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LA LLAVE DEL FARAóN 5

Douglas Preston  

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Fragmento

1

Gideon Crew, sentado en la sala de espera de la consulta del doctor Lewis Conrad, en la decimocuarta planta del edificio, tamborileaba inquieto con la punta de los dedos de la mano izquierda contra la muñeca derecha mientras aguardaba el momento en que sabría si se iba a morir o no. Había llevado un sobre enorme que en ese momento yacía vacío junto a su silla. A pesar de que el doctor Conrad era uno de los neurocirujanos más caros de Nueva York, las revistas de su bien amueblada sala de espera tenían un aspecto grasiento y manoseado que disuadían a Gideon de tocarlas. Además, su temática —People, Entertainment Weekly, Us— le interesaba bien poco. ¿Por qué en la consulta de un médico no había ejemplares de Harper’s o de The New Criterion, o aunque fuese una puñetera National Geographic?

Al fondo se abrió en silencio una puerta. Una enfermera con una carpeta en una mano asomó la cabeza, y en el pecho de Gideon brotó la esperanza.

—¿Ada Kraus? —dijo la enfermera.

Una anciana se levantó con dificultad, atravesó despacio la sala y desapareció en el pasillo al otro lado de la puerta, que se cerró de inmediato.

Cuando Gideon se recostó en la silla, se dio cuenta de que no era exactamente inquietud lo que lo embargaba. Era una sensación de agitación que lo había empujado a quedarse en Nueva York después de que terminara la última misión para Effective Engineering Solutions. Lo normal habría sido que volviera a su cabaña en la sierra de Jémez, en Nuevo México, cogiera su caña y se fuera a pescar.

Todo era muy raro. Su jefe, Eli Glinn, había desaparecido sin decir nada. Las oficinas de su empresa en el viejo Meatpacking District del Bajo Manhattan seguían abiertas, pero parecía que estaba cerrando poco a poco. Hacía dos semanas el pago automático de su sueldo se había interrumpido sin previo aviso, y la semana anterior la EES había dejado de pagar su cara suite en el hotel Gansevoort, a la vuelta de la esquina de la sede central de la empresa. Aun así, Gideon no se había ido de Nueva York. Se había quedado allí más de dos meses, mientras su brazo se curaba de la última misión, deambulando por las calles, visitando museos, leyendo novelas, holgazaneando en el hotel y bebiendo de más en los muchos bares de moda repartidos por Meatpacking District. Por fin reconoció para sus adentros por qué se había quedado en la ciudad: había algo que tenía que saber. El problema estaba en que era lo último que quería saber. Pero al final la necesidad se había impuesto al miedo y había concertado una cita con el doctor Conrad. Por eso hacía dos días le habían hecho una resonancia magnética del cráneo y ahora aguardaba impaciente los resultados en la sala de espera del médico.

No, no era inquietud. Era una poderosa combinación de esperanza y miedo que lo arrastraba en diferentes direcciones: esperanza en que le hubiera pasado algo en los últimos diez meses que hubiera curado su enfermedad, conocida como malformación arteriovenosa, y miedo a que hubiera empeorado.

Y allí estaba, aguardando con esperanza y miedo, todo mezclado en su cabeza como la propia enfermedad.

La puerta volvió a abrirse; la enfermera asomó la cabeza.

—¿Gideon Crew?

Gideon recogió el sobre vacío, se levantó de la silla y siguió a la enfermera por el pasillo hasta una consulta bien equipada. Para su sorpresa, el médico ya estaba sentado detrás de su escritorio. A un lado de la mesa se hallaban los viejos historiales médicos y las resonancias que Gideon había llevado consigo de aquí para allá durante casi un año. Al otro lado había una serie de fotos y escáneres nuevos.

El doctor Conrad tenía unos sesenta años, expresión apacible, ojos grises y pelo canoso. Miró con amabilidad a Gideon a través de unas gafas de montura negra.

—Hola, Gideon —dijo—. ¿Puedo llamarlo por su nombre de pila?

—Por supuesto.

—Siéntese.

Gideon se sentó.

Siguió un momento de silencio en que el médico se aclaró la garganta y desplazó la vista de las resonancias viejas a las nuevas.

—Imagino que está al corriente de su enfermedad.

—Sí. Se conoce como malformación de la vena de Galeno. Es un nudo anormal de venas y arterias en lo profundo de mi cerebro, en una zona llamada Círculo de Willis. Suele ser congénita, y en mi caso es inoperable. Como las paredes arteriovenosas son cada vez más débiles, la malformación está aumentando y acabará provocando una hemorragia… Lo que resultará fatal en el acto.

Se hizo un silencio breve e incómodo.

—Yo no lo habría resumido mejor. —El doctor Conrad apoyó las palmas de las manos en el borde de la mesa y luego entrelazó los dedos—. Cuando se enteró de que tenía la malformación arteriovenosa, ¿le dijo el médico cuánto tiempo de vida le quedaba?

—Sí.

—¿Y cuánto era?

—Aproximadamente un año.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace casi diez meses.

—Entiendo. —El médico rebuscó entre las imágenes de la mesa y volvió a aclararse la garganta—. Lamento mucho tener que decirle esto, Gideon, pero a partir de estas pruebas y del resto de la información que he visto, el pronóstico original era correcto.

Aunque casi esperaba oír eso —de hecho, no tenía ningún motivo real para esperar otra respuesta—, por un momento Gideon descubrió que no podía hablar.

—¿Quiere decir… que solo me quedan dos meses de vida?

—Comparando las primeras resonancias con las que acabamos de hacerle, la malformación ha seguido la evolución típica, por desgracia. De modo que sí, yo diría que unas cuantas semanas es un cálculo de tiempo probable.

—¿No hay ningún tratamiento nuevo o alguna posibilidad de intervención quirúrgica?

—Como supongo que ya sabrá, la mayoría de las malformaciones arteriovenosas cerebrales se pueden tratar con cirugía, radiaciones o embolización, pero la situación y el tamaño de su malformación no lo permiten. Cualquier cura que adoptásemos, ya fuese quirúrgica o radiológica, provocaría, casi con toda seguridad, graves d

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