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LA MUJER QUE VOLVIó DEL ABISMO

Ruperto Long  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
LA HISTORIA TRAS LA HISTORIA

Nunca pensé que a Federico Sánchez de la Reina le podría pasar algo así.

Desde que su nombre comenzó a aparecer con cierta frecuencia en la prensa sensacionalista –e incluso en las noticias policiales de algún periódico respetable–, sentí que no debía permanecer en silencio. Lo llamé a Sevilla y le ofrecí mi solidaridad. Luego formulé algunas declaraciones públicas. Hablé de su prestigiosa carrera de ingeniero en España, de su gusto por la literatura y la historia, de que era buen padre de dos chicas adolescentes, de su hombría de bien. Pero fue en vano.

A esa altura de los acontecimientos, como ustedes habrán visto en los medios, su nombre se mezclaba sin pudor con los de oscuros personajes, como eventual protagonista de confusos y trágicos episodios acaecidos en el sur argentino, en la mítica Patagonia.

Le pedí a Federico su versión de lo sucedido. Más aún: lo alenté para que me relatara cómo comenzó todo. Las razones que lo llevaron al sur de América para aclarar un misterio del pasado de su familia, y que, de pronto, lo involucraron de lleno en una tragedia del presente.

No demoré en recibir su respuesta.

Sevilla, España, septiembre de 2009

Querido amigo:

No sabes cuánto agradezco tus esfuerzos para que la verdad salga a luz.

Después de los trágicos sucesos del año pasado, muchas veces me he detenido a pensar en cómo un hecho casual nos lleva a otro, y este a su vez nos conduce a nuevos sucesos que jamás imaginamos nos podrían pasar. Y así hasta encontrarnos en medio de circunstancias imprevistas, que nos gobiernan por completo.

¿Cómo me ocurrió algo así? No tengo respuesta. Solo sé decirte que puede suceder un día cualquiera. O no suceder nunca.

Pero ocurrió.

Fue aquella mañana helada en Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, a finales del invierno austral de 2008…

***

Diez y media de la mañana.

Detuve la Toyota frente a una galería comercial; deseaba comprar unos suvenires para mis hijas, que habían quedado en la lejana España. Aretes para mi hija mayor, Macarena, y un collar de piedras de la región para la menor, Belén. Además de un surtido de chocolatinas artesanales producidas por familias de alemanes e italianos afincados desde hace un siglo en Río Gallegos.

De repente, sonó el móvil. Miré el captor: número desconocido. Igual atendí.

–Holá… ¿Roberto?

–Sí, ¿cómo estás? –no necesité preguntar quién llamaba, por supuesto.

–Mirá: tenés que ir a Rivadavia esquina Libertad, dentro de una hora –la voz de Yuliana se escuchó distinta a la de la noche anterior, dominada ahora por la prisa y el miedo, sumados al estrago de la larga velada de sexo y alcohol–. Alguien se te va a acercar y te va a entregar un mensaje.

–¿Quién?

–No te puedo decir más nada, beso, chau chau.

–¡Muchas gracias! –alcancé a susurrar.

Hubiera querido decirle mucho más (que se sintiera acompañada, que no aflojara); pero ya había colgado.

Miré mi reloj: un cuarto para las once.

Exactamente una hora más tarde, estacioné la camioneta en Avellaneda y Rivadavia, a cuatro cuadras de mi destino. No quería que nadie identificara el vehículo. Cuanto menos supieran de mí, mejor.

***

Media hora después regresé a la camioneta.

Me recliné y aspiré con profundidad. Estaba muy excitado y mi imaginación volaba a mil. ¿Cómo me metí en todo esto?

Por supuesto que recordaba bien la noche en que conocí a Yuliana. Pero… ¿fue un error entrar en aquel antro de mala muerte, La Mary-Anne? ¿Qué tengo para decir en mi defensa? Solo que su exótico nombre me atrajo de manera irresistible. Eso es muy poca cosa. Un argumento débil.

También recuerdo que, cuando abrí la puerta, me bañó la luz fucsia del interior, mientras me atrapaba la pegajosa melodía de una cumbia: Una de las Tres Marías sigue brillando, se está apagando, pero sigue brillando… Todo fue muy irreal, muy rápido e irreal; solo sucedió. Y yo dejé que sucediera.

Mary, la madama, se acercó presurosa. Supuso que buscaba algo único. Y que podía pagarlo.

–Sos extranjero... –asentí con la cabeza–. ¿Qué tomás?

–Un Johnnie seco, sin hielo.

–Imagino que buscás algo especial –comentó Mary, sugerente–. Tengo pibas jovencísimas...

–¿Muy, pero muy jóvenes?

Se sonrió, cómplice.

Con oficio envidiable, se deslizó de mi lado y desapareció. Instantes después, cuando apenas había calentado mi garganta con un par de sorbos de whisky, reapareció acompañada por una guapa morena de estatura mediana y formas curvilíneas.

–Te dejo con Yuliana –susurró–. Cuidala, es muy chiquita.

Y así, de pronto, me encontré en aquel lugar extravagante invitando con un trago a una chica de quince. La había contratado para un “manoseo”. A cuenta de un “pase con servicio”, si quedaba satisfecho.

En la escena había algo que no obedecía a las leyes de la razón. Aquellas jóvenes, en su mayoría adolescentes, que se exhibían semidesnudas detrás de vidrieras iluminadas, no estaban en la zona roja de Ámsterdam o Berlín. Se encontraban a un paso de la Antártida. Y sus cálidas vidrieras estaban sitiadas por un frío polar que descendía sin piedad hasta abismos inimaginables, mientras un viento feroz arreciaba sobre el lugar, amenazando devorarlo todo.

***

Ha pasado muy poco tiempo desde aquel momento, querido amigo, y ya me cuesta recordar cómo llegué a tan promiscuo lugar, una helada noche de septiembre. Tal ha sido la vertiginosa y fatídica sucesión de hechos que se desencadenaron a partir de aquel día.

Por ello siento la necesidad de enviarte mi relato; sé que harás buen uso de él. Se han dicho muchas falsedades. Es hora de que se sepa mi verdad.

FEDERICO SÁNCHEZ DE LA REINA

***

Poco después de recibir su carta, me comuniqué con la fiscal que llevó el caso en Río Gallegos, la doctora Karla Finocchiaro.

Al principio la noté reticente. Sin embargo, insistí. Y me llevé una sorpresa.

Río Gallegos, Argentina, octubre de 2009

–¿Holá? Sí, habla la fiscal Finocchiaro, ¿cómo le va?

»Sí, lo ubico bien: usted es la persona que me llamó hace unos días desde Uruguay, interesado en el caso de las chicas desaparecidas.

»Mire, estuve pensando mucho en lo que me propuso la semana pasada. Y al final tomé una decisión. ¿Sabe lo que decidí? Le voy a contar todo, tal como sucedieron los hechos. Hay algunas informaciones que las tendrá que manejar con cuidado. Y otras acerca de las cuales le voy a pedir que cambie nombres y lugares, para proteger la identidad de los involucrados. Ya hablaremos de todo eso.

»¿Por qué cambié de opinión?

»Es algo difícil de explicar. Podría refugiarme en el silencio: viviría más tranquila. Pero no estaría en paz con mi conciencia. Hay valores éticos –como fiscal de la Nación y como ciudadana responsable– que debo respetar. Y esos valores me obligan a exponer con prudencia, pero sin ahorrar detalles, el infierno que hemos vivido.

»No me lo agradezca. Siento que es lo que debo hacer.

»¿Usted dice que es porque los argentinos los queremos más a ustedes que ustedes a nosotros? Bueno, sí, tal vez algo de eso hay, ¡qué gracioso! Es cierto que los argentinos confiamos mucho en los uruguayos. Quizá demasiado, en fin, eso ya lo veremos.

»Avíseme unos días antes de venir, para coordinar todo. ¿Sabe dónde queda la Fiscalía? Sí, cerca de la plaza San Martín, es fácil de encontrar.

***

Luego de mi charla con la fiscal, visité los lugares donde los hechos ocurrieron. Y como en estos parajes todo se sabe, pronto recibí la colaboración de vecinos de esos páramos desolados, dispuestos a contarme su versión.

Fue en ese punto cuando el destino metió su cola.

Me encontraba ensimismado en mi búsqueda de documentos y testigos de lo acontecido, ansioso por armar el rompecabezas que me condujera a la verdad, cuando me topé con una revelación sorprendente, que me conmovió: un escueto mail de una joven de Montevideo llamada Fátima, entonces desconocida para mí:

Montevideo, Uruguay, diciembre de 2009

Estimado señor:

Disculpe la molestia, pero he sabido que está investigando algunos hechos que tienen que ver conmigo. Tengo información que le puede interesar. Y además no me gustaría que se inventaran historias que no son ciertas.

Su asistente me dijo que va seguido por el café Bacacay, en la Ciudad Vieja. ¿Le parece de encontrarnos allí el próximo viernes, a las seis de la tarde?

Saludos,

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