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LA MUY FIEL Y RECONQUISTADORA

Leonardo Haberkorn  

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Fragmento

El teléfono sonó en El Diario. Posiblemente fuera 1978 o 1979, plena dictadura. La edición periodística la dirigían Romeo Otero, Juan Francisco Fontoura y Tomás Linn. Uno de los jefes gritó:

–Jorge, atendé.

Burel atendió. Era uno de los más jóvenes de aquella redacción donde también trabajaban Roberto Altieri, el Laco Domínguez, Roy Berocay, Iván Kmaid. Burel envidiaba a sus compañeros más veteranos, como el Laco y el Turco Kmaid, porque habían conocido lo que era ser periodista en tiempos de libertad. Él, en cambio, había llegado a las redacciones en ese período oscuro, de censura y autocensura, donde cada palabra estaba controlada y una coma mal puesta podía llevarte a un cuartel militar.

“Era un país completamente cerrado desde el punto de vista informativo”, recuerda. “Era una cosa dada y muy trágica, sobre todo para mi generación. Era muy complicado formarnos como periodistas en esa época”.

La llamada era de un corresponsal del interior. Burel pensó que lo más probable era que hubiera ocurrido un crimen en su departamento, el tema preferido de El Diario, un vespertino que en aquellos años era capaz de vender hasta 150.000 ejemplares por jornada. “Nuestra columna vertebral eran las noticias policiales, el turf y los deportes. Era un diario amarillo. Podía haber un titular que dijera: ‘La mató con un cuchillo de trozar atún’. Esa era la línea”.

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Pero no era un crimen lo que motivaba la llamada del corresponsal, ni tampoco un delito. Lo que le estaba contando su colega era que en su departamento habían encontrado un churrasco luminoso: un pedazo de carne de vaca que iluminaba la noche.

Escéptico, el joven cronista tomó apuntes casi con indiferencia y escribió una nota pequeña que se publicó sin mayor destaque.

Sin embargo, un par de días después el teléfono volvió a sonar en la redacción. El que atendió escuchó a una mujer en el otro lado. Luego preguntó en voz alta: ¿Che, quién fue el que escribió esa historia de la carne con luz?

–Burel –le dijeron.

–Jorge, vení, es para vos.

Burel atendió otra vez. “Era una mujer que estaba muy nerviosa, muy excitada. Me contó que la noche anterior, su hijo se había levantado con sed, había abierto la heladera para servirse un vaso de agua y se había encontrado con un pedazo de carne que emitía luz”.

Esta vez, el joven periodista ya no se tomó el asunto con tanta apatía. Allí tenía que haber una historia que contar.

–Páseme su dirección, por favor –le pidió a la mujer.

Era un apartamento que quedaba cerca del Hospital de Clínicas. El cronista llegó y fue recibido por una señora que, nerviosa y atropellada, quiso volverle a contar lo que había pasado la noche anterior, cuando su hijo había abierto la heladera.

Algo se encendió en el alma de aquel cronista novato ahogado por la censura. En esos tiempos en que las únicas noticias eran crímenes, goles y comunicados de las Fuerzas Armadas, sintió que había dado con un tema distinto sobre el cual escribir. Casi siempre le tocaban tareas ingratas. Había cubierto la ceremonia en la cual Juan Carlos Blanco había abandonado la titularidad del Ministerio de Relaciones Exteriores para ser reemplazado por Alejandro Rovira.1 Y la asunción del Goyo Álvarez como comandante del Ejército.2 “En esas ocasiones uno era un mero amanuense, una correa de transmisión de la información que generaba el gobierno”.

Decidió darle al churrasco luminoso la importancia que ese hallazgo merecía en esos tiempos oscuros.

–Espere un segundo –le dijo a la dueña de casa y del misterioso bistec–. Vamos a recrear cómo era el ambiente anoche, cuando ocurrió todo. Le voy a pedir que baje todas las persianas.

La mujer le hizo caso. Una por una bajó las celosías y cerró cada entrada de luz. Un ambiente nocturno se creó en el apartamento. Entonces sí Burel le dijo que le contara qué había ocurrido con todos los detalles.

“Entonces ella me volvió a contar lo que ya me había adelantado por teléfono. Yo tomé nota y cuando terminó su relato, fuimos hacia la heladera. La abrimos y efectivamente había unos churrascos que emitían una luminiscencia”.

Burel volvió satisfecho a la redacción y escribió una nota que esa noche fue el título principal de El Diario. Algo así como: “Fenómeno misterioso: aparecen churrascos luminosos”.

El tema tuvo repercusión. Agencias internacionales levantaron la noticia y la prensa argentina también habló de las chuletas iridiscentes.

El asunto prometía más. ¿Qué le pasaba a esa carne que iluminaba las heladeras? Al parecer, la luz la provocaba cierta bacteria luminiscente pero no tóxica. En esas averiguaciones estaba el joven periodista cuando el teléfono volvió a sonar en la redacción. No le pasaron la llamada a Burel, sino a uno de los jefes. Luego le avisaron a él.

–No se puede hablar más de los churrascos luminosos –le dijo uno de los jefes–. Ese tema no va más. Hay que cuidar las exportaciones de carne.

* * *

Así era la vida en la dictadura.

Si informar sobre un churrasco luminoso estaba prohibido, podemos imaginar todo lo demás.

“Es muy difícil transmitir a quien no lo haya vivido la sensación de asfixia que produce en una sociedad la falta de libertades esenciales y el temor que las acompaña”, escribió Hoenir Sarthou sobre aquellos años.3

Juan Miguel Petit –que estaba en segundo de liceo cuando el golpe de Estado– agrega un ominoso elemento: aquel ahogo parecía destinado a ser eterno: “Una de las cosas más difíciles de transpolar de la dictadura es la sensación que reinó desde 1974 hasta 1978, de que aquello era definitivo, que era para siempre. Llegó un momento en que había dictadura en Argentina, en Paraguay, en Chile, en Brasil... estábamos en una zona del mundo donde la idea de transición no existía. Lo que veíamos todos los días en los diarios y los informativos era una cosa monolítica: no se veía ningún tipo de salida”.

Petit recuerda de su adolescencia el ver a los jeeps artillados del Ejército circular por 18 de Julio. El clima de miedo. El no darle el número de teléfono de la casa de uno a nadie. Los rumores. Las versiones, como esa que una vez oyó de boca de un compañero de clase que vivía en Malvín: en la rambla de Punta Gorda había una casa en la que se sentían los gritos de las personas que eran torturadas.

“Hubo también un congelamiento en la vida privada. Hubo familias que se dividieron porque tenían gente que podía ser más o menos comprensiva con la dictadura, vecinos que dejaban de saludarse según su posición política. Había una cierta frialdad afectiva. En la Facultad de Derecho las parejas no podían tomarse de la mano ni besarse. La cuestión represiva se metió en la vida afectiva, lo sexual, la vida diaria. Estaba prohibido que una pareja se sentara junta, abrazada, apretada leyendo apuntes: venía un guardia y te decía que no podías estar así. Y si se te ocurría protestar, te sacaban el carné de estudiante y nunca más estudiabas”.

Las reuniones de cualquier tipo debían ser antes autorizadas con un trámite ante la Policía. Un decreto dejaba en claro que esa obligación alcanzaba tanto a instituciones profesionales como culturales, deportivas, cooperativas, empresas, mutualistas, incluso religiosas. Hasta las reuniones benéficas y los homenajes en cementerios debían ser permitidos.

* * *

Los partidos políticos marxistas fueron prohibidos. Los partidos tradicionales vieron suspendidas sus actividades. Organizaciones sociales fueron clausuradas. Cualquier gesto de oposición política era plausible de ser castigado con la cárcel.

El humor tampoco era tolerado. El Telégrafo de Paysandú fue clausurado por cinco ediciones por reírse de un parte policial gracioso.4 En un libro de memorias, el exsenador Carlos Julio Pereyra relata el caso de un militante blanco de Rocha que un día aprovechó la noticia de que cierta dependencia pública había liberado 500 pájaros cautivos. Entonces se hizo de algunos diarios y se puso a vocearlos en una esquina céntrica de la ciudad: “¡Diarios! ¡El gobierno libera a 500 prisioneros!”. No demoró en ser detenido y llevado a un cuartel acusado del delito de “murmuraciones”. Cuando lo liberaron le advirtieron que la próxima vez “se procederá legalmente como corresponde”.5

La tortura era moneda corriente. Los ciudadanos fueron clasificados según su supuesta peligrosidad en tres categorías: A, B y C.

El periodista mexicano Julio Scherer visitó Uruguay en 1976 y escribió: “La vida aparente es la del trabajo, los cafés, el comercio, el cine y el fútbol. El miedo no se ve jamás. Jamás se ve el miedo en un día ordinario, pero se siente. Se siente a través de los periódicos sin noticias y de los noticieros sin informaciones. Parecería que no pasa nada, que al país se la ha sacado el alma”.6

El psicólogo Damián Schroeder anotó: “El control era tan grande que uno se portaba bien aunque estuviera en su propia casa. Te sentías permanentemente observado, vigilado, controlado. Había que sospechar de cada uno de los demás, y cada uno debía sospechar de uno”.7

El anecdotario de las prohibiciones y censuras del régimen es infinito.

La libertad de expresión dejó de regir. La dictadura clausuró al menos 29 publicaciones en forma definitiva. La primera fue el diario Acción, el 2 de julio de 1973, y la última el semanario Convicción, el 3 de mayo de 1984. Otros 71 medios recibieron sanciones diversas. El Heraldo de Young, a pesar de su anticomunismo, fue clausurado en forma definitiva en 1977 por criticar a la UTE.8 Los responsables de los medios y los propios periodistas eran obligados a concurrir a dependencias militares por explicar sus actos, por nimios que fueran. Muchas veces eran retenidos durante largas horas. Se llegó al punto de que el diario La Mañana fue clausurado por varias ediciones por transcribir declaraciones grabadas del propio presidente de facto Aparicio Méndez.9

El límite de lo que estaba prohibido decir no era explícito, lo que fomentaba el miedo, el silencio y la autocensura.

En la edición de octubre de 1980 de la revista La Plaza, en un valiente artículo donde pedía el restablecimiento de la libertad de expresión, Juan Martín Posadas escribió:

“El límite deliberadamente impreciso que separa [...] lo que está permitido expresar y lo que está prohibido, ha llevado al hombre de la calle, por razones de seguridad personal muy fundadas, a optar por no opinar nada de nada y asumir una política genérica de boca cerrada. De esto se sigue que lo que efectivamente se dice, lo que de hecho sale al intercambio de la comunicación, es infinitamente menos de lo que se podría decir. El Uruguay está callado e incómodo en su silencio, como una familia abrumada que cena sin intercambiar palabra, con los ojos bajos, sin nada que decirse o sin ganas de decirse nada”.

Eso es lo que, precisamente, recuerda Gustavo Parodi, el guitarrista de la banda de rock and roll los Buitres, que era un niño cuando el golpe. En su casa familiar, en Pando, a media cuadra de la comisaría, los adultos casi no decían palabra sobre ninguna cosa que tuviera que ver con la dictadura o la política. Y cuando lo hacían, bajaban la voz, cuchicheaban, se cuidaban de que los niños y los adolescentes no escucharan.

En las pantallas de Canal 5, el canal estatal, un periodista de apellido Antúnez Ferrer condujo un programa donde los televidentes podían llamar y delatar a los opositores. “El programa denuncia a los malos uruguayos, se leen listas de maestros, profesores y artistas adherentes al Frente Amplio, a los que acusa de estar vendidos al oro de Moscú”.10

El régimen pasó a controlar la vida cultural. Cantantes, actores, escritores fueron prohibidos y muchos debieron exiliarse. En el carnaval, por ejemplo, regía la censura previa de las letras de murgas, humoristas y parodistas. Enrique Vidal relató lo que ocurrió cuando la Comisión de Censura del carnaval analizó el guion del grupo de humoristas que él integraba. La humorada que tenían planeado llevar a escena refería al Capitán Garfio y su barco pirata. El texto volvió con una cantidad de palabras subrayadas en rojo, que no podían ser pronunciadas ante el público y debían ser sustituidas: motín, marinero, uniforme, rebelde, sublevación, compañeros, venia, objetivo, pasado, clandestino, pueblo, escondite, preso y capitán, ¡ni siquiera para nombrar al Capitán Garfio!11

En aquellos años, Uruguay era un país dominado en forma total por el régimen. Las desviaciones al orden impuesto, por ínfimas que fueran, eran castigadas con severidad. Incluso los más mínimos gestos considerados sospechosos –reales o ficticios– eran penalizados.

El hoy diputado Jorge Gandini era un adolescente boy scout. Pertenecía a un grupo llamado Vanguardia, que trabajaba en el barrio Municipal. El régimen los miraba con cierta sospecha porque dos de sus integrantes habían abandonado el país como mochileros, para radicarse en Venezuela. “Un día un operativo militar nos ocupó las cabañas que teníamos en nuestro predio, se llevó toda la papelería y la prendió fuego”.

Las cárceles se llenaron de presos políticos, muchos de ellos sin ninguna vinculación con grupos guerrilleros. Uruguay alcanzó el índice más alto del mundo de presos políticos en relación a la población total del país.

Richard Read, un muchacho “medio rebeldón”, que dos por tres se agarraba a las trompadas en la calle, había comenzado en esos años a trabajar en las Fábricas Nacionales de Cerveza. Hoy recuerda cómo las patrullas militares llegaban a la fábrica para llevarse detenido a alguien.

“Los botones venían acá abajo a buscar gente. Iban a la oficina de personal a preguntar por la persona que querían detener, y la fábrica te avisaba: ‘Está la cana en la puerta’. Y vos rajabas por los galpones. La fábrica no fue buchona. Hubo un montón de casos de esos”.

La educación fue intervenida para promover el sistema de valores de la dictadura.

El programa de Sociología de la Educación vigente en 1976 para el curso de Directores de Escuelas en el Instituto Magisterial Superior incluía “la rebeldía juvenil” entre “las principales desviaciones del comportamiento” junto con la delincuencia, el suicidio, el adulterio y el homosexualismo.

Los liceales debían ir uniformados a sus centros de estudio. La falta de cualquier pieza en el uniforme, incluyendo la insignia del liceo o colegio, era causa de no poder ingresar al edificio a tomar clase. Los varones debían tener el pelo corto, que nunca podía tocar el cuello de la camisa. Los estudiantes se formaban en el patio cinco minutos antes de ingresar al salón y ahí se controlaban sus ralas cabelleras.

Un decreto de 1976 estableció que los estudiantes podían perder el año si los festejos por el fin de cursos transgredían “los límites normales de la sana alegría”.12

En las carteleras se anunciaba: “En sala de Profesores y dentro del Liceo, deberán abstenerse de hacer comentarios sobre política, críticas no positivas sobre las normas vigentes o sobre cesantías dictadas por la Superioridad”.

Los funcionarios no podían tener la camisa abierta y debían llevar corbata en forma obligatoria. Las funcionarias no podían vestir pantalones. El control llegaba a tanto que se dictó un reglamento para determinar qué lugar debía ocupar cada docente si una autoridad educativa visitaba un liceo y se producía una caminata colectiva, lo mismo que si debían compartir un viaje en auto.

Cuando entraban a la universidad, los estudiantes debían firmar una “declaración jurada de comportamiento estudiantil”. Constaba de siete puntos y entre ellos, el nuevo universitario se comprometía a no promover ni participar de ningún acto, asamblea o manifestación política o gremial, no distribuir ningún material vinculado a esas actividades y a delatar a cualquiera que incumpliera con los dos puntos anteriores.13

Todo aquello era parte de un gran esfuerzo –quizás no muy científico pero sí tenaz y persistente– realizado por la dictadura para que la nueva generación de uruguayos creciera libre de toda inclinación a la indisciplina propia de los jóvenes, con el sentido crítico adormecido y sin contaminación alguna con ideas políticas peligrosas.

Esa es la historia de este libro.

1. 23 de diciembre de 1976.

2. 1 de febrero de 1978.

3. Sarthou, Hoenir; Agostino, Ana; Sans, María Isabel. De Generaciones, de los 60 a los 90. 2da edición, Montevideo: Editorial Nordan-Comunidad, 1995, p. 93.

4. Albistur, Gerardo. “Autocensura o resistencia: el dilema de la prensa en el Uruguay autoritario”. Cuadernos de Historia Reciente. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental. 2008, número 1.

5. Pereyra, Carlos Julio. Soy testigo. Sexta edición. Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2007, pp. 110-111.

6. Ibídem, p. 106.

7. Sarthou, Hoenir; Agostino, Ana; Sans, María Isabel. O. cit., p. 63.

8. Albistur, Gerardo. O. cit.

9. Álvarez Ferretjans, Daniel. Historia de la prensa en el Uruguay. Montevideo: Búsqueda - Editorial Fin de Siglo, 2008, pp. 562-565.

10. Martínez, Virginia. Tiempos de dictadura. Hechos, voces, documentos: la represión y la resistencia día a día. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 2005, p. 58.

11. Sarthou, Hoenir; Agostino, Ana; Sans, María Isabel. O. cit., pp. 79-80.

12. Pereyra, Carlos Julio. Soy testigo. O. cit., p. 112.

13. Del archivo personal de Gonzalo Tancredi, que conserva una de las fichas que se debían llenar para realizar la declaración jurada.

El sueño militar

“Ellos tenían una ambición poco realista: querían que volviera el sistema político antiguo, pero que viniera con gente nueva”.

Para entender la obsesión de la dictadura por crear una nueva generación de orientales modelados a su imagen y semejanza hay que remontarse a los días finales de 1975.

Aquel año había sido designado “Año de la Orientalidad” en honor al sesquicentenario de los hechos históricos de 1825: el Desembarco de los Treinta y Tres, las batallas de Rincón y Sarandí, la Declaración de Independencia.

Un constante despliegue de nacionalismo y patriotismo signó esos días en los que se recordó y celebró el 150 aniversario de cada uno de aquellos acontecimientos. Al comenzar cada jornada lectiva, los escolares debíamos escribir en nuestros cuadernos, en el primer renglón de la página: “Año de la Orientalidad”. Todos los días.

Pero, bajo la superficie y en un debate secreto y oculto al público por la censura, aquel también fue el año en el que comenzó una tensa puja entre el presidente Juan María Borda-berry y los mandos militares, que hasta ese momento habían sido socios.

Según el calendario electoral, en 1976 debían celebrarse elecciones presidenciales en Uruguay. Los militares, al haber mantenido como presidente a Bordaberry, que había sido elegido constitucionalmente en 1971, habían logrado dar a su régimen cierta pátina de legalidad. Pero llegado el crucial año de 1976 debían decidirse: ¿convocarían a elecciones o asumirían ante el mundo que eran una vulgar dictadura como pretendían disimular?

Ante ese dilema, el presidente Bordaberry y los mandos militares no evaluaron la situación del mismo modo.

A fines de 1975 el dictador hizo conocer su plan a los generales: pretendía reformar la Constitución para borrar las elecciones de 1976… ¡esa y también todas las demás! En los hechos, Bordaberry quería eliminar para siempre la democracia representativa, abolir las elecciones nacionales y los partidos políticos, que deberían ser reemplazados por “corrientes de opinión” y corporaciones: los empresarios, los profesionales, los militares, por ejemplo.

El presidente devenido dictador pretendía que se impusiera para Uruguay “un concepto radicalmente distinto al que descansa en la clásica división de poderes de Montesquieu”.14

Un régimen corporativo.

Bordaberry creía que su plan podía ser implementado con éxito gracias a que la violencia política y la crisis institucional de los años 60 y 70 –que habían logrado hastiar a buena parte de la ciudadanía y habían desembocado en el golpe de Estado– habían dejado muy desprestigiados a los partidos políticos.

Al relatarle sus memorias al escritor y periodista Miguel Ángel Campodónico, el dictador le contó una anécdota: para tener la opinión de alguien cercano al sistema político, le acercó su plan de reforma constitucional a un amigo muy vinculado a los sectores más conservadores del Partido Colorado. El amigo leyó el proyecto y le respondió que no le parecía viable. Bordaberry no aceptó esa opinión contraria. “A mí me pareció que no era así”, le dijo a Campodónico. “El descrédito de los partidos políticos estaba muy fresco todavía”.15

En el mismo libro, Bordaberry sostiene: “Yo fui el verdadero enemigo del poder político y no ellas (las Fuerzas Armadas)”.16

La iniciativa de Bordaberry chocó con la posición contraria de algunos de los integrantes de su propio gobierno, entre ellos la del influyente ministro de Economía, Alejandro Végh Villegas, principal impulsor de la línea de liberalismo económico de la dictadura.

En 2016 conversé con Végh sobre aquella polémica crucial de cuatro décadas atrás.

Fueron tres entrevistas en el bar Expreso, de Pocitos, y un cuarto encuentro en el residencial donde vivía en el Buceo, el 19 de diciembre, poco antes de su fallecimiento.17

“Cuando Bordaberry propuso formalmente a fines de 75, en una carta a la junta de comandantes, el cambio de Constitución y la eliminación de los partidos políticos, yo estaba en Estados Unidos negociando con el Fondo Monetario. El ministro interino, mi subsecretario, que era Valentín Arismendi estaba a cargo del ministerio”.

Végh regresó el 23 de diciembre para pasar la Navidad con su familia y reintegrarse al trabajo en el Ministerio. Fue entonces cuando se enteró de la carta de Bordaberry.

“Proponía terminar con los partidos políticos y fundar un Estado corporativo. Era fascismo falangismo puro. Creo que su carta la había redactado Alvarito Pacheco Seré, quien fue su secretario y era su asesor en estos temas: era buena persona pero siempre fue un fachito”.

Végh Villegas pidió prolongar unos días su licencia y Arismendi continuó al frente del Ministerio de Economía. Durante dos semanas se dedicó a escribir una carta de respuesta al proyecto de Bordaberry. En ella hizo una encendida defensa de la política, el sistema institucional uruguayo y los partidos tradicionales.

“La escribí en una estancia preciosa que mi cuñado, el Toto Gramont, tenía en las afueras de Young. Él fue muy amigo de Mujica, que visitaba su estancia con Lucía Topolansky. Después se pelearon. Mi cuñado tenía dos hijas, y la menor era una chiquita, Nicole, que tenía 3 años. Y yo estaba todo el día jugando con Nicole, ordenando papeles y escribiendo. Mezclaba el trabajo con la diversión con Nicole que entraba dos por tres, dando portazos, se peleaba conmigo, después nos reconciliábamos, me presentaba a sus amigas, cenábamos juntos... pasé dos semanas y ahí redacté la carta. El 7 de enero de 1976, recuerdo bien la fecha, envié esa larga carta a Bordaberry”.

En su misiva Végh retrucaba uno de los argumentos en contra de la política que esgrimía Bordaberry, quien argumentaba que los partidos tradicionales habían desdibujado tanto sus perfiles que ya no se sabía cuáles eran sus reales diferencias: “La afirmación es cierta, pero lo que se dice a modo de censura y razonamiento en su contra es, para mí, precisamente uno de los méritos del sistema que se desea abolir definitivamente, uno de los rasgos del avance institucional del Uruguay”.

“Yo creo –agregaba– que aquí radica una de las razones de la superioridad de los partidos tradicionales sobre los grupos ideológicos como forma de encauzar la inquietud ciudadana, ya que la exagerada coherencia interna de los grupos ideológicos supone un fanatismo en la acción y la carencia de flexibilidad en la vida pública”.18

En forma osada, Végh vaticinaba que de aplicarse el plan de Bordaberry se favorecería la llegada al poder del marxismo.

“El receso obligado y sine die de los partidos tradicionales es, a mi juicio, un peligro para el futuro de la Nación porque, al crear un ‘vacío político’ deja el campo libre a la acción clandestina de los grupos marxistas y especialmente del Partido Comunista. La desaparición de los partidos tradicionales –a quienes mucho debe la República– promueve a corto o largo plazo la formación de un ‘frente popular’ controlado por el marxismo y que tarde o temprano alcanzará el poder a medida que se produzca el inevitable desgaste del gobierno tecnocrático militar que se propone en el Memorándum”.

Al encontrarse con el presidente por primera vez luego del envío de la misiva, Végh Villegas puso su cargo a disposición.

“Le dije: ‘Bueno, Juancho, por supuesto que si discrepamos en un tema político tan importante tenés mi renuncia a tu disposición’. Y Juancho me dijo que yo estaba en todo el derecho a discrepar y me pidió que siguiera. ‘El tema se va a dilucidar en otros ambientes’, me dijo”.

Esos ambientes eran las juntas de comandantes y de generales.

Durante seis meses se discutió qué hacer en la cúpula militar. Según Végh, mayo de 1976 fue el mes crítico, cuando todos los actores de ese drama –que podía concluir con la eliminación de la política quién sabe hasta cuándo– definieron sus posiciones.

“Ya cuando se acercaba el final de la lucha entre Bordaberry y los mili ...