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LA BúSQUEDA DE LUCIA

Cecilia Curbelo  

5


Fragmento

Todo una mentira

Que te mientan es lo peor. Así, mirándote a los ojos. Aunque se justifiquen diciendo que «ocultar» no es mentir, es todo la misma porquería. Las personas en las que más confiás te clavan un puñal por la espalda y se supone que uno tiene que seguir como si nada, comprender, aceptar y continuar el vínculo como si tal cosa.

«¡Qué rebelde se puso!», comentan «esos» que antes eran confiables, es decir, los propios miembros de mi familia.

¡Qué me importa lo que piensen! Son todos unos falsos que ni siquiera me dieron la chance de decidir sobre mi propia vida. Ellos lo hicieron por mí y encima estoy recontrasegura de que pretenden que les esté agradecida.

Mis amigas me dicen que debería sentir eso: agradecimiento. Claro, qué fácil para ellas que no comparten mi situación ni, obvio, esta desilusión que nunca había experimentado tan profundamente.

Antes hablaba de desilusión como una palabra fuerte. La decía, la pronunciaba. Ahora la siento. No hay emoción más triste que esa. Desilusión. Desilusión por gente en la que confiabas a ciegas.

Habría puesto las manos en el fuego por cada uno de ellos. Por mi madre, por mi padre, por mi tío Ezequiel (mi preferido), por mi tía Gloria, y hasta por mis abuelos Nelly y Dardo que siempre fueron unos ácidos conmigo…

Y me hubiera quemado.

—Uliiii, Uliiii…

—Ta, nene, ¡dejame en paz medio minuto! ¡Ni respirar puedo sin que me andes atrás todo el tiempo! —le contesto a Bruno, que ya tiene tres años. Es un calco de mi padre: morocho, de ojos marrones, pestañas largas y anchas cejas, tiene un lunar que él llama «luna» debajo del pómulo derecho.

Escucho la voz de papá que está en la cocina, haciendo tuco. El olor es inconfundible. Es el aroma de esta casa.

—Bruno, dejá a tu hermana tranquila…

—¿Viste, mijo? Que te vayas —digo, apuntando la puerta con un dedo mientras él me mira con ojos tristes y hace pucherito con los labios.

Se me viene la frase «lobo con piel de cordero». Está bien, no aplica, o sea, tiene tres años, pero por su culpa fue que mi vida se desmoronó.

Él, así chiquito e indefenso como se ve, fue la causa de que se derrumbara mi universo. No puedo evitar sentir rechazo.

No lo quiero cerca. Es su culpa. Y la de mis padres.

Pero más de él. Más.

—¿Así que no te vas? Okey, entonces me voy yo. ¡Me tenés harta! —grito, mientras agarro mi bolso, me lo cruzo y salgo del apartamento dando un portazo para que mi padre escuche.

Siento cierto placer en hacerlo sufrir. Sé que suena horrible. Hay que ponerse en mi lugar para entender por qué hago lo que hago. Juzgar es fácil, comprender una actitud que de afuera parece injusta, no.

Él se lo merece. Todos ellos se merecen padecer aunque sea una décima parte de lo que padecí yo cuando la verdad salió a la luz.

Desde el instante en que ganó la mentira y el mundo de fantasía que me crearon se rompió sin contemplación ninguna ante mis ojos.

Ahora, que se la banquen, porque el que ríe último, ríe mejor. Y yo… no los necesito. Tengo a mi lado a la persona que me quiere genuinamente, y si estamos juntos puedo enfrentar lo que sea ¡y a quien sea!

Mis pasos apurados recorren uno de los tantos caminos internos de la cooperativa de viviendas. Espero no cruzarme con nadie, ni siquiera con Agustina, porque no estoy de humor. Mucho menos con Nico, que me mira con tristeza desde que decidí cortar, y al que a pesar de todo aún quiero muchísimo.

Él fue de los pocos, debo admitir, que no me defraudó. En todo caso fui yo quien lo defraudó a él… Sé que su madre no me lo perdona, así que ojalá no la vea tampoco, porque hoy es de esos días en que le contestaría algo feo si me da vuelta la cara como hace últimamente cuando me ve.

Siento la brisa en mi rostro y respiro profundo. Camino y camino. Hace algo más de un año que lo supe. Un poco antes de irnos a vivir a Buenos Aires para que mi madre cursase allá una especialización en el campo de la óptica, que es a lo que se dedica.

Ahí, a la distancia me di cuenta de que lo de Nico era más bien una relación de costumbre y no de amor. Esos noviazgos que ofrecen únicamente compañía hueca para evitar la soledad o para decirle a los demás: «Tengo novio», como si eso te diese otro estatus o una importancia extra.

Esas relaciones a las que, como dice Melany, una de mis mejores amigas, les falta «sal y pimienta». Aunque ella y Agustina insisten en que Nico es para mí.

Bah, todo el mundo insiste en eso, pero es porque estaban acostumbrados a vernos juntos, nomás. Y porque no se bancan a Hernán.

Percibo una oleada de dolor e instintivamente me llevo la mano a la ingle donde tengo el moretón. Hoy me lo observé y está pasando por varios tonos. Primero se puso rojo, después medio verde, días después estuvo amarillento y ahora es pardo. Ansío que pronto desaparezca, tal como juré que desaparecería de mi mente.

Me duele, pero no tanto como antes. Además, lo importante es que ya pasó… y no se ve. Sería terrible que alguien sospechase algo… porque en definitiva fue un error, nada más. Solo eso. Sé que no va a volver a suceder.

Ya no me voy a caer nunca más.

Las preguntas se amontonan mientras llego a la rambla y me siento en el césped a mirar el río. Son tantas dudas como rabia y bronca tengo acumuladas. Los ojos se me empañan y me limpio con el antebrazo; sin embargo, aunque me quite las lágrimas, sé que las que están en mi corazón no son tan fáciles de secar.

El viento leve hace ondear mi cabello y algunos mechones fucsias se me cruzan con el paisaje que veo difuso a través de mis ojos aguados.

¡Quién iba a decir que aquella niña dulce, bailarina de ballet, «princesita» como me decía mi padre, iba a usar el pelo de colores o a vestir una campera de cuero con tachas! Sé que mis padres sufren con este cambio… y esa es la idea. Cuanto más, mejor.

Aquella Lucía que fui… ya no habita en el presente. Ellos tienen en su dormitorio una foto de cuando era «normal», según su criterio, es decir, antes de que conociera a Hernán y me enterara del engaño. Allí estoy con mi cabello pelirrojo, enrulado, largo, que aún intento dominar con cremas de peinar y geles.

Mi nariz respingona está rodeada de pecas, y aunque ahora solo sonrío con Hernán y no con ellos, en la foto luzco una risa franca que deja ver mis brackets de color turquesa. Cuando elegí el color, recuerdo que papá me dijo:

—Podrías ponértelos verdes, que hacen juego con tus ojos.

—Ay, papi, mis ojos no son verdes, son marrones claritos.

—Son verdes.

—Bueno, como digas —contesté entonces, tomándolo del brazo cariñ

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