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FRACTURA

Andrés Neuman  

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Fragmento

1. Placas de la memoria

 

La tarde parece serena, pero el tiempo está en guardia. El señor Watanabe rebusca en sus bolsillos como si los objetos ausentes fueran sensibles a la insistencia. Por un descuido que empieza a resultar frecuente en él, ha olvidado en su casa la tarjeta del metro junto a sus anteojos: visualiza ambas cosas encima de la mesa, burlonamente nítidas. Watanabe se dirige con fastidio hacia una de las máquinas. Mientras realiza su operación, observa a un grupo de jóvenes turistas perplejos ante la maraña de estaciones. Los turistas hacen cuentas. Las cifras emergen de sus bocas, ascienden y se disipan. Carraspeando, vuelve a atender a su pantalla. Los jóvenes lo miran con vaga hostilidad. El señor Watanabe los escucha deliberar en su idioma, un idioma melódico y enfático que conoce muy bien. Sopesa la posibilidad de ofrecerles ayuda, tal como ha hecho con tantos visitantes abrumados por el metro de Tokio. Pero ya son casi las tres menos cuarto, le duele la cintura, tiene ganas de volver a casa. Y, para ser franco, tampoco simpatiza con esos jóvenes. Se pregunta si habrá perdido por completo el hábito de los gritos y la gesticulación, que tan liberadores llegaron a parecerle en otra época de su vida. Prestando oído a la sintaxis extranjera, abona su trayecto antes de retirarse. Nota el aroma del viernes: un cóctel de cansancio y expectativa. Al tiempo que desciende en la escalera mecánica, contempla esos andenes que se irán colmando. Se alegra de no haber tomado un taxi. A esta hora todavía queda espacio en los vagones. Sabe que pronto los últimos pasajeros empujarán la espalda de los anteriores, y que los serviciales empleados llegarán para empujarlos a ellos. Y así hasta que las puertas interrumpan el flujo, como quien poda el mar. Empujarnos unos a otros, piensa Watanabe, es una forma particularmente sincera de comunicarnos. Justo en ese instante, los peldaños de la escalera mecánica empiezan a vibrar. La vibración se eleva a temblor, y el temblor va derivando en evidentes sacudidas. Al señor Watanabe lo asalta la impresión de que nada de cuanto lo rodea está pasándole a él. Su vista pierde foco. Entonces siente que el suelo deja de ser suelo.

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Los jóvenes turistas examinan el plano del metro, su tubería multicolor. Los desconcierta la superposición de trenes, el crucigrama de líneas públicas y privadas. Intentan calcular cuántos yenes por cabeza necesitarán para un abono. En la máquina contigua, un viejito carraspea. El turista más joven sugiere que podría ayudarlos, en vez de mirar tanto a las chicas. Otro añade que, si sigue mirando, al menos podría pagarles el viaje. Una compañera le replica que hoy lo nota más imbécil que de costumbre. Lo cual, especifica alzando un dedo, es mucho decir. Los turistas introducen una cascada de monedas, mientras el viejito japonés desaparece. Una de las chicas manifiesta su predilección por las monedas con un orificio en el centro. El más joven del grupo lo compara con la perforación que él mismo se ha practicado en cierta zona de su anatomía. La mano de su amiga impacta contra su nuca: los cabellos se abren en asterisco. Los gritos y carcajadas provocan sobresaltos a su alrededor. Ahora los turistas se percatan del susurro colectivo, de la extraña precisión que impera en la muchedumbre. Procuran moderarse sin demasiado éxito. Corretean hacia las escaleras. Los asombra que nadie choque con nadie, la unanimidad con que los pasajeros respetan cada norma. En su país, piensa el menos joven del grupo, algo así se lograría sólo bajo amenaza. ¿Qué amenaza a los japoneses? Al advertir las primeras vibraciones, las atribuyen a la flexibilidad de la arquitectura. Nada que ver, sin duda, con las estaciones de su tierra. Los temblores se hacen más evidentes. Entre el pánico y el pasmo, los turistas ignoran si el silencio de los demás es por sangre fría o porque están midiendo la duración. Una de las chicas recuerda entonces lo ocurrido hace un año en su ciudad, cuando llegó a contar hasta cien. Y al atender al pulso de los cimientos va sufriendo un progresivo déjà vu, como si cada sacudida tuviese lugar un poco más adentro de su cabeza, bombeándole memoria.

 

 

Alternándose a distintas alturas, los zapatos improvisan pentagramas. Los pies son el metrónomo del viernes. Mientras las escaleras los trasladan, los pasajeros contemplan esos andenes que se irán colmando. Algunos reparan tenuemente en el señor Watanabe. Uno de ellos se fija en su vestimenta, inusual para su edad o en cierto modo fuera de contexto. La inercia del descenso se impone, el zumbido es un mantra. De golpe ese zumbido cambia de frecuencia. Las miradas se despegan de sus puntos de fuga, las escaleras reaccionan igual que una pesada serpentina. Más abajo, la temporalidad se bifurca: los trenes no arrancan y los pasajeros corren. Incluso los empleados parecen ansiosos. Saben que hasta veinte segundos es temblor, y que a partir de veinte es algo serio. Tratando de calmarse a sí mismo, el revisor más veterano pide calma. Una profesora de lengua tiene la sensación de estar asistiendo a una aterradora redundancia. Un terremoto es como un tren pasando junto a tus pies, y su tren acababa de llegar. Detrás de ella a un hombre, el mismo que poco antes se detuvo en la indumentaria de Watanabe, lo embarga una incrédula fragilidad. No encuentra dónde asirse. Y reniega de sus convicciones. Justo por encima de su cabeza, al otro lado de la bóveda del metro, un joven ciclista se inclina y cae sobre el asfalto sin dejar de pedalear.

 

 

Los nervios de las cañerías recorren el techo. Las goteras ensayan su futura aparición, formando capas de tiempo sobre la arquitectura. En la balanza de las escaleras el peso se reparte: unos pasajeros suben, otros bajan. Las fuerzas están en orden. Las energías cooperan. Cuando los peldaños comienzan a vibrar, y la vibración se eleva a temblor, y el temblor va derivando en evidentes sacudidas, cada contorno se descompone en un manojo de líneas. Todo cuerpo está en hiato. Por los andenes ronda la siembra de la duda. Lo subterráneo se expresa en lo subterráneo. Como dados cambiando de cifra, las paredes calibran la tirada. Punto negro entre innumerables puntos, el señor Watanabe levanta uno de sus zapatos.

 

 

Las cosas en el suelo juegan a su manera. Ganan una baldosa, esperan turno, se enrocan. Las corrientes generan remolinos, desórdenes microscópicos. Un papelito arrastra su malograda papiroflexia. Fue redondo ese helado que se derrite en el andén. Un encendedor ofrece fuego a las pelusas que pasan. Junto a las máquinas, unos auriculares añoran sus oídos. Acaban de caer de los bolsillos del señor Watanabe, mientras se dirigía con fastidio a comprar su billete. Cuando el suelo deja de ser suelo, los auriculares empiezan a culebrear entre los pasos: una estampida en estéreo. El encendedor rebota, invoca su llama. La bola de helado alarga su huella. El papelito afloja su presión, desenvolviendo un texto que nadie lee.

 

 

La luz plana del metro se vuelca sobre las cosas, cada tubo desprende su porción de anestesia. Todo el recinto flota en un líquido eléctrico. Las sombras fluyen entre pitidos que las guían como boyas. De pronto la vista de Watanabe pierde foco. La realidad se convierte en una intermitencia, un párpado que vibra, un ojo astillado en múltiples ojos. Y luego queda el ruido. Sólo el ruido. Una música rota que quizá los auriculares perciban. Cada cuchara impactando a la vez en su taza. Un cascanueces del tamaño del país. La protesta bajo tierra. Y, muy al fondo, un sonido ancestral de cuerdas zarandeándose, igual que un barco en plena tempestad.

 

 

Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria.