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HE VENIDO A VER LAS BALLENAS

Andrea Blanqué  

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Fragmento

1. Adela y el chico que estaba solo como un perro

He llegado al caer la tarde y debí caminar un kilómetro por la carretera, desde el pueblo. Al abrir la cabaña un intenso olor a madera me recibió: desde febrero nadie ha atravesado su umbral. Soy el primer ser humano en muchos meses que se mete bajo su cobijo y cierra la puerta con premura para que no entre el viento.

La oscuridad es absoluta, debo abrir los postigos. Reviso la gran habitación de abajo, donde se halla la cocina, la gran mesa y la chimenea. Luego subo al segundo piso, y empujo el postigo del balcón. Allí está: el océano. Desde las alturas se divisa, con su color que varía según el viento. Hoy toca azul gris. Aún no es verano y la primavera aquí es fría, fría como esta tarde oscura que desde el balcón huele a marcela, a carqueja, a fruto de eucalipto.

Tras mis espaldas, está la gigantesca cama de Adela. En su viejo apartamento de Montevideo tiene una cama monacal, de una plaza, que le permitió convertir su dormitorio en un cómodo estudio donde instaló su escritorio, su computadora y varias bibliotecas. Pero aquí ha dejado la cama gigante, de cuando era una señora respetable, una esposa.

Me he traído entonces grandes sábanas de algodón de mis padres para instalar en este colchón desmesurado, y un acolchado de pluma que ellos, a esta altura del año en Montevideo, ya no usan. Pero aquí, en Rocha, en una cabaña de madera, a unos pasos del mar, yo solo en la enorme cama, el acolchado me ocultará por las noches del silbido del viento que se cuela entre los troncos y que hace vibrar la chapa de zinc del techo mientras crujen las vigas.

Ya casi es el crepúsculo. Desde la ventana lateral del segundo piso se ve, tras un monte de eucaliptos, la puesta de sol, el oeste, el campo circular, alguna vaca hurgando en el pasto. El pasto es sabroso porque ha llovido toda la primavera.

He preparado en primer lugar la cama, antes de deshacer el equipaje. Echado en la cama, me he quitado los vaqueros; con un par de almohadones tras la nuca, descalzo, espero a que la luz desaparezca completamente. Hasta que no se adivine la mancha oscura del mar.

Observar el mar desde las alturas de una cama es un privilegio que solo puede dar un barco. Ya casi no cruzan los barcos humanos el mar. Solo lo hacen los petroleros. Y los que se dedican al contrabando. Y los que vienen a asesinar ballenas, secretamente, al Atlántico sur. No son barcos llenos de emigrantes, de paquetes, de pañuelos blancos —que primero fueron utilizados para despedir a los ancianos y luego para llorar el resto del viaje, o para limpiar el vómito de los niños.

Ya no hay maletas de cartón con un par de fotografías en sepia adentro de las bodegas de los barcos que cruzan el Atlántico. Hay aviones diminutos en el cielo. Y en la cubierta, asomados a la borda, ya no hay labradores, artesanos, carpinteros, herreros. Ahora hay marineros asiáticos que cuando tocan tierra buscan desesperadamente prostitutas adolescentes y alcohol. Hace más de medio siglo que esta tierra dejó de ser orilla de barcos de inmigrantes.

Estoy acostado en la gran cama de Adela sin posibilidades de hacer algo que no sea más que observar el mar. Escruto el horizonte del confín marino y no descubro nada: ni la luna, ni las luces de un barco lejanísimo, ni la chispa instantánea del Faro, ni mucho menos la silueta de una ballena. Llega un punto en que la oscuridad es absoluta. Se escuchan las ranas, los grillos, el ulular de una lechuza. Y el fragor estrepitoso del mar, el romper de las olas, que llega hasta allí en alta fidelidad, amplificado por el viento.

Ya no veo el contorno de los muebles. Tampoco el de mi cuerpo. Aunque sé que está ahí.

Entonces me dedico a tocarme. No puedo evitarlo, así como tampoco puedo evitar ser silencioso frente a las chicas, rehuir su mirada, observar con pesadumbre a las parejas pasar de la mano por la Rambla Sur de Montevideo.

No tengo sexo, nunca lo hice. Tengo dieciocho años y nunca me acosté con una chica. Tampoco he podido frecuentar los puticlubs de los marineros coreanos. No, no lo he conseguido. Pero cada noche me busco, me busco con mi mano, y la uso, irremediablemente.

Aunque tengo claro que aquello no es, que no puede considerarse sexo. Necesariamente, para eso se necesita otro cuerpo, distinto a ti. Los homosexuales lo practican con un cuerpo muy semejante al de ellos. Pero siguen siendo dos. Yo siempre soy uno.

Es indefectible, siempre soy uno. Aislado, como si no formara parte de la especie, sin manada. Cuando me toco, después de la salida vertiginosa del semen desparramado, quedo aplastado contra la almohada, contra el colchón, devastadoramente solo. El semen se seca, se incrusta en las sábanas. En casa, yo mismo me tiendo la cama e introduzco las sábanas en la lavadora. No permito que mi madre jamás lo haga. Pero sé que las manchas en mis sábanas son un secreto a voces.

Me toco cada noche, primero suavemente, como si aún no estuviera decidido, pero tras unos minutos, la convicción es total. Entonces empi

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