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LA MUJER QUE VOLVIó DEL ABISMO

Ruperto Long  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
LA HISTORIA TRAS LA HISTORIA

Nunca pensé que a Federico Sánchez de la Reina le podría pasar algo así.

Desde que su nombre comenzó a aparecer con cierta frecuencia en la prensa sensacionalista –e incluso en las noticias policiales de algún periódico respetable–, sentí que no debía permanecer en silencio. Lo llamé a Sevilla y le ofrecí mi solidaridad. Luego formulé algunas declaraciones públicas. Hablé de su prestigiosa carrera de ingeniero en España, de su gusto por la literatura y la historia, de que era buen padre de dos chicas adolescentes, de su hombría de bien. Pero fue en vano.

A esa altura de los acontecimientos, como ustedes habrán visto en los medios, su nombre se mezclaba sin pudor con los de oscuros personajes, como eventual protagonista de confusos y trágicos episodios acaecidos en el sur argentino, en la mítica Patagonia.

Le pedí a Federico su versión de lo sucedido. Más aún: lo alenté para que me relatara cómo comenzó todo. Las razones que lo llevaron al sur de América para aclarar un misterio del pasado de su familia, y que, de pronto, lo involucraron de lleno en una tragedia del presente.

Recibe antes que nadie historias como ésta

No demoré en recibir su respuesta.

Sevilla, España, septiembre de 2009

Querido amigo:

No sabes cuánto agradezco tus esfuerzos para que la verdad salga a luz.

Después de los trágicos sucesos del año pasado, muchas veces me he detenido a pensar en cómo un hecho casual nos lleva a otro, y este a su vez nos conduce a nuevos sucesos que jamás imaginamos nos podrían pasar. Y así hasta encontrarnos en medio de circunstancias imprevistas, que nos gobiernan por completo.

¿Cómo me ocurrió algo así? No tengo respuesta. Solo sé decirte que puede suceder un día cualquiera. O no suceder nunca.

Pero ocurrió.

Fue aquella mañana helada en Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, a finales del invierno austral de 2008…

***

Diez y media de la mañana.

Detuve la Toyota frente a una galería comercial; deseaba comprar unos suvenires para mis hijas, que habían quedado en la lejana España. Aretes para mi hija mayor, Macarena, y un collar de piedras de la región para la menor, Belén. Además de un surtido de chocolatinas artesanales producidas por familias de alemanes e italianos afincados desde hace un siglo en Río Gallegos.

De repente, sonó el móvil. Miré el captor: número desconocido. Igual atendí.

–Holá… ¿Roberto?

–Sí, ¿cómo estás? –no necesité preguntar quién llamaba, por supuesto.

–Mirá: tenés que ir a Rivadavia esquina Libertad, dentro de una hora –la voz de Yuliana se escuchó distinta a la de la noche anterior, dominada ahora por la prisa y el miedo, sumados al estrago de la larga velada de sexo y alcohol–. Alguien se te va a acercar y te va a entregar un mensaje.

–¿Quién?

–No te puedo decir más nada, beso, chau chau.

–¡Muchas gracias! –alcancé a susurrar.

Hubiera querido decirle mucho más (que se sintiera acompañada, que no aflojara); pero ya había colgado.

Miré mi reloj: un cuarto para las once.

Exactamente una hora más tarde, estacioné la camioneta en Avellaneda y Rivadavia, a cuatro cuadras de mi destino. No quería que nadie identificara el vehículo. Cuanto menos supieran de mí, mejor.

***

Media hora después regresé a la camioneta.

Me recliné y aspiré con profundidad. Estaba muy excitado y mi imaginación volaba a mil. ¿Cómo me metí en todo esto?

Por supuesto que recordaba bien la noche en que conocí a Yuliana. Pero… ¿fue un error entrar en aquel antro de mala muerte, La Mary-Anne? ¿Qué tengo para decir en mi defensa? Solo que su exótico nombre me atrajo de manera irresistible. Eso es muy poca cosa. Un argumento débil.

También recuerdo que, cuando abrí la puerta, me bañó la luz fucsia del interior, mientras me atrapaba la pegajosa melodía de una cumbia: Una de las Tres Marías sigue brillando, se está apagando, pero sigue brillando… Todo fue muy irreal, muy rápido e irreal; solo sucedió. Y yo dejé que sucediera.

Mary, la madama, se acercó presurosa. Supuso que buscaba algo único. Y que podía pagarlo.

–Sos extranjero... –asentí con la cabeza–. ¿Qué tomás?

–Un Johnnie seco, sin hielo.

–Imagino que buscás algo especial –comentó Mary, sugerente–. Tengo pibas jovencísimas...

–¿Muy, pero muy jóvenes?

Se sonrió, cómplice.

Con oficio envidiable, se deslizó de mi lado y desapareció. Instantes después, cuando apenas había calentado mi garganta con un par de sorbos de whisky, reapareció acompañada por una guapa morena de estatura mediana y formas curvilíneas.

–Te dejo con Yuliana –susurró–. Cuidala, es muy chiquita.

Y así, de pronto, me encontré en aquel lugar extravagante invitando con un trago a una chica de quince. La había contratado para un “manoseo”. A cuenta de un “pase con servicio”, si quedaba satisfecho.

En la escena había algo que no obedecía a las leyes de la razón. Aquellas jóvenes, en su mayoría adolescentes, que se exhibían semidesnudas detrás de vidrieras iluminadas, no estaban en la zona roja de Ámsterdam o Berlín. Se encontraban a un paso de la Antártida. Y sus cálidas vidrieras estaban sitiadas por un frío polar que descendía sin piedad hasta abismos inimaginables, mientras un viento feroz arreciaba sobre el lugar, amenazando devorarlo todo.

***

Ha pasado muy poco tiempo desde aquel momento, querido amigo, y ya me cuesta recordar cómo llegué a tan promiscuo lugar, una helada noche de septiembre. Tal ha sido la vertiginosa y fatídica sucesión de hechos que se desencadenaron a partir de aquel día.

Por ello siento la necesidad de enviarte mi relato; sé que harás buen uso de él. Se han dicho muchas falsedades. Es hora de que se sepa mi verdad.

FEDERICO SÁNCHEZ DE LA REINA

***

Poco después de recibir su carta, me comuniqué con la fiscal que llevó el caso en Río Gallegos, la doctora Karla Finocchiaro.

Al principio la noté reticente. Sin embargo, insistí. Y me llevé una sorpresa.

Río Gallegos, Argentina, octubre de 2009

–¿Holá? Sí, habla la fiscal Finocchiaro, ¿cómo le va?

»Sí, lo ubico bien: usted es la persona que me llamó hace unos días desde Uruguay, interesado en el caso de las chicas desaparecidas.

»Mire, estuve pensando mucho en lo que me propuso la semana pasada. Y al final tomé una decisión. ¿Sabe lo que decidí? Le voy a contar todo, tal como sucedieron los hechos. Hay algunas informaciones que las tendrá que manejar con cuidado. Y otras acerca de las cuales le voy a pedir que cambie nombres y lugares, para proteger la identidad de los involucrados. Ya hablaremos de todo eso.

»¿Por qué cambié de opinión?

»Es algo difícil de explicar. Podría refugiarme en el silencio: viviría más tranquila. Pero no estaría en paz con mi conciencia. Hay valores éticos –como fiscal de la Nación y como ciudadana responsable– que debo respetar. Y esos valores me obligan a exponer con prudencia, pero sin ahorrar detalles, el infierno que hemos vivido.

»No me lo agradezca. Siento que es lo que debo hacer.

»¿Usted dice que es porque los argentinos los queremos más a ustedes que ustedes a nosotros? Bueno, sí, tal vez algo de eso hay, ¡qué gracioso! Es cierto que los argentinos confiamos mucho en los uruguayos. Quizá demasiado, en fin, eso ya lo veremos.

»Avíseme unos días antes de venir, para coordinar todo. ¿Sabe dónde queda la Fiscalía? Sí, cerca de la plaza San Martín, es fácil de encontrar.

***

Luego de mi charla con la fiscal, visité los lugares donde los hechos ocurrieron. Y como en estos parajes todo se sabe, pronto recibí la colaboración de vecinos de esos páramos desolados, dispuestos a contarme su versión.

Fue en ese punto cuando el destino metió su cola.

Me encontraba ensimismado en mi búsqueda de documentos y testigos de lo acontecido, ansioso por armar el rompecabezas que me condujera a la verdad, cuando me topé con una revelación sorprendente, que me conmovió: un escueto mail de una joven de Montevideo llamada Fátima, entonces desconocida para mí:

Montevideo, Uruguay, diciembre de 2009

Estimado señor:

Disculpe la molestia, pero he sabido que está investigando algunos hechos que tienen que ver conmigo. Tengo información que le puede interesar. Y además no me gustaría que se inventaran historias que no son ciertas.

Su asistente me dijo que va seguido por el café Bacacay, en la Ciudad Vieja. ¿Le parece de encontrarnos allí el próximo viernes, a las seis de la tarde?

Saludos,

FÁTIMA

***

Me reuní con Fátima. Enseguida comprendí que había dado con una de esas coincidencias de las que los lógicos abominan y a las que los poetas aman, como dijo una vez Nabokov. Eso fue lo que sentí. Supe que no había marcha atrás: la historia debía salir a luz.

¿Cómo es posible que estas atrocidades sucedan frente a nuestros ojos? ¿Por qué nadie habla? ¿A quién protege –y a quién condena– la indiferencia? ¿Por qué tantos silencios cómplices? Y sobre todo: ¿cuál es la verdad? Quizá sea imposible conocerla en su aterradora dimensión. Pero esta es la historia de quienes se animaron a luchar contra el silencio. No tenían por qué hacerlo. Solo sintieron, como Martin Luther King en su momento, que lo que afecta a uno de modo directo afecta a todos indirectamente.

Y optaron por no callar.

M. A. MAGGI

Montevideo, finales de 2017

PRIMERA PARTE
LAS VUELTAS DEL DESTINO: CÓMO COMENZÓ TODO

… esas coincidencias de las que los lógicos

abominan y a las que los poetas aman.

VLADIMIR NABOKOV

I
UN LUGAR DEMASIADO AL SUR

Sevilla, España, y Puerto San Julián,

Argentina, mediados de 2008

Federico Sánchez de la Reina, ingeniero extremeño,

residente en Sevilla (55 años)*

¿Cómo fui a dar a San Julián, te preguntas?

Mira: nada habría pasado si no fuera por aquella llamada de Edwin Lonogan, un viejo amigo de la infancia. Una llamada que cambió mi vida.

Fue hace un tiempo, una tranquila tarde de domingo. Hablamos de los temas de siempre. Pero su voz me pareció intranquila, angustiada. Quería que lo fuera a visitar lo antes posible. La excusa era continuar in situ nuestras investigaciones históricas sobre lo sucedido en San Julián cinco siglos antes. Era un misterio que nos apasionaba. Pero en realidad se trataba de un pretexto: bastó que le insinuara que algo ocultaban sus palabras, para que reconociera que Santa Cruz había cambiado mucho. “Están sucediendo hechos inquietantes”, así dijo.

Nada más quiso agregar el irlandés; “las paredes escuchan”, susurró. Insistió en que prefería hablar en persona, cuando yo fuera por San Julián. Pero fue suficiente: la alarma había sonado en mi interior. Era mi amigo del alma. Y yo no soy de los que ven los toros desde la barrera. Algo tenía que hacer.

***

Aline, profesora de Francés y esposa de Edwin Lonogan

(algo más de 40 años)

Federico viajó a San Julián porque nosotros lo invitamos. Siempre quiso venir a averiguar lo que le sucedió a su antepasado, el cura Pedro Sánchez de la Reina, el que Magallanes dejó abandonado en estos parajes, cuando realizó la vuelta al mundo. Es una pasión que comparten con mi marido. Pero lo que lo decidió a venir fue el tono de la voz de Edwin en aquella llamada. Y sí, malheureusement, no me sorprende: la tragedia ya se nos venía encima.

***

Federico Sánchez de la Reina

¿Cómo conocí a Lonogan? Bueno, son las vueltas del destino, podríamos decir…

Fíjate que yo nací en Extremadura, al suroeste de España, en un pueblecito medieval de la sierra Morena llamado Cabeza la Vaca.

Pero mi padre, que era un activo comerciante de alimentos (granos, carnes, vinos), viajaba con frecuencia a América del Sur. A tal punto que, en los años sesenta, durante mi edad del secundario, vivimos cerca de diez años en Montevideo.

Como bien sabes, Uruguay es un país cosmopolita: “de cada pueblo, un paisano”, como decís vosotros allá. Hice amistad con jóvenes de padres gallegos, andaluces, sicilianos, vascos franceses, judíos, armenios, suizos y vaya uno a saber de cuántas otras nacionalidades, creencias o regiones. En esos años de liceo (que así llaman los montevideanos, muy francófilos ellos, al secundario), mi mejor amigo era un muchachón alto, de pelo rubio enrulado, descendiente de galeses e irlandeses: Edwin Lonogan.

Unos cuantos años después, cuando ya vivíamos de nuevo en España, recibí una carta de mi amigo. Por el estado del sobre, sucio y ajado, parecía provenir de un lugar remoto, ¡aún más remoto que Montevideo! Y así era: había recorrido el largo camino desde las cercanías de la Antártida hasta el Viejo Continente. Estaba fechada en Puerto San Julián, provincia de Santa Cruz, República Argentina.

Edwin me contaba que su familia había tenido problemas económicos en Uruguay, por lo que decidió trasladarse a la colonia galesa de Trevelin, provincia de Chubut, en pleno corazón de la Patagonia, donde tenían parientes. Tiempo después se casó con Aline, hija de franceses, y se fueron aún más al sur, a la pintoresca bahía de San Julián, donde pusieron un restaurante y un hotelito.

Cuando leí esto último, quedé helado. ¡Mi amigo vivía ahora en San Julián! Yo conocía muy bien la existencia de esa lejana población, próxima al estrecho de Magallanes y a la mismísima Terra Australis.

Lo que te estarás preguntando es: ¿por qué? Pues bien: en mi familia, que no tiene mucho para exhibir en materia de alcurnia, siempre corrió una leyenda, más bien negra, que sostenía que éramos descendientes del hijo bastardo de un cura que integró la expedición de Magallanes, pero que fue abandonado por el almirante en la costa americana, en compañía del veedor real de la Armada Juan de Cartagena, acusados ambos de traición. ¿Y adónde los abandonó a su suerte? Pues en la remota bahía de San Julián.

Lo único seguro era que el tal cura, de nombre Pedro Sánchez de la Reina, vivió en Cabeza la Vaca, como nuestros antepasados. ¿Era verdad el resto de la historia? Poco y nada sabíamos, más allá de las bromas de mi padre –republicano y hereje– para hacer rabiar a mi madre y a mis tías devotas, que no podían concebir que el clérigo se hubiera “echado una cana al aire” (si bien, por cierto, eran otros tiempos).

Pero la verdad es que esa historia siempre atrajo mi curiosidad. Me fascinaba imaginar qué les habría pasado a aquellos dos hombres en esas tierras lejanas… Por eso, cuando recibí la carta de Edwin, me entusiasmé mucho. ¡Por fin podría aclarar lo sucedido!

Hablamos muchas veces y formulamos toda clase de teorías. Algunas surgieron de hurgar en los archivos, como el legendario Archivo General de Indias, que visité con frecuencia, dado que hace varios años que vivo en Sevilla. También estudiamos la geografía y los hábitos de los pobladores originarios de la región: los míticos patagones. Los navegantes abandonados a su suerte, ¿encontraron alimento para sobrevivir? ¿Fueron atacados por los aborígenes? ¿De qué manera alcanzaron su trágico final, si es que ello sucedió?

Otras teorías eran aún más audaces. La nave que capitaneaba Juan de Cartagena hasta su enfrentamiento con Magallanes, la San Antonio, luego de acompañar al almirante en el descubrimiento del estrecho, desertó y retornó a España. En el viaje de regreso el navío pasó frente a la costa de San Julián, cuatro meses después que los dos hombres fueron abandonados. ¿Podría ser que hubiera recalado en la bahía para averiguar lo sucedido a su antiguo capitán, quien –además– era el veedor del rey y protegido del poderoso obispo de Burgos? En tal caso, ¿los encontraron con vida? ¿O al menos a uno de ellos? Existía una gran confusión en los documentos sobre los marinos que regresaron en la nave San Antonio. ¿Podía ello esconder el hecho de que uno o los dos condenados hubieran regresado a España con otros nombres? Como imaginarás, todas esas conjeturas nos quitaban el sueño.

Pero hay algo más que debes conocer.

***

Tú sabes que soy reservado y no me gusta hablar sobre mi vida privada. Pero la verdad es que… la llamada de Edwin coincidió con un momento muy particular: un par de semanas antes nos separamos con mi esposa. En realidad, te diré toda la verdad, aunque duela: Antonella me abandonó. Ese fue el triste final de dos décadas de buscar lo imposible: un punto de encuentro entre su fogosidad italiana –que yo solía calificar de “hacer las cosas a las apuradas y sin pensar”– y mi serenidad de oriundo del sur español –que ella percibía como “parsimonia y dejadez”–. La llamada de Edwin me pilló con el ánimo por los suelos. Quería seguir adelante con mi vida, todavía me sentía joven, pero estaba desorientado.

De repente, no sé bien cómo, junté fuerzas. Ese viaje al fin del mundo siempre me había atraído. “Un cambio de aires por un par de semanas no me va a sentar mal”, pensé. Además, mi querido amigo me necesitaba.

***

Aline

Yo soy grenobloise, pero cuando cumplí un año mis padres se mudaron a Trevelin, una colonia galesa. ¡Qué cambio habrá sido para ellos! Pero yo crecí en la Patagonia, esta es mi tierra. Aunque mis padres me enseñaron también el idioma y las costumbres francesas. Luego conocí a Edwin, cuando su familia se trasladó aquí. Salimos, nos enamoramos y nunca nos separamos. Hemos compartido buena parte de la vida. Tuvimos momentos de felicidad y de los otros. Nos conocemos por las miradas, por los más mínimos gestos, casi por el olfato, como le digo muchas veces, ¡y él se ríe!

Pero lo vivido en estos meses no se compara con nada, mon Dieu!

Como usted sabe, Edwin no quiso hacer comentarios sobre lo sucedido. Mire que yo comparto las angustias de mi esposo. Y quiero ser solidaria con él. Pero tampoco le quiero fallar a un amigo de ley como Federico, a quien Edwin admira. Él siempre quiso venir aquí a rastrear lo sucedido a su ancestro fray Pedro, y a descansar unos días en nuestra casa. Y cuando al final vino –en un momento difícil de su vida–, se encontró de repente en medio de una tragedia. Y lejos de escurrirle el bulto, se dedicó de cuerpo y alma a ayudarnos. Como un señor que es.

Hay hechos horribles que le sucedieron a Edwin que deben saberse, de lo contrario sus actitudes pueden malinterpretarse. Algo ya se ha dicho por ahí: “miren lo que le pasó por engancharse con una loca del quilombo”, y otras habladurías bien de ignorantes e hijos de una mala madre. No acostumbro a hablar así, pero se lo merecen. Es necesario que la verdad se conozca.

Federico piensa que si se sabe lo sucedido, es más difícil que vuelva a repetirse. Otros pondrán las barbas en remojo, antes que este infierno los alcance. Está pasando en muchos lados, no hay más que leer los diarios. Sabíamos que un día nos podía tocar a nosotros.

***

Federico Sánchez de la Reina

¿Sabes una cosa? En esos días, ya decidido a viajar al sur, recordé una historia.

Poco después de la caída de la “cortina de hierro”, me invitaron a visitar San Petersburgo, hasta no mucho antes llamada Leningrado. Era pleno invierno, finales de diciembre, por lo que la majestuosa capital de los zares lucía blanca y helada. Recuerdo que durante la semana que permanecí allí (serían solo cuatro días, pero durante tres más el terrible clima impidió la partida de nuestro avión), la temperatura más alta fue de diez grados… ¡bajo cero! En esas circunstancias pude comprobar que, gracias a Dios, el vodka existe.

Visitamos agencias de gobierno, institutos técnicos y nacientes empresas de la era capitalista. Fue en un almuerzo, mientras hablábamos de alces y renos perdidos, que uno de nuestros contertulios dijo de improviso:

–Lo que a nosotros nos gusta en invierno, en días como estos, es ir al norte...

Me quedé atónito. Los demás visitantes, españoles como yo, lo miraron perplejos.

–¿Es que hay algo más al norte? –pregunté balbuceante.

–Por supuesto, están las islas Solovetsky –me respondió muy suelto de cuerpo.

Al atardecer, cuando llegué al hotel –el viejo Hotel Moskova, donde el personal todavía usaba uniformes con charreteras–, solicité urgente un mapa de Rusia.

Y sí, era verdad: en pleno mar Blanco, que permanece helado la mayor parte del año, estaban las seis islas Solovetsky. Esa noche aprendí algo: siempre hay un lugar más al norte. Cada vez más inhóspito, más frío, más hostil. Como siempre existe un lugar más al sur.

Y el sur extremo, como el norte extremo, exacerba las tensiones, hace que los nervios asomen a flor de piel. Los días cortos, las noches sin fin, el frío ventoso que entorpece las actividades al aire libre (¡por algo Leila Guerriero ha dicho que esperar en la calle es la peor de todas las tareas!): ello despierta en hombres y mujeres la capacidad de sacrificio, la estoicidad, la voluntad de resistencia; pero también esos extremos desnudan debilidades morales, agresividad irracional, pasiones oscuras.

Fíjate que Montevideo, la de mi infancia –cuyo viento invernal gimiendo sobre el mar y junto a las orillas evocaba Lautréamont–, es la capital más austral del mundo. Cuando viví allí, recuerdo oír a los paisanos de tierra adentro decir que no les gustaba bajar a Montevideo, sobre el mar.

–Por el viento, ¿sabe? Me vuelve loco –decía don Nicanor, un amigo de mi padre.

La Patagonia se encuentra bastante más al sur. Debe su nombre al encuentro de Magallanes con los gigantescos nativos, a los que llamó patagones, en la bahía de San Julián. Inmensa, fascinante, despoblada, apenas explorada. Con sus imponentes montañas, sus estepas interminables y sus costas acantiladas que cortan la respiración. Es la Naturaleza desatada, a una escala que no es humana. Con su soledad, su viento incesante, sus inviernos terribles. Hay escaso reparo para los cuerpos y, menos aún, para las almas.

Y al sur de la Patagonia se encuentra San Julián. El mítico lugar que vio pasar a Magallanes y a Drake, con sus sueños y ambiciones a cuestas. Allí se celebró por primera vez la santa misa en el sur americano. Y al otro día se ejecutó y descuartizó a un ser humano. Un prójimo. En su costa desnuda y desierta se construyó, antes que una choza o un simple refugio, la primera horca.

En sus playas, a la buena de Dios, fue abandonado Juan de Cartagena, natural de Burgos, de algo más de treinta años, padre de una niña nombrada Catalina. Y junto a él, Pedro Sánchez de la Reina, clérigo de Extremadura, quizá mi pariente.

A ese lugar desolado, a esa estrecha lengua de tierra donde a la sombra de la Cruz se desencadenaron las más despiadadas pasiones, se la llamó con un nombre que dice mucho: punta Desengaño.

Hacia allí encaminaba mis pasos.

* En todos los casos, las edades mencionadas corresponden a la época en que ocurrieron los hechos narrados en los testimonios.

II
LA CAÍDA

Montevideo, Uruguay, setiembre de 2006

Fátima, estudiante de Ciencias Económicas (21 años)

Tuvo un momento de distracción. Solo un instante. Entonces, no sé de dónde junté fuerzas, agarré su celular… y lo tiré por la ventana.

Enrique me miró furioso, con los ojos rojos de odio, y empezó a putearme… Pero no tuvo más remedio que abrir la puerta y salir corriendo a buscar el celular a la calle, antes que alguien lo pisara o se lo afanara.

Me di cuenta de que era mi única oportunidad. Y quizá la última. Ahora o nunca. Manoteé a Camila y salí corriendo. De un salto alcancé la puerta y disparé hacia la esquina.

Era noche cerrada. Un vecino se despertó con el griterío y miró por la ventana. Fue entonces que mi esposo me vio y se lanzó a perseguirme.

***

No fue la primera vez. Pero fue la peor.

Llevábamos varios años casados y teníamos una chiquita divina de 3 años: Camila. No nos sobraba nada, pero no estábamos mal. Y yo me inscribí en la Facultad de Ciencias Económicas. Mi sueño era ser contadora.

De pronto todo cambió. Al principio fueron los insultos por cualquier cosa, la “violencia verbal” (como me dijo después la psicóloga). Pero eso a mí no me importó. Soy una muchacha dura –la vida me ha endurecido– y le respondía de igual a igual. Él era muy posesivo. Sobre todo se enfurecía cuando yo llegaba más tarde de lo previsto. Incluso cuando venía con Camila porque estábamos en casa de una de sus amiguitas. Y cuando llegaba sola, ni le cuento… Se ponía fuera de sí, como loco. Y le juro por mi hija, que es lo que más quiero, que nunca le metí los cuernos.

Hasta que un día, seis meses antes de aquella noche, me levantó la mano por primera vez. No supe cómo reaccionar. Me la banqué, por mi hija. Lloré toda la noche, pero no le dije nada a nadie. Después muchos me dijeron que fue un error. Pero ¡hay que estar en el lugar de uno! ¿Qué podía hacer?

Y sí, cada día fue peor. A veces la convivencia mejoraba y yo me ilusionaba. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no tenía vuelta atrás, que mi relación con Enrique estaba terminada. Empecé a buscar a escondidas un lugar para alquilar, para escaparme con mi hija. Con una amiga que estaba en la misma encontramos un apartamentito que nos servía, cerca del Hipódromo. Nos pusimos a conseguir los muebles. Pero ya era demasiado tarde…

Las palizas eran cada vez mayores. Ya no le preocupaba que Camila estuviera delante, viendo todo. Tampoco que al otro día se me vieran los moretones. Incluso que sangrara. Nada le importaba.

***

Hasta que llegó aquella noche.

Yo no lo contradecía en nada. Nunca salía sola. Cuando iba con Camila al parque de los Aliados, siempre volvía temprano. Hasta que una noche fui al cumpleaños de mi prima Raquel, con la nena.

–¿A qué hora volvés? –me fulminó Enrique. Yo algo le había deslizado en las últimas semanas: que “estoy muy cansada”, que “nuestra relación no da para más”. Pero ahora pienso que él sospechaba mucho más y estaba al acecho de que pudiera irme.

–A las doce de la noche –le dije, tratando de calmarlo.

Sé que nos entretuvimos hablando estupideces con mi prima y otras amigas. Lo cierto es que con Cami volvimos a las dos de la mañana. Enrique estaba furioso. Nos puteó de arriba abajo, a las dos. Creo que estaba tomado. Nosotras nos preparamos para acostarnos, tratando de no seguirle la corriente. Pero fue peor. Él daba vueltas por la casa como un león enjaulado, gritando cada vez más fuerte y dándose manija. Entonces se cruzó con nosotras, que íbamos al baño a cepillarnos los dientes, y me atravesó un bruto cachetazo, que casi me tiró al suelo. Yo estaba decidida a aguantarme, como siempre. Pero de repente vi que encaraba a Camila:

–¡Vos sos una loca como tu madre! –gritó, y le pegó otro cachetazo.

¡La nena cayó hacia atrás y su cabeza pegó contra el suelo!

Fue demasiado. Se me nublaron los ojos de dolor y rabia. En un instante tomé la decisión que había postergado tanto tiempo. Abracé a Camila, la levanté a upa y marché hacia la puerta.

–Nos vamos –dije llorando.

–¡Vos no vas a ninguna parte!

Se nos cruzó delante de la puerta, trancó todo, agarró mis llaves y las suyas, y se las guardó en el pantalón. Después arrancó la línea telefónica fija y arrojó el teléfono contra el piso. Buscó mi celular y lo tiró a la mierda.

Nosotras no nos movíamos, abrazadas una a la otra. Así estuvimos un buen rato, no sé cuánto… Hasta que se distrajo un instante.

***

Giovanni Cincinnato, taxista (60 años)

Sí, casos como ese veo todos los días… ¡Así andan las cosas! Antes eso no pasaba, había códigos. Cuando vine de Siracusa hace más de treinta años –porque yo soy italiano, ¿sabe?–, se podía trabajar tranquilo, a cualquier hora. Yo hace años que paro por aquí, en La Comercial, o a veces me corro un poco hacia La Blanqueada. Garibaldi, 8 de Octubre, el Parque Central, el Comando del Ejército… Esa es mi zona, ¿vio? Pero ¿por qué le estaba diciendo esto?

¡Ah, sí, ya me acordé! Lo que pasa es que estoy cerca de los hospitales de Tres Cruces. Así que a cada rato llevo gente a atender: muchachas embarazadas, heridos en accidentes de tránsito, señoras mayores que casi no pueden caminar. Y mujeres que sufren de “violencia doméstica”, como dicen ahora; ¡cada vez más! Lo que pasa es que los muchachos se falopean y les da por golpear a las chiquilinas, ¡si serán hijos de puta! Antes eso no pasaba. Dígame, ¿hasta cuándo vamos a tolerar todo este despelote de las drogas?

Cuando veo subir al taxi a las chicas golpeadas, que se ponen como de costado y bajan la cabeza, tratando de que no se note lo que les pasó –porque a pesar de todo lo que tienen que vivir, igual les da vergüenza–, como si fueran culpables, yo les sigo el juego. Miro para otro lado y las trato como si no pasara nada. Aunque no hablemos una palabra, ellas saben que yo sé que las movieron, y yo sé que me agradecen que no les pregunte. Pero esa vez… A ver, déjeme recordar.

Lo primero que me llamó la atención fue que la piba estaba desesperada, como si huyera de alguien:

–A la comisaría, por favor –me dijo, no bien se zambulló en el taxi. Y como yo demoraba en partir, casi me gritó–: ¡Arranque ya, señor!

Le hice caso, por supuesto, cuanto antes me fuera de allí, mejor. Y entonces descubrí, con el rabo del ojo, que la muchacha traía con ella, abrazada como si fuera uno de esos ositos de peluche, ¿vio?, a una pequeña niñita. No tendría más de 3 años. ¿Y sabe una cosa? A la mamá, que sangraba por varias partes del lado derecho de su cara, se le escapaban las lágrimas. Pero a ella no. Solo me miraba con unos ojos negros grandotes, bien abiertos.

Mientras viva no olvidaré esa mirada, se lo juro.

III
VIAJE AL FIN DEL MUNDO

Sevilla, comienzos de setiembre, 2008

Federico Sánchez de la Reina

¡Qué viaje interminable, mi Dios!

Al mediodía dejé los proyectos en manos de mis colaboradores, cargué con prisa mis pertenencias y partí a la estación de ferrocarriles de Santa Justa, donde me esperaban mis hijas, Macarena y Belén, para despedirse. Dos horas después, AVE mediante, llegué al aeropuerto de Barajas.

Este viaje, por varios motivos, me hacía mucha ilusión. Que, debo confesarte, se atenuó cuando recordé que el vuelo directo a Montevideo es de trece horas. Y que no había conseguido pasillo ni ventanilla, por lo que fui a parar a uno de los incómodos asientos del medio, los peores del avión. Mido más de un metro ochenta. Y además soy desproporcionado: mis piernas son más largas de lo que corresponde a mi talle, por lo que no logré alojarlas en el minúsculo habitáculo. Así las cosas, el viaje me pareció de veinte horas, o quizá la vuelta al mundo.

La única alegría provino del número de asiento: el trece. Hasta el nacimiento de mi primera hija yo era muy supersticioso. Pero Macarena nació un viernes trece. ¡Y es una de las luces de mi vida! Desde ese momento descreo de las supersticiones que tienen que ver con ese número. Aunque esto no afecta a aquellas que poseen carácter científico, como los riesgos de pasar bajo una escalera, de abrir un paraguas dentro de una casa o, mucho peor, que a uno se le atraviese un gato negro.

***

Finalmente arribamos a Montevideo. ¡Ah, cuántos recuerdos me trajo la coqueta del Plata! ¿Por qué pasar por Montevideo camino del sur patagónico, te preguntarás? Bueno, tenía mis razones. Ya te contaré.

Por ahora solo diré que sentía necesidad de recorrer el Mercado del Puerto, visitar sus legendarios cafetines –como el Almacén del Hacha, el Brasilero o el Bacacay–, caminar por la Rambla al atardecer y comerme una fainá, bien fina, de orillo. Quizá te sorprenda, pero a los boliches del Reducto, Goes y la Ciudad Vieja, y a su fainá, les debo unos cuantos remiendos del alma, en tiempos jóvenes y mucho después, cuando la vida me llevó por otros caminos. Allí aprendí a sentirme “oriental”, por supuesto que sin renegar de mi patria, y sin preocuparme que los uruguayos –por más que les recordara que Extremadura no era lo mismo que Galicia– me apodaran el Gallego.

***

Ruperto Long Garat, ingeniero uruguayo (54 años)

¡Cómo no me voy a acordar del Gallego! Si hasta hoy sigo en contacto con él.

Recuerdo que eras vecino suyo y sé que también conservaste la amistad, a pesar de las distancias. Hubo un tiempo en el liceo, en que Federico, otros dos amigos (Edwin Lonogan y el Flaco Locatelli) y yo éramos inseparables. Era la época de Los Beatles. Así que nos dejamos el cerquillo y formamos una banda. Íbamos a conquistar el mundo. Y de paso a cambiarlo. Al salir de clase ensayábamos en la casa de Federico, porque sus viejos eran los únicos que no nos echaban. Se creó una gran expectativa: nos invitaron para actuar en la fiesta de Fin de Año del liceo y nos apodaron “los Cuatro de Goes”. Pero el día de la presentación aquello fue un desastre. Nos pusimos nerviosos. El bajo y la rítmica iban por un lado, la batería por otro y yo no sabía por dónde ir con los punteos. Ellos tenían más condiciones, pero para mí fue el final de mi breve carrera artística.

También recuerdo las idas al fútbol. Y las discusiones al regreso, en el café Vaccaro de la avenida general Flores. A Federico le encantaba la fainá: “bien fina, de orillo”. Me parece escucharlo. La acompañaba con un capuchino, era muy extraño.

Fue una linda época. Luego soplaron otros vientos, dispersando a los lanceros, como dijo el poeta Julián Murguía. Fede regresó a España, Edwin se fue con sus parientes galeses a la Patagonia y los demás nos quedamos por aquí. Pero como te decía, mantuve la relación. Ayudó que los dos fuéramos ingenieros. Pero sobre todo, ¿sabés qué? Ayudó que fuera un tipo tan bien, tan idealista, siempre tratando de dar una mano. Un amigo de los que no se pueden perder, porque la vida no te da tantos.

Por eso me dolió mucho cuando quedó entreverado en ese escándalo de las chicas de San Julián.

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Federico Sánchez de la Reina

Retorné durante unas horas a mis raíces montevideanas. Eran sensaciones que necesitaba evocar. Porque la partida de Antonella, aunque quizá previsible desde tiempo atrás, desencadenó tempestades en mi espíritu. Mi desgano hacia la vida era to ...