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LA CONFESIóN

John Grisham  

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Fragmento

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El cura sin sombra

En la madrugada del lunes 11 de enero de 1993, Jean-Claude Romand, un médico francés, de treinta y nueve años, asesinó a su mujer, sus padres, sus dos hijos y el perro, y después incendió su casa para quitarse la vida. No lo logró. Fue rescatado en coma. Se recuperaría. A partir de sus declaraciones, la policía iría reconstruyendo el complicado rompecabezas. Su existencia había sido una farsa. Había engañado a todos. A su amante, su mujer, su familia y sus amigos. Todos cayeron en su red de mentiras. Romand, que en 1996 sería juzgado y condenado a cadena perpetua, nunca estudió medicina ni trabajó en la Organización Mundial de la Salud; pasaba los días deambulando; nunca tuvo un sueldo regular; vivía del dinero que captaba a su círculo de allegados, ante los que se presentaba como experto inversor en bolsa y a los que vendía carísimos medicamentos falsos contra el cáncer. Todo era mentira. Huyó hacia delante durante dieciocho años hasta llegar a un callejón sin salida. Un día decidió bajar el telón y acabar con su familia. Confesaría que no había encontrado otra escapatoria: «Los míos nunca hubieran aceptado la verdad».

Marcial Maciel Degollado (1920-2008) fue durante sesenta y siete años el líder de la congregación más poderosa, opaca y reaccionaria de la Iglesia católica: la Legión de Cristo. Martillo de comunistas, protestantes y teólogos de la liberación; inmisericorde con la apertura iniciada por el Concilio Vaticano II; celoso rival de los desviados jesuitas; enemigo mortal del aborto, el divorcio y el condón, propagandista de la familia tradicional; machista y homófobo; teórico de una castidad enfermiza que iba de la pobreza absoluta y la disciplina hasta las últimas consecuencias; jefe de un grupo de ejemplares monjes-soldado, de sacerdotes modelo, los más elegantes e intachables, amigos de los ricos, y dispuestos a encabezar la contrarreforma de Juan Pablo II. «Nosotros no aflojamos. Los experimentos no van con nosotros —afirma el legionario Gabriel González Zambrano, director del Instituto Sacerdos en Roma, una institución de la Legión que forma cada año a un centenar de sacerdotes de países en vías de desarrollo en la estricta disciplina de la congregación—. Es como los futbolistas, si haces concesiones, pierdes la fibra. Y eso está pasando con los curas que hablan de eliminar el celibato. Aflojan. Se están relajando. Tras el Concilio Vaticano (1962-1965) ya hubo en la Iglesia una ola de descontrol, confusión y experimentos raros. Nosotros no hemos aflojado. Nos hemos mantenido en la tradición. Somos sacerdotes orgullosos de serlo. No queremos pasar desapercibidos. Somos sacerdotes de Cristo.»

El estilo de cura-atleta de Dios es muy querido en la Legión, donde se hace deporte con el mismo ardor con que se reza, donde no caben los gordos, tibios ni débiles, los que dudan o disienten. El traidor es machacado, y la soberbia, la seña de identidad. La única causa justa es la Legión y su labor de evangelización en el mundo. «No vamos ni un paso por detrás ni por delante del Papa. Somos deportistas de alto rendimiento —define el padre legionario Andreas Schöggl, un inteligente austríaco de treinta y cinco años que ha trabajado en los últimos tiempos cerca del Papa en la Secretaría de Estado del Vaticano y cada madrugada, a eso de las cinco, ya sea invierno o verano, se zambulle en la cristalina piscina de la sede de la congregación, en Via Aurelia 677, en Roma, para vencer las tentaciones. A la castidad por el sacrificio—. Buscamos la perfección a imitación de Cristo. Jugamos en otra liga. Hay quien compite una vez por semana; nosotros, a diario. Somos profesionales. No queremos perder músculo.»

Siempre en pie de guerra, Marcial Maciel. Destacado compañero de viaje de los grupos neocon jaleados por Wojtyla Pablo II, un hombre sin fisuras, un inquisidor, íntimo de papas, cardenales, millonarios, estadistas y dictadores. Bajo su protección, creó en sólo sesenta años un impresionante holding eclesial con 15 universidades (y 48 más en México para las clases populares), 177 colegios, 133.000 alumnos, 20.000 trabajadores, 3.450 sacerdotes y religiosos y un millar de consagradas (su rama femenina de religiosas sin hábito), un brazo laico, el Regnum Christi, con 75.000 miembros divididos en células, y miles de seminarios, comunidades, institutos, casas de retiro y formación, campamentos, clubes juveniles y de debate, medios de comunicación y pisos en 45 países, de los cuales nueve colegios, dos escuelas infantiles y una universidad corresponden a España. Un complejo religioso-industrial con un valor de 25.000 millones de euros e inversiones en sofisticada banca privada en paraísos fiscales. La congregación con más rápido crecimiento desde el Concilio, con más obras iniciadas, con más alumnos captados, con la primera facultad de bioética de la Iglesia. En 1950 sólo tenían un sacerdote, su propio fundador, Marcial Maciel. A partir de ahí, fue el despegue. Ese año erigieron su primer seminario en Roma. En 1954, el primer colegio en México. En 1958, la primera basílica en Roma. En 1962, el primer noviciado en Irlanda. En 1964, la primera universidad en México. En 1965, el primer seminario en Estados Unidos. En 1982, el primer colegio en España. En 1993, la primera universidad en España. Y suma y sigue. Su consigna ha sido crecer a toda costa, dar resultados, aumentar el valor de sus acciones; una estrategia corporativa, copiando el ardor guerrero de los jesuitas y el elitismo social del Opus Dei, pero añadiendo una pizca de secretismo y de altiva distancia, como los jesuitas de otros tiempos. Su objetivo era claro: atraer a los «líderes del mundo», como confirma un viejo legionario: «Maciel tuvo claro que teníamos que ir a la punta de la pirámide; a por los líderes naturales y los económicos y, a través de nuestros colegios, a por sus hijos. La clave era influir. Y, teóricamente, ayudar a los pobres a través de los ricos. Al menos eso nos decía Maciel. Éramos como Robin Hood pero con sotana. Bueno, eso no lo decía Maciel».

Para sus seguidores, Maciel era un modelo, un santo con línea directa con Dios, un ejecutor de la voluntad divina; todos preveían que tras su muerte ascendería de golpe a los altares siguiendo la estela de san Josemaría Escrivá de Balaguer, su eterno rival, el fundador del Opus Dei. Como su tío, el obispo Rafael Guízar y Valencia, beatificado generosamente por Wojtyla. O su propia madre, Maurita Degollado, a la que el fundador de la Legión intentó en vano convertir en beata. Maciel lo tenía en sus genes. Su destino era ser santo.

Nunca lo será. Todo era mentira. Nunca tendrá una capilla con su venerable imagen resguardada por titilantes cirios; un túmulo regio en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en Roma, como siempre soñó. Y, encima, ha arrastrado en su descrédito a su gran aliado y amigo entre 1979 y 2005, Karol Wojtyla, cuya beatificación anunciada para el 15 de mayo de 2011 quedará deslucida por las salpicaduras de los escándalos de su amigo Maciel. Muchos pensaban en la Iglesia que la ambigua complicidad de Juan Pablo II con Marcial Maciel impediría que el difunto Papa ascendiera tan rápido a los altares; pero desde Polonia, desde Cracovia, desde la tierra de Juan Pablo II, la presión sobre el Vaticano ha sido extrema. «Que Benedicto XVI hubiera evitado beatificar a Wojtyla hubiera supuesto una descalificación a todo su papado, y eso no lo puede hacer Ratzinger porque las tres décadas del papado de Wojtyla son tres décadas de su propia biografía. Se pueden tener dudas sobre la relación de Wojtyla y Marciel pero a Ratzinger no le quedaba más remedio que beatificarle —explica un sacerdote romano—. Lo contrario hubiera sido un escándalo.»

Jean-Claude Romand, el falso médico asesino, engañó a todos. Maciel… a casi todos. En torno a Maciel nadie sabía todo, pero muchos sabían algo desde el principio, pero prefirieron callar. Era preferible que unos seminaristas sufrieran abusos a que se desmoronara la obra de Dios. Nadie dudaba que lo fuera. Ni dentro ni fuera de ella. Hoy tampoco entre sus miembros más resistentes. Nadie lo pone en duda. Ni ante las peores acusaciones contra Maciel y su obra. Y aún más en un momento en que la Iglesia de Roma se siente acosada tras los centenares de casos de sacerdotes pederastas. El poderoso cardenal Sodano ha tachado esta ola de denuncias públicas de «habladurías». La culpa la tienen la prensa y los judíos, que al parecer están detrás de la conspiración. Cerrar filas, la vieja doctrina del secretismo en el Vaticano con siglos de solera, sigue vigente. Ni un paso atrás aunque fuera para coger impulso.

Maciel presentaba otra diferencia con Jean-Claude Romand: si éste se había creado una doble vida, Maciel rizaba el rizo. Era un virtuoso del engaño: tenía media docena de personalidades con sus correspondientes documentos de identidad que encubrían las andanzas de un criminal, que para unos era un sacerdote ejemplar bienvenido en el Vaticano, para otros, un agente secreto de la CIA y, para otros, un alto ejecutivo de la industria petrolera. Incluso sus amantes femeninas ignoraban (al menos hasta el final) quién era. Era el caso de Blanca Estela Gutiérrez Lara, a la que conoció en Tijuana cuando él tenía cincuenta y seis años y ella diecinueve, que le daría tres hijos y que durante treinta años creyó que era un ejecutivo de la petrolera Shell llamado Raúl Rivas. Maciel era un tipo escurridizo pero convincente que pasaba de estricto sacerdote a ser un padre de familia que firmaba las notas de sus hijos cada evaluación y les recomendaba que rezaran por la noche. Maciel se movía como un fugitivo sin parar por todo el mundo, solo, dentro de una congregación donde los sacerdotes están obligados a salir de dos en dos para evitar la tentación, para que uno vigile al otro, para que nadie se desmande. Sin embargo, a Maciel nadie le fiscalizaba. «¡Cómo le íbamos a preguntar al padre Maciel adónde iba o de dónde venía! —explica un legionario—. Era el fundador. Te lo encontrabas en un aeropuerto, de paisano, con una señora, te daba una palmada cariñosa y seguía su camino como si nada. Tú no pensabas nada. O, como máximo, que esa señora sería una bienhechora que entregaba donativos para la Legión y que Maciel tenía que estar a su lado para agradecérselo; no ibas más allá. No comentabas nada con nadie. No era nuestro estilo. ¡Cómo ibas a dudar de él! Es como si un jesuita desconfiara de san Ignacio o un franciscano de san Francisco de Asís. Y encima, el Vaticano decía que era “un eficaz guía para la juventud”. No se te pasaba por la cabeza desconfiar del padre.»

Maciel era un cliente distinguido de la TWA y el Concorde, conocía los grandes hoteles de todo el mundo, del Waldorf en Nueva York al Ritz en Madrid, se vestía en buenos sastres, se movía en Mercedes y era un fino gourmet. Era un hábil falsificador de cifras y documentos, y un no menos avezado plagiador de textos espirituales. Ésa era la vida secreta del santo Marcial. O, cruzando al otro lado del espejo, quizá ésa era la verdadera personalidad y la de santo, una completa farsa.

Muchos legionarios aún piensan que Maciel era un buen sacerdote que creó una virtuosa congregación, pero sufrió posteriormente un desdoblamiento de personalidad como resultado de una intervención quirúrgica. Sólo unos pocos tienen dudas de si era simplemente un criminal que creó la congregación como tapadera para sus actividades, que iban de la pederastia al desvío de fondos. Según el testimonio de un sacerdote legionario muy crítico con el fundador: «No estaba loco. No había desdoblamiento. Decir que estaba mal de la cabeza sería disculparle; afirmar que el pobre no sabía lo que hacía no tiene sentido. No se transformaba del bueno en el malo. Planeaba desde dentro de la Legión sus crímenes. Tenía todo previsto. Mandaba a un padre a comprar un vestido de mujer en las mejores tiendas de moda de Roma para una de sus amantes o llamaba por teléfono desde Dios sabe dónde y le decía al seminarista telefonista:“¿A que no sabes quién soy?; soy Juan”. Y todos nos reíamos y decíamos:“Qué bromista y cariñoso es nuestro padre, le ha dicho al seminarista que es Juan para ver si le conocía y ponerle colorado”. Y es que debía de estar con su amante o con alguien que no sabía quién era en realidad. Lo tenía todo estudiado. Siempre tenía una excusa. No tenía una doble personalidad. Tenía sólo una. Sabía perfectamente lo que hacía; lo tenía todo estudiado. Si se encontraba con un legionario en un concierto de música clásica acompañado de una señora, antes de que ese sacerdote pudiera revelarlo entre los legionarios, Maciel se adelantaba y decía en plena comida delante de todo el mundo que se había sacrificado a ir a un concierto con una bienhechora porque le iba a dar medio millón de dólares para la congregación.“Como comprenderán, era medio millón”, bromeaba. Maciel no era Jekyll y Hyde. No estaba majara. Era Hyde».

Un razonamiento que no todos los legionarios comparten. Algunos se niegan en redondo a admitir sus crímenes. Sostienen que algo raro pasó en torno a Maciel, aunque no sepan explicar el qué: la sombra de un complot, una enfermedad mental… En los últimos meses de 2010, los legionarios más duchos en el manejo de los medios de comunicación han ridiculizado la persecución de la prensa a la Legión de Maciel. La terna soberbia de l

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