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LA MILLA VERDE

Stephen King  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Sufro rachas de insomnio –cosa que no sorprenderá a quienes hayan leído la novela donde cuento las aventuras de Ralph Roberts–, de modo que siempre procuro tener una historia en mente para aquellas noches en que no consigo conciliar el sueño. Me cuento estas historias mientras estoy acostado en la oscuridad, las escribo mentalmente como haría en una máquina de escribir o en el ordenador, volviendo atrás con frecuencia para cambiar palabras, añadir ideas, eliminar frases, elaborar el diálogo. Cada noche comienzo desde el principio y avanzo un poco en la trama antes de quedarme dormido. Después de la quinta o sexta noche, me conozco de memoria párrafos enteros. Puede que esto parezca una locura, pero resulta relajante… y como forma de matar el tiempo, es infinitamente mejor que contar ovejas.

Con el tiempo, estas historias se desgastan, igual que un libro que se ha leído una y otra vez. («Tíralo y compra uno nuevo, Stephen», decía mi madre de tarde en tarde, mirando con exasperación uno de mis libros o tebeos favoritos. «Lo has leído tantas veces que está destrozado.») Es el momento de buscar otra historia, y durante mis temporadas de insomnio espero que aparezca alguna rápidamente, porque las horas en vela se hacen eternas.

En 1992 o 1993, estaba enfrascado en una de estas historias, llamada «Lo que el ojo no ve». Trataba de un hombre condenado a muerte, un gigantesco negro a quien se le despierta un creciente interés por la prestidigitación a medida que se acerca la fecha de su ejecución. La historia sería narrada en primera persona por un viejo preso de confianza que recorría los pasillos de la prisión con un carrito lleno de libros, y que también vendía cigarrillos, baratijas y artículos novedosos como tónicos para el pelo o avioncitos de papel encerado. Yo quería que al final de la historia, poco antes de su ejecución, el corpulento prisionero –Luke Coffey– consiguiera desaparecer.

Era un buena idea, pero la historia no terminaba de cuajar. Ensayé un centenar de versiones diferentes, pero aun así no funcionaba. Le di una mascota al narrador –un ratón para llevar en el carrito– con la esperanza de que eso ayudara, pero no fue así. Lo mejor era el párrafo inicial: «Todo ocurrió en 1932, cuando la penitenciaría del estado aún estaba en Evans Notch. La silla eléctrica –llamada la Freidora por los internos– también estaba allí, por supuesto.» Esa parte me gustaba, pero nada más. Con el tiempo cambié a Luke Coffey y sus trucos para hacer desaparecer monedas por una historia sobre un planeta donde, por alguna razón, los habitantes se volvían caníbales cada vez que llovía… Y la idea todavía me gusta, así que ojo con fusilármela, ¿entendido?

Luego, aproximadamente un año y medio después, la idea del pasillo de la muerte regresó, aunque ligeramente cambiada. Supongamos, me dije, que el grandullón es un sanador en l

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