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LA ERA DEL CASETE

Tabaré Couto  

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Fragmento

No tan distintos

«People moving every day

You know they move so slow

Do they know why they are going?

Do they know why they go?

Look into the book of rules

And tell me what you see

Are you all that different?

Are you just the same as me?

Waiting for 1989

We don’t want no more war»

(«No tan Distintos» [1989], SUMO)

Estuve un buen tiempo buscando un pretexto que me calzara naturalmente, para darle sentido a esta reunión de viejas crónicas y entrevistas que hoy tienen en sus manos. No lo encontré. Debatí débilmente conmigo mismo durante ese tiempo el por qué comenzar a recopilar estos escritos y llegué a una conclusión nada científica ni menos aún de valor antropológico: ¿por qué no hacerlo?

Sentí, entonces, que si ningún tiempo pasado debiera ser por sí mismo mejor que el que nos toca vivir o el que vendrá, al menos valía la pena –periodísticamente hablando y aunque pudiese ser de forma parcial– intentar revisar lo que había ocurrido tiempo atrás.

Por eso me sumergí en esta era del casete. Casi para no perder del todo lo que ya estaba olvidando. Para que no se perdiera algo que estaba prácticamente desapareciendo: voces fragmentadas, pero voces originales y naturales de principio a fin, que reflejan un tiempo y un entorno particular: el que comprende la música pop y rock uruguaya desde el año 1985 hasta mediados de los 90.

Era obvio, pero lentamente tomé conciencia de que, por esos años, circunstancialmente, estuve allí para vivir y contar lo que ocurría a mi alrededor. Y este compilado de opiniones y algunas crónicas, pasó a verse entrecruzado con mi propia experiencia de vida junto a los reales protagonistas: los músicos. Así me reencontré con felices e ingenuos días de radio y prensa escrita, y menos brillantes días de caja boba. Y las opiniones de los artistas llegando tanto de forma directa, como a través de mi función de editor de trabajos realizados por otros colegas hasta, simplemente, como mero lector o espectador de una realidad que también fue parte de mi vida.

Fue así como me redescubrí caminando por la cornisa de la ingenuidad y el nihilismo, vertiendo opiniones, sensaciones y sentimientos sobre lo que nos tocaba vivir, asumiendo el riesgo que la inmediatez periodística conlleva y el paso del tiempo castiga. Más de 30 años después, no debería sorprenderme que mi mirada sobre aquellos años de nuestra (casi) militancia rockera ortodoxa, se haya tornado inevitablemente agridulce. Las fotografías del pasado me atraparon oscilando entre aquello del «te quiero, te odio, dame más» y el contrapeso de la supuesta carga social o política intrínseca en el «movimiento». Las polaroids de locura ordinaria camuflan decenas de horas sabrosamente dedicadas al hedonismo en estado puro en formato música-lecturas-cine-estados alterados-amigos-diversión sin mayor objetivo que el de disfrutar cada instante al máximo y, al mismo tiempo, las sombras de esas imágenes del pasado probablemente proyectan una perspectiva actual sobre quienes indirectamente estábamos relacionados con el rock uruguayo de aquellos años depositando en el rock and roll propio y ajeno unas sobreexpectativas y poderes casi revolucionarios con proporciones desmedidas. Con o sin pudor, con o sin orgullo, impregnado de una desfachatez juvenil que se asoma como ingenua: eso también fue parte del atractivo y de haberlo vivido sin concesiones ni vergüenzas. Posiblemente nunca quisimos ser underground o nunca lo fuimos desde el momento que escribimos en Brecha, pactamos con Últimas Noticias o Jaque, salíamos al aire en una radio del Estado o grabábamos discos y tocábamos en un festival auspiciado por Coca-Cola. Si el medio era el mensaje, fuimos lo suficientemente integrados (y mucho menos apocalípticos) como para (apenas) intentar (pretender, soñar) aportarle un aire fresco a un ambiente cultural posdictadura que, sentíamos, necesitaba un sacudón. Fuimos una llaga, una reacción epidérmica. Un ataque de alergia.

En lo estrictamente personal, al decidir hacer esta recopilación, comencé a cerrar una nueva etapa de mi vida –una suerte de ajuste de cuentas conmigo mismo– en pos de la recuperación de mi individualidad que maltraté poco a poco desde el día que comencé el viaje sin retorno desde la revista GAS Subterráneo hasta mis últimos días en la industria del disco, a mediados de 2005. Hace unos años, cuando terminé abruptamente mi paso por la industria discográfica, logré visar el pasaporte hacia mi pasado con la inigualable sensación que la coherencia y la honestidad de mis aciertos y errores no necesitaban mayor justificación, y que la tranquilidad de conciencia que sentía, no necesariamente debía ser avalada por decisiones judiciales ni pastillas para dormir. De todas maneras, al abandonar las últimas y obtener las primeras de forma contundente a mi favor, fue más fácil y sano comenzar a hacer este trabajo. Mi deuda personal comenzaba a ser pagada conmigo mismo. Empecé a cerrar el círculo de golpes, caídas eufóricas y delirios: me acobardé ante el esfuerzo que suponía el mirar hacia atrás para contextualizar estos sonidos de casete y recordar mi primer programa de radio junto a Aldo Silva –Última Generación y el Sodre– pasando por mis columnas a fines de los 80 en Humor, Relaciones, El País, La República, Jaque, Guambia, Brecha; mis siete años como editor de Rock de Primera y Rolling Stone y un par de libros apurados sobre los Buitres y Darnauchans y el comienzo y fin de mi ciclo trabajando junto a Carbone –con sus luces y sombras–, tanto en los medios como en la industria del disco. La música de aquellos casetes de ayer llegaron al formato digital de hoy para acompañarme en este recorrido. Casi (ojalá) como una primera entrega de una improbable autobiografía pop.

Revisé en el rayado espejo retrovisor de mi vida y descubrí imágenes plagadas de dolor y culpa, de placer y soberbia, humildad muerta de hambre y pedantería exitosa con la panza llena.

La idea/necesidad de hacer este libro había nacido antes: a mediados de los 90 me sentía agotado, salté al otro lado de la cordillera con los lazos fraternos cortados y con la música de aquellos años sonando como un eco confuso. Lentamente, el sonido se hizo más nítido y años más tarde, estando sentado en mi amplio escritorio de ejecutivo-de-marketing-de-empresa-en-declive, recibí la noticia que Raúl, mi amigo Raúl Forlán, había caído mortalmente fulminado por un paro cardíaco. Estaba en su antigua casa de Aires Puros, colgando unos adornos para celebrar el primer cumpleaños de su nieto.

Los momentos de tristeza te van llenando de cicatrices más o menos profundas. Y de silencios. El paso del tiempo arrastra el sonido de las voces de nuestros muertos más allá del alcance de nuestra memoria. Me quedé pensando en Raúl. Triste. Solo y a miles de kilómetros. Imaginando sus palabras. Y me di cuenta de que tenía que volver a casa –aunque mi concepto de hogar haya cambiado en este tiempo– a través de aquella música y de recobrar contacto con aquellos amigos que me pertenecían. Salvarlos de mí mismo, del olvido, más allá incluso de la nostalgia. Rescatarme del fin.

Aunque aquel día no me di cuenta: murió mi amigo Raúl y empecé a imaginar este libro y a escribirlo, muy, muy lentamente.

Hoy tengo mi individualidad –más o menos– sana y salva. Con las heridas de los errores cometidos cicatrizadas. Con el cansancio de la ingenuidad asesinada a traición reposando en alguna parte de mi cuerpo. Con los arrepentimientos desnudos y las certezas en carne viva. Y asumo con cinismo que el viaje hacia los tiempos de GAS Subterráneo no tiene cupo en un hombre de más 50 años que, circunstancialmente, estaba a cargo del marketing y los negocios especiales de una empresa multinacional en el momento de escribir el cuerpo central de estas líneas. Pero ese Doctor Jekyll y Mr. Hyde inofensivo en el que me convertí algún día, puede mirar hoy en paz parte de su pasado sin mayores complejos.

Este es el motivo principal de este libro: sentirse liberado y mantener la actitud rockera.

Las voces que aquí aparecen fueron caprichosamente seleccionadas por quien esto firma. Solamente intenté corregir errores de estilo o contextualizar levemente cuando las referencias temporales pudieran ser confusas. Se respetan, obviamente, los autores intelectuales de cada trabajo periodístico: Aldo Silva, Andrés Sanabria, Leonardo de la Fuente, Fernán Cisnero, Raúl Forlán Lamarque, Cecilia Martínez y cada uno de los que aparecen citados al final de sus fragmentos escogidos. Los que no aparecen firmados, me pertenecen. Además, me he dado el gusto de agregar algunos comentarios con la perspectiva (y el error de cálculo) que el tiempo y la distancia imponen, forzando la memoria y sin más motivo que el simple gusto de hacerlo y he rescatado algunos fragmentos de crónicas y comentarios de la época, tanto propios como ajenos. Todos con sus respectivas fechas.

Filosofía barata: soy un viejo orgulloso de lo que me tocó vivir que, sin embargo, pienso cada día menos en aquellos años y me escondo en la postura más cómoda, según cantaba Fangoria: de mirar la vida pasar y opinar... Me costó recordar fechas, momentos, incluso sonidos. Y me sentí como una especie de sobreviviente completamente alejado (profesionalmente hablando) de lo que de alguna manera hoy ocurre en la escena musical uruguaya, pero al mismo tiempo con la libertad absoluta de disfrutar la vieja y la nueva música uruguaya sin ningún tipo de prejuicios: murga y Darnauchans, Zitarrosa y rocanrol...

Al revivir estas crónicas llenas de casetes (algunos pocos vinilos y el comienzo de la era CD, para ser exactos), acaso se pudiera discutir lo poco o nada que hayamos aportado quienes vivimos aquella década de la primera explosión del rock uruguayo posdictadura y su caída y supervivencia en los años más duros, al desarrollo del rock de hoy día en Uruguay. Me gustaría creer que de alguna forma –aunque remota– lo que hoy ocurre también es consecuencia de aquello, si bien solo fuese por contradicción y transformación, por herencia o por rechazo. Si la dictadura cortó de forma radical la comunicación entre el rock de los 60 y 70 con el de

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