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LA CEREMONIA DEL ADIóS

Simone de Beauvoir  

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Fragmento

1970

A lo largo de toda su existencia, Sartre no dejó nunca de cuestionarse, una y otra vez; sin negar lo que él llamaba sus “intereses ideológicos”, no quería verse afectado por ellos, razón por la que a menudo escogió “pensar contra sí mismo”, haciendo un difícil esfuerzo para “romper huesos en su cabeza”. Los acontecimientos del 68, en los que intervino y que lo afectaron profundamente, fueron para él la ocasión de una nueva revisión; se sentía contestado en cuanto intelectual y por eso, durante los años siguientes, se vio inducido a reflexionar sobre el papel del intelectual y a modificar la concepción que de éste tenía.

Lo explicó con frecuencia. Hasta entonces,1 Sartre había considerado al intelectual como “un técnico del saber práctico” que desgarraba la contradicción entre la universalidad del saber y el particularismo de la clase dominante cuyo producto era; de esta manera encarnaba la conciencia infeliz tal como Hegel la definió, y, satisfaciendo su conciencia con esa misma mala conciencia, suponía que ésta le permitiría alinearse junto al proletariado. Ahora, Sartre pensaba que era menester superar esta fase: al “intelectual clásico” él oponía el “nuevo intelectual” que niega en sí mismo lo intelectual para intentar encontrar un nuevo estatuto “popular”; el nuevo intelectual busca fundirse con las masas para hacer triunfar la verdadera universalidad.

Sin haberla trazado claramente aún, Sartre procuró seguir esta línea de conducta. En el otoño del 68 se hizo cargo de la dirección de un boletín, Interluttes, que, impreso unas veces, multicopiado otras, circulaba por los comités de acción. Se había reunido muchas veces con Geismar y se interesó por una idea que éste le expuso a principios del 68: publicar un periódico en el que las masas hablaran a las masas, o, mejor, en el que el pueblo, allí donde sus luchas habían logrado fortalecerlo un poco, hablara a las masas para atraerlas a este proceso. Después de un comienzo de realización, el proyecto se malogró. Pero se consiguió enderezarlo cuando Geismar se adhirió a la Izquierda Proletaria (IP) y cuando los maoístas crearon, junto con él, La Cause du Peuple. Este periódico no tenía propietario. Era escrito directa o indirectamente por los trabajadores, y hasta su venta era militante. Pretendía dar una idea de las luchas llevadas a cabo en Francia por los obreros a partir del año 70. Se mostró a menudo hostil con los intelectuales y, a propósito del proceso de Roland Castro, también con el mismo Sartre.2

Sin embargo, por medio de Geismar, Sartre conoció a numerosos miembros de la IP. Cuando ciertos artículos de La Cause du Peuple atacaron al régimen, su primer director, Le Dantec, y después el segundo, Le Bris, fueron arrestados. Geismar y otros militantes propusieron a Sartre que ocupara su puesto. Aceptó sin dudar, pues pensaba que el peso de su nombre podría serles útil.

“Cínicamente, puse mi notoriedad en la balanza”, diría más tarde en el transcurso de una conferencia dada en Bruselas. A partir de ese momento, los maoístas empezaron a revisar su opinión y su táctica con respecto a los intelectuales.

He relatado en Final de cuentas el proceso de Le Dantec y Le Bris que se celebró el 27 de mayo y en el que Sartre fue citado como testigo. Aquel día el gobierno anunció la disolución de la Izquierda Proletaria. Días antes había tenido lugar, en el palacio de la Mutualité, un mitin en el que Geismar pidió al público que saliera a la calle el 27 de mayo para protestar contra ese proceso: sólo habló durante ocho minutos pero eso fue suficiente para que fuera arrestado.

El primer número de La Cause du Peuple dirigido por Sartre apareció el 1.° de mayo del 70. El poder no la tomó con Sartre, pero el ministro del Interior hizo secuestrar cada número tan pronto como aparecía: felizmente, el impresor lograba que la mayor parte de los ejemplares salieran antes del secuestro. Entonces el gobierno atacó a los vendedores, que comparecieron ante un tribunal especial por haber reconstituido una liga disuelta. He relatado, también, cómo Sartre, yo misma y numerosos amigos vendíamos el periódico en el centro de París sin que se nos inquietara seriamente. Un buen día, las autoridades se cansaron de este vano combate y La Cause du Peuple se distribuyó en los quioscos. Se creó una asociación de amigos de La Cause du Peuple, cuyos directores éramos Michel Leiris y yo. Se nos negó el resguardo de la autorización de asociación; fue necesario un recurso ante el tribunal administrativo para que nos lo entregaran.

En junio del 70, Sartre contribuyó a fundar Secours Rouge, cuyos principales pilares fueron Tillon y Sartre. El objetivo de la organización era luchar contra la represión. En un texto redactado en gran parte por Sartre, el comité de iniciativa nacional declaraba, entre otras cosas:

Secours Rouge será una asociación democrática, legalmente declarada e independiente; su objetivo esencial será asegurar la defensa política y jurídica de las víctimas de la represión y prestarles un apoyo material y moral, así como a sus familiares, sin exclusividad alguna […]

No es posible defender la justicia y la libertad sin organizar la solidaridad popular. Secours Rouge, hija del pueblo, lo ayudará en su combate.

La organización reunía a los principales grupos de extrema izquierda, a Testimonio Cristiano y a diversas personalidades. Su plataforma política era muy extensa. Quería oponerse a la ola de arrestos desencadenada por Marcellin después de la disolución de la Izquierda Proletaria (GP, por sus siglas en francés). Un gran número de militantes fueron arrestados y estaban en la cárcel. Era menester reunir información sobre cada uno de los casos e inventar modos de acción. Secours Rouge tenía muchos miles de afiliados. Se establecieron algunos comités de base en diversos barrios de París y en las provincias. El más activo entre los comités provinciales era el de Lyon. En París, la organización se ocupó sobre todo del problema de los inmigrantes. Si bien al principio esos grupos eran muy eclécticos políticamente, los maoístas desplegaron la mayor actividad y tomaron las riendas.

Aunque desempeñaba con celo sus tareas de militante, Sartre seguía consagrando la mayor parte de su tiempo al trabajo literario. Daba los últimos toques al tercer tomo de su gran obra sobre Flaubert. En 1954 Roger Garaudy le había propuesto: “Intentemos explicar un mismo personaje, yo conforme a los métodos marxistas, usted conforme al método existencialista”.

Sartre escogió a Flaubert, del que había hablado mal en ¿Qué es la literatura?, pero que lo sedujo al leer su correspondencia. Lo que le atraía en él era la preeminencia que concedía a la imaginación. En ese tiempo Sartre llenó una docena de cuadernos, y después redactó un estudio de mil páginas que abandonó en 1955. Lo retomó y lo transformó completamente entre los años 68 y 70. Lo tituló El idiota de la familia y lo escribió al correr de la pluma con mucho ardor. “Se trataba de mostrar un método y de mostrar un hombre.”

Explicó muchas veces sus intenciones. Hablando en mayo del 71 con Contat y Rybalka, precisó que no se trataba de una obra científica, ya que no utilizaba conceptos, sino nociones, definiendo la noción como un pensamiento que introduce el tiempo en ella: la noción de pasividad, por ejemplo. Adoptaba con respecto a Flaubert una actitud de empatía. “Ese es mi objetivo, probar que todo hombre es perfectamente conocible, siempre que se utilice el método apropiado y se tengan los documentos necesarios.”

Dijo también: “Cuando muestro cómo Flaubert no se conoce a sí mismo y cómo al mismo tiempo se comprende admirablemente, indico lo que llamo lo vivido, es decir, la vida en comprensión consigo misma, sin que denote un conocimiento, una conciencia ética”.

Sus amigos los maoístas condenaban más o menos esta empresa. Hubieran preferido que Sartre escribiera un tratado proselitista o una gran novela popular. Pero sobre eso, no estaba dispuesto a ceder ante ninguna presión. Comprendía el punto de vista de sus camaradas, pero sin compartirlo.

“Si miro el contenido —decía a propósito de El idiota de la familia—, tengo la impresión de una huida, y si por el contrario miro el método, tengo la impresión de ser actual.”

Volvió sobre este tema en la conferencia que dio más tarde en Bruselas.

Estoy dedicado desde hace diecisiete años a una obra sobre Flaubert que no podrá interesar a los obreros porque está escrita en estilo complicado y ciertamente burgués […] A ella me encuentro atado, es decir, tengo sesenta y siete años, trabajo en ella desde los cincuenta y con ella soñaba desde mucho antes […] Mientras escribo sobre Flaubert, soy un enfant terrible de la burguesía que debe ser recuperado.

Su idea profunda era que, en cualquier momento de la historia, cualquiera que fuera su contexto social y político, comprender a los hombres seguiría siendo lo esencial, y que su ensayo sobre Flaubert podría ayudar a ello.

Así pues, Sartre estaba satisfecho con sus diversos compromisos cuando, después de una feliz estancia en Roma, volvimos a París en el mes de septiembre de 1970. Vivía en un pequeño apartamento austero, en el décimo piso de un edificio del bulevar Raspail, frente al cementerio de Montparnasse y muy cerca de mi casa. Se encontraba a gusto allí. Llevaba una vida bastante rutinaria. Veía regularmente a sus antiguas amigas Wanda K. y Michèle Vian, y a su hija adoptiva, Arlette Elkaim, en cuyo apartamento dormía dos noches por semana. Las otras noches las pasaba en el mío. Charlábamos, escuchábamos música. Yo tenía una importante discoteca que enriquecía cada mes. Sartre se interesaba mucho por la Escuela de Viena —sobre todo por Berg y Webern— y por los compositores actuales, Stockhausen, Xenakis, Berio, Penderecki y otros muchos. Pero volvía gustosamente a los grandes clásicos. Le gustaban Monteverdi, Gesualdo, las óperas de Mozart —sobre todo Cosí fan tutte—, las de Verdi. Durante esos conciertos caseros, comíamos un huevo duro o una loncha de jamón y bebíamos un poco de whisky. Yo vivo en un “estudio de artista con loggia”, según la definición que dan las agencias inmobiliarias. Paso mis días en un gran salón de techo alto; por medio de una escalera interior se llega a una habitación que se comunica con el cuarto de baño por una especie de balcón. Sartre dormía arriba y bajaba por la mañana a tomar conmigo el té; algunas veces una de sus amigas, Liliane Siegel, venía a buscarlo y lo llevaba a tomar un café a un cafetucho cercano a la casa de Sartre. A menudo veía a Bost, en mi casa, al anochecer. También veía frecuentemente a Lanzmann, con quien tenía muchas afinidades a pesar de ciertos desacuerdos sobre la cuestión palestino-israelí. A Sartre le gustaban particularmente las veladas del sábado que Sylvie pasaba con nosotros y las comidas de los domingos que hacíamos los tres en La Coupole. También nos reuníamos de vez en cuando con otros amigos.

Por la tarde, yo trabajaba en casa de Sartre. Esperaba la publicación de La vejez y pensaba en un último volumen de mis Memorias; él releía y corregía el retrato del doctor Flaubert en El idiota de la familia. Era un otoño magnífico, azul y dorado. El año3 se anunciaba muy bien.

En septiembre, Sartre participó en un gran mitin organizado por Secours Rouge para denunciar la matanza de palestinos por el rey Hussein de Jordania. Asistieron seis mil personas. Sartre se encontró con Jean Genet, a quien no había visto desde hacía tiempo. Genet se relacionaba con los Panteras Negras, sobre los que había escrito un artículo en Le Nouvel Observateur, y se preparaba a partir para Jordania, donde residiría en un campo palestino.

Hacía tiempo que la salud de Sartre no me causaba inquietudes. Aunque fumaba dos paquetes diarios de tabaco, sus arterias no habían empeorado. Brutalmente, a finales de septiembre, volví a sentir miedo.

Un sábado cenamos con Sylvie en el Dominique, y Sartre bebió mucho vodka. De vuelta en mi casa, se quedó amodorrado y después se durmió completamente, dejando caer el cigarrillo. Lo ayudamos a subir a su habitación. Al día siguiente, por la mañana, parecía en perfecto estado y se marchó a su casa. Pero cuando, dos horas más tarde, Sylvie y yo fuimos a buscarlo para ir a comer, estaba golpeándose contra los muebles. Al salir de La Coupole, aun habiendo bebido muy poco, se tambaleaba. Lo llevamos en taxi a casa de Wanda, en la calle del Dragón, y al bajar del coche estuvo a punto de caerse.

Había tenido vértigos en otras ocasiones. En el 68, saliendo del coche en la plaza Santa María de Trastevere, le flaquearon las piernas de tal suerte que Sylvie y yo tuvimos que sostenerlo. Sin dar mucha importancia al hecho, me había sorprendido, ¡no había bebido nada! Pero esos trastornos nunca habían sido tan acusados y adiviné su gravedad. Anoté en mi diario: “Este apartamento, tan alegre desde mi vuelta, ha cambiado de color. La hermosa alfombra color topo evoca un duelo. Así habrá que vivir, en el mejor de los casos todavía con dicha y con momentos de gozo, pero con la amenaza suspendida, como si la vida estuviera entre paréntesis”.

Al copiar estas líneas me asombro. ¿De dónde me llegó este negro presentimiento?

Pienso que a pesar de mi aparente tranquilidad no había cesado, desde hacía más de veinte años, de estar en continua alerta. La primera había sido en el verano del 54; al final de su viaje a la URSS, una crisis de hipertensión había llevado a Sartre al hospital. En el otoño del 58 había conocido la angustia;4 Sartre había escapado por los pelos a un ataque; y después la amenaza subsistió. Sus arterias, sus arteriolas eran demasiado estrechas, me habían dicho los médicos. Cada mañana, cuando iba a despertarlo, tenía prisa por saber si respiraba. No sentía una verdadera inquietud; era más bien un fantasma, pero que significaba algo. Las nuevas molestias de Sartre me obligaron a tomar conciencia, dramáticamente, de una fragilidad que de hecho ignoraba.

Al día siguiente Sartre recobró su equilibrio, más o menos, y fue a ver a su médico habitual, el doctor Zaidmann. Éste prescribió unos exámenes y recomendó a Sartre que no se fatigara, en espera de la consulta que el domingo siguiente haría con un especialista. Éste, el profesor Labeau, no quiso diagnosticar. El desequilibrio podría venir de un trastorno del oído interno o de un trastorno en el cerebro. A petición suya se le hizo un encefalograma que no reveló anomalía alguna.

Sartre se encontraba cansado. Un absceso en la boca, una amenaza de gripe. Pero entregó jubilosamente a Gallimard, el 8 de octubre, el enorme manuscrito sobre Flaubert.

Los maoístas le habían organizado un viaje a Fos-sur-Mer y a otros centros industriales a fin de que estudiara las condiciones de trabajo y de vida de los obreros. El 15 de octubre, los médicos se lo prohibieron. Además de Zaidmann, había visto a otros especialistas que le habían examinado los ojos, los oídos, el cráneo, el cerebro; nada menos que once visitas. Le habían descubierto serios trastornos circulatorios en la zona izquierda del cerebro (la zona del lenguaje) y un estrechamiento de los vasos sanguíneos. D

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