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ESCAPE DE LOS BALCANES

Dinah Spitalnik

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Fragmento

Introducción

Se dice que en las familias de sobrevivientes del Holocausto un niño se elige inconscientemente para ser una “vela conmemorativa” que lleve a cabo el duelo y dedique su vida a la memoria de la Shoah. Ese niño participa en el mundo emocional de los padres y abuelos, asume la carga y se convierte en el vínculo entre el pasado y el futuro.

Eso no pasó en mi familia.

Las referencias a la guerra nunca eran sobre los hechos terribles vividos; los mayores jamás mencionaron la cantidad de veces en que sus vidas estuvieron en riesgo, ni que habían sido apresados, ni las privaciones que enfrentaban por estar constantemente escondidos.

De más joven, uno está tan en otros temas que no se toma el tiempo necesario para indagar y documentar a fondo la historia familiar. Tampoco mis abuelos hablaron en detalle del tema. Nunca nos llevaron a Skopje, su ciudad natal, a pesar de que ellos vivieron muchísimos años, durante el invierno, en Atenas, y nosotros los visitábamos allí, y estábamos a escasa distancia de aquel lugar. Nunca contaron la parte amarga que significó esa etapa de su vida. Mi abuelo nunca habló de su madre, quien fue deportada y no regresó, como la mayoría de los judíos de Macedonia enviados a Treblinka.

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De hecho, la primera vez que supe con mayores detalles qué le había pasado a mi familia fue cuando en los años noventa acompañé a mi madre y abuela a la Embajada de Israel en San Pablo a declarar para Yad Vashem, la institución oficial israelí constituida en memoria de las víctimas del Holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, donde dieron los pormenores de cómo una familia musulmana albanesa había ayudado a la nuestra a sobrevivir. Esa declaración otorgó el reconocimiento de Justos entre las Naciones a la familia Ruli, y de esa manera permitió a sus descendientes salir de Albania y radicarse en Austria, donde residen hasta hoy.

Esta situación me enseñó que la guerra no nos pasó únicamente a nosotros, los judíos. Los Konforti son parte de la historia de muchas familias musulmanas. Están en muchos libros locales. Víctimas, sobrevivientes, partisanos y justos, todos lucharon contra el nazismo y comunismo, cada uno con los recursos que poseía. Con aquellos que lograron sobrevivir recordamos a aquellos otros muchos que no lo lograron.

Hace unos años nació mi nieta, que tiene la misma edad de mi sobrina menor, y decidí que no podía dilatar más el hacerme cargo de preservar la memoria, de contar quiénes fuimos, de dónde vinimos y principalmente quiénes somos.

En ese entonces todavía vivía mi tía abuela Gracia ­Mizrahi de Conforti,1 quien entró a la familia a sus dieciocho años; así que organizamos una reunión en Punta del Este con mis primos, contratamos un camarógrafo y, junto con mamá, grabamos sus historias, cargadas de detalles.

Y mientras mi madre y mi tía abuela conversan, los recuerdos de aquellos años de incertidumbre y miedo surgen como un torrente. Una menciona truenos en la noche y la otra le dice que eran disparos de metralleta. Hablan de aquella vaca en el jardín, del peso de las monedas cosidas en la ropa interior y del frío húmedo de las montañas que debieron atravesar para escapar.

Aquellas horas grabadas en 2011 son el eje de este Escape de los Balcanes.

Unos meses después, recibí un correo electrónico cuyo asunto decía: Konforti-Koen-Nathan. Era el primer contacto de Leke Rezniqi, bisnieto del socio musulmán de mis abuelos, quien buscaba contactarse con descendientes de esas familias. Hasta ese entonces él no sabía exactamente mi relación con los Konforti, ya que uso mi apellido paterno en general. Cuando le contesté diciéndole que soy la hija de Ivetta Konforti, fue como una explosión de emociones para él. Enseguida llamó a mi madre por teléfono, le decía tía Ivetta, y en eso nos convertimos, en miembros de una familia extendida. Intercambiamos muchos correos, muchas charlas por chat, muchas fechas de celebraciones, y en nuestras mentes empezamos a imaginar cómo sería lo que él mismo bautizó como #HistoricalReunion.

Con la familia Ruli permanezco en contacto telefónico. Ellos son hijos de esta joven pareja que vivía cruzando la calle en Tirana y a quien la nonna ayudaba con los cuidados de su bebé, ya que ellos eran padres primerizos. Se hicieron muy pero muy amigos. Eran Shpresa y Metin Ruli. Ellos dos y la propia familia de Shpresa fueron quienes escondieron a la mía, y en esta instancia siempre con riesgo de vida suyo y de los musulmanes que los ocultaban —los detalles de esta etapa son muy intensos—, hasta lograr sacarlos a través de los Balcanes, literalmente, a lomo de burro.

Todo hijo o nieto de sobrevivientes debería ir y ver ­in situ de dónde se fugaron. Todos debemos ir en búsqueda del héroe silencioso y desconocido que era cada uno de nuestros abuelos. Sus silencios revelan la peor parte de la guerra; suciedad, frío, hambre y la omnipotente presencia del riesgo de la tortura y la muerte.

Comprobé con pesar que poco o nada se sabe del holocausto de judíos sefardíes, en este caso de los de Macedonia. Casi todo lo que se enseña es sobre el destino de los judíos de Eur ...