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LA MUJER EN LA VENTANA

A. J. Finn  

0


Fragmento

1

Su marido está a punto de llegar a casa. Esta vez la pillará.

No hay ni una triste cortina, ni persianas de aluminio, en el número 212, la casa adosada de color rojo oxidado que fue el hogar de los recién casados Mott hasta hace poco, hasta que se separaron. No llegué a conocer a ninguno de los dos, aunque de cuando en cuando los busco por internet: el perfil de LinkedIn de él, el Facebook de ella. Su lista de regalos de boda sigue estando en la página de Macy’s. Todavía podría comprarles una vajilla.

Como estaba diciendo: ni siquiera un visillo. Por eso el número 212 contempla inexpresivo la calle, rojizo y al desnudo, y yo le devuelvo la mirada y observo a la señora de la casa que lleva al contratista a la habitación de invitados. ¿Qué tiene esa casa? Es el lugar al que el amor va a morir.

Ella es encantadora, pelirroja natural, de ojos verdes como la hierba y con un archipiélago de diminutos lunares que le recorren la espalda. Mucho más atractiva que su marido, un tal doctor John Miller, psicoterapeuta (sí, es terapeuta de parejas) y uno de los cuatrocientos treinta y seis mil John Miller de internet. Este individuo en particular trabaja cerca de Gramercy Park y no acepta el pago a través del seguro médico. Según el contrato de venta, pagó tres millones seiscientos mil dólares por su casa. La consulta debe de irle bien.

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Sé más o menos lo mismo sobre su mujer. No es muy buena ama de casa, está claro; los Miller se mudaron hace ocho semanas, pero esas ventanas siguen desnudas, vaya, vaya. Practica yoga tres veces a la semana, desciende la escalera con su alfombra mágica enrollada bajo el brazo y las piernas embutidas en sus pantalones de yoga Lululemon. Y debe de ser voluntaria en algún sitio; sale de la casa a las once y algo los lunes y viernes, más o menos a la hora que me levanto, y vuelve entre cinco y cinco y media, justo cuando estoy preparándome para mi sesión nocturna de cine. (La selección de esta noche: El hombre que sabía demasiado, por enésima vez. Soy la mujer que veía demasiado.)

Me he fijado en que le gusta tomar una copa por las tardes, como a mí. ¿También le gusta beber por las mañanas? ¿Como a mí?

Sin embargo, su edad es un misterio, aunque sin duda es más joven que el doctor Miller, y que yo (también más ágil); en cuanto al nombre solo puedo adivinarlo. Me gusta pensar que se llama Rita, porque se parece a Rita Hayworth en Gilda. «No tengo el menor interés», me encanta esa frase.

Yo tengo mucho interés. No en su cuerpo —el pálido arco de su columna vertebral, sus omóplatos como alas atrofiadas, el sujetador celeste que abraza sus pechos: cada vez que cualquiera de ellos se acerca a mi cámara, la aparto—, sino en la vida que lleva. Las vidas. Dos más que yo.

Su marido ha doblado la esquina hace un rato, justo pasado el mediodía, no mucho después de que su mujer haya cerrado la puerta, con el contratista a la zaga. Esto no es lo esperado: los domingos, el doctor Miller vuelve a casa a las tres y cuarto, sin falta.

Con todo, en este momento, el buen doctor camina decidido por la acera, resoplando y sacando vaho por la boca, balanceando el maletín con una mano y con el anillo de bodas resplandeciendo. Hago zoom sobre los pies: zapatos oxford color rojo sangre, relucientes por el abrillantador, reflejando la luz otoñal, proyectándola a cada paso.

Levanto la cámara en dirección a su cabeza. Mi Nikon D5500 no se pierde nada, no gracias a su objetivo Opteka: pelo entrecano y rebelde, gafas enclenques y baratas, pelillos sueltos en las partes ligeramente hundidas de las mejillas. Cuida mejor de sus zapatos de que de su cara.

Volvamos al número 212, donde Rita y el contratista se desvisten a toda prisa. Podría llamar para averiguar su número de teléfono, telefonearla, avisarla. No lo haré. La observación es como la fotografía de naturaleza: no hay que interferir en la actividad de la fauna.

El doctor Miller está quizá a medio minuto de la puerta de entrada. La boca de su esposa humedece el cuello del contratista. Adiós a su blusa.

Cuatro pasos más. Cinco, seis, siete. Ahora solo quedan veinte segundos, como mucho.

Ella agarra la corbata del tipo entre los dientes, le sonríe. Le toquetea la camisa. Él le roza la oreja con la boca.

El marido da un saltito para evitar un adoquín roto de la acera. Quince segundos.

Casi puedo oír la corbata deslizándose cuando se la quita del cuello de la camisa. Ella la lanza al otro extremo de la habitación.

Diez segundos. Vuelvo a hacer zoom; el objetivo de la cámara prácticamente se retuerce. La mano del doctor Miller se sumerge en el bolsillo y emerge con un montón de llaves.

Siete segundos.

Ella se suelta la coleta, el pelo le cae sobre los hombros.

Tres segundos. Él sube la escalera.

Ella rodea con los brazos la cintura del contratista, lo besa con pasión.

Él mete la llave en la cerradura. La gira.

Hago zoom sobre el rostro de ella; tiene los ojos desmesuradamente abiertos. Lo ha oído.

Saco una foto.

Y entonces se abre el maletín de él.

Un pliego de papeles cae de su interior, se los lleva el viento. Vuelvo la cámara de golpe hacia el doctor Miller, al claro «mecachis» que pronuncian sus labios; inclina el maletín, pisa unas cuantas hojas con sus relucientes zapatos y recoge otras para sujetarlas entre los brazos. Un temerario papel se ha quedado enganchado en las ramitas de un árbol. Él no se da cuenta.

Vuelvo a Rita: está metiendo los brazos en las mangas de la blusa, recogiéndose el pelo. Sale corriendo del dormitorio. El contratista, abandonado, sale de la cama de un salto y recupera la corbata, se la mete en el bolsillo.

Espiro, como el aire que se escapa de un globo. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

La puerta de entrada se abre: Rita baja disparada la escalera al tiempo que llama a su marido. Él se vuelve; supongo que sonríe, no puedo verlo. Ella se agacha, recoge unos cuantos papeles de la acera.

El contratista aparece en la puerta, con una mano metida en el bolsillo, la otra levantada para saludar. El doctor Miller corresponde el saludo. Sube hasta el descansillo, levanta su maletín y los dos se estrechan la mano. Entran en la casa, seguidos por Rita.

Bueno. A lo mejor la próxima vez será.

Lunes,

25 de octubre

2

El vehículo ha pasado zumbando hace un rato, lento y sombrío, como un coche fúnebre, con los faros brillando en la oscuridad.

—Vecinos nuevos —le digo a mi hija.

—¿En qué casa?

—Al otro lado del parque. El número doscientos siete.

Ahora están fuera, borrosos como fantasmas en la penumbra, desenterrando cajas del maletero.

Mi hija sorbe algo.

—¿Qué estás comiendo? —pregunto. Es noche de comida china, claro; es lo mein.

—Lo mein.

—No mientras hablas con mami, ni hablar.

Vuelve a sorber, mastica.

—Maaamááá.

Esta palabra es una pelea constante entre nosotras; mi hija ha cortado por lo sano con «mami», contra mi voluntad, y lo ha sustituido por algo soso y vulgar. «Déjalo estar», me aconseja Ed, pero él sigue siendo «papi».

—Deberías ir a saludarlos —sugiere Olivia.

—Eso me gustaría, tesoro. —Subo a toda prisa al segundo piso, desde donde la vista es mejor—. Ah, se ven calabazas por todas partes. Todos los vecinos han comprado una. Los Gray tienen cuatro. —He llegado al descansillo, con la copa en la mano y el vino mojándome los labios—. Ojalá pudiera ir a comprarte una calabaza. Dile a papá que te compre una. —Bebo un sorbo, trago—. Dile que mejor dos, una para ti y otra para mí.

—Vale.

Me miro de reojo en el espejo del aseo a oscuras.

—¿Eres feliz, cielito?

—Sí.

—¿No te sientes sola?

Jamás tuvo amigos de verdad en Nueva York; era demasiado tímida, demasiado pequeña.

—No.

Echo un vistazo a la oscuridad del final de la escalera, a la penumbra del piso de arriba. Durante el día, el sol entra por la claraboya del techo; de noche es un ojo bien abierto que mira hacia las profundidades de la escalera.

—¿Echas de menos a Punch?

—No.

Tampoco es que se llevara bien con el gato. Él la arañó una mañana de Navidad, sacó las uñas y se las clavó en la muñeca: dos zarpazos rápidos con orientación norte-sur, este-oeste; una rejilla intensa de sangre le afloró en la piel, como el tres en raya, y Ed estuvo a punto de tirar al gato por la ventana. Ahora lo busco y lo encuentro ovillado en el sofá de la biblioteca, observándome.

—Déjame hablar con papá, tesoro.

Subo hasta el descansillo siguiente, la alfombra de la escalera me raspa las suelas. Ratán. ¿En qué estaríamos pensando? Se mancha con mucha facilidad.

—¿Qué pasa, fiera? —me saluda—. ¿Vecinos nuevos?

—Sí.

—¿No acababan de llegar otros nuevos?

—Eso fue hace dos meses. En el doscientos doce. Los Miller.

Giro sobre los pies y bajo la escalera.

—¿Dónde están los otros que has mencionado?

—En el doscientos siete. Al otro lado del parque.

—El vecindario está cambiando.

Llego al descansillo, lo rodeo.

—No han traído muchas cosas. Solo un coche.

—Supongo que los de la mudanza llegarán más tarde.

—Supongo.

Silencio. Bebo un sorbo de vino.

Ahora vuelvo a estar en el comedor, junto a la chimenea, las sombras se alargan en los rincones.

—Escucha… —empieza a decir Ed.

—Tienen un hijo.

—¿Qué?

—Hay un hijo —repito y presiono la frente contra el frío cristal de la ventana.

Las farolas de sodio todavía tienen que popularizarse en esta zona de Harlem, y la calle está iluminada solo por el fulgor amarillo limón de la luna. Aun así logro distinguir sus siluetas: un hombre, una mujer y un chico alto, llevando cajas hasta la puerta de la casa.

—Un adolescente —añado.

—Tranquila, tigresa.

—Ojalá estuvieras aquí —se me escapa sin poder reprimirlo.

La afirmación me pilla con la guardia baja. A Ed también, por cómo suena. Se hace una pausa.

—Necesitas más tiempo —dice luego.

Me quedo callada.

—Los doctores dicen que demasiado contacto no es saludable.

—Yo soy la doctora que dijo eso.

—Eres una de ellos.

Se oye crujir un nudillo tras de mí: es una chispa que crepita en la chimenea. Las llamas se asientan y murmuran en el hogar.

—¿Por qué no invitas a casa a los nuevos? —me pregunta.

Vacío mi copa.

—Creo que ya he tenido bastante por esta noche.

—Anna.

—Ed.

Casi lo oigo respirar.

—Siento que no estemos allí contigo.

Casi oigo mis latidos.

—Yo también lo siento.

Punch me ha seguido hasta la planta baja. Lo cojo con un brazo, me retiro a la cocina. Dejo el teléfono sobre la encimera. Una copa más antes de acostarme.

Agarro la botella por el cuello, me vuelvo hacia la ventana, en dirección a los tres fantasmas que pululan por la acera, y la levanto para brindar por ellos.

Martes,

26 de octubre

3

En esta misma época hace un año, estábamos planeando vender la casa, llegamos incluso a contactar con un agente inmobiliario; Olivia entraría en un colegio de Midtown el septiembre siguiente, y Ed había encontrado una casa en Lenox Hill que necesitaba una reforma completa.

—Será divertido —me prometió—. Te instalaré un bidet solo para ti.

Le di un golpe en el hombro.

—¿Qué es un bidet? —preguntó Olivia.

Pero Ed se marchó después de aquello y la niña se fue con él. Por eso sentí que el corazón me daba un vuelco de alegría anoche, al recordar las primeras palabras sobre la que iba a ser nuestra casa: «Monumento histórico con hermosa reforma, joya decimonónica de Harlem». Lo de «Monumento histórico» y lo de «joya» habría que discutirlo, pienso. Lo de «Harlem» es indiscutible, al igual que lo de «decimonónica» (era de 1884). «Con hermosa reforma», puedo asegurarlo, y carísima también. «Maravillosa casa familiar», cierto.

Mi reino y sus puestos fronterizos:

Sótano: o apartamento, según nuestro agente. Vivienda en el sótano, de toda la planta, con entrada independiente; cocina, baño, dormitorio, pequeño despacho. El lugar de trabajo de Ed durante ocho años; cubría la mesa de planos, pegaba los informes del contratista en la pared. En la actualidad, espacio alquilado.

Jardín: patio, en realidad, accesible desde la planta baja. Una extensión de adoquines de piedra caliza; un par de sillas de jardín de madera estilo Adirondack; un joven fresno, encorvado en un rincón apartado, larguirucho y solitario, como un adolescente gruñón. De cuando en cuando añoro abrazarlo.

Planta baja: primer piso, si eres inglés, o premier étage, si eres francés. (No soy ni una cosa ni la otra, pero pasé un tiempo en Oxford durante mi residencia —en un apartamento en el sótano, por cierto— y el pasado mes de julio he empezado a estudiar francés online.) Cocina: abierta y «elegante» (otra idea del agente), con una puerta trasera que conduce al jardín y una lateral que da al parque. Suelos de abedul, ahora manchados con charquitos de merlot. Recibidor: un aseo, yo la llamo la habitación roja. «Rojo tomate», según el catálogo de colores de Benjamin Moore. Cuarto de estar: amueblado con un sofá y una mesita de centro, y decorado con una alfombra persa, todavía mullida al pisarla.

Primera planta: biblioteca (de Ed; con las estanterías llenas de libros con los lomos desgastados y las sobrecubiertas ajadas, todas abarrotadas hasta el último hueco) y el estudio (mío; espacioso, luminoso y con un Mac portátil colocado sobre una mesa de IKEA; mi campo de batalla para el ajedrez online). Segundo aseo: este pintado de un tono azulado de nombre «éxtasis celestial», que es un término un tanto ambicioso para un cuarto con un retrete. Y una habitacioncita para guardar trastos con mucho fondo, que algún día podría convertir en cuarto oscuro para el revelado, si es que me paso de lo digital a lo analógico. Creo que estoy perdiendo el interés.

Segunda planta: habitación principal del señor (¿señora?) de la casa y baño. He pasado gran parte del año en cama este año; sobre uno de esos colchones con tecnología de adaptación al sueño, ajustable en ambos lados. Ed programó su lado tan mullido que casi se hundía; el mío está firme.

—Duermes sobre un ladrillo —me dijo una vez al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre la sábana.

—Y tú duermes sobre una nube —le dije.

Entonces me besó, larga y lentamente.

Cuando se marcharon, durante esos oscuros meses en blanco, cuando apenas podía despegarme de las sábanas, rodaba sobre el colchón con parsimonia, como una ola que iba formándose, de un extremo a otro, enrollando y desenrollando la ropa de cama en torno a mi cuerpo.

Además estaba la habitación de invitados y la suite con baño.

Tercera planta: lo que fuera el cuarto del servicio ahora es el dormitorio de Olivia y un segundo cuarto de invitados. Algunas noches la acecho como un fantasma. Algunos días me quedo en la puerta contemplando el lento paso de las motas de polvo a través de los rayos de sol. Algunas semanas ni siquiera visito la tercera planta, y todo empieza a confundirse en mi memoria, y siento lo mismo que si lloviera sobre mi piel.

Da igual. Mañana volveré a hablar con ellos. Mientras tanto, no hay ni rastro de gente al otro lado del parque.

Miércoles,

27 de octubre

4

Un adolescente delgaducho aparece de pronto por la puerta de entrada del número 207, como un caballo en la casilla de salida, y sale al galope hacia el lado este de la calle, pasando por delante de las ventanas de mi fachada. No logro verlo bien: me he despertado temprano, después de acostarme tarde viendo Retorno al pasado, e intento decidir si beber merlot es una sabia decisión; pero entonces he visto un destello de pelo rubio, una mochila colgando de un hombro. Luego ha desaparecido.

Le doy un trago a la copa, subo flotando la escalera, me acomodo en mi escritorio. Levanto la Nikon.

En la cocina del 207 veo al padre, corpulento y de espaldas anchas, iluminado desde atrás por la pantalla de un televisor. Me pego la cámara al ojo y hago zoom: es el programa Today. Podría bajar y encender la tele, musito, verlo con mi vecino. Podría hacerlo desde aquí mismo, en su televisor, a través del objetivo de la cámara.

Decido hacer eso.

Hace ya tiempo que no admiro la fachada, pero Google me ofrece una vista desde la calle: piedra encalada, de estilo ligeramente clásico, coronada por un tejado con un mirador que lo rodea.

Desde aquí, por supuesto, solo veo los laterales de la casa; por las ventanas orientadas al este, tengo una visión clara de la cocina, el salón de la primera planta y una habitación que está justo encima.

Ayer llegó un pelotón de mudanza; transportaban sofás, televisiones y un armario antiguo. El marido estuvo dirigiendo la operación. No he visto a la mujer desde que se mudaron. Me pregunto qué aspecto tendrá.

Estoy a punto de hacer jaque mate a Alfil&Er esta tarde cuando oigo el timbre. Bajo la escalera arrastrando los pies, levanto el telefonillo de mala gana, abro la puerta del recibidor y encuentro a mi inquilino esperando allí, con su pinta de tío duro. La verdad es que es guapo, con un mentón prominente, esos ojos rasgados, oscuros y profundos. Gregory Peck tras una noche de juerga. (No soy la única que lo cree. A David le gusta tener invitadas, no se me escapa. La verdad es que lo he oído.)

—Voy a Brooklyn esta noche —me informa.

Me paso una mano por el pelo.

—Vale.

—¿Quieres que me ocupe de algo antes de irme? —Suena a proposición, como una frase de una película de cine negro. «Tienes que juntar los labios y soplar.»

—Gracias. No necesito nada.

Mira por detrás de mí y entorna los ojos.

—¿Necesitas que te cambie alguna bombilla? Está muy oscuro ahí dentro.

—Lo prefiero oscuro —digo. «Como a los hombres», quiero añadir. ¿Es ese el chiste de la película Aterriza como puedas?—. Que… —¿Se lo pase bien? ¿Se divierta? ¿Folle?— lo pases bien.

Se vuelve para marcharse.

—Ya sabes que puedes entrar en mi casa directamente por la puerta del sótano —le digo intentando parecer traviesa—. Es muy probable que esté en casa.

Espero que sonría.

Lleva dos meses viviendo aquí y todavía no lo he visto hacerlo.

Asiente con la cabeza. Se marcha. Cierro la puerta.

Me miro con detenimiento en el espejo. Tengo unas patas de gallo como radios de ruedas alrededor de los ojos. Un matojo de pelo negro, salpicado aquí y allí de canas, suelto y que me llega hasta los hombros; pelusilla en el sobaco. Tengo el vientre fláccido. Los muslos llenos de hoyuelos. La piel tan blanca que da miedo y las venas violetas por la cara interior de los brazos y las piernas.

Hoyuelos, granos, pelusilla, arrugas: tengo que hacer algo. Antes poseía un atractivo natural, según algunos, según Ed.

—Antes me parecías la chica ideal —me dijo con tristeza cuando se acercaba el final.

Me miro los dedos de los pies, que se enroscan sobre la baldosa: largos y huesudos, son uno (o diez) de mis mejores rasgos, aunque ahora parecen los de un aguilucho. Rebusco en el botiquín de las medicinas, los frascos de pastillas apilados uno encima de otros como tótems, y desentierro un cortaúñas. Por fin, un problema que puedo solucionar.

Jueves,

28 de octubre

5

La escritura de la venta se publicó ayer. Mis nuevos vecinos son Alistair y Jane Russell; han pagado tres millones cuatrocientos cincuenta mil dólares por su humilde morada. Google me cuenta que él es socio de una consultoría mediana, anteriormente ubicada en Boston. De ella no se puede averiguar nada; a ver quién escribe el nombre «Jane Russell» en un motor de búsqueda y encuentra algo no relacionado con la famosa pin-up y actriz.

Han escogido un barrio muy animado.

La casa de los Miller, en la acera de enfrente —quienes entráis, perded toda esperanza— es una de las cinco casas adosadas que puedo vigilar desde las ventanas con orientación sur de la mía. Hacia el este tengo las gemelas grises: las mismas cornisas coronando las ventanas, el mismo color verde botella para las puertas de entrada. En la casa de la derecha —en la que es un poco más gris, creo—, viven Henry y Lisa Wasserman, vecinos del barrio desde hace tiempo; «Cuatro décadas y subiendo», presumió la señora Wasserman cuando nos mudamos. La mujer se pasó por casa para decirnos («a la cara») lo mucho que ella («y mi Henry») lamentaba la llegada de otro «clan de yupis» a lo que antes era un «barrio auténtico».

Ed se puso hecho una furia. Olivia puso de nombre Yupi a su conejo de peluche.

Los Wassermanes, como les pusimos de mote, no han vuelto a hablarme desde entonces, aunque ahora estoy sola, soy un clan en mí misma. No parecen mucho más simpáticos con los residentes de la otra gemela gris, una familia cuyo conveniente apellido es Gray, «gris» en inglés. Hijas mellizas adolescentes; el padre, socio en una pequeña asesoría de fusiones y adquisiciones; la madre, entusiasta anfitriona de un club de lectura. La selección de este mes, anunciada en la página del grupo y comentada en este momento por ocho mujeres de mediana edad en el salón principal de los Gray: Jude el oscuro.

Yo también lo he leído, imaginando que formo parte del grupo y que engullo tarta de café (no tengo ninguna a mano) y bebo vino (de eso sí dispongo). «¿Qué opinas de Jude, Anna?», me preguntaría Christine Gray, y yo diría que me parece bastante oscuro. Nos reiríamos. La verdad es que ahora lo están haciendo. Intento reírme con ellas. Tomo un trago.

Al oeste de los Miller están los Takeda. El marido es japonés, la madre es blanca, su hijo es de una belleza sobrenatural. Es chelista; durante los meses cálidos ensaya en el salón con las ventanas abiertas de par en par, y Ed decidió abrir las nuestras. Bailamos una noche de junio de hace muchísimo tiempo, Ed y yo, con los acordes de una suite de Bach: balaceándonos en la cocina, con mi cabeza sobre su hombro, sus dedos entrelazados en mi espalda, mientras el chico de la casa de enfrente seguía tocando.

El verano pasado, su música deambuló hacia la casa, se acercó a mi cuarto de estar, tocó delicadamente la puerta de cristal: «Déjame entrar». No lo hice, no podía; jamás abro las ventanas, jamás. Pero seguía oyendo el murmullo, la súplica: «Déjame entrar, ¡déjame entrar!».

El número 206-208, una típica casa de piedra marrón de amplia fachada doble, flanquea la vivienda de los Takeda. Una Sociedad de Responsabilidad Limitada la compró hace dos noviembres, pero nadie se ha mudado a la casa. Un misterio. Durante casi un año ha tenido la fachada cubierta de andamios, como un jardín colgante; desaparecieron de la noche a la mañana. Eso ocurrió un par de meses antes de que Ed y Olivia se marcharan, y, desde entonces, nada.

Contemplad mi imperio meridional y a sus súbditos. Ninguna de estas personas eran amigas mías; a la mayoría de ellas no las he visto más que una o dos veces. Supongo que harán vida en la ciudad. A lo mejor los Wassermanes habían descubierto algo. Me pregunto si saben qué ha sido de mí.

Un colegio católico abandonado colinda por el este con mi casa, prácticamente se apoya contra ella: San Dymphna’s, cerrado desde que nos mudamos. Antes amenazábamos a Olivia con mandarla allí si se portaba mal. Piedra marrón ennegrecida, ventanas oscurecidas por la mugre. O al menos eso es lo que recuerdo; hace tiempo que no le echo un vistazo.

Y directamente al oeste está el parque: diminuto, de dos bloques de ancho por dos de largo, con un angosto caminito de ladrillos que conecta nuestra calle con la que está justo orientada al norte. Dos sicomoros montan guardia en cada extremo, con las hojas encendidas; una cerca baja de hierro forjado con pivotes en ambos extremos. Es «muy pintoresco», tal como diría ese agente inmobiliario al que ya he citado.

Luego está la casa más allá del parque: el número 207. Los dueños la vendieron hace dos meses, la desalojaron a toda prisa y volaron al sur con rumbo a su villa de jubilados en Vero Beach. Y con todos ustedes: Alistair y Jane Russell.

¡Jane Russell! Mi fisioterapeuta jamás había oído hablar de ella.

—Los caballeros las prefieren rubias —he dicho.

—No según mi experiencia —ha respondido ella.

Bina es más joven; tal vez sea por eso.

Todo eso ha ocurrido hoy, hace unas horas; antes de poder rebatírselo, me ha puesto una pierna encima de otra, y me ha tumbado sobre el costado derecho. El dolor me ha dejado sin aliento.

—Tus tendones de la corva lo necesitan —me ha asegurado.

—Zorra —le he dicho con un suspiro ahogado.

Me ha presionado la rodilla contra el suelo.

—No me pagas para que sea delicada contigo.

He hecho una mueca.

—¿Puedo pagarte para que te vayas?

Bina me visita una vez por semana para ayudarme a odiar la vida, como me gusta decir, y ponerme al día sobre sus aventuras sexuales, que son tan emocionantes como las mías. Solo que en el caso de Bina se debe a que ella es muy puntillosa.

—La mitad de los tíos que están en esas aplicaciones usan fotos de hace cinco años —se queja mientras la melena le cae en cascada sobre un hombro—, y la otra mitad están casados. Y la otra mitad siguen solteros por algún motivo.

Eso son tres mitades, pero una no se pone a discutir de matemáticas con alguien que le está haciendo una torsión de columna.

Me metí en la app de contactos Happn hace un mes «solo por probar», me dije a mí misma. Happn, según me había explicado Bina, te empareja con personas que se han cruzado por tu camino. Pero ¿y si no te has cruzado por el camino con nadie?

¿Y si navegas eternamente por los mismos trescientos setenta metros cuadrados dispuestos en vertical, y no hay nada más allá de ellos?

No sé. El primer perfil con el que me topé fue el de David. Enseguida borré mi cuenta.

Hace cuatro días que vi de refilón a Jane Russell. Desde luego no es proporcionada como la famosa actriz, con sus pechos en plan torpedo y su cinturilla de avispa, pero bueno, yo tampoco lo soy. Al hijo solo lo he visto una vez, ayer por la mañana. El marido, no obstante —con sus espaldas anchas, sus cejas veteadas y su nariz afilada—, está en constante exhibición en su casa: batiendo huevos en la cocina, leyendo en el salón, a veces echando un vistazo en la habitación, como si estuviera buscando a alguien.

Viernes,

29 de octubre

6

Hoy tengo leçon de francés, y Les Diaboliques esta noche. Un marido cabronazo, su esposa —su «pequeña ruina»—, una amante, un asesinato, un cadáver desaparecido. ¿Quién puede superar lo del cadáver desaparecido?

Pero primero, el deber me llama. Me trago las pastillas, me acomodo delante del portátil, doy un golpecito a un lateral del ratón y escribo la contraseña. Y me conecto a Agora.

A cualquier hora, a todas horas, hay al menos un par de docenas de usuarios registrados, una constelación repartida por todo el mundo. A algunos los conozco por su nombre: Talia de la zona de la bahía de San Francisco; Phil de Boston; una abogada de Manchester con un nombre muy poco de letrada: Mitzi; Pedro, un boliviano cuyo torpe inglés no es mucho peor que mi rudimentario francés. Otros usan apodos, yo incluida. En un momento cursi, opté por Annagorafóbica, pero entonces confesé a otro usuario que era psicóloga y se corrió la voz. Así que ahora soy médicoencasa. Enseguida le atiendo.

«Agorafobia»: literalmente, el miedo al mercado; en la práctica es el término que se usa para una serie de trastornos de ansiedad. Documentada por primera vez a finales del siglo XIX, un siglo más tarde «listado como entidad diagnóstica independiente», aunque en gran parte, síntoma comórbido con el trastorno de pánico. También se puede leer sobre ella, si se desea, en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, quinta edición. DSM-V, para abreviar. Ese título siempre me ha divertido; suena a saga de películas. «¿Te gustó Trastornos mentales 4? ¡Te encantará la secuela!»

La literatura médica es curiosamente imaginativa en lo que respecta a los diagnósticos. «Los miedos agorafóbicos incluyen […] estar fuera de casa a solas; hallarse en medio de una multitud o haciendo cola; encontrarse sobre un puente.» Qué no daría yo por estar sobre un puente. Mierda, y lo que daría por hacer cola. También me gusta este: «Estar en los asientos del centro en una fila de butacas de un cine». En los asientos del centro, nada más y nada menos.

Páginas 113 a 133, si alguien está interesado.

Muchos de nosotros —los casos más graves, los que luchamos con el trastorno de estrés postraumático— estamos encerrados en casa, apartados del caótico y masificado mundo exterior. Algunos temen las multitudes en agitado movimiento; otros, el aluvión del tráfico. En mi caso, es el vasto cielo, el horizonte infinito, la simple exposición, la aplastante presión del exterior. «Espacios abiertos», lo llama con vaguedad el DSM-V, impaciente por llegar a sus ciento ochenta y seis notas al pie.

Como doctora, yo digo que quien la sufre busca un entorno que pueda controlar. Ese es el punto de vista clínico. Como sufridora (y ese es el sustantivo exacto), digo que la agorafobia no solo ha devastado mi vida, sino que se ha convertido en ella.

La pantalla de bienvenida de Agora me saluda. Echo un vistazo a los tablones de mensajes y a los hilos. «3 meses metida en casa.» Te escucho, Kala88; yo ya llevo diez meses y subiendo. «Enganchada a Agora según el humor.» A mí eso me suena a fobia social, Madrugadora. O a problemas con las tiroides. «Sigo sin encontrar trabajo.» Oh, Megan, lo sé y lo siento. Gracias a Ed, yo no necesito un trabajo, aunque echo de menos a los pacientes. Me preocupo por ellos.

Una recién llegada me ha enviado un e-mail. La remito al manual de supervivencia que publiqué en primavera: «Tienes un trastorno de pánico, ¿y qué?», creo que suena bastante desenfadado.

P: ¿Cómo consigo comida?

R: Gracias a las aplicaciones de comida a domicilio Blue Apron, Plated, HelloFresh… hay montones de alternativas de comida a domicilio en Estados Unidos. Los que viven en el extranjero pueden encontrar servicios similares.

P: ¿Cómo consigo mi medicación?

R: En la actualidad, todas las grandes farmacias de Estados Unidos te sirven a domicilio. Pide a tu médico que contacte con la de tu localidad si tienes algún problema.

P: ¿Cómo mantengo la casa limpia?

R: ¡Limpiándola! Contrata un servicio de limpieza en una agencia o hazlo tú mismo.

(Yo no hago ni una cosa ni la otra. A mi casa no le vendría mal una limpieza.)

P: ¿Y qué hago con la basura?

R: La persona encargada de la limpieza puede ocuparse de eso, o puedes hablar con algún amigo para que te ayude.

P: ¿Cómo evito aburrirme?

R: Bueno, esa es la pregunta difícil…

Etc. Estoy contenta con el documento en general. Me hubiera encantado poder contar con él.

Ahora aparece un recuadro de chat en mi pantalla.

Sally4: ¡hola doctora!

Siento que me aflora una sonrisa en los labios. Sally: veintiséis años, residente en Perth, fue víctima de un asalto a principios de este año, el domingo de Pascua. Le rompieron un brazo y sufrió graves contusiones en los ojos y la cara; su violador no ha sido identificado ni detenido. Sally pasó cuatro meses dentro de casa, aislada en la ciudad más aislada del mundo, pero ahora hace más de diez semanas que ha empezado a salir de casa; bien por ella, como ella misma ha dicho. Una psicóloga, terapia de aversión y propranolol. No hay nada como un beta bloqueador.

médicoencasa: ¡Hola! ¿Todo bien?

Sally4: ¡todo bien! ¡¡he ido de picnic esta mañana!!

Siempre le han encantado los signos de exclamación, incluso cuando está en lo más profundo de la depresión.

médicoencasa: ¿Cómo ha ido?

Sally4: ¡he sobrevivido! :-)

También le gustan los emoticonos.

médicoencasa: ¡Eres una superviviente! ¿Cómo te va con el Inderal?

Sally4: bien, he bajado a 80 mg

médicoencasa: ¿2 al día?

Sally4: ¡¡1!!

médicoencasa: ¡Dosis mínima! ¡Fantástico! ¿Efectos secundarios?

Sally4: sequedad de ojos, eso es todo

Eso sí es tener suerte. Yo estoy tomando un medicamento similar (entre otros) y, de vez en cuando, tengo unas jaquecas que están a punto de hacerme explotar el cerebro. «El propranolol puede provocar migraña, arritmia cardíaca, dificultad respiratoria, depresión, alucinaciones, reacciones graves en la dermis, náuseas, diarrea, disminución de la libido, insomnio y somnolencia.»

—Lo que necesita esa medicina son más efectos secundarios —me dijo Ed.

—Combustión espontánea —sugerí.

—Irse por la pata abajo.

—Una muerte lenta y agónica.

médicoencasa: ¿Alguna recaída?

Sally4: la semana pasada tuve temblores

Sally4: pero lo superé

Sally4: con ejercicios respiratorios

médicoencasa: Nuestra amiga la bolsa de papel.

Sally4: me siento como una idiota, pero funciona

médicoencasa: Sí que funciona. Bien hecho.

Sally4: gracias :-)

Tomo un trago de vino. Aparece otro recuadro de chat: Andrew, un hombre que conocí en un sitio de fans del cine clásico.

¿Ciclo de Graham Greene en los cines Angelika este finde?

Hago una pausa. El ídolo caído es una de mis favoritas —el mayordomo maldito; el premonitorio avión de papel—, y han pasado quince años desde que vi El ministerio del miedo. Y las pelis antiguas, por supuesto, nos unieron a Ed y a mí.

Pero no le he explicado mi situación a Andrew. «No disponible» lo resume todo.

Vuelvo con Sally.

médicoencasa: ¿Sigues visitando a tu psicóloga?

Sally4: sí :-) gracias. ahora solo voy 1 vez por semana. dice que progreso de maravilla

Sally4: medicación y descanso son la clave

médicoencasa: ¿Duermes bien?

Sally4: sigo teniendo pesadillas

Sally4: ¿y tú?

médicoencasa: Estoy durmiendo un montón.

Demasiado, seguramente. Debería comentárselo al doctor Fielding. No estoy segura de que lo haga.

Sally4: ¿tu evolución? ¿lista para la lucha?

médicoencasa: ¡No soy tan rápida como tú! El trastorno postraumático es muy bestia. Pero soy una tía dura.

Sally4: ¡sí que lo eres!

Sally4: ¡solo quería saber cómo estaban mis amigos! ¡¡¡pienso en todos vosotros!!!

Digo a Sally adieu justo cuando mi tutor me llama por Skype.

—Bonjour, Yves —mascullo para mí misma.

Hago una breve pausa antes de responder; me doy cuenta de que tengo muchas ganas de verlo, con su pelo negro azabache y esa piel morena. Esas cejas que casi se juntan y se comban como l’accent circonflexe cuando mi acentuación le confunde, que es a menudo.

Si Andrew vuelve a contactarme por el chat, de momento lo ignoraré. A lo mejor ya para siempre. El cine clásico es algo que comparto con Ed. Con nadie más.

Doy la vuelta al reloj de arena que tengo sobre la mesa, observo cómo la pequeña pirámide marrón parece latir cuando los granos van agujereándola. Ha pasado tanto tiempo… Casi un año. Hace casi un año que no salgo de casa.

Bueno, casi. En ocho semanas he conseguido aventurarme cinco veces al exterior, por la parte trasera, hasta el jardín. Mi «arma secreta», como la llama el doctor Fielding, es mi paraguas; el de Ed en realidad, un artilugio ruinoso de London Fog. El doctor Fielding, también un artilugio ruinoso, está plantado como un espantapájaros en el jardín cuando yo empujo la puerta para abrirla, con el paraguas en ristre, por delante de mí. Pulso el resorte y se abre; me quedo mirando con intensidad ese cuerpo semiesférico, sus costillas y su piel. Tela escocesa oscura, cuatro cuadrados negros que cruzan cada capa de la bóveda del paraguas, cuatro líneas blancas en cada urdimbre y trama. Cuatro cuadrados, cuatro líneas. Cuatro negras, cuatro blancas. Inspirar, contar hasta cuatro. Espirar, contar hasta cuatro. Cuatro. El número mágico.

El paraguas se proyecta por delante de mí, como un sable, como un escudo.

Y entonces doy un paso hacia el exterior.

Espirar: un, dos, tres, cuatro.

Inspirar: un, dos, tres, cuatro.

El nailon brilla por la luz del sol. Bajo el primer peldaño (son, como tiene que ser, cuatro) y dirijo el paraguas hacia el cielo, solo un poco, miro los zapatos del doctor, sus espinillas. El mundo pulula en mi visión periférica, como agua a punto de tocar una campana de buceo.

—Recuerda que tienes tu arma secreta —me dice desde lejos el doctor Fielding.

No es un arma secreta, quiero gritar; es un puñetero paraguas, abierto en un día de sol.

Espirar: un, dos, tres cuatro; inspirar: un, dos, tres, cuatro. Y, sorprendentemente, funciona. Voy bajando los escalones (espirar: un, dos, tres, cuatro) y recorro unos metros de césped (inspirar: un, dos, tres, cuatro). Hasta que el pánico crece en mi interior, es como una marea ascendente que me inunda la vista y amortigua la voz del doctor Fielding.

Y entonces… mejor no pensar en ello.

Sábado,

30 de octubre

7

Una tormenta. El fresno se encoge de miedo, el suelo de caliza refulge, oscuro y mojado. Recuerdo que una vez se me cayó una copa en el patio; explotó como una burbuja, el merlot resplandecía sobre el suelo e inundaba de color negro y sanguinolento las venas de las piedras y reptaba hacia mis pies.

A veces, cuando las nubes están bajas, me imagino allí arriba, en un avión o sobre una nube, observando la isla que tengo debajo: los puentes sobresaliendo por su costa este; los coches succionados por ella como las moscas atraídas por una bombilla encendida.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que sentí la lluvia sobre la piel. O el viento; la caricia del viento, estoy a punto de decir, salvo que suena a frase de una novelita romántica de las que venden en el súper.

Aunque es cierto. Y también la nieve, pero esta no quiero volver a sentirla jamás.

Se ha colado un melocotón en el pedido de manzanas verdes Granny Smith que me ha servido FreshDirect esta mañana. Me pregunto cómo habrá ocurrido.

La noche que nos conocimos, en la proyección de cine independiente de Treinta y nueve escalones, Ed y yo comparamos anécdotas. Yo le conté que mi madre me había enganchado a las antiguas películas de misterio y al cine negro clásico; de adolescente prefería la compañía de Gene Tierney y Jimmy Stewart a la de mis compañeros de clase. «No tengo muy claro si eso es algo tierno o triste», dijo Ed, que hasta esa noche nunca había visto una película en blanco y negro. Dos horas después, su boca estaba sobre la mía.

«Querrás decir que tu boca estaba sobre la mía», me lo imagino diciendo.

En los años previos al nacimiento de Olivia, veíamos una película al menos una vez por semana; todas las pelis antiguas de suspense de mi infancia: Perdición, Luz que agoniza, Sabotaje, El reloj asesino… Vivíamos noches monocromáticas. Para mí fue una oportunidad para revisitar a viejos amigos; para Ed, era una oportunidad de hacer nuevas amistades.

Y elaborábamos listas. La serie de La cena de los acusados, desde la mejor (la original) hasta la peor (La ruleta de la muerte). Las mejores pelis de la abundante cosecha de 1944. Los mejores momentos de Joseph Cotten.

Claro está que yo puedo hacer mis listas sola. Por ejemplo: mejores películas de Hitchcock no dirigidas por Hitchcock. Allá voy:

El carnicero, una de las primeras películas de Claude Chabrol que el amigo Hitchcock hubiera deseado dirigir, según la sabiduría popular. La senda tenebrosa, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall; una historia de amor en San Francisco, aterciopelada por la niebla y precedente de cualquier película en la que el protagonista pasa por el quirófano para ocultarse. Niágara, protagonizada por Marilyn Monroe; Charada, protagonizada por Audrey Hepburn; Miedo súbito, protagonizada por las cejas de Joan Crawford. Sola en la oscuridad: Hepburn otra vez, una mujer ciega encerrada en su piso del sótano. Yo me volvería loca en un piso en el sótano.

Ahora pelis posteriores al amigo Hitchcock: Desaparecida, con su final inesperado. Frenético, la oda de Polanski dedicada al maestro. Efectos secundarios, que empieza como el tocho aburrido de una gran farmacéutica antes de deslizarse como una anguila hasta otro género completamente distinto.

Vale.

Citas equivocadas famosas. «Tócala otra vez, Sam»: supuestamente de Casablanca, salvo que no lo dicen jamás ni Bogie ni Bergman. «Está vivo»: Frankenstein no pone género a su monstruo; es cruel, pero en el original dice solo «Vive». «Elemental, mi querido Watson» sí que aparece en la primera película sonora de Holmes, pero no lo hace en ningún momento en la serie de libros de Conan Doyle.

Vale.

¿Y ahora qué?

Abro el portátil, entro en Agora. Tengo un mensaje de Mitzi, de Manchester; un informe sobre sus progresos, cortesía de Hoyuelos2016, de Arizona. Nada destacable.

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