tenemos el juramento de los hombres. Y serán fieles a él, lo quieran o no. Es muy sencillo. No nos rebelaremos mañana, Drenis.

—¿No?

—No. —Una sonrisa danza en sus ojos—. No será mañana. La rebelión será esta noche.

Más tarde, encerrado en la celda que comparte con Espartaco, Drenis piensa. Es sencillo. Esta noche, no mañana. Por supuesto. Nadie tendrá tiempo de traicionarlos. Podrán planteárselo, pero no hacerlo.

Y entonces se dice: esta noche ya está aquí. El sol se ha puesto y el mundo está oscuro desde hace varias horas. Le martillea el pulso, pero tienen que esperar. Esto es lo peor. Si ha de suceder cualquier cosa, será Astera quien marque el comienzo. Todo un ludus lleno de hombres, guerreros, gladiadores: todos esperando que una mujer actúe antes que ellos. La coreografía del plan siempre le ha parecido demasiado compleja. Chromis llevará a Astera ante Valens, un hombre libre que satisface sus placeres en una celda cerrada, con mujeres encadenadas para proteger su seguridad. Es un arreglo que ha beneficiado a ambos durante un tiempo.

Esta noche, no obstante, las cadenas en las muñecas de Astera estarán abiertas. Una vez se quede a solas con el cocinero, lo matará. Drenis no se imagina cómo lo hará. Es tan pequeña, tan menuda... Valens está gordo, bien alimentado, y es fuerte a su manera. Pero el plan es que Astera acabe con él. Con su llave, Chromis y ella entrarán en las cocinas, y desde allí Chromis llegará a un armario donde hay otras llaves, llaves que abrirán el ludus desde dentro. Hay que matar a un guardia para poder llegar a esas llaves, y serán solo Astera y Chromis los que lidien con él. Solo después de que se logre todo eso, podrán comenzar a abrirse las jaulas que tienen presos a los gladiadores.

Drenis se agita en su catre. ¿Por qué no está más tranquilo? Quiere estarlo. Siempre intenta aparentar la misma seguridad de Espartaco, pensando que, si se muestra así, será igual también en su mente. Pero no es así. Intentó revestirse de la arrogancia de Kastor, pero no funcionó. Querría ser estoico, impasible como Gaidres. O irascible, ardiente de rabia como Crixo.

Y entonces se acuerda de Bendidora. Es muy fácil que le venga a la mente. Cualquier pensamiento puede llevarlo derecho a ella, aunque no tenga nada que ver. La ve como la vio aquella primera noche en la sala de Muccula, cuando él tenía quince años y ella ni eso. La ve sirviendo a los hombres, el rostro oculto bajo una cascada de cabello rubio. ¿Cómo supo que era hermosa antes incluso de verle el rostro? Lo ignora, pero lo supo. Intentó no quedársela mirando, pensando que los demás se darían cuenta. Tenía miedo de ofender a su anfitrión y de que Muccula adivinara que estaba pensando en apretarse contra su hija por detrás. Se sintió atrapado por la presión de su entrepierna, y temió que los demás también lo advirtieran. Le harían ponerse en pie. Se reirían de él.

No fue así. Y más tarde, al año siguiente, cuando su padre propuso matrimonio entre él y Bendidora, ella tampoco se rio de él. El padre de Bendidora puso un precio alto por la novia, pero el padre de Drenis prometió pagarlo. Al recordarlo, al recordar su dicha de entonces, se le llenan los ojos de lágrimas. Qué estúpido, añorar las cosas perdidas. Algo que tuvo tan cerca y que ahora está tan fuera de su alcance.

—¿Duermes? —pregunta Espartaco. No aguarda respuesta—. No pienses en ella. O hazlo, si eso te da coraje. ¿Te da coraje, hermano?

No son hermanos en realidad, pero Drenis agradece que lo llame así.

—Sí, cuando vuelva a verla...

—¿Qué harás? Podría estar casada con otro, lo sabes. Al principio te dijo que sí, pero vuestra unión jamás se hizo realidad. —Se vuelve en el catre hacia Drenis. Su cabeza aparece entre sombras—. Solo digo la verdad. ¿Quién sabe lo que habrá pasado desde que salimos del país? Podría ser una esclava. Podría estar aquí en Italia, por lo poco que sabemos. Podría haberse ido al otro mundo. —Hace una pausa antes de añadir—: Aun así, tuvo ojos para ti antes que tú para ella. Eso también es verdad.

—No es cierto —protesta Drenis.

—Desde luego que sí. ¿Por qué no iba a ser así? Tú eres Drenis, amado por todas las mujeres.

Drenis sabe que tiene un rostro agradable y que su cuerpo, a pesar de que pasa de los veinte años, es el de un joven que empieza a convertirse en hombre. Antes de ser esclavo, allá en Tracia, las mujeres se burlaban, llamándole gemelo de Paris, diciendo que Bendidora era su Helena. Drenis deseaba a su Helena, pero tener el rostro de Paris lo avergonzaba. Era un rostro para complacer a las mujeres, sí, pero él habría elegido uno que complaciera a los hombres. Un rostro que les hiciera confiar en él, creerle, seguirle. De haber podido elegir un rostro, le habría gustado uno como el de Espartaco.

Este vuelve a acomodarse en su catre, provocando una lluvia de paja. Drenis cierra los ojos hasta que la lluvia amaina.

—Cuéntame algo que recuerdes, Drenis.

Es algo que hacen a menudo. Los dos solos, en la diminuta celda que comparten, hablan de su hogar. Espartaco sostiene que si mantienen Tracia viva en sus mentes, sus dioses lo sabrán. Zalmoxis sabrá que todavía viven. Darzalas guiará su mano para premiar su lealtad. Dice que de todos los dioses, la Gran Madre es la que tiene más alcance. Está en la tierra allá donde estén los animales y las plantas. Si sabe que son fieles a ella, los ayudará una vez sean libres y estén en las montañas. Los romanos no podrán encontrarlos. Ellos no la conocen, pero la Gran Madre los aborrece, a ellos y a sus apestosas ciudades.

—Habla —insiste Espartaco—. Es mejor hablar que aguardar en silencio.

Tiene razón. Pero ¿qué decir? Drenis recuerda que, cuando era pequeño, su madre lo llevó a la cabaña donde las mujeres iban a veces para atender cosas privadas. Allí se lo llevó cuando su padre había marchado a una campaña. Encendió un fuego y, a la luz tenue y humeante, le contó todo lo que sabía de la Gran Madre. Y mientras hablaba, calentó una aguja. Le dijo que se tumbara boca abajo y no se moviera, y entonces le pinchó en la parte inferior de la espalda y estuvo trasteando largamente ahí abajo.

—¿Sabes lo que estoy haciendo? —le preguntó—. Este será el estigma de Zalmoxis. Los hombres lo verán y les gustará, lo cual será bueno para ti. Aquí hay un secreto solo para ti. —Trazó un círculo en su piel—. Mira, esta es la Gran Madre. Envuelve a Zalmoxis, lo contiene. Esto no lo sabrán los hombres. Cuando lo vean, pensarán que Zalmoxis es el dueño del mundo. Pero la verdad es que el mundo es el dueño de Zalmoxis. Será un buen estigma. Crecerá contigo.

Drenis cree que así ha sido, aunque nunca se lo ha visto. Pero eso no puede contárselo a Espartaco, de manera que habla de otra cosa:

—¿Te acuerdas del pozo de serpientes?

—¿Qué serpientes?

—Cuando las encontramos, cuando de niños corríamos por las montañas.

—¿Quién venía con nosotros?

—Skaris. Prytos. Nico también. —Había otro, pero Drenis vacila en nombrarlo. Hasta que recuerda que tiene un papel en la historia—. Y Ziles. Nos encontramos una hondonada que estaba atestada de serpientes. Montones y montones de serpientes unas encima de otras. Eran tantas que no podían ni contarse, todas agitándose a la vez. Nos las quedamos mirando desde el peñasco donde estábamos. Y entonces Ziles fue a tirarles una piedra.

—Sí —replica Espartaco—. Sí que me acuerdo. Le paré el brazo y le dije que no lo hiciera.

—Y yo me alegré.

—Pues Ziles no.

—Luego intenté dar con el sitio otra vez, pero no pude.

—¿Para qué querías dar con él?

Drenis lo sabe, pero no puede decirlo. Después de ver las serpientes aquella vez, soñó muchas veces con ellas. Y en su sueño estaba solo. Y cada vez bajaba por las rocas y se metía entre las serpientes. Se hundía entre ellas. Y las bichas se agitaban en torno a él como un millar de amantes, le tocaban con la boca. Tuvo tantas veces ese sueño que pensó que debería encontrar el lugar y ver qué pasaba. Tal vez, pensó, tenía que hacer en la vida real lo que hacía en sueños. A lo mejor así sería bendecido.

Pero no quiere contar todo eso.

—No, por nada. Es solo que quería verlas otra vez.

—Pero ¿no para tirarles piedras?

—No, qué va...

Y en ese momento aparece Astera en los barrotes de la puerta de su celda. Tan de repente que frena en seco las palabras que Drenis tiene en mente. Allí está, con la piel muy pálida bajo la tenue luz proveniente del pasillo. Por un momento le parece que no es Astera, sino su fantasma. Pero luego la oye respirar. Oye la llave que lleva en la mano y que busca la cerradura. Espartaco se levanta deprisa, y Drenis parpadea bajo la lluvia de paja.

Para cuando se ha quitado la paja de la cara y levantado, la puerta ya está abierta. Astera entra sonriente. Incluso en la penumbra se le ven los dientes. Perplejo de ver algo así, Drenis piensa que tal vez debería intentar moverse por el mundo como Astera: un hombre que se moviera como ella sería temido.

Astera tiende el brazo y con la mano unta algo oscuro en el rostro de Espartaco.

—Valens me ha dado algo para ti. Ha dicho que todas las grandes empresas comienzan con una ofrenda. —Echando un vistazo a Drenis, añade—: Es para ti también. No deberías ser tan hermoso. —Y como para borrar su belleza, le pasa la otra mano por la cara, dejando unos regueros húmedos.

Drenis tarda un momento en comprender: hasta que nota su sabor. Sangre. La primera de las ofrendas de la noche.

Sura

Sura

Sura nunca ha dudado de Astera, no después de ver lo que hizo en la arena. No desde que ella lo explicó después. Cuando dijo que esta sería su última noche como esclavos, Sura supo que decía la verdad. Ahora aguarda con Cerzula y Epta, las tres tracias muy juntas en la diminuta y oscura celda que comparten con Astera. Saben que Astera ha ido a complacer al gordo Valens. No es la primera que lo hace. Pero esta noche ha prometido no complacerle. Esta noche será él quien la sirva a ella.

Sura y sus hermanas saben cosas que los otros ignoran. Otras mujeres duermen en las celdas cerca de ellas, a lo largo del pasillo y en el piso de abajo. Algunas roncan. Una mujer masculla quejas; no puede dormir y quiere negarles el sueño a las demás. Piensan que es una noche como otra cualquiera, que despertarán como esclavas y seguirán siendo esclavas hasta que mueran como esclavas. Sura sabe que no es así y las considera estúpidas. ¿Cómo puede nadie dormir esta noche? ¿Cómo pueden no saber lo que está a punto de ocurrir?

—Deberíamos rezar a Cotito —sugiere Epta, la más joven. Su voz se quiebra de miedo—. Tomad. Haced como yo. Ofrecedle sangre.

Sura no ve a la otra mujer en la oscuridad, pero sabe que sostiene la pluma que le cayó del cielo. Había frotado la punta hasta dejarla bien afilada, y la utiliza para hendirse la piel. Más que ninguna de ellas, Epta se ha convertido en ferviente adoradora de Cotito, la diosa de Astera. Ella, entre las cuatro, es la que más miedo ha tenido siempre. Bonita y menuda, vulnerable de tal forma que los hombres se sienten gigantes a su lado. Ninguna lo tiene fácil, pero para Epta la esclavitud ha sido más dura que para la mayoría. Por eso ama a Astera de manera tan ferviente, por su fuerza y sus promesas.

Sura no ama a Astera. Sura la teme, lo cual es una emoción más sincera, piensa.

—Dame la pluma —pide Cerzula. Un momento más tarde suspira y pide a la diosa que la mire. Jura su lealtad y promete hacerle siempre ofrendas y amarla por encima de los demás dioses. Afirma cada palabra, casi sin aliento, como en un arrebato de pasión.

Cotito es una diosa tracia, pero casi olvidada en las planicies de las que procede Sura. Cotito, según dice Astera, es una diosa iracunda y difícil de apaciguar. Está en la ira que arde en la persona que ve asesinar a su familia, violar a mujeres y niños. Es la que nunca olvida, la que siempre habla en susurros de venganza. Mata a los que provocan su ira y salpica su rostro con su sangre. Cotito es el lobo que devora la luna cuando está llena. Y es también la luna, porque los dioses pueden ser más de una cosa, pueden tener más de una historia. Sura, siendo de la tribu de los odomantos, ignoraba antes todo esto. Ahora lo sabe, gracias a Astera.

A Sura no le pareció gran cosa la primera vez que la vio. Menuda y desastrada, su pelo color fuego era tal maraña que le ocultaba el rostro. No obstante, sus estigmas hablaban por ella. Eran marcas de la tribu de los díos: serpientes entrelazadas con árboles en sus brazos, lobos copulando con la Gran Madre en su pecho derecho. Marcas profanas. Creencias días, no odomantes.

Estaban encadenadas juntas en el mercado de esclavos, desnudas y tiritando en el frío húmedo de la mañana. Otras mujeres, recién compradas, se iban uniendo a ellas. No eran esclavas con un período de meses o años por delante. Eran las mujeres de un pueblo al que se castigaba por haber despreciado a Roma. Las habían traído a pie desde Tracia, violadas repetidamente, para que vieran con sus propios ojos el poder del imperio. Los hombres iban a la arena para morir allí luchando. Sus mujeres, le contaron, iban también a la arena, pero no para luchar. Solo para morir.

La mañana del día en que esto iba a suceder, los esclavos las levantaron del corral donde llevaban días. Ella entonces no lo sabía, pero se encontraba en el ludus de Gneo Cornelio Léntulo Batiato. Cargada de cadenas, rígida después de tanto tiempo sentada sin moverse, Sura andaba trastabillando sobre los irregulares adoquines de las calles. Jamás había visto una ciudad tan grande, tan atestada de seres humanos que vivían hacinados unos encima de otros. No había un lugar parecido a aquel en toda Tracia.

Las llevaron a un gran circo, una estructura de varios pisos de altura, rodeada de jardines de plantas en flor y estanques con senderos entre ellos. Ese fue el momento en el que se sintió más sucia, junto al agua clara y el verdor, con la fragancia de las flores en el aire y el grave zumbido de los insectos que pululaban entre ellas. Era el primer lugar hermoso que había visto en la ciudad, pero era una mentira. Bajaron hasta una oscura boca que llevaba a una red de túneles bajo la arena del circo, pasajes atestados de criaturas miserables, encadenadas, apenas humanas. Los guardias las encerraron con otros y allí las dejaron.

Fue una larga espera, tan larga que le dio tiempo a pensar en las muchas maneras en que podrían matarla. Como para contribuir a sus visiones de tortura, una voz comenzó a hablar en griego, una lengua que conocía. Entre tantos cuerpos no sabía de dónde provenía, pero la oía con claridad. El hombre decía que una vez había visto unos juegos fúnebres en Roma. Que un espectáculo comenzó con hombres enanos que fingían luchar por una mujer enana. Los hombres se perseguían unos a otros por la arena, esquivando los objetos que les lanzaba el público, ridículos con sus espadas de madera. Al final, los hombres unían fuerzas y atacaban a la mujer.

—A la multitud le gustó eso —dijo la voz.

Sura intentó no escuchar, pero su mente iba captando fragmentos del relato. Imágenes de los condenados atados a postes, fustigados hasta quedar en carne viva, casi insensibles. Esclavos atacados por leopardos y leones. Otros a los que empapaban en aceite y prendían fuego. Hombres obligados a luchar sin armadura, cada tajo, cada estocada, hundiéndose hasta el fondo en su carne.

Y luego un guardia se puso a gritarles. Sura no entendía su latín, pero daba igual. El hombre tiró de sus cadenas para ponerlos en marcha. Otros hombres se unieron a él, hombres que tenían permiso para dar patadas y puñetazos a las mujeres. Los empujaron por los pasadizos, por una empinada rampa y a través de una serie de puertas. Olores animales la asaltaban, erizándole el vello de los brazos y la espalda. Una bestia rugía y rugía por allí cerca. Sura se preguntó si sería la que acabaría con ella.

Salieron dispersos a la arena caliente. Cegada por el súbito brillo, por un momento no vio nada, pero sí oía. Voces. Gritos. Aplausos. Se le adaptaron los ojos y la visión de tanta gente la aturdió. El cuenco de la arena era una enorme boca, y cada una de aquellas cabezas era como un diente. Estaban dentro de un monstruo. Aquello eran sus fauces. Allí era donde el monstruo se alimentaba y donde ella iba a morir.

Y sin duda habría muerto, de no ser por Astera.

Sura está de rodillas con sus hermanas, con sangre en la palma de sus manos, cuando oye una voz.

—La diosa te ha oído —dice—. Te ha oído y ha respondido.

Epta da un respingo. En la negrura, la voz parece provenir del propio aire, pero Sura sabe que es solo Astera, que ha llegado tal como prometió.

—Cogedme la mano.

Las tres se aferran a la mano que Astera ha metido entre los barrotes, hasta que aparece Espartaco con una pequeña lámpara. Este es el hombre al que Astera vio en un sueño antes de conocerlo en la vida real. Sura piensa, no por primera vez, que si Astera hubiera querido elegir a su compañero —en lugar de dejar que un sueño lo hiciera por ella— no habría podido elegir a nadie mejor que Espartaco. Su respiración se acelera cuando él está cerca. Pero lo disimula. Espartaco es de Astera, no suyo.

—Hermanas —comienza Astera, tendiendo la llave a Cerzula y señalando que también se dirige a Epta—, abrid las jaulas y liberad a las mujeres. A todas. Decidles que guarden silencio. Ya llegará el momento de hacer ruido, pero no todavía. Llevadlas hacia la puerta del campo de entrenamiento y esperad. Gaidres las guiará desde allí.

—Pero ¿tú adónde vas? —pregunta Epta.

—Tenemos algo que hacer —es todo lo que la otra responde. Y a Sura le dice—: Ven.

Se mueven en silencio. Se alejan de la zona de las mujeres y a continuación, siempre entre las sombras, rodean los edificios de almacenamiento. Suben a una pila de cajas y salen a través de una apertura al tejado. Algunos de los tejados les quedan más abajo, otros se alzan uno o dos pisos más arriba. Más allá de los muros, se extiende el laberinto de Capua. Los rodea, como una herida infectada en el mundo. Una bruma de humo pende sobre la madeja de edificios y nubes en el aire de la noche. Sura desea estar muy lejos de allí, en las montañas, entre los árboles, lejos de los olores del fuego y el hierro y la mugre de tantas personas hacinadas. Se pregunta cómo lograrán atravesar la ciudad y salir. No parece posible.

Trepan hasta la cresta del tejado, pasan al otro lado. Ya en el borde, saltan a una cornisa. Espartaco las impulsa y luego se las arregla para auparse detrás de ellas. Recorren la cresta de un tejado más alto. Al llegar al extremo, Espartaco se lanza hacia abajo y las espera. Primero Astera, luego Sura, que queda colgando del borde y se suelta al sentir las manos de Espartaco en las piernas. Él la coge a medias, sus cuerpos apretados por un momento el uno contra el otro. Luego se pone de nuevo en marcha. El crujido de las tejas bajo los pies, el rumor de los pies sobre el mortero: cada ruido es un grito en los oídos de Sura. ¿Por qué hacen esto? ¿Adónde van? Este camino no los sacará del ludus. Quiere decirlo, pero sin duda los otros lo saben. Sin duda habrá alguna razón.

Cuando se da cuenta de dónde están, aminora el paso. Ya ha estado aquí antes. Muy por encima del hedor de las celdas y el campo de entrenamiento, aspira el aire perfumado con incienso. Se acercan a las habitaciones de Batiato. Espartaco se vuelve llevándose un dedo a los labios. En el silencio, que de alguna manera se ha hecho más intenso con ese dedo en esos labios, Sura oye voces de hombres. Espartaco se desliza al otro lado del pasillo. Da unos pasos para asomarse a la alcoba de los guardias sin salir de las sombras.

Sura se une a Astera, que está agachada detrás de un muro bajo. Despacio, las dos asoman la cabeza. Al otro lado hay dos hombres, sentados en taburetes en torno a una mesa redonda, con un juego de dados entre ellos. El mayor está cascando nueces con la empuñadura de una daga, hasta que la clava en la mesa y coge los dados. Están armados. La daga, espadas cortas al cinto... Sura confía en que esto zanjará el asunto: ahora darán media vuelta, se unirán a los otros y huirán. Pero Espartaco sigue vigilando. Tiene la boca abierta y Sura cree ver que desliza la lengua por los dientes.

En cuanto el viejo se levanta, Espartaco actúa. Entra como quien lleva un asunto urgente. El hombre que se ha puesto en pie se lo queda mirando, echa mano a la espada, empieza a desenvainarla. Espartaco coge bruscamente la daga, se la hunde en el cuello y corta hacia un lado. El hombre gira con la inercia del corte, la arteria cercenada, la vida escapándosele. Se da la vuelta y da unos pasos antes de desplomarse.

Espartaco se centra en el otro hombre, todavía sentado. Es muy joven. No se ha levantado, no ha desenvainado su espada. Se ha quedado ahí sentado, los labios formando un óvalo, un brazo listo para tirar los dados del cubilete. Espartaco parece saber que no necesita apresurarse. Elige la precisión sobre la prisa. Pone una mano sobre el hombro del joven guardia y le hunde el cuchillo en el pecho. Así sin más, en el corazón. La certeza de su propia muerte asoma al rostro del joven. Casi parece haber estado esperándolo.

—Lo han puesto fácil —comenta Espartaco. Y tal como lo dice, parece una queja.

—Cotito los mantuvo quietos —asegura Astera. Le quita la daga y hace un gesto: las espadas son para él.

Espartaco arranca el cinto y la vaina del hombre caído y se la pone.

Astera se vuelve hacia Sura:

—Hermana, tú has estado en la cama de Batiato. Llévanos hasta él.

¿A Batiato?, piensa Sura. La idea es ridícula. Batiato es el corazón palpitante de la maldad de aquel lugar. ¿Por qué ir a él cuando lo que intentan es ser libres de él? Y más que eso: Batiato es su gran vergüenza. Sí, acudió a su lecho cuando él lo exigió. Otras también lo hicieron, pero que Sura sepa, ella fue la única a la que Batiato utilizó de un modo particular, penetrándola por detrás, no de la manera normal en la que se hacen los niños, sino en el otro sitio. Lo hizo con rudeza, preguntándole si le dolía; tenía una gran curiosidad por saber si dolía. Sura ha intentado con todas sus fuerzas olvidarlo. Y a veces lo logra, hasta que vuelve a verle, hasta que él vuelve a llamarla. Entonces recuerda de nuevo. Sura había esperado que aquello se hubiera acabado, pero no. Batiato, a través de Astera, la llama otra vez.

—Epta y tú sois las únicas de nosotras a las que ha llevado a su lecho —dice Astera—. Si yo tuviera tus conocimientos, no te lo pediría, pero no los tengo. No puedo pedírselo a Epta, y lo sabes. Pero tú eres más fuerte. Tenemos un propósito, hermana. Llévanos. No te importará verlo por última vez.

Sura no quiere, pero aquellas palabras, «tú eres más fuerte», la reconfortan. Le gusta que Astera piense eso. Intenta hacer como si fuera fuerte, como si desdeñara las cosas que le han hecho. Que ella sepa, eso es lo que hace Cerzula, y Astera parece olvidar a los hombres que la utilizan en el momento en que terminan. Para Sura es una lucha. A ella solo la consuela un poco ver a Epta, porque es a la que más a menudo fuerzan, la más destrozada por ello. La única vez que Sura controla sus recuerdos es cuando insta a Epta a que controle los suyos. En esos momentos, cuando ve temblar a la pequeña, entonces es cuando cree y siente sus propias palabras; pero solo por comparación con Epta, que no puede hacer lo mismo.

Astera se acerca tanto que, cuando habla, Sura nota su aliento en la piel.

—Recuerda la arena. Allí no te fallé, y aquí tampoco te fallaré.

La arena, donde la enviaron a morir pero no murió.

Las fauces de la bestia, con todos esos rostros mirándola.

Esa tarde le resultó difícil apartar de ellos la vista, pero lo hizo. No eran ellos los que iban a matarla, solo contemplarían el hecho. Sura vio al hombre que iba a ser su ejecutor. Así pues, no sería un león ni un leopardo. Solo un hombre, que paseaba por la arena mirándolos. Era muy grande y llevaba un casco enorme que sobresalía a los lados y se alzaba en una alta cresta. Le cubría por completo toda la cabeza. Aquel hombre no tenía rostro, solo una cabeza de metal desde la que se asomaba por los agujeros que le servían para respirar. Su pecho desnudo era carnoso, cubierto de pelo. Gruesas piernas lo sostenían, y llevaba una maza de largo mango con un bloque de hierro en la punta. Era un arma demoledora, rompedora de cráneos, destructora de huesos.

Alguien agarró a Sura por las muñecas. Era un hombre bajo, robusto, feo. Le quitó los grilletes y estos cayeron con un golpe sordo en la arena, yertos. Así, sin más, perdieron todo su poder. El hombre pasó a la argolla de su cuello. Estuvo tironeando de ella un rato, y al final la abrió. También cayó a la arena. El hombre pasó a la siguiente mujer.

Sura era vagamente consciente de que las estaban desencadenando a todas, y miraba fijamente sus muñecas magulladas, en carne viva. Ahora les daba el sol y el aire. Estaba desencadenada. La crueldad de ello la dejó sin aliento. Desencadenada, pero dentro de las fauces del monstruo, a punto de ser devorada.

Un chico delgado corrió hacia ellas con una espada, la tiró al suelo y se fue también corriendo. Una mujer de pelo negro se abalanzó sobre el arma. Gracias a ello, era la que estaba armada cuando llegó el gigantón, que tiró la maza y desenvainó su espada. La mujer se agachó. Los otros intentaron escapar en todas direcciones, pero no llegaron muy lejos. Los esclavos de la arena los agarraron por la cintura para llevarlos de vuelta.

La mujer del pelo negro atacó primero. Él bloqueó la estocada. Una vez, dos veces. Después de una tercera, le hizo un corte a la mujer en el brazo, un corte feo pero no fatal. Eso vino a continuación, cuando echó el codo atrás y hundió el hierro hasta el fondo en el costado de ella. Y luego movió la espada sin sacarla, controlando la caída del cuerpo. Para cuando la mujer se desplomó en la arena, estaba muerta.

El verdugo le dio la espalda, envainó la espada y cogió la maza. La sostenía empleando los brazos, el torso y las piernas, evidenciando lo pesado que era el bloque de hierro. Por eso no le había preocupado dejar la maza, porque sabía que ninguna mujer podría levantarla. Ahora la alzó en el aire, temblando sobre sus músculos tensos, y la descargó sobre la cabeza de la muerta.

Y allí la abandonó. Escogió entonces otra presa y se encaminó lentamente hacia ella, desenvainando de nuevo la espada.

Una mujer de la tribu de los díos cogió deprisa la espada de la primera víctima. Era un arma dentada y gastada. Pasó el pulgar por la hoja, y por su expresión Sura supo que estaba roma. Era inútil.

El verdugo se centró en otra mujer que, frenética, hacía todo lo posible por evitarlo. Aterrada como estaba por el gladiador, no tenía miedo a los guardianes. Intentó escabullirse entre ellos, abrirse paso a zarpazos. No le sirvió de nada. El verdugo se acercó hasta poder abalanzarse sobre ella. Se lanzó con un rugido y atacó. Le cercenó el brazo alzado cerca del codo. Le agarró entonces el otro brazo y la levantó mientras le apuñalaba el vientre una y otra vez. La dejó allí donde cayó y volvió pesadamente a por su maza.

La mujer día hizo entonces algo que sorprendió a Sura: con un grito echó a correr hacia el verdugo y le lanzó la espada inútil. El arma voló hacia él, pero el gladiador la desvió con la suya. Y mientras movía la hoja de un lado a otro de su cuerpo, la mujer lo esquivó y llegó hasta la maza. Se frenó patinando y agarró el mango, pero no intentó levantarlo.

El verdugo se dirigió hacia ella, hablando mientras andaba, y Sura supo que decía cosas espantosas. Estaba deseando aplastar el cráneo de la mujer. Y haría más que eso: hueso por hueso, convertiría en pulpa su cadáver. Sura lo supo tan claramente como si estuviera hablando en una lengua que ella comprendiera.

La mujer día lo contemplaba a través de la sucia pantalla de su pelo, que era muy rojo bajo aquella luz cegadora. Y lo que hizo entonces no debería haber sido posible. No para una mujer, y menos para una mujer además debilitada por los malos tratos, flaca después del largo camino recorrido a pie desde Tracia. Cuando el hombretón estaba ya cerca, ella levantó la maza, la blandió hacia su cabeza, y golpeó el casco con tal fuerza que aquel primer golpe probablemente lo mató. El gladiador giró con el impacto, movió sus gruesas piernas y logró permanecer en pie el tiempo suficiente para que ella atacara de nuevo. Un golpe de revés con la maza, hacia arriba. El hierro pegó con tanta fuerza que por un momento pareció que cabeza y casco iban a salir volando. No fue así del todo, pero la cabeza quedó colgando en un extraño ángulo, la columna rota. Ahora el hombre sí se desplomó.

La mujer soltó la maza, que cayó con todo su peso en la arena.

Por eso Sura no murió en el circo aquel día, sino que las mujeres supervivientes fueron encadenadas de nuevo y enviadas de vuelta al ludus de Batiato. Sura se enteró entonces de que la mujer día se llamaba Astera, y que afirmaba que era poderosa porque su diosa, Cotito, le daba fuerza. Eso les dijo, y ellas la creyeron. Por eso Sura no puede negarle nada a Astera. Conoce el camino hacia el dormitorio de Batiato. Odia que Espartaco sepa lo que le hicieron allí. No es culpa suya, como tampoco lo es el destino de él, pero le hierve en el vientre. Intenta no pensar en ello. Intenta solo moverse, deprisa y sin ruido.

Cuando salen al patio de armas con su estanque en el centro, sabe que están cerca. El tejado se abre al cielo. Salen de nuevo a la luz de la luna. Sura ve su reflejo en la superficie ondulada del agua y se lo queda mirando, pero el aire la agita demasiado y no se ve con claridad. Todavía está mirando cuando los otros dos se inclinan para llevarse con las manos agua a la boca.

Una mujer sale de un pasillo en el extremo del patio. Lleva una túnica fina y se tapa un bostezo con la mano. Esposa o amante, Sura no lo sabe. Una esclava de la casa, tal vez, que sale después de haberse afanado en la cama de Batiato. Sale por la izquierda, desaparece por la derecha. No vuelve la cabeza para ver las siluetas iluminadas por el cielo estrellado. Cuando se desvanecen sus pasos de pies descalzos, ellos se ponen en marcha de nuevo. Entran al pasillo por el que ella ha salido. Lleva a una suite de habitaciones atestadas de muebles y particiones. Y de pronto, allí está Batiato.

Sura se detiene.

La primera vez que lo vio, estaba ante ella envuelto en una capa negra. Un hombre de rostro cuadrado, mentón fuerte pero mejillas carnosas y caídas, cuello grueso. Se estiró y movió los hombros, como si él mismo fuera un gladiador calentando. Se abrió el broche del cuello y dejó caer la capa de sus hombros. Bajo ella, estaba desnudo. Pecho ancho, barriga todavía más ancha. Sus piernas parecían muy flacas en comparación. Su pene colgaba flácido hacia un lado. Sura no lo habría mirado, pero él mantenía los brazos en jarras, enmarcando su sexo como si fuera justo lo que quería revelarle.

Así fue la primera vez que la violó. Obtenía placer, le dijo, en poseerla sobre la misma cama en que dormía su esposa. Solo que a ella le hizo cosas que no podía hacer a su esposa. Eran cosas para su propio placer, no el de ella.

Y ahora ese mismo cuerpo yace sobre un ornamentado lecho de madera, estrecho y elevado sobre largas patas intrincadamente talladas. Desnudo una vez más, con una fina sábana arrugada a los pies. Duerme; sus ronquidos atestiguan lo profundo de su sueño. Sura conoce esos ronquidos, los ha oído antes y recuerda lo rápido y profundamente que se dormía tras obtener su placer. Recuerda estar allí, a veces atrapada bajo él, incapaz de mover aquel cuerpo que era un peso muerto encima.

Astera se acerca sigilosa. Coloca un pie en el taburete tapizado junto a la cama. Prueba su resistencia y se encarama. El colchón cede bajo su pie. Sura sabe que si estuviera más cerca, podría oler la lana perfumada de su relleno.

De repente se oye una exclamación. La mujer adormilada ha vuelto y ya no está adormilada. Ve a los intrusos y abre la boca. Sura sabe que va a gritar. Espartaco la alcanza antes de que el grito salga. La empuja contra una columna, le tapa la boca con la mano y vuelve la cabeza. Los ronquidos de Batiato han cesado, pero sigue durmiendo.

—Degüéllalo —susurra—, degüéllalo ahora, antes de que despierte.

Astera no obedece. Sostiene el cuchillo apuntando hacia su cuello, y tiende la otra mano. Despacio, despacio. Y luego deprisa. Agarra un pliegue de la piel del cuello en un apretado puño y lo retuerce. El hombre abre los ojos, se revuelve en el colchón, intenta agarrar a Astera, que se zafa. Batiato lanza un puñetazo, pero ella se dobla y se vuelve y los golpes apenas la rozan. Mientras tanto, aprieta el cuello más y más, tanto que le tiemblan los pequeños y endurecidos músculos de los brazos.

—¿A qué esperas? —pregunta Espartaco, ya sin susurros—. ¡Mátalo!

Astera no lo hace. Todavía no.

Y entonces Batiato se queda quieto, con los ojos muy abiertos al reconocerla. Y consigue hablar:

—¿Tú? ¿Cómo te atreves...?

Astera lo apuñala. No solo una vez, sino una y otra y otra, moviendo el brazo con furiosa rapidez. Batiato logra emitir unos gritos que gorgotean y pierden fuerza. Y al final solo queda el brazo de Astera atacando, el húmedo impacto de su puño contra la carne rasgada, el audible salpicar de la sangre sobre el suelo de losetas. La sangre brota en abanico al cercenarse la arteria del cuello. Astera queda empapada y abre la boca como un niño atrapando gotas de lluvia, como una diosa de la venganza bebiendo su tributo.

La mujer que Espartaco tiene agarrada chilla y lanza gritos capaces de despertar a los muertos. Espartaco quiere volver a taparle la boca con la mano, pero le pega con demasiada contundencia y ella se golpea la cabeza contra la columna y se desploma como una muñeca. Queda yerta en el suelo. Espartaco se da la vuelta con el ceño fruncido.

—Estúpida —dice, pero no hay desdén en su voz. Es otra cosa.

Astera se aparta del cuerpo de Batiato como una amante saciada.

—Me conocía —declara—. Lo he matado para Cotito, y él ha sabido que he sido yo.

Espartaco enarca una ceja.

—No es como yo lo habría hecho.

—Por eso no lo hiciste tú —replica Astera, pasándole los dedos ensangrentados por el pecho—. Tú habrías malgastado su muerte.

Quita de un tirón la sábana de otra cama y la arroja sobre el cadáver. Sura coge cojines de los sillones. Espartaco empuja otros muebles contra la cama y vierte sobre ellos el aceite de una lámpara. Rompe contra el suelo una garrafa de aceite. Astera le acerca la llama de la lámpara. El aceite, la tela y la madera estallan con furia instantánea.

Salen de la habitación llena de humo y con el fuego ya lamiendo las vigas del techo. Espartaco se echa a la mujer inconsciente al hombro. Por un eufórico momento, Sura piensa que va a arrojarla al fuego. Pero no, se la lleva por donde han venido. Se encuentran en el patio con Gaidres, que sale de las sombras con un cuchillo de carnicero metido en el cordel que hace las veces de cinto. Drenis también está allí. Gaidres le hace una seña a Espartaco.

Este deja a la mujer inconsciente medio sumergida en el estanque. Al principio Sura no sabe por qué se ha molestado. Mira a la mujer, el agua ondulada, las losas de piedra en torno, el cielo abierto. Contempla la silueta, se arrodilla y se fija en su rostro. No es un rostro tracio. Tiene piel oscura, pelo oscuro y labios llenos. Se pregunta si será la esposa cuyo lugar tomó ella para que Batiato pudiera hacerle las infamias que su lujuria deseaba. Es joven, pero ¿es bonita? No sabe decirlo.

Los hombres se marchan. Y luego Astera también, haciéndole señas para que la siga. Sura se queda junto al estanque, pensando en esa mujer. Espartaco la ha dejado vivir, aunque no tenía por qué. Sura se muerde la lengua. Como antes, intenta verse reflejada en el agua. La superficie está ahora más quieta, pero su rostro está en sombras. Solo ve una silueta. No es natural. Ella no es una mujer sin rostro. ¿Por qué no puede verse?

La mujer inconsciente se mueve.

Sura le toma la cabeza entre las manos, comprueba que Astera no ha vuelto y luego se la hunde en el agua.

Filón

Filón

Filón de Heraclea sueña que arroja piedras a los delfines desde un alto acantilado siciliano. Sueña a menudo con Sicilia, la isla que lo vio nacer. Fue un esclavo allí, como lo es en el ludus de Gneo Cornelio Léntulo Batiato, pero fue una vida que recuerda con cariño. Con su primer amo, apenas comprendía lo inconveniente de su suerte. Lo de tirar piedras a los delfines era algo que había hecho con otros muchachos mucho tiempo atrás. En la vida real, los delfines no prestaban atención a las piedras. En el sueño, sí. En el sueño Filón es de nuevo un niño y está encantado.

No dura mucho.

Alguien le devuelve la conciencia tirándole del pelo. Estaba danzando junto al borde de los acantilados, dando palmadas ante la insensatez de los delfines, que atrapaban las piedras con la boca, y de pronto intuye que quieren arrancarle el cuero cabelludo. Varias siluetas se ciernen enormes sobre él, a contraluz. Intenta tender los brazos, pero unas manos se los inmovilizan contra el catre. Abre la boca para gritar, pero otra mano le golpea el mentón, cerrándole la boca con el chirriante impacto de sus dientes.

Sabe lo que está pasando. Lo van a violar, y serán más de un asaltante. Ya lo han intentado, muchas veces durante su juventud. Más recientemente, cuando iba a solas de Tarentum a Capua para comenzar su servicio para Batiato, un hombre sin dientes le ofreció vino y amistad. Y luego intentó follárselo mientras dormía. Debía de haberlo intentado con otros. Tal vez por eso no tenía dientes.

—Médico —susurra una voz—, no te resistas si quieres vivir. Si quieres morir, resístete.

El latín es bastante claro, con un marcado acento tracio. Es uno de los tracios, pues. Un gladiador.

—Así pues, ¿quieres vivir?

Filón se da cuenta de que ya no se debate. No ha sido una decisión consciente, pero debe admitir que quiere vivir. Hace lo que puede por asentir. La tensión en su pelo se relaja un poco.

—Nos marchamos. ¿Te vienes con nosotros? Contesta en voz baja. Grita y morirás.

«Es muy fina la línea entre la vida y la muerte», piensa Filón. La mano en su mentón cambia de postura. Se afloja, se desliza de manera que los dedos lo agarran en torno a los labios y el mentón. Aprietan y aflojan, y luego otra vez, con más insistencia, exigiendo una respuesta.

—¿Marcharnos? —acierta a decir Filón. No es lo que esperaba oír. Son esclavos en el ludus de Gneo Cornelio Léntulo Batiato. No pueden ir a ninguna parte. Aquella frase no tiene sentido. A menos que signifique que se lo llevan a otra parte para hacerle lo que sea que quieran hacerle—. ¿Marcharnos adónde?

Otra voz contesta:

—Nos vamos de aquí esta noche. ¿Vienes?

Filón reconoce la voz. Conoce esa voz, pero no la localiza, no en las actuales circunstancias.

—Médico, ¿vienes?

Necesita más información para tomar una decisión. Balbucea un momento, intentando explicarse con todo el respeto del que es capaz.

—¡Escucha! —La segunda voz lo interrumpe bruscamente. El hombre coge la lámpara que sostiene el otro, el joven tracio que tiene labios de mujer. El hombre de la lámpara acerca la llama desnuda a su rostro. Sus toscos rasgos aparecen a la vista. Una nariz fuerte pero rota, una barba moteada de oro que refleja los colores de la llama, unos ojos grises como la piedra—. Soy Espartaco. Me conoces. Me curaste la pierna. ¿Recuerdas?

Filón advierte que el hombre habla en griego. Y sí que lo recuerda. La herida era fea, pero no profunda, causada por un tridente que cortó tres surcos paralelos en las nalgas y muslo del tracio. Le atendió la herida y le sorprendió lo deprisa que sanó. Le habían quedado cicatrices como secuela, pero el músculo no se había debilitado. El hombre que le hizo la herida no había tenido tanta suerte. Espartaco se zafó antes de que los dientes del arma pudieran hundirse mucho. Y se giró deprisa, de pronto cazador en lugar de presa. Y hundió la espada en el lado descubierto del cuello del retiario y lo rajó hasta el pecho. Era algo que se le daba muy bien. Hacía honor a su nombre en la arena: era un secutor, un perseguidor. El retiario murió tan deprisa que Filón casi llegó a creer que Espartaco le había tendido un cebo ofreciéndole la pierna. Pero ¿quién iba a hacer algo así?

Recuerda también la primera vez que vio a Espartaco, Gaidres y los otros medos que llegaron con ellos. Era nuevo en el ludus, de manera que aquel cargamento de esclavos fue el primero que vio llegar. Llegaron por la noche y durmieron encadenados en el espacio abierto de la zona de entrenamiento, con el cielo invernal sobre ellos, húmedo y frío. Al día siguiente, Batiato convocó a los gladiadores veteranos e hizo que la carne nueva, como se llamaba a los recién llegados, formaran ante ellos. Casi todos provenían del este. El magister, uno de los entrenadores del ludus, le informó de que eran casi todos tracios, con unos cuantos bitinios. Filón sabía poco de unos y otros y no podía distinguirlos. Eran hombres corpulentos, barbudos, de pelo desgreñado. La mayoría iba con el pecho desnudo, llevaba tatuajes y tenía ojos de asesino.

Batiato solo llevaba una faldilla en torno a la cintura, el pecho musculoso pero blando. Llamó a los veteranos y oyó sus saludos en respuesta. Sonrió y los cubrió de insultos. Conocía a los hombres por su nombre y les hablaba como un amigo. Preguntó por la tos de Enomao y la herida de la espalda de Goban, como un jefe benévolo o un general dirigiéndose a sus amadas tropas. Incluso entonces Filón sospechaba que todo era falso, pero todavía no sabía hasta qué punto lo era.

Y no sabía por qué los guardias habían traído encadenado a un muchacho de unos quince años. Delgado, con el abdomen cóncavo y las costillas horriblemente marcadas. Le encadenaron los pies a una piedra hundida en la tierra. Unas cuerdas atadas a unos gruesos postes tensaban sus brazos a cada lado. El chico colgaba entre ellos con las piernas temblorosas. Con ojos desorbitados miraba a los fornidos gladiadores veteranos que tenía delante y luego volvía a fijarse en los hombres encadenados tras él.

Batiato iba y venía, diciendo a los hombres que deberían alegrarse de saber que sus destinos estaban ahora asegurados. Todos y cada uno de ellos sufriría una muerte violenta. Podría ser ese día, o al siguiente, o en una semana o un año, pero el momento llegaría. ¿Cuántos hombres tenían la bendición, la fortuna de saber que morirían con un arma en la mano y la sangre de otro hombre para facilitar su camino al otro mundo?

—En esto no tenéis elección —aseguró Batiato—, pero sí podéis influir en la calidad de vuestra muerte. Podéis ser cobardes, pero los cobardes no mueren bien. ¿Desobedecerme? ¿Causar problemas? Hacedlo y moriréis con una bestia devorándoos las entrañas. No moriréis como hombres, sino como mero alimento. Es mejor morir con honor, y lo sabéis. Lo valoráis, ¿no es así? Vuestra vida aquí no tiene por qué ser distinta de la vida en vuestro hogar. Excepto que viviréis según mi voluntad.

A continuación cogió de un guardia una espada de madera y dio un sermón sobre los modos de matar a un hombre. Había buenas maneras y malas, afirmó. Maneras que proporcionaban más gloria que otras. Volvió su atención al muchacho que todavía colgaba temblando de los dos postes. Fue rodeándolo mientras explicaba que la mejor manera de aprender era con una demostración. Nombró y pinchó varios puntos del cuerpo del muchacho con la punta de la espada de entrenamiento. En cada punto describía la profundidad necesaria del corte, la dirección de la estocada, obstáculos como la columna vertebral o las costillas, y cómo evitarlos. Un esclavo joven con una brocha y un cubo de pintura negra iba marcando cada punto que Batiato tocaba. El muchacho atado se agitaba tanto con el toque de la brocha como con la punta de la espada.

Filón se preguntó qué habría hecho para acabar así aquel desdichado. En realidad, daba igual y no debería importarle. No conocía al chico. Pero sí sabía que era el hijo de alguien, y todavía lo bastante joven para ser más un hijo que un hombre. Y por eso consideraba aquello de mal gusto. Tal vez era el único que lo pensaba. Los veteranos se echaban a reír con cada respingo del muchacho. Algunos le daban ánimos a gritos, otros preferían los insultos.

La carne nueva se limitaba a contemplar la escena.

Batiato cambió su espada de madera por otra de metal.

—Y ahora, para ilustrar mejor la demostración...

Se volvió hacia el chico, que empezó a debatirse contra sus ataduras, suplicando en un ininteligible torrente de palabras. Batiato intentó apuntar, pero el muchacho se movía demasiado. Sonrojado de rabia, Batiato le agarró el hombro y le hundió la espada. Fue una estocada imprecisa, pero tan fuerte que la punta de la hoja emergió por la espalda. Aquello contribuyó en gran medida a aminorar la agitación del esclavo. Satisfecho, Batiato prosiguió con su instrucción, cortando con la hoja a medida que hablaba.

Después Batiato se marchó a los seguros confines de sus aposentos privados. Filón quiso hacer lo mismo, pero el magister lo detuvo, aduciendo que en breve lo necesitarían. Por eso todavía se encontraba en el campo de entrenamiento cuando los veteranos comenzaron a congregarse alrededor de la carne nueva. Se movían despacio, amenazantes, murmurando palabras que Filón no oía. Y la emprendieron a golpes con los recién llegados. Puñetazos y patadas, codazos y rodillazos, empeñados en propinar una buena paliza a los hombres encadenados. La mayoría cayó inconsciente. La mayoría, excepto dos. Por entonces Filón no conocía sus nombres, pero no tardó en saberlos.

Espartaco y Gaidres permanecieron en pie, luchando como fieras salvajes. Enseñando los dientes, gruñendo como bárbaros. A Espartaco le rompieron la nariz ese día. La sangre le corría por el mentón y le salpicaba el pecho. Luchó a pesar de las cadenas que limitaban el alcance de sus manos. Agarraba a los hombres, tiraba de ellos y les estrellaba la cara contra su frente. Arrancó una oreja de un mordisco y la escupió, lanzándola por los aires. Sus músculos se flexionaban y agitaban como si todos y cada uno de ellos ardieran de ira. Sus ojos muy abiertos iban de un lado a otro, tras una maraña de pelo rubio castaño y una barba ensangrentada del mismo color.

Finalmente los veteranos se retiraron. Kastor señaló con el dedo a los dos hombres y dijo:

—Ahí hay dos que no follan cabras.

Filón no sabía qué significaba eso, pero se lo tomó como una especie de cumplido. Kastor no se equivocaba. Espartaco no era un follacabras. Gaidres tampoco.

Filón espera que tampoco follen galenos griegos.

—¿Me recuerdas? —repite Espartaco. Su rostro ya no muestra locura. Tiene el pelo corto, la barba recortada. A pesar de las veces que ha entrado en la arena, no parece sufrir secuela alguna.

Filón asiente con la cabeza.

—Entonces escucha. Nos hemos rebelado. Hemos acabado con los hombres de Batiato. Vamos a huir de aquí. Pronto tendremos armas y la noche será nuestra. La decisión es tuya: ven y trabaja para nosotros, atendiendo nuestras heridas como necesitemos. Con el tiempo, te irás por tu propio camino. O quédate.

—¿Pue... puedo quedarme? —pregunta Filón.

Espartaco se aparta y Gaidres contesta:

—Sí. Nosotros no tomamos esclavos, solo hombres libres. Puedes volver a tumbarte en tu catre y no salir nunca de aquí. Pero si lo haces, no serás de los nuestros. Y si no eres de los nuestros, serás un hombre de Batiato. Atenderás a los heridos de Batiato. Y eso te convierte en nuestro enemigo. De manera que puedes quedarte, pero entonces no vivirás. ¿Qué decides?

Una línea tan delgada, tan a menudo puesta ante él, facilita la decisión.

—¿Tengo tiempo de recoger mis instrumentos? —pregunta.

—No hace falta —responde Espartaco—. Los tenemos aquí.

Uno de los otros se mueve. El conocido peso y traqueteo de su bolso de médico aterrizan en su vientre.

Espartaco sonríe.

—Ven con nosotros, médico. De lo contrario olvidaré todo mi vocabulario griego.

No es probable. Espartaco hablaba griego bastante bien. El día que le inspeccionó la herida de la pierna, Filón le preguntó cómo lo había aprendido.

—Tenía que aprenderlo —contestó Espartaco—, si quería saber de la guerra.

—¿Aprendiste de los griegos el arte de la guerra?

—Los tracios hacemos la guerra a nuestra manera. Yo lo aprendí de mi padre, de mis tíos, de los hombres de mi tribu. Me refiero a que, cuando era niño, fueron las palabras griegas las primeras que me hicieron soñar con la guerra. Sin el sueño de la guerra no habría guerreros. Primero soñé con la caída de Troya ante los aqueos.

Filón le había indicado que se tumbara boca abajo sobre la mesa. Metió las manos en aceite caliente y se las frotó. Cuando el tracio estuvo tumbado, comenzó a presionar con la punta de los dedos la carne en torno a la descarnada cicatriz. Era solo la segunda vez que se encontraba a solas con Espartaco, pero se sentía cómodo con él. Era el hombre que había vencido a los veteranos aquel primer día, pero también era un hombre reservado, tranquilo, con una serenidad que calmaba también a Filón.

—¿Así que te interesaba Troya?

—Por supuesto. Los tracios lucharon por Troya bajo un rey llamado Reso. En la historia se le nombra. Reso acudió a la llanura de Troya con carros de guerra. Era compañero de guerra de las amazonas. Se acostaba con su reina, y ella habría tenido un hijo suyo de no haber caído en la batalla. Y Reso habría alcanzado la gloria de no ser por la traición de Odiseo, que entró en su campamento por la noche y los asesinó mientras dormían. Estuvimos en Troya, pero la cosa no acabó bien para nosotros.

Filón comenzó a trabajar el músculo en más profundidad, con cuidado de no presionar demasiado sobre la herida. ...