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LA EXPANSIóN DEL UNIVERSO

Ramiro Sanchíz  

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Fragmento

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Antes que perderse

Tengo de mi padre y mis abuelos la tendencia a la frugalidad y el gusto por los lugares cerrados. Vivo por ahora frente a un parque, en Barcelona, pero tanto en invierno como en verano cierro las ventanas cuando cae el sol. Esto es adentro, aquello es afuera, y así debe ser, como en esos minutos posteriores al Big Bang cuando la materia se separó de la energía o, si se prefiere, como ante una divinidad que separa el cielo de la tierra y ve que así es bueno.

No es lo único que he heredado. Si todo uruguayo, no importa si de izquierda o derecha, pertenece en el fondo de su corazón al partido blanco o al colorado, yo terminé por hacer mía esa idea y junto a ella la filiación colorada, batllista, porque mientras en otras casas los viejos colgaban retratos de Carlos Gardel o de la selección del 50, en la mía, en el comedor, nos seguía la mirada de espesa antigüedad de José Batlle y Ordóñez junto a la elegante, trajeada y urbana de su sobrino, Luis Batlle Berres.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Mirá, Fefito —decía siempre mi abuelo—, está autografiado. Para el vasco Lucas, con afecto, Luis.

Quizá esa dicotomía no es real. Mi generación nació en un país dividido en tres partidos y uno de ellos, el Frente Amplio, concentraba y retenía toda izquierda. O quizá ese sea otro mito contado por otros abuelos, porque últimamente he estado acostándome temprano para leer historia de aquel país, con las ventanas bien cerradas pero las cortinas descorridas, de modo que puedo ver, si aparto los ojos del libro, los árboles nocturnos en el parque de enfrente y esos espacios libres que no ha tocado aún la expansión del universo. Porque sí ha tocado la historia de Uruguay: las cosas que se alejan, las que caen más allá del horizonte, las que viran sus colores hacia extremos que no eran los suyos, y esa historia, para mí que estoy lejos y termino ahora de volverle la espalda —o despertar de su pesadilla—, quedó sepultada en los libros. Leo a toda prisa, entiendo poco y nada; o entiendo todo, sin darme cuenta.

Si fuera novelista debería convertirlo en una serie con final y principio (“todo comenzó cuando encontré aquel cadáver en el extremo más remoto de Pinamar, más lejos de lo que jamás se me había permitido explorar por mi cuenta”), decidir cuándo fue que arrancó la trama y cuántas son las historias a contar. Separar una vez más energía y materia y antes de ceder al empujón que lo hará proliferar (hacia un final donde aparecerá algo ya sabido y enquistado, rodeado de capas de tiempo y memoria, envuelto en ese tejido escondido y enfermo; un final de camino que carga con esa imagen que, si se la entiende bien, explica por qué está ahí el protagonista, le cifra el camino y lo vuelve nada más que él mismo), sacudir del relato todas las cenizas de la verdad.

Hay personajes de esta historia que sabrían mejor que yo cómo empezar; dirían que hay que ponerle al comienzo menos ideas y más cuerpos, más luz y perfume y huellas y textura. Seguro tengan razón, y convendría entonces una imagen, la única realmente vívida por ser la única en verdad vivida, en la que el cielo está gris y amarillo, cubierto por una capa fina de nubes y el sol disperso en un resplandor informe, que a veces se parece al de un patrón de interferencia en un experimento de rendija doble. Veo las puntas de los pinos inmóviles (es un día de calor como no recuerdo otro) y estoy en Pinamar, en la casa de mis abuelos. Mientras ellos duermen la siesta yo me canso de leer, camino por ahí, sobre la pinocha espesa y caliente, la arena blanca y sucia, y me acerco a las acacias para mirar en sus ramitas las filas compactas de pulgones, con sus hormigas pastoras y su rugosidad. Pasa un tiempo, mi abuela se despierta y sale al porche con un trapo blanco en la cabeza y cara de que el calor la ha dejado atrás. Se me ocurre en ese mismo momento que no habrá playa, porque ni a ella ni a mí nos gusta bajar al agua salvo que el cielo esté azul, y que mi abuelo insistirá e irá solo y ella saldrá a buscarlo, más tarde que de costumbre, ya al final de la tarde. Le digo entonces que me voy a dar una vuelta y ella dice apenas ¿con este calor? Sé que no me discutirá, así que saco la bicicleta, salgo de casa y pedaleo. Pinamar se despliega como un desierto; la gente está en la playa o en otros lugares de la costa, o en lo más oscuro de sus casas frente a todos los ventiladores del mundo. Y pienso que es el momento perfecto para aventurarme más allá de los límites.

Ahora puedo mirar en Google Maps o moverme por Street View y sentir que no ha cambiado gran cosa. Este Pinamar agreste, vegetal, de cielos y calles amplias se parece tanto al de mis recuerdos que debo estar equivocándome, que debo estar, desde mi apartamento del otro lado del mundo, frente a un fantasma. La familia había comprado el terreno en los sesenta y mi abuelo se las arregló, como los hombres de aquellos tiempos, para levantar una casa, bien o mal. Hay fotos: esta es una historia de fotos, que recuerdo como una memoria desdoblada en tercera persona, de modo que soy ese niño pequeñito que andaba desnudo por el fondo de la casa de Pinamar y miraba a su abuelo mover las brasas en la parrilla, o ese que sonríe desde el baúl del coche, o ese que arrastra un calderín. Y hay otras, que recuerdo tan bien como aquellas pero pertenecen a una época más antigua, anterior a mi nacimiento. En una se ve a un hombre rubio y de bigotes, ya un poco calvo, ya un poco gordo, que se esfuerza sobre lo que parecen escombros; en otra una calle de tierra amarillenta, un baldío, dos hombres y un niño —mi tío, es fácil reconocerlo— que sonríen y apoyan las manos en palas clavadas en el suelo. Pero hay más: el mismo niño, con su hermanita bebé sentada en el piso a su lado, mira la cámara y sostiene una bandeja gris sobre la que se dejan ver dos vasos. Y los pinos y las acacias, los de siempre, como si fueran en efecto los mismos, decorados inmóviles en el espacio y el tiempo de Pinamar.

Entre los recuerdos que no salieron de una cámara (aunque sé que en alguna parte, entre las cosas de mi madre, hay fotos de todo esto) están las grietas en los zócalos, la cortina percudida del baño, el contacto de mi piel con la arena húmeda en la ducha, el agua amarillenta y turbia que salía de la bomba y que no usábamos sino para lavar la ropa o ducharnos, porque para todo lo demás, la que bebíamos y la que servía para cocinar, debíamos cargar los bidones hasta la canilla más cercana de OSE, a un par de cuadras hacia el este. Y también los insectos que asomaban por todas partes en esta casa abarrotada de muebles viejos y descartados, camas de colchones demasiado duros o demasiado blandos, sillones feos, sillas oxidadas, reposeras barajadas y una heladera de los años cincuenta o quizá de más atrás. Todo lo desplazado por lo nuevo en Montevideo terminaba allí, en Pinamar, junto a escaleras de revistas viejas, adornos, recuerdos rotos de la familia. Nada alcanzaba el estatus de basura porque todo servía, los sillones soportaban, las reposeras aguantaban en la playa, la heladera conservaba la comida y las camas podían ser cómodas. Incluso las revistas me gustaban, sobre todo las de historietas, Pequeña Lulú, Periquita, Lorenzo y Pepita, y las releía a todo momento, a la vez que me encantaba buscar en los armarios de herramientas y sacar a la luz, en un secreto casi tangible, los soldados de plomo de mi tío abuelo o los sellos de la colección que había sido de mi tío cuando adolescente. Y también las fotos viejas de mis abuelos, en especial aquellas de una fiesta de disfraces en que mi padre, con no más de veinticinco años, aparecía disfrazado de Patoruzú y mi madre de Pocahontas.

Mis primeros recuerdos de Pinamar pertenecen a un momento posterior a aquella que mis padres y mis abuelos evocaban como una época dorada, un tiempo de asados nocturnos, partidas de truco interminables, bajadas a la playa a medianoche para pescar a la encandilada, solidaridad y pesca compartida. Quién sabe cómo fue en verdad, pero así eran los relatos, y sólo los relatos, porque para mis siete u ocho años todo aquello había terminado: esos vecinos se habían mudado y los que quedaban se sabían viejos, gastados, distantes, menos dados a esa suerte de alegría veraniega y camaradería. Se había conservado la amistad pero, como decía mi abuelo, ya no era lo mismo.

Yo quería especialmente al vecino de la casa a la izquierda de la nuestra, quien en su momento había levantado la más alta de la zona, una construcción de ladrillo expuesto rodeada por una pasarela que subía hasta la altura de un piso y se ensanchaba hasta formar un balcón o terraza. Y había allí una gran puerta-ventana que daba al interior más misterioso, a esos cuartos de primer piso que yo no conocía porque siempre que entraba acompañando a mi abuelo o mi abuela nos quedábamos en la planta baja. Por supuesto que no sabría ahora precisar un plano de la casa, y por eso lo único que puedo recobrar es una confusión de paredes, niveles y escaleras, pero sí retengo el asombro ante la construcción, su condición —el término era de mi abuelo— de moderna, algo que él, que había construido una casa como una caja de zapatos, admiraba o envidiaba, y de la que de vez en cuando aclaraba que en la construcción de la casa del vecino —el tío Michi, le decía yo, un dentista bajito y macizo, siempre bronceado, siempre con el torso desnudo, cubierto por un vello finísimo, canoso, largo y lacio, frenteamplista— habían intervenido arquitectos porque el tío Michi tenía otra plata.

De aquellas épocas doradas mis padres y mis abuelos recordaban con mayor nostalgia la amistad con el otro vecino inmediato, Cacho, su esposa Mirna y sus dos hijos mayores que yo, de los que tengo una impresión bastante vaga en la que estamos en la cochera de su casa (también, entendía yo, mejor construida que la nuestra) y ellos me toman el pelo con frases del tipo:

—A ver, Fefo, ¿dos más dos?

—Cuatro.

—¿Dos por uno?

—Dos.

—¡¿Y dos por tres?!

—¡Seis!

—¡No! ¡Llueve! —y rodaban de risa.

Yo no entendía nada y me ofuscaba, pero seguía allí.

Cacho, Mirna y sus hijos se mudaron en 1985 o 1986 y la familia que compró la casa jamás buscó nuestra amistad. Se mudaron algunos años más tarde, y de ellos recuerdo apenas que eran una pareja sola, sin hijos, y que tenían cara de miedo cuando se acercaron a indagar qué había pasado con el cadáver.

Después, para 1990, cuando mi abuelo vendió la casa de Pinamar, en la que había sido la de Cacho veraneaba otra pareja. Tenían dos hijas; quién sabe cómo hubiese sido mi adolescencia de haberme hecho amigo de aquellas chicas, que tenían una mi edad y la otra, creo, dos años menos. Pero no: durante los noventa veraneé con amigos y compañeros de liceo, que me invitaban por una semana o menos. En casa la situación fue vivida como una derrota, por más que mis padres apenas habían hecho uso de la casa de Pinamar, que pertenecía ante todo a mis abuelos y a mí, porque pasábamos en ella el verano completo. Con el dinero de la venta nadie pensó en comprar una casa en otro balneario, o al menos nadie hizo la propuesta; era como si los veranos se hubieran perdido para siempre.

Es por eso que no puedo comenzar por otro lado que el relato de cómo encontré aquel cadáver. Quizá la vida está a punto de cambiar para siempre a cada momento; lo cierto es que, al mirar atrás, algunos momentos parecen cargados de una potencialidad especial, de un significado que los destaca del tiempo que los rodea, como si fueran —de una manera especial, al margen de que cualquier instante puede serlo y de hecho lo es— los puntos de inflexión de una vida, los que cancelan otras tantas divergencias posibles, los que fijan al gato en la caja como vivo o como muerto y no como un contorno impreciso que flota sobre la espuma de los mundos posibles.

Fue en enero de 1988. Yo tenía diez años; igual que en los veranos anteriores, hice poco más que bajar a la playa, leer mis novelas de Verne y mis historietas de Asterix y Tintin, jugar con el microordenador (un clon brasileño de las ZX Spectrum) que conectaba a un televisor en blanco y negro y, en las tardes sin playa, andar en bicicleta por los alrededores inmediatos. La zona por la que se me permitía moverme estaba perfectamente limitada: yo podía llegar a la bajada a la playa (pero no bajar solo), podía avanzar tres cuadras en dirección a la ruta interbalnearia (pero jamás cruzarla solo), podía llegar hasta el límite este de Pinamar (con el balneario de Salinas) y hasta el oeste (con Neptunia), y eso era todo. En cualquier caso, para mis diez años ya me las arreglaba para romper estos límites y llegar hasta el borde de la ruta o adentrarme en Salinas, pero a la ley de mis abuelos se sumaba el miedo si me plantaba en mi límite oeste y miraba más allá de la avenida que servía de frontera a los balnearios. Porque si Pinamar era un balneario digamos agreste (sin saneamiento, sin agua corriente, con no pocos baldíos y casas abandonadas a medio construir), Neptunia lo era todavía más. Era salvaje, y quizá lo que mis abuelos querían decir cuando se referían a esa zona pequeña que en los mapas, ahora, parece una cuña entre Pinamar y El Pinar, era, simplemente, que se trataba de un balneario de gente pobre, y eso, para nuestra visión de clase media, lo hacía aparecer como un territorio tan feo como salvaje, tan descuidado como peligroso. Algo similar había entendido de Pinamar Norte, la división del balneario que quedaba más allá de la ruta y el lugar donde estaba la gente que vivía todo el año y de la que yo sabía poco y nada.

Eran las dos regiones de lo desconocido, entonces, Pinamar Norte y Neptunia, pero yo no me animaba a cruzar la ruta ni tampoco a avanzar más allá del puente sobre el arroyo Tropa Vieja, que había marcado el extremo oeste de mis expediciones. Ahora lo recuerdo invadido por la vegetación de un verde violáceo y la línea de agua oscura del arroyo, un paisaje hundido desde el que asomaba el puente como una criatura muerta en tiempos prehistóricos, dos arcos y una pasarela de hormigón gris. En la imagen que ha coagulado en mi memoria lo que veo es el cielo sepia y las copas casi negras de los pinos; no parece temprano en la tarde, está más bien la noche inmediata, el calor opresivo y acaso alguna gota de lluvia.

Después reuní toda mi fuerza de voluntad y crucé. A partir de ahí no es fácil rastrear mis movimientos, pero debí internarme por los abundantes caminos de tierra y no tanto por la calle principal, la llamada Ruta 10, que desembocaba en el peaje de Pando. Llegué hasta un pasaje de arenales abandonados y avancé un rato por ahí, hasta que la bicicleta se resistió. Estaba al borde de lo que parecía un monte denso y amplio, que no dejaba ver más allá. La vegetación se había comido un brazo de aquel camino que contorneaba los viejos arenales y yo sentí que aquello convocaba un misterio. No podía estar tan lejos de ninguna parte, así que no había, no debía haber peligro. Dejé la bicicleta contra un árbol y me metí en el monte. Caminé siguiendo las zonas menos densas; aquí y allá aparecían manchas de césped, como si otro terreno, el de tierra negra y pastura, quisiera abrirse camino por encima del más playero. El aire olía a hierbas, pero también a humedad, a una cosa reconcentrada y madurada por el sol.

Llegué así a lo que después llamé laguna pero que debió ser un estanque o un charco grande. En ese momento lo vi como una gran extensión de agua, circular y verde esmeralda, con un centro más oscuro y espuma amarronada en el borde. Y allí estaba el cuerpo.

Al principio no lo reconocí como tal: podía ser cualquier cosa, un tronco podrido, un montón de ropa abandonada hacía quién sabe cuánto; incluso, pensé, el cadáver de un carpincho. Agarré una rama y me acerqué. Era el carpincho posible lo que me atraía, la fantasía de dar vuelta aquel cuerpo y descubrir la infestación de gusanos, los ojos coagulados, la boca entreabierta, el vaho del olor a descomposición y mi retirada inmediata. Quería, supongo, esa pequeña dosis de muerte, pero lo que encontré no fue una idea manejable sino algo en última instancia incognoscible por mí y que, como tal, jamás llegué a asimilar.

Un hombre muerto.

Retrocedí de inmediato pero mantuve aquella rama sobre el cuerpo, sobre la ropa azul oscura y sucia. Me faltan los detalles que añadiría un novelista: la resistencia de la piel bajo el buzo, el olor (porque sólo puedo evocar el de la vegetación, como si se hubiese tragado al del muerto), la expresión en el rostro; porque veo no una cosa humana sino un borrón, un vacío, como si hubiera en los restos de aquella cara restos también de camuflaje, capaz de disimularla en la arena, en sus propias ropas, en su condición de cosa, d ...