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ENTIENDE A TU GATO

Pablo Sehabiaga

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Fragmento

A modo de prólogo

Supongo que la experiencia del vínculo afectivo es un universo en sí mismo. Que las necesidades, así como la predisposición o apertura al vínculo, son condiciones dinámicas, atadas al incesante movimiento interno y externo de cualquier ser vivo.

Como sé que describir su esencia es intentar atrapar el aire con una red, lo que intentaré es confesar las cosas que yo sé que aprendí directamente de la observación y la enseñanza impartida de esta pequeña compañera de vida que me tocó, cuando unos ocho años atrás me dijeron que debía alojar a una gata, que por entonces ya tenía cuatro años de edad.

Lo primero que aprendí en esta convivencia fue a eliminar de mi cabeza el paradigma mental que me indicaba que no hay sabiduría posible por fuera de la condición humana. De no haber mediado su intervención me hubiese resultado imposible aprender lo que hoy aprendo de observar el comportamiento de una planta, de trascender lo superficial y aparente de una cosa que parece únicamente crecer y reproducirse sin el menor sentido o propósito.

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Por añadidura aprendí que, en tanto seres racionales y adoctrinados en una visión antropocéntrica de la vida, los humanos tendemos a mirar al resto de los seres como una experiencia menos válida del ser. En ocasiones incluso explícitamente denominándolos “inferiores”. Aprendí que la famosa “cadena alimenticia” no es más que un orden de la naturaleza para autopreservarse, pero que no tiene vínculo alguno con la validación de un ser sobre otro. Aprendí que es una matriz cultural impuesta, otro patrón cognitivo, tan arbitrario como la condición sagrada de las vacas en la India o del águila mesoamericana.

Entendí que la inteligencia es un concepto bastante más relativo de lo que estamos dispuestos a aceptar. Que la capacidad de abstracción compleja es solamente un atributo más de la condición humana, pero que no nos blinda contra la estupidez o la disfuncionalidad con nuestro entorno. Que como especie aún evidenciamos una inmadurez y una ingenuidad demasiado visibles y determinantes como para presumir algún estatus. Sí, es cierto que hay humanos capaces de ir al espacio. También hay abejas capaces de construir las estructuras más eficientes del mundo y seres humanos incapaces de alimentarse y sobrevivir si no tienen un supermercado cerca.

Aprendí sobre su imperio de lo sutil. Y que, si uno los observa detenidamente el tiempo suficiente, podrá advertir que los gatos funcionan como pequeñas máquinas de transformación, como diminutos filtros ambulantes transformando lo denso en ligero. Una suerte de alquimia programada por defecto.

Aprendí que el amor, cuando es, no se viste de conveniencia. Y que el amor siempre conviene.

Aprendí que el silencio guarda información valiosa. Que es un recurso tan disponible como permanentemente y que permite escuchar aquello que las palabras y los ruidos suelen esconder.

Aprendí del misterio. Y que detrás de sus gestos de “hay información que no puedo develarte o tendría que matarte” existe una dimensión para todo aquello que como criaturas limitadas no podemos percibir y que por alguna razón ellos sí. No solamente con sus sentidos más desarrollados, capaces de recepcionar rangos de información fuera de nuestro alcance, sino también con algún sentido extra (la sospecha es inevitable) al que claramente no accedemos nosotros. Y aprendí que eso está bien. Aprendí a convivir con lo insondable. Aprendí que si accediera a explicarme cada suceso posible no dejaría lugar ni espacio para el asombro. Y aprendí que, si no hay lugar ni espacio para el asombro, el juego de la ...