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LA HERENCIA DE ESZTER

Sándor Márai  

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Fragmento

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Si quiero ser sincera —¿qué otro sentido podría tener el hecho de escribir?—, debo confesar que en mi vida y en mis acciones no he encontrado jamás el menor indicio de ira, en su sentido bíblico; ni siquiera la menor emoción, ni tampoco la firme decisión o la dureza que caracterizaban mis opiniones tantas veces repetidas ante los demás en contra de Lajos o de mi propio destino. «Era mi obligación cumplir con mi deber»: ¡qué palabras tan duras y dramáticas son éstas! Uno vive la vida... y un día se da cuenta de si ha cumplido o no con su deber. Empiezo a creer que las decisiones fatales y grandiosas que determinan nuestro destino son mucho menos conscientes de lo que pensamos con posterioridad, en los momentos de reflexión, cuando las recordamos.

Yo, en aquella época, llevaba veinte años sin ver a Lajos y me consideraba inmune a su recuerdo. Un día, sin embargo, recibí un telegrama suyo que me recordó el libreto de una ópera: era patético, peligrosamente pueril y mentiroso, como todo lo que veinte años atrás Lajos me había escrito y dicho, a mí o a los demás... Parecía una declaración solemne; era prometedor, misterioso y obviamente mentiroso, ¡mentiroso hasta el fondo!... Salí al jardín, con el telegrama en la mano, para buscar a Nunu, me detuve en el porche y le dije:

—¡Lajos regresa!

No sé cómo sonó mi voz en aquel instante; pero probablemente no reflejó felicidad. Seguramente hablé como una sonámbula recién despertada. Aquel estado había durado veinte años. Durante veinte años yo había estado caminando así, dormida, al borde de un precipicio, con pasos decididos y sosegados, sonriendo. Entonces, me desperté de golpe y vi la realidad delante de mis ojos; sin embargo, no me sentí mareada. Nunca más me he sentido mareada. En la realidad, en la realidad de la vida y de la muerte, hay algo tranquilizador.

Nunu estaba cuidando los rosales. Me miró desde donde estaba, entre las rosas, parpadeando bajo la luz del sol, vieja y tranquila.

—Por supuesto que sí —dijo.

Siguió ocupada con los rosales.

—¿Cuándo llegará? —me preguntó.

—Mañana —le respondí.

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