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LA CALESITA DE DOñA ROSA

Mauricio Rosencof  

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Fragmento

La casa era una de esas casas de antes. Ahora estaba sobre la vereda. Pero no siempre fue así. Antes —¿vio?, antes— daba a un camino que después se hizo calle. Calle con vereda de baldosas que remataba en un cordón de granito, el cordón de la vereda.

La casa venía de antes. En su frente se conservaba la chapa de la numeración antigua, ovalada, gris: 522. La moderna era rectangular, más grande, fondo blanco, como esmaltado, para resaltar la nueva orgullosa numeración en relieve negro: 2877.

Esa casa que ahora debían desalojar contenía todas las casas de quienes, hasta ese instante, allí vivían. Con avances hacia la vereda, donde un robusto plátano daba al balcón de marmolín cascoteado de tiempo, con el tronco herido por un clavo del que se colgaba el jaulón de Vincha Brava, el cardenal, con el que ahora don Isaac no sabía muy bien qué hacer porque en el lugar adonde los llevaban, pájaros no se podía.

A esta casa doña Rosa la llamaba «caserón» porque era ella la que la limpiaba. Eran cuatro piezas, altas, muy altas, con el piso de madera siempre en reparación, horadado por el agua, los insectos y los días.

En estas casas se podía nacer y morir sin pasar por el hosp

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