Loading...

LA INFANCIA DE JESúS

J.M. Coetzee  

0


Fragmento

1

El hombre de la puerta les indica un edificio bajo y achaparrado que hay no muy lejos.

–Si se dan prisa –dice–, podrán registrarse antes de que cierren.

Se apresuran. «Centro de Reubicación Novilla»,* dice el letrero. «Reubicación», ¿qué significará eso? No es una de las palabras que ha aprendido.

La oficina es amplia y sobria. También calurosa, incluso más que afuera. Al fondo, un mostrador de madera cruza la sala, dividido por paneles separadores de cristal esmerilado. Apoyada en la pared hay una hilera de ficheros de madera barnizada.

Suspendido de uno de los paneles hay un letrero, «Recién llegados», con las palabras impresas en negro en un rectángulo de cartón. La empleada de detrás del mostrador, una mujer joven, le saluda con una sonrisa.

–Buenos días –dice él–. Acabamos de llegar. –Pronuncia las palabras despacio, en el español que tanto le ha costado dominar–. Estoy buscando trabajo y un sitio donde vivir. –Sujeta al niño por las axilas y lo levanta para que pueda verlo–. Tengo un niño conmigo.

La joven se inclina para darle la mano al niño.

–¡Hola, muchachito! –dice–. ¿Es su nieto?

–Ni mi nieto, ni mi hijo, pero soy responsable de él.

–Un sitio donde vivir. –Hojea los documentos–. Tenemos una habitación libre, aquí en el Centro, que puede usted usar mientras busca algo mejor. No será lujosa, pero tal vez no le importe. En cuanto al trabajo, ya buscaremos algo por la mañana… parece usted cansado. Seguro que quiere descansar. ¿Vienen de lejos?

–Llevamos toda la semana en la carretera. Hemos venido de Belstar, del campamento. ¿Conoce Belstar?

–Sí, lo conozco bien. Yo misma vine por Belstar. ¿Aprendió español allí?

–Hemos asistido seis semanas a clases diarias.

–¿Seis semanas? Tiene suerte. Yo pasé tres meses en Belstar. Casi me muero de aburrimiento. Lo único que me animó a seguir fueron las clases de español. ¿No tendría por casualidad de profesora a la señora Piñera?

–No, nuestro profesor era un hombre. –Duda–. ¿Puedo cambiar de tema? Mi niño –mira al crío– no está bien. En parte es porque está disgustado, confuso y disgustado, y no ha comido como es debido. La comida del campamento le parecía rara, no le gustaba. ¿Hay algún sitio donde podamos comer como es debido?

–¿Cuántos años tiene?

–Cinco. Es la edad que le han asignado.

–Y dice usted que no es su nieto.

–Ni mi nieto, ni mi hijo. No somos familia. Tome.

Saca las cartillas del bolsillo y se las entrega.

Ella comprueba las cartillas.

–¿Se emitieron en Belstar?

–Sí. Ahí fue donde nos pusieron nuestros nombres españoles.

La joven se inclina sobre el mostrador.

–David… es un nombre muy bonito –dice–. ¿Te gusta tu nombre, muchachito?

El niño la mira a su misma altura, pero no responde. ¿Qué es lo que ella ve? Un niño pálido y delgado con un abrigo de lana abotonado hasta el cuello, pantalones cortos grises hasta las rodillas, botas negras de cordones sobre unos calcetines de lana y una gorra de tela ladeada.

–¿No tienes calor con tanta ropa? ¿Quieres quitarte el abrigo?

El niño mueve la cabeza.

Él interviene.

–La ropa es de Belstar. La escogió él mismo, entre lo que tenían. Le tiene mucho apego.

–Entiendo. Lo preguntaba porque me parecía demasiado abrigado para un día como hoy. A propósito: tenemos un almacén en el Centro donde la gente dona la ropa que se le ha quedado pequeña a sus hijos. Está abierto todas las mañanas los días laborables. Puede servirse usted mismo. Encontrará más variedad que en Belstar.

–Gracias.

–Además, una vez haya cumplimentado los formularios necesarios, podrá sacar dinero con la cartilla. Dispone de una prestación por traslado de cuatrocientos reales. El niño también. Cuatrocientos cada uno.

–Gracias.

–Y ahora, permita que le lleve a su habitación.

Se inclina y le susurra a la mujer del mostrador de al lado, que lleva el letrero «Trabajos». La mujer abre un cajón, rebusca en él y mueve la cabeza.

–Un pequeño contratiempo –dice la joven–. Parece que no tenemos la llave de su habitación. La tendrá la conserje del edificio. Es la señora Weiss. Vaya al Edificio C. Le dibujaré un plano. Cuando la encuentre, pídale que le dé la llave de la C-55. Dígale que le envía Ana, de la oficina principal.

–¿No sería más fácil darnos otra habitación?

–Por desgracia, la C-55 es la única que está libre.

–¿Y la comida?

–¿La comida?

–Sí. ¿Hay algún sitio donde podamos comer?

–Pregunte también a la señora Weiss. Ella podrá ayudarles.

–Gracias. Una última pregunta: ¿hay alguna organización especializada en reunir a la gente?

–¿Reunir a la gente?

–Sí. Debe de haber mucha gente buscando a miembros de su familia. ¿Hay alguna organización que ayude a reunir a las familias… familias, amigos, amantes?

–No, no he oído hablar de ninguna organización así.

En parte porque está cansado y desorientado, en parte porque el plano que le ha dibujado la joven no es muy claro y en parte porque no hay letreros, tarda un buen rato en encontrar el Edificio C y la oficina de la señora Weiss. La puerta está cerrada. Llama. No hay respuesta. Para a una mujer diminuta con la cara puntiaguda y ratonil que pasa por allí y que lleva el uniforme de color chocolate del Centro.

–Busco a la señora Weiss.

–Ha salido –dice la joven, y cuando ve que no le entiende añade–: Se ha tomado el día libre. Vuelva por la mañana.

–En ese caso, tal vez pueda usted ayudarnos. Estamos buscando la llave de la habitación C-55.

La joven mueve la cabeza.

–Lo siento, no me ocupo de las llaves.

Vuelven al «Centro de Reubicación». La puerta está cerrada. Golpea el cristal. No hay indicios de que haya nadie dentro. Vuelve a golpear el cristal.

–Tengo sed –se queja el niño.

–Espera un poco –dice él–. Buscaré un grifo.

La chica, Ana, aparece en la esquina del edificio.

–¿Llamaba? –dice.

Una vez más, le sorprenden la juventud, la salud y la lozanía que irradia la joven.

–Por lo visto, la señora Weiss se ha ido a su casa. ¿No podría hacer usted algo? ¿No tiene una… cómo se dice, llave universal para abrir la habitación?

–Llave maestra. No hay una llave universal. Si tuviéramos una, se habrían acabado nuestros problemas. No, la señora Weiss es la única que tiene una llave maestra del Edificio C. ¿No tiene ningún amigo que pueda alojarles esta noche? Luego puede volver por la mañana para hablar con la señora Weiss.

–¿Un amigo que pueda alojarnos? Hace seis semanas que llegamos a la costa, desde entonces hemos estado viviendo en una tienda de campaña en un campamento en el desierto. ¿Cómo cree que vamos a tener amigos que puedan alojarnos?

Ana frunce el ceño

Recibe antes que nadie historias como ésta