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GUANTáNAMO ENTRE NOSOTROS

Diana Cariboni  

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Fragmento

Introducción

Este libro empezó siendo una película, y quizás todavía lo sea. Como en una película, las imágenes se suceden desde ese domingo de diciembre de 2014 cuando conocí a Jihad Ahmad Deyab y caminé a su paso lento de muletas por una feria vecinal en Pinamar. Ese día, entre un puñado de periodistas que habíamos ido a conocer a los seis recién llegados de Guantánamo, por algún motivo me eligió. «Quiero contar mi historia; quiero contar la historia de Guantánamo en una película. ¿Puede ayudarme?». ¿Qué periodista puede dudar ante semejante pedido?

Pasaron semanas, meses, años. El proyecto inicial se desbarrancó, tal como se desbarrancaban los planes provisionales de Deyab para remendar su vida, y al final se encauzó en algo distinto, este libro, resultado de mis conversaciones y visitas a Jihad y también de una investigación que abarcó desde la bahía de Guantánamo hasta Washington y Caracas.

La historia del gesto humanitario del gobierno de José Mujica y del acuerdo con Washington para acoger a seis liberados de Guantánamo está jalonada de buenas intenciones, verdades a medias, improvisación, voluntarismo, frivolidad, recelos y simple burocracia.

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En cierto modo, es la historia de las cosas mal hechas o hechas a medias, sin análisis ni previsión. Pero también es la evidencia de que Estados Unidos ha desparramado por el mundo la responsabilidad de enmendar el daño de Guantánamo y que cada país se arregle como pueda. Este libro aporta una investigación sobre el tenor de las negociaciones entre dos países tan asimétricos como EE. UU. y Uruguay, y revela cómo algunas exigencias de «seguridad» de Washington implican limitar los derechos individuales de los liberados.

En esta historia hubo gestos nobles, solidaridad y compromiso de un puñado de funcionarios y de otras personas que, por distintas vías y razones, decidieron ayudar y llenar los huecos que dejaba el Estado en la atención y el acompañamiento de estos hombres.

Pero, sobre todo, este libro pretende explicitar las muchas paradojas que sigue representando Guantánamo y que de algún modo llegaron a Uruguay de la mano de los seis liberados. Creo que intentar el esfuerzo de entenderlas podría hacer de este país un lugar mejor, más conectado con el resto del mundo y más consciente de problemas que se vuelven cada día más globales y, por eso mismo, más próximos.

Deyab y los otros cinco liberados pasaron casi trece años en una prisión extrema, bajo reglas que violentaron todos los principios del debido proceso y el derecho internacional, sin que ningún tribunal los acusara ni les diera la oportunidad de defenderse.

Los liberaron, sí. Y en un escueto documento de dos líneas, el Departamento de Estado sostuvo que no tenía ninguna información de que hubieran estado involucrados en actividades terroristas o contrarias a Estados Unidos. Es decir, el mismo país que construyó el relato de que en Guantánamo estaba «lo peor de lo peor» declaró más tarde que no tenía pruebas contra ellos, pero los obligó a viajar esposados y encapuchados hacia Montevideo.

La verdad de su pasado es casi inalcanzable a esta altura. La propia CIA y el Senado de Estados Unidos reconocieron que los programas de torturas y las invenciones, delaciones y autoincriminaciones en que incurrieron los detenidos para salvar el pellejo han contaminado y distorsionado de forma irremediable cualquier prueba firme.

Pero, paradójicamente, la expectativa de Washington es evitar que esos hombres, una vez libres, se vuelvan enemigos activos de Estados Unidos.

Otra paradoja: los documentos oficiales —actas del Congreso o del Poder Judicial, archivos del Departamento de Defensa o reportes de inteligencia desclasificados— no se refieren a los exprisioneros de Guantánamo como «liberados», sino como «detenidos trasladados» a otros países.

Además, Washington monitorea estrechamente sus vidas «pos-Guantánamo» y emite cada seis meses un informe sobre el grado de «reincidencia» en el terrorismo de los exprisioneros. Para las autoridades de Estados Unidos, aunque no haya pruebas, estos hombres fueron terroristas y pueden volver a serlo.

Y agreguemos una paradoja más: el mismo gobierno que se lanzó a una ofensiva internacional para que otros países aceptaran acoger a liberados de la cárcel cubana, asegurando como le aseguró a Uruguay que no constituían amenaza alguna, considera un peligro excesivo trasladar a los detenidos que aún quedan en Guantánamo a una prisión, incluso a una de máxima seguridad, en su propio territorio.

¿Es posible tener una vida que no esté marcada por la sospecha después de salir de Guantánamo? ¿Qué es el terrorismo? ¿Uruguay aceptó o no que ciertas personas estuvieran bajo vigilancia permanente?

Durante un año y medio mantuve entrevistas y comunicaciones constantes con Jihad Deyab hasta que se fue a Brasil en junio de 2016. Muchas conversaciones fueron en inglés, pero también tuvimos charlas con intérprete de árabe, y así se hicieron las entrevistas más largas y detalladas. A su regreso de Venezuela, Deyab se mostró renuente a que siguiera teniendo el mismo acceso y algu ...