Loading...

GUERRA MUNDIAL 5 - NO DORMIREMOS

Anne Perry  

0


Fragmento

Título original: We Shall not Sleep

Traducción: Borja Folch

1.ª edición: mayo, 2013

© 2007, Anne Perry

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B-34700-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-424-9

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A todas las mujeres que mantuvieron encendido

el fuego del hogar

 

 

 

 

 

Vuestro sea el combate contra el enemigo: Con mano temblorosa os pasamos la antorcha; sostenedla en alto. Si perdéis la fe en quienes morimos, no dormiremos, aunque crezcan amapolas en los campos de Flandes.

JOHNMCCRAE

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

1

—¿Navidad en casa este año, capellán? —dijo Barshey Gee sonriendo con ironía. Se puso de espaldas al viento y encendió un Woodbine, luego agitó la cerilla y la arrojó al suelo fangoso. A unos tres kilómetros de allí, en medio de la creciente oscuridad, los obuses alemanes disparaban con indolencia. Al cabo de poco rato el bombardeo seguramente arreciaría. Las noches eran lo peor.

—Tal vez.

Joseph no iba a comprometerse. En octubre de 1914 todos habían imaginado que la guerra terminaría en pocos meses. Ahora, cuatro años después, la mitad de los hombres que había conocido estaban muertos; el ejército alemán se batía en retirada del terreno que había conquistado y su regimiento de Cambridgeshire había vuelto a avanzar casi hasta las puertas de Ypres. Quizá lo consiguieran aquella misma noche, de modo que el contingente entero estaba pronto para el ataque.

A su alrededor, en la penumbra del ocaso, todos los hombres aguardaban un tanto inquietos, ajustando a la espalda el peso de fusiles y macutos. Conocían bien aquella tierra. Antes de que los alemanes los hicieran retroceder, habían vivido en aquellas trincheras y refugios subterráneos. Amigos y hermanos yacían enterrados en la espesa arcilla de Flandes.

Barshey cambió el peso de pie haciendo un ruido de succión en el barro. Su hermano Charlie había resultado mutilado, y había muerto allí, desangrado, en la primavera de 1915, poco después de los primeros ataques con gas mostaza. A Tucky Nunn también le habían dado sepultura en alguna parte de allí, igual que a Plugger Arnold y a muchos otros procedentes de los pueblos cercanos a Selborne St. Giles.

Había movimiento a la izquierda de Barshey Gee, así como a su derecha. La orden de saltar el parapeto no tardaría en llegar. Joseph permanecería atrás, como hacía siempre, listo para atender a los heridos, llevarlos a los hospitales de campaña, hacer compañía a quienes padecían dolores insoportables y velar a los que agonizaban. Con frecuencia pasaba el día escribiendo cartas a la patria, dirigidas a mujeres a quienes informaba de que habían enviudado. Desde hacía un tiempo los soldados eran cada vez más jóvenes, algunos de sólo quince o dieciséis años. Contaba a sus madres cómo habían fallecido, tratando de brindarles alguna clase de consuelo: que habían sido valientes, que sus compañeros los apreciaban, que no estuvieron solos al morir y que el tránsito había sido rápido.

Joseph metió la mano en el bolsillo y apretó la carta que había recibido aquella mañana de su hermana Hannah desde la casa familiar en Cambridgeshire. Aún se resistía a abrirla. Los recuerdos podían confundirlo, llevárselo a kilómetros del presente y dispersar la concentración que necesitaba para mantenerse con vida. No podía pensar en el viento del atardecer en las hojas de los álamos de detrás del huerto, como tampoco en los olmos que se erguían inconmovibles en los campos, recortados contra el cielo del ocaso, ni en las bandadas de estorninos revoloteando como manchitas negras a contraluz. No podía permitirse respirar el silencio ni el olor a tierra, ni tampoco observar el lento avance de los caballos de tiro regresando por los senderos tras la jornada de trabajo.

Aún tendrían que transcurrir semanas, meses tal vez, antes de que todo hubiese acabado y que los que quedaban pudieran regresar a un país que jamás volvería a ser como lo habían dejado y al que habían soñado volver.

Más hombres pasaban entre las sombras. Las trincheras aliadas eran menos profundas que las alemanas. Tenías que mantener la cabeza gacha o corrías el riesgo de que te alcanzara la bala de un francotirador. El suelo era fangoso. Joseph recordaba los peores momentos, cuando el barro era lo bastante profundo como para que un hombre se ahogara y tan frío que algunos habían llegado a morir congelados. A aquellas alturas, buena parte del enjaretado estaba podrido, pero las ratas seguían allí, a millones, algunas grandes como gatos, y el hedor era el mismo en todas partes: muerte y letrinas. Alcanzabas a oler el frente varios kilómetros antes de llegar a él. La pestilencia cambiaba de un sitio a otro, según la nacionalidad de los combatientes. Los cadáveres olían de manera distinta según lo que comiera la tropa.

Barshey tiró la colilla de su cigarrillo.

—Calculo que volveremos a tomar Passchendaele antes de una semana —dijo, y echó una mirada a Joseph apurando la luz mortecina.

Joseph no contestó, consciente de que no era preciso. La memoria los había unido en un mudo dolor. Asintió con la cabeza, miró un momento a Barshey, luego se volvió para reanudar su camino por el maltrecho enjaretado y dobló el recodo hacia el tramo siguiente. El revestimiento que impedía que las paredes se desmoronasen estaba combado, como si fuese a reventar. Todas las trincheras se habían trazado en zigzag de manera que si el enemigo las tomaba por asalto no pudiera eliminar a toda una sección de un solo golpe. Encontró a Tiddly Wop Andrews justo debajo del peldaño de fuego, su perfil delineado un instante contra el pálido cielo antes de que volviera a agacharse.

—Buenas, reverendo —dijo en voz baja. Comenzó a decir algo más, pero el creciente ruido lo ahogó cuando a cien metros a la izquierda las ametralladoras empezaron a tabletear.

Había llegado el momento de que Joseph retrocediera hasta el hospital de campaña donde podría ser de ayuda para los heridos que llevarían allí. Se cruzó con otros hombres que conocía e intercambió unas pocas palabras con ellos: Snowy Nunn, con su pelo casi albino oculto por el casco; Stan Tidyman, sonriente y silbando entre los dientes; Punch Fuller, reconocible al instante por su nariz prominente, y Cully Teversham, inmóvil como un poste.

Igual que cada regimiento, al principio el de Cambridgeshire lo conformaban oriundos de una misma región: hombres que habían jugado juntos de niños y asistido a los mismos colegios. Pero ahora, con tantos muertos y heridos, también lo integraban soldados de muchos otros regimientos, mezclados para constituir juntos alguna clase de fuerza. Más de la mitad de los hombres que ahora saltaban el parapeto hacia el rugido de los cañones eran prácticamente desconocidos para Joseph.

Llegó al final del recodo y enfiló la trinchera de conexión hacia la línea de abastecimiento para dirigirse al puesto de socorro. Ya era de noche cuando lo alcanzó. Normalmente ese puesto no habría presentado demasiada actividad. Los heridos eran evacuados al hospital en cuanto estaban en condiciones de trasladarse, y los médicos, enfermeras y camilleros estarían aguardando la llegada de más heridos. Pero con tantos prisioneros alemanes afluyendo a través de las líneas, agitados, vencidos y en muchos casos lesionados, aún había una veintena de heridos allí.

A lo lejos, más columnas de soldados avanzaban acercándose a las trincheras. Si seguían ganando terreno a ese ritmo la línea de combate no tardaría en desplazarse más allá de los viejos terraplenes. En campo abierto el número de bajas sería mucho mayor.

Joseph comenzó su acostumbrada labor de atender a los heridos leves. Estaba enfrascado en esa tarea en la tienda de admisiones cuando Whoopy Teversham se asomó a la puerta de lona; la luz del farol iluminaba su rostro manchado de sangre.

—Capitán Reavley, más vale que venga —dijo con expresión de temor—. Hay dos hombres dando una paliza a un prisionero alemán. Si no los detiene, para mí que lo matan.

Joseph gritó a un auxiliar que lo relevara y salió detrás de Whoopy, casi pisándole los talones. Sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad, luego echó a correr hacia la parte de atrás de la tienda donde funcionaba el quirófano. El suelo estaba cubierto de baches, huellas de cureñas y restos de cráteres de bombardeos anteriores.

Los tenía delante de él, era una media docena de hombres apiñados; los heridos leves montaban guardia. Sus voces sonaban bruscas y agudas. Joseph los vio arrimarse a empellones, un brazo que daba un puñetazo y alg

Recibe antes que nadie historias como ésta