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ESCENAS DE UNA VIDA DE PROVINCIA

J.M. Coetzee  

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Fragmento

1

Viven en una urbanización a las afueras de Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. Las calles de la urbanización tienen nombres de árboles, aunque todavía no hay árboles. Su dirección es: Poplar Avenue, avenida de los Álamos, número doce. Todas las casas de la urbanización son nuevas e idénticas. Están alineadas en extensas parcelas de arcilla rojiza donde nada crece y separadas con alambre de espino. En cada patio trasero hay una pequeña construcción con un cuarto y un lavabo. Aunque no tienen criados, los llaman «el cuarto de los criados» y «el lavabo de los criados». Utilizan la habitación de los criados para almacenar trastos: periódicos, botellas vacías, una silla rota, una estera vieja.

Al fondo del patio instalan un gallinero para tres gallinas, con la esperanza de que pongan huevos. Pero las gallinas no medran. El agua de la lluvia, que la arcilla no filtra, se encharca en el patio. El gallinero se transforma en una ciénaga hedionda. A las gallinas les salen bultos en las patas, como piel de elefante. Enfermas y contrariadas, dejan de poner huevos. La madre lo consulta con su hermana de Stellenbosch, que le asegura que solo volverán a poner si se les extirpa la membrana callosa que tienen bajo la lengua. Así que la madre va colocándose las gallinas una tras otra entre las rodillas, les aprieta el pescuezo hasta que abren el pico, y con la punta de un cuchillo corta en sus lenguas. Las gallinas chillan y se debaten, con los ojos desorbitados. Él se estremece y se va. Imagina a su madre echando la carne del estofado sobre el mármol de la cocina y cortándola en tacos; imagina sus dedos ensangrentados.

Las tiendas más cercanas están a un kilómetro y medio de camino por una desolada carretera bordeada de eucaliptos. Atrapada en esta casa de la urbanización como en una caja de cerillas, su madre no tiene nada que hacer en todo el día excepto barrer y poner orden. Cada vez que sopla viento, un fino polvo de arcilla de color ocre se cuela en remolinos por debajo de las puertas y por las grietas de los marcos de las ventanas, bajo los aleros, por las junturas del techo. Después de un largo día de tormenta, la capa de polvo que se amontona contra la fachada tiene varios centímetros.

Compran una aspiradora. Todas las mañanas su madre la pasa de habitación en habitación, recogiendo el polvo y llevándolo al interior de la tripa ruidosa en la que un sonriente duendecillo rojo brinca como si saltara vallas. ¿Por qué un duendecillo?

Él juega con la aspiradora: trocea papel y se queda mirando los pedacitos rotos que salen volando hacia el tubo, como hojas en el viento; sostiene el tubo sobre una fila de hormigas, aspirándolas hacia la muerte.

En Worcester hay hormigas, moscas, plagas de pulgas. Worcester solo está a ciento cuarenta y cinco kilómetros de Ciudad del Cabo; sin embargo, casi todo es peor aquí. Él tiene un cerco de picaduras de pulga en el borde de los calcetines, y costras allí donde se las ha rascado. Algunas noches no consigue dormir por culpa del picor. No entiende por qué tuvieron que marcharse de Ciudad del Cabo.

Su madre también está inquieta. Ojalá tuviera un caballo, dice, así al menos podría montar por el veld. ¡Un caballo!, salta su padre: ¿Acaso quieres parecer lady Godiva?

No se compra un caballo. En su lugar, sin previo aviso, se compra una bicicleta de mujer, de segunda mano, pintada de negro. Es tan grande y pesada que cuando él practica en el patio no alcanza los pedales.

Su madre no sabe montar en bicicleta; quizá tampoco sepa montar a caballo. Se compró la bicicleta pensando que no le costaría mucho aprender. Ahora no puede encontrar quien le enseñe.

Su padre no hace ningún esfuerzo por ocultar su regocijo. Las mujeres no montan en bicicleta, dice. La madre le desafía: No voy a quedarme prisionera en esta casa. Seré libre.

Al principio, a él le pareció estupendo que su madre tuviera una bicicleta propia. Incluso se había imaginado a los tres montando juntos hasta Poplar Avenue: ella, su hermano y él. Pero ahora, cuando escucha las bromas de su padre, que la madre solo puede encajar con un silencio obstinado, empieza a dudar. Las mujeres no montan en bicicleta: ¿y si su padre tiene razón? Si su madre no encuentra a nadie que quiera enseñarle, si ninguna otra ama de casa en Reunion Park tiene una bicicleta, entonces quizá sea cierto que las mujeres no deben montar en bicicleta.

A solas en el patio trasero, su madre trata de aprender por su cuenta. Con las piernas estiradas a cada lado, se desliza por la pendiente hacia el gallinero. La bicicleta vuelca y se para. Como la bicicleta no tiene barra, su madre no llega a caerse, solo se tambalea de una manera ridícula, agarrada al manillar.

Su corazón se vuelve contra ella. Esa noche él se une a las burlas de su padre. Sabe la traición que eso significa. Ahora su madre está sola.

Pese a todo, aprende a montar, aunque de forma insegura, zigzagueante, esforzándose por hacer girar los platos.

Hace sus excursiones a Worcester por la mañana, cuando él está en el colegio. Solo una vez la ve pasar en la bicicleta. Lleva una blusa blanca y una falda oscura. Baja por Poplar Avenue en dirección a casa. Su pelo revolotea al viento. Parece joven, casi una muchacha, joven y fresca y misteriosa.

Cada vez que su padre ve la gran bicicleta negra apoyada en la pared, empieza a bromear. Dice que los ciudadanos de Worcester dejan lo que estén haciendo y se quedan mirándola atónitos cuando, con penas y fatigas, pasa en bicicleta. Venga, venga, le gritan burlándose: Dale. Las bromas no tienen ninguna gracia, pero él y su padre siempre acaban riéndose. Su madre nunca replica, no sabe cómo hacerlo. Solo les dice: «Reíos si queréis».

Un día, sin mediar explicación, su madre deja de montar en bicicleta. Y la bicicleta no tarda en desaparecer. Nadie dice nada, pero él sabe que la madre ha sido derrotada, la han puesto en su lugar, y sabe que él tiene parte de la culpa. La compensaré algún día, se promete a sí mismo.

El recuerdo de su madre montada en bicicleta no le abandona. Ella se aleja pedaleando por Poplar Avenue, escapando de él, escapando hacia su propio deseo. Él no quiere que se vaya. No quiere que ella tenga deseos. Quiere que se quede siempre en la casa, esperándolo. Ya no se alía con el padre contra ella: todo lo que desea es aliarse con ella contra el padre. Pero, en ese asunto, su lugar está entre los hombres.

2

No comparte nada con su madre. Guarda celosamente en secreto todo lo relacionado con el colegio. Ella no sabrá nada, decide, pero los boletines trimestrales que le presente tendrán que ser impecables. Siempre será el primero de la clase. Su comportamiento siempre será Muy Bueno; su progreso, Excelente. Mientras no haya problemas con las notas, ella no podrá hacerle preguntas. Ese es el contrato que estipula en su mente.

Lo que pasa en el colegio es que pegan a los muchachos. Ocurre todos los días. A los chicos se les ordena que doblen la espalda hasta tocarse la punta de los pies, y los azotan con una vara.

Tiene un compañero en tercero, Rob Hart, a quien la profesora se ha aficionado a pegar. La profesora de tercero se llama señorita Oosthuizen, y es una mujer nerviosa que se tiñe con alheña. De algún modo sus padres se han enterado de que se llama Marie: participa en funciones teatrales y no se ha casado nunca. Debe de tener una vida fuera del colegio, pero él no consigue imaginársela. No puede imaginarse cómo es la vida de los profesores fuera del colegio.

La señorita Oosthuizen se enfurece, le pide a Rob Hart que se levante del pupitre y que se agache, y lo azota en el trasero. Golpea una y otra vez con rapidez, casi sin dar tiempo a que la vara vuelva atrás. Cuando la señorita Oosthuizen ha terminado, Rob Hart tiene la cara encendida. Pero no llora; de hecho, es posible que solo se haya puesto rojo porque ha estado bocabajo. A la señorita Oosthuizen, por su parte, le palpita el pecho y parece al borde de las lágrimas… de las lágrimas y también de otros flujos.

Después de esos arrebatos de pasión incontrolada, toda la clase se queda en silencio, y permanece en silencio hasta que suena la campana.

La señorita Oosthuizen no logra nunca que Rob Hart llore; quizá por eso se enfurece tanto con él y le pega tan fuerte, más fuerte que a nadie. Rob Hart es el mayor de la clase, casi dos años mayor que él (él es el más joven), y tiene la sensación de que entre Rob Hart y la señorita Oosthuizen hay algo que se le escapa.

Rob Hart es alto y despreocupadamente guapo. Aunque Rob Hart no es listo, y hasta puede que suspenda el curso, a él le atrae. Rob Hart forma parte de un mundo en el que él aún no ha encontrado el modo de entrar: un mundo de sexo y de palizas.

En cuanto a él, no tiene ningún deseo de que la señorita Oosthuizen ni ninguna otra persona le pegue. La sola idea de ser golpeado le hace morirse de vergüenza. Haría lo que fuera por evitarlo. En este aspecto se sale de lo común, y lo sabe. Procede de una familia atípica y vergonzosa en la que no solo nunca se pega a los niños, sino en la que además a los adultos se les llama por su nombre de pila, nadie va a la iglesia y se ponen zapatos a diario.

Todos los profesores de su colegio, tanto hombres como mujeres, tienen una vara y libertad para usarla. Cada una de las varas tiene una personalidad, una reputación que los chicos conocen y de la que se habla constantemente. Con afán de connoiseur los muchachos sopesan la reputación de las diferentes varas y el tipo de dolor que causan, comparan la técnica de los brazos y las muñecas de los profesores que las manejan. Nadie menciona la vergüenza que supone que te llamen, te hagan agacharte y te sacudan en las nalgas.

Como no ha experimentado nunca ese castigo, él no puede intervenir en estas conversaciones. Sin embargo, sabe que el dolor no es lo más importante. Si los demás pueden soportarlo, él, que tiene mucha más fuerza de voluntad, también podría. Lo que no aguantaría es la vergüenza. Teme que sería tan grande, tan amedrentadora, que se agarraría fuerte a su pupitre y se negaría a acudir cuando lo llamasen. Y eso supondría una vergüenza aún mayor: lo apartaría de todos los demás, pondría a todo el mundo en su contra. Si alguna vez lo llamaran para azotarlo, se produciría una escena tan humillante que nunca más podría regresar al colegio; no le quedaría más remedio que suicidarse.

Así que eso es lo que está en juego. Por eso nunca se le oye en clase. Por eso siempre es ordenado, por eso siempre hace los deberes, por eso siempre sabe las respuestas. Más le vale no cometer un descuido. Si lo comete, se arriesga a que le peguen; y da igual que le peguen o que él oponga resistencia: en los dos casos morirá.

Lo extraño es que solo haría falta un azote para romper el maleficio de terror que lo paraliza. Lo sabe muy bien: si, sea como fuere, pasara por el trago de la paliza antes de haber tenido tiempo de quedarse petrificado y oponer resistencia; si la violación de su cuerpo sucediera en un visto y no visto, por la fuerza, se convertiría en un chico normal y podría sumarse a las conversaciones sobre profesores y varas, sobre los distintos grados y sabores del dolor que infligen. Pero él solo no puede saltar esa barrera.

Culpa a su madre por no pegarle. Está contento de llevar zapatos, de sacar libros de la biblioteca pública y de no tener que ir al colegio cuando está resfriado –cosas que lo hacen distinto de los demás–, pero al mismo tiempo no le perdona a su madre que no haya tenido niños normales ni les haya obligado a vivir una vida normal. Si su padre tomase las riendas, los convertiría en una familia normal. Su padre es normal en todos los sentidos. Él está agradecido a su madre por haberlo protegido de la normalidad del padre, es decir, de los ocasionales ataques de ira del padre y de sus amenazas de pegarle. Al mismo tiempo, le reprocha haberlo convertido en algo tan anómalo, tan necesitado de protección para seguir viviendo.

No es la vara de la señorita Oosthuizen la que más pavor le da. La vara que más teme es la del señor Lategan, el profesor de carpintería. La vara del señor Lategan no es larga ni flexible como las que prefiere la mayoría de los profesores. Por el contrario, es corta y gruesa. Más como un palo o un bastón que como una fusta. Se rumorea que el señor Lategan solo la usa con los alumnos mayores, que sería excesiva para un chico más pequeño. Se rumorea que con su vara el señor Lategan ha hecho lloriquear, rogar piedad, orinarse en los pantalones y perder el honor a chicos del último curso del instituto.

El señor Lategan es bajo, lleva bigote y el pelo cortado al cepillo. Ha perdido uno de sus pulgares: el muñón está cubierto con una cicatriz purpúrea. El señor Lategan apenas habla. Siempre está de un humor distante e irritable, como si enseñar carpintería a los alumnos más jóvenes fuese una tarea indigna de él y que realiza a disgusto. En clase, permanece casi todo el tiempo junto a la ventana con la mirada perdida en el patio mientras los alumnos tratan de medir, serrar y cepillar. Algunas veces, mientras reflexiona, va dándose pequeños golpes con la vara en el muslo. Cuando comienza la inspección, señala desdeñoso lo que está mal y, tras encogerse de hombros, pasa de largo.

A los alumnos se les permite bromear con los profesores acerca de sus varas. De hecho, es uno de los asuntos sobre el que los profesores toleran alguna broma. ¡Hágala cantar, señor!, piden los chicos, y el señor Gouws hará un rápido movimiento de muñeca y su larga vara (la más larga del colegio, aunque el señor Gouws solo imparte clases en quinto curso) silbará en el aire.

Con el señor Lategan no se bromea. Le tienen pánico porque todos saben lo que es capaz de hacer con su vara a alumnos que ya son casi unos hombres.

Cuando, por Navidad, el padre se reúne con sus hermanos en la granja, siempre hablan de los días del colegio. Recuerdan a los maestros y sus varas; evocan las frías mañanas de invierno en que la vara les dejaba las nalgas llenas de cardenales; el escozor podía durar varios días en la memoria de la carne. Hay en sus palabras algo de nostalgia y de placentero terror. El chico los escucha con avidez, tratando de pasar inadvertido. No quiere atraer su atención, arriesgarse a que en algún remanso de la charla le pregunten por lo que opina acerca de las varas. Nunca lo han azotado, y se siente avergonzado por ello. No puede hablar de las varas con la facilidad y el conocimiento de estos hombres.

Tiene la sensación de estar herido. Tiene la sensación de que, pausada, constantemente, algo se está desgarrando en su interior: una pared, una membrana. Intenta controlarse todo lo que puede para que la cisura no se abra más de lo debido. Para que no se abra más de lo debido, no para frenarla: nada la frenará.

Una vez a la semana tiene educación física. Cruza la escuela camino del gimnasio junto a los demás chicos de su clase. En los vestuarios se ponen camiseta blanca y pantalones de deporte. Bajo la dirección del señor Barnard, también vestido de blanco, pasan media hora saltando al potro, lanzándose una pelota o brincando mientras dan palmas sobre la cabeza.

Hacen todo esto descalzos. Él, que siempre lleva zapatos, se pasa días temiendo el momento de descalzarse en educación física. Sin embargo, cuando se los ha quitado, y también los calcetines, ya no resulta tan difícil. Simplemente ha de quitarse la vergüenza de encima, terminar de desnudarse rápidamente, en un santiamén, y sus pies serán pies como los de cualquier otro. La vergüenza sigue rondando cerca, esperando adueñarse de nuevo de él, pero es una vergüenza privada, íntima, de la que los otros chicos no tienen por qué enterarse nunca.

Sus pies son blancos y suaves; si no fuera por eso, se parecerían a los de todos los demás, incluso a los de los chicos que no tienen zapatos y van al colegio descalzos. A él no le gusta tener que desnudarse en educación física, pero se dice a sí mismo que es capaz de soportarlo, igual que soporta otras cosas.

Un día se altera la rutina. Del gimnasio los mandan a las pistas de tenis para que aprendan a jugar al pádel. Las pistas quedan algo lejos; por el camino tiene que pisar con cuidado, escogiendo los huecos entre los guijarros. Bajo el sol de verano el asfalto de la pista está tan caliente que tiene que ir saltando a la pata coja para no quemarse. Es un alivio regresar al vestuario y calzarse de nuevo; pero, por la tarde, apenas si puede andar, y cuando su madre le quita los zapatos en casa ve que las plantas de sus pies están llagadas y sangran.

Está tres días en casa curándose. Al cuarto, vuelve con una nota de su madre, en la que se emplean palabras de indignación que él conoce y aprueba. Como un guerrero herido que retoma su lugar en las filas, el chico cojea por el pasillo hasta su pupitr

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