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FALSAS VENTANAS

Claudia Amengual  

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Fragmento

I

Una tarde derribaron las torres. Yo estaba estaqueado junto a la puerta del bar desde donde miraba lo que nos habían anunciado, pero que nunca habíamos acabado de creer. Esa tarde, convertidos mis ojos en máquina fotográfica, sentí la impotencia de quien asiste a un crimen espantoso que no es capaz de impedir, pero que está obligado a observar.

La fábrica había cerrado diez años antes, cuando irrumpieron los envases plásticos y con ellos dobló a muerte la deliciosa época de las botellas de vidrio empañadas por ese frío que ningún plástico logrará. Conocí a un hombre que hacía casilleros de madera y que también se había fundido tiempo atrás. Se reconvirtió, claro; dejó el negocio familiar y ahora exporta lana cruda a un norte que más tarde nos la devuelve convertida en prendas, con valor agregado y todo, lo que prueba que no hemos aprendido demasiado.

El caso es que la fábrica cerró un mal día y los obreros decidieron ocuparla. Se instalaron con familia y enseres, montaron un pequeño campo de refugiados, aprendieron lo básico de la autogestión y administraron cada peso que entraba por concepto de changas, pensiones o —quién sabe— algún robo menor. Pronto se armó allí una sociedad en miniatura que reclamó normas para ganarle al caos.

La única lucha que se pierde es la que se abandona, decía un grafiti a la entrada, pero aquello duró cuanto fue posible soportar la barbarie de los inviernos y la presión que el mundo ejercía desde afuera. Una gran olla a presión, en eso se había convertido la fábrica; y dos años después de iniciada la ocupación, ya había algunos disidentes que salían envelados por la noche y nunca regresaban.

Aquel grafiti que la gente había empezado a querer como parte de la ciudad no pasaba de una linda frase hecha. Algún gracioso —o un vencido— escribió sobre las otras letras: la única lucha que se pierde es la que se pierde. Y así fue. Tras juicios, apelaciones, esquiroles que nunca lograron romper el cerco de resistencia, algún obrero detenido, prensa, opinión pública, niños concebidos en los galpones y en los galpones paridos, hubo que desalojar la fábrica.

Y, tiempo después, cuando ya nadie protestaba por los envases de vidrio y nos habíamos acostumbrado al frío insulso de los plásticos, una resolución municipal autorizó a un consorcio extranjero a levantar un complejo de apartamentos en el lugar que había ocupado la fábrica y que se había convertido en un juntadero de mugre.

Las torres eran dos moles. Cayeron en toda su altura, enteras, algo dignas, irremediablemente condenadas, para estrellarse contra el suelo, desde donde se alzó una nube rojiza que los curiosos mirábamos a distancia. Apenas disipada, algunos corrimos para alcanzar un trozo de ladrillo, testigo de aquella fábrica que había sido el crisol del barrio por más de cuatro décadas. Yo me guardé un cubito en el bolsillo, pero vi a unos vecinos llevarse bloques enteros y hubo uno que se permitió el descaro de cargar una carretilla, lo que nadie perdonó porque incluso la aparente fealdad de la pobreza tiene normas de buen gusto.

Algunos habían visto crecer las torres ladrillo a ladrillo. Otros se criaron a su sombra, viéndolas pero sin verlas, como la eterna melodía de las esferas de la que nadie se entera porque todos hemos llegado a la vida oyéndola. Sé de vecinos que controlaban la dirección del viento por el humo que arrojaba la fábrica y que entraba a sus patios o a los apartamentos de los edificios bajos, por aquella época de moda en esa zona de la ciudad. Otros se guiaban por el timbre del mediodía que llamaba a almorzar o el de la tarde que marcaba el fin de la jornada de los obreros, y salían a buscar a sus hijos a la escuela. Junto a cada grano de polvillo, algo de la entrañable relación que habíamos tenido con las torres se diluía en el aire.

En nuestra familia, Beto, mi hermano, mi querido hermano mayor, que una mala noche, treinta años atrás, salió con un hasta luego y ya no volví a ver. Beto trabajaba en esa fábrica, un empleo administrativo que no lo hacía feliz, pero que le dejaba tiempo para aquella militancia sindical que le costó la vida.

En eso pensaba mientras las torres caían, taladas como árboles secos. Se me hizo la eternidad de una cámara lenta o un episodio cuadro a cuadro, como para que el dolor no fuera una puntada, no, sino un estilete que se iba clavando, implacable, justo en medio del anudado pecho.

Entonces vi a la mujer. No a ella, sino su reflejo en el vidrio un poco sucio o enturbiado por nuestra pena, o quizá fuera el hollín de la propia fábrica que ya no existía, pero que había dejado huella en cada rincón del barrio. Tanto que desde hacía mucho ya nadie blanqueaba el frente de la casa porque, a poco de acabada la faena, el gris volvía a opacarlo y era como un presagio fatal, algo así como luchar contra lo inexorable, lo que nos hacía pensar en cosas que todos queríamos poner bien lejos.

Vi su reflejo, y fue ese detalle lo que atrajo mi atención por unos segundos. El reflejo de una mujer es fascinante porque no existe, como quizá tampoco exista la mujer, pero se vuelve posible por obra de un artificio que acaba siendo un puro acto de la mente. Ese reflejo podía ser cualquier mujer, por tanto, la mujer perfecta, la mujer ideal, la mujer buscada, la perdida, la que nunca iba a encontrar. Cualquiera y todas podían ser, menos Elisa. Jugaba a imaginarla porque era casi como ver un fantasma, y yo estaba acostumbrado a eso. Toda la vida he tratado con fantasmas. Casi otra cosa no he hecho.

No me sorprendió descubrirme pegado a ese reflejo, amarilleante como un antiguo traje de novia que se desvanecía en el resplandor de la tarde. Era una mujer vieja, pero me gustaba creer que aquello devuelto por el cristal se parecía al recuerdo de días pasados, al espíritu de una muchacha llena de ilusiones encendida con el ardor de alguna pasión. O, quizás, una mujer que resistía, una combatiente de otras épocas que no iba a permitir así nomás que le arrebataran parte de su vida. Era una mujer vieja que no se miraba en el cristal, sino que veía más allá, mucho más allá, con los ojos clavados en el hueco que habían dejado las torres. A través d

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