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LA EXCURSIóN A TINDARI 7

Andrea Camilleri  

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Fragmento

Dos

Los interrumpieron unas voces airadas procedentes de la antesala. Estaba claro que era una trifulca.

—Ve a ver.

Fazio salió, las voces se calmaron y, al poco rato, el sargento regresó.

—Es un señor que la ha tomado con Catarella porque no lo deja pasar. Se empeña en hablar con usted.

—Que espere.

—Me parece muy alterado, señor comisario.

—Oigámoslo.

Entró un cuarentón con gafas, correctamente vestido, con la raya al lado y pinta de respetable empleado.

—Gracias por recibirme. Usted es el comisario Montalbano, ¿verdad? Me llamo Davide Griffo y siento haber levantado la voz, pero no entendía lo que su agente me estaba diciendo. ¿Es extranjero?

Montalbano prefirió dejarlo correr.

—Soy todo oídos.

—Verá, yo vivo en Messina, trabajo en el Ayuntamiento. Estoy casado. Aquí viven mis padres, soy hijo único. Estoy preocupado por ellos.

—¿Por qué?

—Llamo desde Messina dos veces por semana, el jueves y el domingo. Hace dos noches, el domingo, no me contestaron. Y desde entonces, no he vuelto a saber nada de ellos. He vivido unas horas infernales hasta que mi mujer me dijo que cogiera el coche y viniera a Vigàta. Anoche llamé por teléfono a la portera para saber si tenía la llave del apartamento de mis padres. Me contestó que no. Mi mujer me ha aconsejado que recurra a usted. Lo ha visto un par de veces en la televisión.

—¿Quiere presentar una denuncia?

—Primero quisiera que se me concediera autorización para derribar la puerta. —Se le quebró la voz—. Puede haber ocurrido algo grave, comisario.

—De acuerdo. Fazio, llama a Gallo.

Fazio se retiró y regresó con su compañero.

—Gallo, acompaña a este señor. Tiene que mandar derribar la puerta del apartamento de sus padres. No tiene noticias suyas desde el domingo pasado. ¿Dónde ha dicho usted que vivían?

—Aún no lo he dicho. En Via Cavour, cuarenta y cuatro.

Montalbano se quedó de una pieza.

—¡Virgen santísima! —exclamó Fazio.

A Gallo le dio un fuerte ataque de tos y abandonó el despacho en busca de un vaso de agua. Davide Griffo palideció y, asustado por el efecto de sus palabras, miró a su alrededor.

—¿Qué he dicho? —preguntó con un hilillo de voz.

En cuanto Fazio se detuvo delante del número 44 de Via Cavour, Davide Griffo abrió la portezuela y cruzó precipitadamente el portal.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Fazio mientras cerraba el coche.

—Por los viejecitos desaparecidos. El muerto ya está muerto y puede esperar.

En el portal se tropezaron con Griffo que estaba volviendo a salir a la velocidad de un pedrusco lanzado con tirachinas.

—¡La portera me ha dicho que esta noche ha habido un homicidio! ¡Uno que vivía en esta casa!

Sólo entonces se percató de la silueta del cuerpo de Nenè Sanfilippo dibujada en blanco sobre la acera. Empezó a experimentar fuertes temblores.

—Tranquilícese —le dijo el comisario, apoyando una mano en su hombro.

—No… es que temo…

—Señor Griffo, ¿piensa que sus padres podrían estar implicados en un caso de

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