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LA CATADORA

Rosella Postorino  

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Fragmento

1

Entramos de una en una. Tras horas de espera, de pie en el pasillo, necesitábamos sentarnos. La sala era grande; las paredes, blancas. En el centro, una larga mesa de madera ya puesta para nosotras. Nos hicieron una señal para que nos acomodáramos.

Me senté y permanecí así, las manos entrelazadas en el regazo. Ante mí, un plato de loza blanca. Tenía hambre.

Las demás mujeres habían ocupado sus puestos sin hacer ruido. Éramos diez. Algunas estaban sentadas erguidas y con compostura, con el pelo recogido en un moño. Otras miraban alrededor. La chica que tenía enfrente se arrancaba las pielecitas de los dedos y las trituraba con los dientes. Sus mejillas tiernas estaban llenas de rojeces. Tenía hambre.

A las once de la mañana ya estábamos hambrientas. El aire del campo y el viaje en autobús no tenían nada que ver. Aquel vacío en el estómago era miedo. Hacía años que sentíamos hambre y miedo. Y cuando el aroma de las viandas nos embistió el olfato, las sienes latieron con fuerza, la boca se llenó de saliva. Miré a la chica de la cara con rojeces. Estaba tan ávida por comer como yo.

Las judías verdes estaban aderezadas con mantequilla derretida. No probaba la mantequilla desde el día de mi boda. El olor de los pimientos asados me azuzaba el olfato, mi plato rebosaba, no podía apartar los ojos. En el de la chica de enfrente, en cambio, había arroz con guisantes.

—Comed —dijeron desde un rincón de la sala, y fue más que una invitación pero menos que una orden.

Veían las ganas en nuestros ojos. Bocas entreabiertas, respiración agitada. Vacilamos. Nadie había pronunciado buen provecho, así que a lo mejor todavía estaba a tiempo de levantarme y decir gracias, las gallinas han sido generosas esta mañana, por hoy pasaré con un huevo.

Volví a contar a las comensales. Éramos diez, no era la última cena.

—Comed —repitieron desde el rincón, pero yo ya había chupado una judía verde y había sentido fluir la sangre hasta la raíz del pelo, hasta los dedos de los pies, había sentido el pulso acompasarse.

Qué banquete preparas para mí —son tan dulces estos pimientos...—, qué banquete, para mí, sobre una mesa de madera sin mantel, loza de Aquisgrán y diez mujeres; si lleváramos toca pareceríamos monjas, un refectorio de monjas que han hecho voto de silencio.

Empezamos con bocados comedidos, como si no estuviéramos obligadas a engullirla toda, como si pudiéramos rechazarla, esta comida, este almuerzo que no está destinado a nosotras, que nos toca por azar, pues por azar somos dignas de sentarnos a su mesa. Pero después se desliza por el esófago y aterriza en el vacío del estómago, y cuanto más lo llena, más grande se vuelve el vacío, y con más fuerza apretamos los tenedores. El Strudel de manzana está tan rico que de repente los ojos se me llenan de lágrimas, tan rico que me llevo a la boca pedazos cada vez más grandes, engullo un bocado tras otro hasta echar la cabeza atrás y tomar aliento, bajo la mirada de mis enemigos.

Mi madre decía que comer es luchar contra la muerte. Lo decía antes de Hitler, cuando yo iba a la escuela elemental del número 10 de Braunsteingasse, en Berlín, y Hitler no estaba. Me anudaba el lazo del delantal, me alargaba la cartera y me advertía de que llevara cuidado, durante el almuerzo, de no atragantarme. En casa tenía la mala costumbre de hablar sin parar, hasta con la boca llena, hablas demasiado, me decía, y yo me atragantaba justamente porque me daba risa su tono trágico, su método educativo fundado en la amenaza de extinción. Como si cada gesto que hacemos para sobrevivir nos expusiera a un peligro de muerte: vivir era peligroso; el mundo entero, una emboscada.

Cuando acabamos de comer, se acercaron dos soldados de la SS y la mujer sentada a mi izquierda se levantó.

—¡Siéntate! ¡Vuelve a tu sitio!

La mujer se dejó caer como si la hubieran empujado. Una de las trenzas que llevaba enrolladas a los lados de la cabeza se soltó de la horquilla que la sujetaba y se balanceó un poco.

—No tenéis permiso para levantaros. Permaneceréis aquí, sentadas a la mesa, hasta nueva orden. En silencio. Si la comida estaba contaminada, el veneno entrará en el torrente sanguíneo rápidamente. —El de la SS nos escrutó una por una para observar nuestra reacción. Nadie rechistó. Después se dirigió de nuevo a la mujer que se había levantado: llevaba puesto un Dirndl, el traje tradicional tirolés, quizá como gesto de respeto—. Una hora será suficiente, tranquila —le dijo—. Una hora más y estaréis en libertad.

—O muertas —apostilló su compañero.

Sentí una opresión en el pecho. La chica de las rojeces se cubrió la cara con las manos y reprimió los sollozos.

—Para ya —gruñó la morena que estaba a su lado, pero a aquellas alturas también lloraban las demás, como cocodrilos saciados; puede que fuera un efecto de la digestión.

—¿Puedo preguntarle cómo se llama? —le pregunté con voz queda. La chica no entendió que me dirigía a ella. Alargué la mano y le rocé una muñeca; ella dio un respingo y me miró con expresión obtusa; le habían explotado todas las venillas de la piel—. ¿Cómo te llamas? —repetí.

La chica levantó la cabeza hacia el rincón, no sabía si tenía permiso para hablar; los soldados se hallaban distraídos, era casi mediodía, empezaban a tener apetito. A lo mejor no estaban vigilándonos, así que masculló, como si fuera una pregunta, aunque era su nombre:

—Leni, Leni Winter.

—Leni, yo me llamo Rosa —le dije—. Dentro de poco volveremos a casa, ya lo verás.

Leni era todavía una cría, lo delataban sus nudillos regordetes; se le veía en la cara que nunca se había dado un revolcón en un granero, ni dejándose llevar por la inercia exhausta del final de la cosecha.

En 1938, después de la marcha de mi hermano Franz, Gregor me trajo aquí, a Gross-Partsch, para que conociera a sus padres: se enamorarán de ti, me decía, orgulloso de la secretaria berlinesa a la que había conquistado, la chica que se había prometido con su jefe, como en las películas.

Fue muy bonito aquel viaje en sidecar rumbo al este. «Verso est noi cavalchiam», decía la canción. La difundían por los altavoces, no solo el 20 de abril. El cumpleaños de Hitler se celebraba todos los días.

Era la primera vez que cogía un ferry y salía de viaje con un hombre. Herta me alojó en la habitación de su hijo, y a él le asignó el desván. Cuando sus padres estuvieron acostados, Gregor abrió la puerta y se metió en mi cama.

—No —susurré—, aquí no.

—Pues vamos al granero.

Se me nubló la vista.

—No puedo. ¿Y si se entera tu madre?

Nunca habíamos hecho el amor. Yo no lo había hecho nunca, con nadie.

Gregor me acarició despacio los labios, dibujando su contorno, después los apretó con las yemas, cada vez más, hasta dejar al descubierto los dientes, abrirse paso en mi boca e introducir dos dedos en ella. Sentí su aspereza sobre la lengua. Habría podido cerrar la mandíbula, morderle. A Gregor ni se le pasó por la cabeza. Siempre se fio de mí.

Durante la noche, no pude resistirme, subí al desván, y fui yo la que abrió la puerta. Gregor dormía. Acerqué los labios entreabiertos a los suyos, para unir nuestros alientos; se despertó.

—¿Querías saber cómo huelo mientras duermo? —Me sonrió.

Le introduje un dedo en la boca, después otro y luego uno más. Sentí su boca ensancharse, la saliva mojarme los dedos. El amor era eso: una boca que no muerde. O la posibilidad de morder a traición, como un perro que se vuelve contra su amo.

Llevaba puesto el collar de cuentas rojas cuando, en el viaje de vuelta, me cogió por la nuca. No sucedió en el granero de su casa, sino en un camarote interior.

—Tengo que salir —murmuró Leni. Solo yo me di cuenta.

La mujer morena que estaba sentada a su lado tenía los pómulos marcados, el pelo brillante, la mirada dura.

—Chis. —Acaricié la muñeca de Leni; esta vez no dio un respingo—. Faltan v

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