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HANNIBAL (HANNIBAL 3)

Thomas Harris  

0


Fragmento

1

De días como aquel podría decirse que tiemblan por empezar…

El Mustang de Clarice Starling rugió al subir la rampa de entrada al edificio del BATF* en la avenida Massachusetts, cuartel general alquilado al reverendo Sun Myung Moon por razones de economía.

En el interior del cavernoso garaje, con los motores encendidos y sus respectivas dotaciones de agentes, esperaban tres vehículos: una vieja furgoneta camuflada, que abriría la marcha, y otras dos negras de operaciones especiales, que la seguirían.

Starling sacó del coche la bolsa que contenía su equipo y corrió hacia la sucia furgoneta blanca, cuyos costados anunciaban «MARISQUERÍA MARCELL, LA CASA DEL CANGREJO».

Desde la parte trasera del vehículo, cuatro hombres la observaron acercarse con rapidez bajo el peso del equipo. El traje de faena resaltaba su constitución atlética, y el pelo le brillaba a la pálida luz de los fluorescentes.

–Mujeres. Siempre tarde –dijo el oficial de policía.

* Bureau of Alcohol,Tobacco and Firearms N. del t.)

El agente especial del BATF John Brigham, que estaba al mando de la operación, se volvió hacia él.

–No llega tarde. No la avisé hasta que nos dieron el chivatazo –dijo Brigham–. Ha tenido que mover el culo desde Quantico… ¿Qué hay, Starling? Échame la bolsa.

La mujer lo saludó levantando la mano abierta. –¿Qué tal, John?

Brigham dio una orden al oficial de paisano sentado al volante de la furgoneta, que se puso en marcha sin dar tiempo a que cerraran las puertas traseras y condujo el vehículo hacia la agradable tarde otoñal.

Clarice Starling, veterana de las furgonetas de vigilancia, se agachó para pasar bajo el visor del periscopio y se sentó al fondo, tan cerca como pudo del bloque de setenta kilos de nieve carbónica que hacía las veces de aire acondicionado cuando tenían que permanecer al acecho con el motor apagado.

El miedo y el sudor habían impregnado el cochambroso vehículo de un olor semejante al de una jaula para monos, imposible de eliminar por mucho que se fregara. En su larga trayectoria, la furgoneta había llevado una retahíla de rótulos. Los de ahora, sucios y borrosos, no tenían más de media hora de antigüedad. Los agujeros de bala, taponados con masilla, eran más viejos.

Por la parte exterior las ventanillas traseras eran espejos, convenientemente sucios. A través de ellas, Starling podía ver las dos enormes furgonetas de operaciones especiales que los seguían. Ojalá no tuvieran que pasar horas encerrados allí dentro.

Los agentes masculinos la recorrían con la mirada en cuanto volvía la vista hacia la ventanilla.

La agente especial del FBI Clarice Starling tenía treinta y dos años y los aparentaba de una forma que hacía parecer estupenda esa edad, incluso en traje de faena.

Brigham recogió su libreta del asiento del acompañante.

–¿Cómo es que siempre te toca esta mierda de misiones, Starling? –le preguntó con una sonrisa.

–Porque siempre me llamas –contestó ella.
–Para esta te necesitaba. Pero siempre te veo ejecutando órdenes de arresto con brigadas de choque, por Dios santo. Ya sé que no es asunto mío, pero me parece que alguien de Buzzard’s Point te odia. Deberías venirte a trabajar conmigo. Estos son mis hombres, los agentes Marquez Burke y John Hare, y aquel es el oficial Bolton, del Departamento de Policía de Washington.

Una fuerza de intervención rápida compuesta por agentes del BATF, los de operaciones especiales de la DEA y el FBI era el resultado previsible de las restricciones de presupuesto de una época en que hasta la Academia del FBI estaba cerrada por falta de dinero.

Burke y Hare tenían aspecto de agentes. El policía, Bolton, parecía más bien un alguacil. Tenía más de cuarenta y cinco años, pesaba más de la cuenta y era un mamarracho.

El alcalde de Washington, que quería aparentar firmeza en la lucha contra la droga después de su propia condena por consumo, se había empeñado en que la policía de la ciudad tomara parte en cualquier acción importante. Y ahí estaba Bolton.

–Hoy cocinan los chicos de la Drumgo –dijo Brigham. –Evelda Drumgo, me lo imaginaba –dijo Starling sin entusiasmo.

Brigham asintió.
–Ha abierto una planta de ice junto al mercado de pescado de Feliciana, a la orilla del río. Nuestro informador dice que hoy va a preparar una remesa de cristal. Y tiene pasajes para volar a Gran Caimán esta misma noche. No podíamos esperar.

La metanfetamina en cristales, conocida como ice en las calles, provoca un cuelgue breve pero intenso y una adicción letal.

–La droga es competencia de la DEA, pero tenemos cargos contra Evelda por transportar armas de clase tres de un estado a otro. La orden de arresto especifica un par de subfusiles Beretta y unos cuantos MAC 10, y Evelda sabe dónde hay un montón más. Quiero que te concentres en ella, Starling. Ya os habéis visto las caras otras veces. Estos hombres te cubrirán las espaldas.

–Nos ha tocado lo fácil –dijo el oficial Bolton con una mezcla de ironía y satisfacción.

–Creo que deberías hablarles de Evelda, Starling –le sugirió Brigham.

La agente especial esperó a que la furgoneta dejara de traquetear al cruzar unas vías.

–Evelda nos plantará cara –les dijo–, aunque nadie lo diría por su aspecto. Fue modelo, pero no le temblará el pulso. Es la viuda de Dijon Drumgo. La he arrestado dos veces ejecutando órdenes RICO,* la primera de ellas con Dijon. La segunda llevaba una nueve milímetros con tres cargadores y un aerosol irritante en el bolso, y una navaja automática en el sujetador. A saber lo que puede llevar ahora. En aquella ocas

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