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ENDYMION (LOS CANTOS DE HYPERION 3)

Dan Simmons  

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Fragmento

Título original: Endymion

Traducción: Carlos Gardini

1.ª edición: febrero 2016

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-222-6

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Presentación para la edición original de Nova

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Los llamados Cantos de Hyperion, formados por HYPERION (1989, Nova ciencia ficción, número 41) y LA CAÍDA DE HYPERION (1990, Nova ciencia ficción, número 42), son ya un hito en la moderna ciencia ficción. Pero iban pasando los años y Dan Simmons parecía haber olvidado esa temática que tan brillantemente supo abordar. Parece ser que con ese extraordinario y ameno tour de force que es LOS VAMPIROS DE LA MENTE (1989, Ediciones B, Éxito Internacional), Simmons se percató de que había mayor y mejor mercado en la novela de terror, a la que se ha dedicado estos últimos años. Solo THE HOLLOW MAN (1992), con disquisiciones casi metafísicas en torno a la telepatía y la soledad, puede en cierta forma emparentarse con la ciencia ficción. El resto de lo publicado por Simmons durante este período se incluye en el género de terror, del que ya se ha convertido en maestro indiscutible.

Pero quienes fuimos gratamente sorprendidos por los dos primeros libros de la saga de Hyperion nos sentíamos un poco decepcionados. O al menos así me ocurría a mí... Tras la lectura de las últimas obras de Simmons, siempre me quedaba pensando que era lamentable que un talento como el suyo se perdiera en la búsqueda del best-seller más al uso.

Simmons es un brillante narrador, lo que demuestra tanto en sus novelas de terror como en las de ciencia ficción. Es más, no cabe duda de que Simmons dispone de una capacidad especulativa que nunca quedará totalmente plasmada en las obras de terror. Habría sido realmente una lástima que esa brillantez especulativa, esa capacidad de reflexión sobre la literatura y sus clásicos, esa riqueza de ideas, se hubiera perdido.

Durante estos últimos años he temido demasiadas veces que el mercado, con su indiscutible poder, apartara para siempre a Dan Simmons de la ciencia ficción.

Afortunadamente no ha sido así.

En enero de 1996 apareció ENDYMION, la novela que hoy presentamos, y en septiembre de 1997 apareció el original inglés de EL ASCENSO DE ENDYMION. Ya entonces Simmons aseguró que la serie finalizaba con estas dos novelas (que constituyen en realidad, como ya ocurriera con las dos primeras, una macronovela publicada en dos volúmenes). El mismo autor lo explicó:

EL ASCENSO DE ENDYMION es, definitivamente, el último de los libros de Hyperion. No es la última obra que escribiré acerca de ese universo (tengo un relato en mente), pero sí va a ser la última novela.

ENDYMION contiene pues, a un mismo tiempo, el sabor de lo bueno conocido, el misterio de la novedad y, en cierta forma, el efecto frustrante que provoca ignorar lo que nos depara la segunda parte, EL ASCENSO DE ENDYMION.

No es este el momento para recordar la importancia o el interés que HYPERION y LA CAÍDA DE HYPERION han representado en la moderna ciencia ficción. Creo que bastará con las palabras de Gary K. Wolfe en LOCUS:

[HYPERION] es una moderna obra maestra de la ciencia ficción, que se deconstruye a sí misma en el segundo volumen [LA CAÍDA DE HYPERION], y en la cual se desarrollan sofisticados juegos temáticos con el romanticismo inglés trasplantado a un entorno de space opera.

Precisamente en torno a John Keats y sus poemas, Wolfe construye una crítica más bien dura de ENDYMION. Wolfe recuerda que HYPERION y LA CAÍDA DE HYPERION son poemas de Keats a los que se considera «buenos», y a partir de ellos Simmons ha escrito buenas novelas. También recuerda, sin embargo, que algún crítico contemporáneo de Keats tachó ENDYMION de «mera estupidez». Basándose en esa referencia, le resulta fácil realizar una crítica muy dura de la presente novela de Simmons. Una crítica que puede estar más vinculada a la frustración de no conocer todavía el final que al contenido mismo del libro.

Wolfe, rizando el rizo, viene a decir que ENDYMION no es más que una versión novelada del cliché temático de La guerra de las galaxias cinematográfica. Lo comento porque se trata de un punto de vista original y, todo hay que decirlo, un tanto arriesgado. En palabras de Wolfe:

Raul Endymion, un joven poco sofisticado de un planeta atrasado (Hyperion), es enviado por un anciano sabio y en cierta forma místico a la imposible misión de rescatar una princesa (bueno, no precisamente una princesa, pero se trata de la hija de Keats, lo que es muy parecido). Y debe rescatarla de una fortaleza del imperio galáctico (que aquí se llama Pax, una especie de teocracia católica reconstruida). Toda la ayuda de que dispone es un talismán mágico (en este caso una alfombra voladora), y un tímido y leal androide (en realidad hay dos robots si se tiene en cuenta la locuaz y malhumorada nave del espacio en la que escapan). Encuentra a la chica, que resulta ser tan valiente y precoz que, desde ese momento, es ella quien toma todas las decisiones, y ambos son perseguidos de planeta en planeta por un obsesionado capitán-sacerdote que nunca ceja en su empeño, aunque siempre fracasa estrepitosamente en su intento de capturarles.

No es exactamente mi forma de ver el argumento de ENDYMION, pero les aseguro que es un punto de vista bien construido. Y curioso. Me atreveré a decir que, entre otras cosas, temo que a Wolfe no le haya gustado mucho esa Pax y esa visión nada reverencial que Simmons ofrece de la iglesia católica (no hay que olvidar que Gary K. Wolfe siempre ha dado muestras de ser un devoto admirador de esos libros de inspiración y propaganda católica que forman la Saga del Nuevo Sol de su tocayo Gene Wolfe...)

En cualquier caso son ustedes los que deben juzgar. Tal vez ENDYMION sin EL ASCENSO DE ENDYMION, quede inconcluso y, como dice Gary K. Wolfe, se convierta esencialmente en un complejo ejercicio narrativo. Afortunadamente Wolfe es capaz de reconocer que, para él, lo mejor y más divertido de esta novela de Simmons es observar cómo el autor se plantea situaciones que recuerdan a los más manidos clichés y las resuelve con una gran maestría narrativa y con el paulatino desarrollo de los personajes, como ocurre, por ejemplo, con el capitán-sacerdote de Soya.

Les aseguro que ENDYMION, aun sin alcanzar el sorprendente nivel de HYPERION, es, pese a Gary K. Wolfe, una novela brillante y muy entretenida. Asimismo, los asuntos que presenta auguran un verdadero tour de force en EL ASCENSO DE ENDYMION, a cuya lectura les invito.

Solo recordaré aquí algunas de las cosas que el mismo Dan Simmons ha comentado en diversas entrevistas. Para empezar, algo que cualquier lector de Simmons podía esperar:

... así lo hice en LA CAÍDA DE HYPERION: algunas de las cosas de HYPERION no eran como parecían ser. Y debo decir que en EL ASCENSO DE ENDYMION ocurre lo mismo. No en el sentido de un truco, espero, sino en el sentido de ofrecer por fin una perspectiva clara de lo que sucedía en los tres libros precedentes. Me gusta pensar en este último libro como en un potente reflector que brilla por entre las áreas más oscuras de los otros tres libros. Tal vez no ate pulcramente todos los cabos, pero al menos la historia resultará más comprensible.

Antes de finalizar les recordaré que la saga en cuestión aborda dos temas de gran importancia: lo sagrado y el amor. Así lo confiesa el mismo Simmons:

Lo que realmente me interesaba, en toda la serie, era decir algo sobre lo sagrado, y no precisamente algo espiritual. En el primer libro, HYPERION, lo que concitó mayor desdén entre los críticos fue la idea de que el amor es una fuerza básica en el universo. Un crítico dijo: «¿Quién se cree que es? ¿John Lennon?» Así que me lo tomé como un reto e hice que ese fuera el tema central de los dos últimos libros. ENDYMION crea el alma de la historia de amor que intento contar. Aunque un personaje esté al final de la veintena y el otro tenga solo doce años. ¡el tipo de historia de amor que cuentas y luego te arrestan por ello! Quería trabajar en la idea de que el amor es algo más que una mera emoción que dura un tiempo y luego se disipa: es algo sólido, entretejido en la urdimbre del universo. Esto es, probablemente, tan serio como lo que puedo aprender de la filosofía.

Y concluyo aquí esta presentación, que ya se ha alargado demasiado. Creo sinceramente que Wolfe no ha entendido casi nada de ENDYMION, y que la respuesta (como ocurría en las dos primera novelas de la serie) se halla en EL ASCENSO DE ENDYMION. Por el momento, ENDYMION sirve como nexo de unión y como amena presentación de lo que está por venir en el universo de HYPERION.

Sea como fuere, Simmons es un narrador como hay pocos. Si alguien lo duda, que haga como yo: leí de un tirón LOS VAMPIROS DE LA MENTE (¡casi un millar de páginas!) para darme cuenta al final de que todo era un inmenso cliché narrativo sobre los hechos más manidos y sobre un tema que no me interesaba en absoluto, pero que, una vez sumergido en su lectura, fui del todo incapaz de abandonar. Eso es saber narrar. Y Simmons lo hace de nuevo, y de forma maravillosa, en ENDYMION.

Por si esto fuera poco, el lector puede después adentrarse en EL ASCENSO DE ENDYMION. ¿Qué más se puede pedir?

MIQUEL BARCELÓ

Por mucho que nuestra filosofía represente el alma humana como una creación independiente, no debemos olvidar que es inseparable, en su nacimiento y su crecimiento, del universo donde nació.

TEILHARD DE CHARDIN

Dadnos dioses. ¡Oh, sí, dadnos dioses! Estamos hartos de los hombres y la potencia de las máquinas.

D. H. LAWRENCE

1

Estás leyendo esto por razones equivocadas.

Si estás leyendo para averiguar cómo es hacer el amor con una mesías —nuestra mesías—, no continúes, porque no eres más que un mirón.

Si estás leyendo porque admiras los Cantos del viejo poeta y sientes curiosidad por saber qué pasó luego en la vida de los peregrinos de Hyperion, quedarás defraudado. No sé qué sucedió con la mayor parte de ellos. Vivieron y murieron casi tres siglos antes de que yo naciera.

Si estás leyendo porque deseas comprender mejor el mensaje de La Que Enseña, también puedes quedar defraudado. Confieso que ella me interesaba más como mujer que como maestra o mesías.

Por último, si estás leyendo para descubrir el destino de ella o aun el mío, te has equivocado de documento. Aunque los destinos parecen tan ciertos, yo no estaba con ella cuando alcanzó el suyo, y el mío aguarda su acto final mientras escribo estas palabras.

Me sorprendería que hubiera alguien leyendo esto, pero no sería la primera vez en mi vida que me llevo semejante sorpresa. Los últimos años han sido una sucesión de improbabilidades, cada cual más maravillosa y aparentemente más inevitable que la anterior. Escribo esto para compartir esos recuerdos. Tal vez ni siquiera para compartirlos, pues sé que es muy probable que nadie encuentre el documento que estoy creando, sino tan solo para consignar los sucesos de tal manera que pueda estructurarlos en mi mente.

«¿Cómo sé lo que pienso hasta no ver lo que digo?», escribió un autor anterior a la Hégira. Precisamente. Debo ver estas cosas para saber qué pienso de ellas. Debo ver los sucesos en tinta y las emociones en letras de molde para creer que realmente me sucedieron y me afectaron.

Si estás leyendo esto por la misma razón por la que yo estoy escribiendo, para imponer algún orden al caos de los últimos años, para estructurar esa serie de sucesos aleatorios que han regido nuestras vidas durante las últimas décadas estándar, entonces quizás estés leyendo por la razón correcta, a pesar de todo.

¿Dónde empezar? Una sentencia de muerte, tal vez. ¿Pero cuál? ¿La de ella o la mía? Y si es la mía, ¿cuál de ellas? Hay varias para escoger. Tal vez la adecuada sea esta, la definitiva.

Escribo esto en una caja de gato de Schrödinger, en órbita de Armaghast, un mundo en cuarentena. La caja no es una caja, sino un ovoide liso de seis metros por tres. Será mi mundo hasta el final de mi vida. El interior de mi mundo es una celda austera que consiste en una caja negra que recicla el aire y los desperdicios, mi litera, el sintetizador de alimentos, un estrecho mostrador que me sirve de mesa y escritorio y un inodoro, fregadero y ducha, situados detrás de un tabique de fibroplástico por razones de decoro que se me escapan. Aquí nadie me visitará nunca. La intimidad parece una broma hueca.

Tengo una pizarra de texto y una pluma. Al terminar cada página, la transfiero a un micropergamino generado por el reciclador. Día a día, el lento amontonamiento de estas páginas delgadas como hostias es el único cambio visible en mi entorno.

El recipiente de gas venenoso no está a la vista. Está situado en el casco estático-dinámico de la caja, conectado con el filtro de aire de tal modo que todo intento de tocarlo, al igual que todo intento de romper el casco, haría escapar el cianuro. El detector de radiación, su temporizador y el elemento isotópico también están fusionados con la energía congelada del casco. No sé cuándo el temporizador aleatorio activa el detector. No sé cuándo el mismo elemento aleatorio abre el escudo de plomo del diminuto isótopo. No sé cuándo el isótopo arroja una partícula.

Pero sabré que el detector está activado en el instante en que el isótopo arroje una partícula. Oleré ese aroma de almendras amargas un par de segundos antes de que el gas me mate.

Espero que solo sean un par de segundos.

Técnicamente, según el antiguo enigma de la física cuántica, ahora no estoy muerto ni vivo. Estoy en ese estado de suspensión consistente en ondas de probabilidad superpuestas y antaño reservado para el gato del experimento mental de Schrödinger. Como el casco de la caja es prácticamente una energía preparada para estallar a la menor intrusión, nadie mirará dentro para ver si estoy muerto o vivo. Teóricamente, nadie es directamente responsable de mi ejecución, dado que las inmutables leyes de la teoría cuántica me indultan o condenan a cada microsegundo. No hay observadores.

Pero yo soy un observador. Estoy esperando el colapso de las ondas de probabilidad con algo más que un mero interés distante. En el instante en que oiga el siseo del gas de cianuro, antes de que llegue a mis pulmones, mi corazón y mi cerebro, sabré qué camino ha escogido el universo para ordenarse.

Al menos, lo sabré en lo que a mí concierne. En definitiva, es el único aspecto de la resolución del universo que nos concierne a la mayoría.

En el ínterin duermo, como, elimino desechos, respiro y sigo el ritual cotidiano de lo olvidable. Lo cual es irónico, pues en este momento vivo —siempre que «vivir» sea la expresión correcta— solo para recordar. Y para escribir lo que recuerdo.

Si estás leyendo esto, sin duda lo haces por razones equivocadas. Pero, como sucede con tantas cosas en la vida, la razón para hacer algo no es lo importante. Lo que permanece es el hecho de hacerlo. Al fin y al cabo, lo único importante es el dato incuestionable de que yo he escrito esto y tú lo estás leyendo.

¿Dónde comenzar? ¿Con ella? Ella es la que te interesa y es la única persona de mi vida a quien deseo recordar por encima de todo y de todos. Pero quizá debería comenzar por los sucesos que me condujeron a ella y luego aquí, recorriendo gran parte de esta galaxia y mucho más.

Creo que empezaré por el principio, por mi primera sentencia de muerte.

2

Mi nombre es Raul Endymion. Mi nombre de pila rima con Paul. Nací en el mundo de Hyperion, en el año 693 de nuestro calendario local, o el 3099, según el calendario anterior a la Hégira, o 247 años después de la Caída, según la mayoría calcula el tiempo en la era de Pax.

Se ha dicho que cuando viajé con La Que Enseña yo era pastor, y es verdad. O casi. Mis parientes se ganaban la vida como pastores itinerantes en los brezales y prados de las regiones más remotas del continente de Aquila, donde me crié, y a veces cuidaba ovejas cuando niño. Recuerdo esas noches serenas bajo los estrellados cielos de Hyperion como una época agradable. A los dieciséis años (por el calendario de Hyperion) huí de mi casa y me alisté como soldado de la Guardia Interna controlada por Pax. Recuerdo la mayor parte de esos tres años como tediosos y rutinarios, con la ingrata excepción de los tres meses que me enviaron al casquete de hielo de la Garra para luchar contra los indígenas durante el levantamiento de Ursus. Cuando obtuve la baja, trabajé como cuidador y fullero en uno de los casinos más sórdidos de Nueve Colas, fui como barquero en los confines del Kans durante dos temporadas de lluvia y estudié de jardinero en algunas fincas del Pico bajo los auspicios del artista Avrol Hume. Pero «pastor» debía sonar mejor para los cronistas de La Que Enseña cuando llegó el momento de mencionar la ocupación anterior de su discípulo más cercano. «Pastor» tiene una connotación gratamente bíblica.

No objeto el título de pastor. Pero en esta historia apareceré como un pastor cuyo rebaño consistía en una oveja infinitamente importante. Y la perdí en vez de encontrarla.

En la época en que mi vida cambió para siempre y esta historia comienza de veras, yo tenía veintisiete años, era alto por ser nativo de Hyperion, notable por pocas cosas excepto el grosor de los callos de mis manos y mi amor por las ideas extravagantes, y trabajaba como guía de cazadores en los marjales de la bahía de Toschahi, cien kilómetros al norte de Puerto Romance. Para entonces había asimilado algunas cosillas sobre el sexo y muchas cosas sobre armas, había descubierto de primera mano el poder que ejerce la codicia en los asuntos de hombres y mujeres, había aprendido a usar los puños y mi poco seso para sobrevivir, sentía curiosidad por muchas cosas, y la única certeza que tenía era que el resto de mi vida no me reservaría grandes sorpresas.

Era un idiota.

Casi todo lo que era yo en ese otoño de mis veintiocho años se puede describir con negativos. Nunca había estado fuera de Hyperion y nunca había pensado en viajar a otros mundos. Había estado en catedrales de la Iglesia, por supuesto; aun en las regiones remotas adonde había huido mi familia después del saqueo de la ciudad de Endymion, un siglo antes, Pax había extendido su influencia civilizadora, pero yo no había aceptado el catecismo ni la cruz. Había estado con mujeres, pero nunca me había enamorado. Salvo por la tutela de mi abuela, había sido autodidacta y me había educado con libros. Leía vorazmente. A los veintisiete años creía saberlo todo.

No sabía nada.

Así fue que en el otoño de mis veintiocho años, feliz en mi ignorancia y totalmente convencido de que nada importante cambiaría nunca, cometí el acto que me valdría una sentencia de muerte e iniciaría mi vida real.

Los marjales de la bahía de Toschahi son peligrosos e insalubres, y no han cambiado desde mucho antes de la Caída, pero cientos de cazadores ricos —entre ellos muchos forasteros— vienen aquí todos los años por los patos. La mayoría de los protoánades perecieron rápidamente una vez que fueron regenerados y liberados de la nave semillera siete siglos antes, pues no pudieron adaptarse al clima de Hyperion o fueron cazados por depredadores indígenas, pero algunos patos sobrevivieron en los marjales del norte de Aquila. Y los cazadores venían. Y yo los guiaba.

Cuatro de nosotros operábamos desde una abandonada plantación de fibroplástico, situada en una angosta franja de esquisto y lodo entre los marjales y un tributario del río Kans. Los otros tres guías se concentraban en la pesca y la caza mayor, pero yo tenía la plantación y la mayoría de los marjales para mí durante la temporada de los patos. Los marjales eran una zona pantanosa y semitropical que consistía principalmente en espesos matorrales de chalma, bosques de raraleña y templados bosquecillos de prometeos gigantes en las zonas rocosas que había por encima de la pradera aluvial, pero durante los frescos, secos y diáfanos días de principios del otoño, los patos se detenían allí durante su migración desde las islas del sur hacia los lagos de las regiones más remotas de la meseta del Piñón.

Desperté a los cuatro «cazadores» una hora y media antes del alba. Había preparado un desayuno de jamón, tostadas y café, pero los cuatro obesos empresarios mascullaban insultos mientras lo engullían. Tuve que recordarles que revisaran y limpiaran sus armas: tres portaban escopetas, y el cuarto cometió la tontería de llevar un antiguo rifle energético. Mientras ellos comían y rezongaban, yo me quedé atrás de la cabaña con Izzy, la perdiguera labrador que tenía desde que ella era cachorra. Izzy sabía que íbamos a cazar, y había que acariciarle la cabeza y el cuello para calmarla.

Asomaban las primeras luces cuando nos fuimos de aquella plantación cubierta de malezas en un esquife de suelo chato. Radiantes espejines aleteaban entre oscuros túneles de ramas y por encima de los árboles. Los cazadores —M. Rolman, M. Herrig, M. Rushomin y M. Poneascu— permanecían sentados en los bancos mientras yo impulsaba el esquife. Izzy y yo estábamos separados de ellos por una pila de flotadores, cuyo fondo curvo aún mostraba la tosca textura del hollejo de fibroplástico.

Rolman y Herrig usaban costosos ponchos camaleónicos, aunque no activaron el polímero hasta que estuvimos en las profundidades del pantano. Les pedí que bajaran la voz cuando nos aproximamos a los marjales de agua dulce donde se posarían los patos. Los cuatro me miraron con cara de pocos amigos, pero obedecieron y pronto se callaron.

La luz era muy intensa cuando detuve el esquife a poca distancia del blanco y preparé los flotadores. Me calcé mis remendadas botas impermeables y me metí en el agua, que me llegaba hasta el pecho. Izzy se inclinó en la borda con ojos ansiosos, pero le hice una seña para evitar que saltara. Ella vaciló pero se quedó donde estaba.

—Su arma, por favor —le dije a Poneascu, el primer hombre.

Estos cazadores de una vez al año tenían bastantes problemas para conservar el equilibrio mientras se metían en los pequeños flotadores, y yo no confiaba en que supieran aferrar sus escopetas. Les había pedido que mantuvieran la cámara vacía y el seguro puesto, pero cuando Poneascu me entregó su arma, el indicador de la cámara estaba en rojo, mostrando que estaba cargada y que el seguro no estaba puesto. Expulsé la bala, puse el seguro, apoyé el arma en la funda impermeable que llevaba sobre los hombros y estabilicé el flotador mientras el corpulento hombre bajaba del esquife.

—Vuelvo enseguida —les murmuré a los otros tres, y me abrí paso entre frondas de chalma, arrastrando el flotador. Habría podido permitir que los cazadores llevaran sus flotadores hasta el sitio que ellos escogieran, pero el marjal estaba plagado de lodoquistes que succionarían el remo chupándose al remador, y poblado por mosquitos drácula del tamaño de globos que se complacían en caer desde las ramas, decorados con serpentinas, que parecían frondas de chalma para los incautos, y erizados de espinas que podían atravesar un dedo. Había otras sorpresas para los visitantes primerizos. Además, la experiencia me había enseñado que la mayoría de esos cazadores de fin de semana ponía los flotadores de tal modo que se disparaban entre sí en cuanto aparecía la primera bandada de patos. Era mi trabajo impedir que eso ocurriera.

Dejé a Poneascu en medio de una mata de frondas, con una buena vista de la orilla sur. Le mostré dónde colocaría los demás flotadores, le dije que observara desde dentro por la ranura de la lona del flotador y que no empezara a disparar hasta que todos estuvieran en posición, y me fui a buscar a los otros tres. Dejé a Rushomin veinte metros a la derecha del primer hombre, encontré un buen sitio cerca de la caleta para Rolman y fui a buscar al hombre que empuñaba ese estúpido rifle energético, M. Herrig.

El sol saldría a los diez minutos.

—Joder, al fin te acuerdas de mí —rezongó el gordo cuando regresé. Ya se había metido en el flotador; tenía los pantalones de tela camaleónica mojados.

Las burbujas de metano que había entre el esquife y la desembocadura de la caleta indicaban un gran lodoquiste, así que yo tenía que andar muy cerca de los bajíos cada vez que iba o venía.

—Joder, no te pagamos para que pierdas el tiempo —gruñó, mascando un grueso cigarro.

Asentí, estiré la mano, le arranqué el cigarro encendido de entre los dientes y lo arrojé a cierta distancia del quiste.

Teníamos suerte de que las burbujas no se hubieran encendido.

—Los patos huelen el humo —le dije, ignorando su expresión colérica y boquiabierta.

Me calcé el arnés y llevé el flotador hasta el marjal abierto, abriendo una senda con el pecho entre las algas rojas y anaranjadas que habían vuelto a cubrir la superficie desde mi último viaje.

M. Herrig acarició su costoso e inservible rifle energético y me fulminó con la mirada.

—Muchacho, cuida esa condenada bocaza o yo la cuidaré por ti —dijo.

Su poncho y su blusa de caza estaban entreabiertos y pude ver el destello de la doble cruz de oro de Pax que le colgaba del cuello y la cuña roja de un cruciforme real sobre el pecho. M. Herrig era un cristiano renacido.

No dije nada hasta que dejé su flotador a la izquierda de la caleta. Ahora estos cuatro expertos podían disparar hacia el lago sin temor a matarse entre sí.

—Cúbrase con la lona y mire por el agujero —dije, desatando la cuerda de mi arnés y sujetándola a una raíz de chalma.

M. Herrig gruñó pero dejó la lona de camuflaje plegada sobre las varillas del domo.

—No dispare hasta que haya sacado los señuelos —dije. Le indiqué las demás posiciones de tiro—. Y no dispare hacia la caleta. Yo estaré en el esquife.

M. Herrig no respondió.

Me encogí de hombros y regresé al esquife. Izzy estaba sentada donde yo le había ordenado, pero por sus músculos tensos y sus ojos relucientes noté que en espíritu brincaba como un cachorro.

Sin subirme al esquife, le acaricié el pescuezo.

—Tan solo unos minutos, muchacha —susurré.

Liberada de su orden, corrió a proa mientras yo empezaba a arrastrar el esquife hacia la caleta.

Los radiantes espejines habían desaparecido, y las estrías de las lluvias de meteoritos se disipaban mientras la luz del alba se solidificaba en un fulgor lechoso. La sinfonía de ruidos de insectos y graznidos de anfisbandas a lo largo de los bajíos fue reemplazada por el gorjeo de los pájaros y el bufido ocasional de un agujín inflando su saco. En el este el cielo adquiría su color lapislázuli diurno.

Empujé el esquife hasta las frondas, le indiqué a Izzy que se quedara en la proa, saqué cuatro señuelos de abajo de los bancos. Había una delgada pátina de hielo en la orilla, pero el centro del marjal estaba despejado, y empecé a colocar los señuelos, activándolos a medida que los dejaba. El agua nunca me cubría por encima del pecho.

Acababa de regresar al esquife y de tenderme junto a Izzy, al amparo de las frondas, cuando llegaron los patos. Izzy los oyó primero. Se puso tiesa e irguió el hocico como si los oliera en el viento. Un segundo después llegó el susurro de las alas. Me incliné hacia delante y atisbé por el crujiente follaje.

En el centro del lago los señuelos nadaban y se alisaban las plumas. Uno de ellos arqueó el cuello y graznó mientras los patos reales se hacían visibles por encima de la arboleda del sur. Tres patos se apartaron de la bandada, extendieron las alas para frenar y descendieron hacia el marjal deslizándose por raíles invisibles.

Sentí la emoción que siempre siento en esos momentos; se me cierra la garganta y mi corazón palpita, se detiene un instante y luego me duele. Había pasado la mayor parte de mi vida en regiones remotas, observando la naturaleza, pero la contemplación de tanta belleza siempre tocaba algo tan profundo que no tenía palabras para ello. Junto a mí, Izzy seguía tiesa como una estatua de ébano.

Estallaron los disparos. Los tres cazadores con escopetas dispararon de inmediato y siguieron disparando sin cesar. El rifle energético hendió el marjal con su rayo, la angosta asta de luz violeta claramente visible en la bruma de la mañana.

El primer pato debió de recibir dos o tres impactos al mismo tiempo: se partió en una explosión de plumas y vísceras. El segundo plegó las alas y cayó, despojado de su gracia y su belleza por los balazos. El tercero se deslizó a la derecha, se recobró justo encima del agua y aleteó tratando de elevarse. El haz energético lo persiguió, cortando hojas y ramas como una hoz silenciosa. Las escopetas rugieron de nuevo, pero el pato pareció prever adónde apuntarían. El ave descendió hacia el lago, se ladeó a la derecha y voló en línea recta hacia la caleta.

En línea recta hacia donde estábamos Izzy y yo.

El ave volaba a dos metros del agua. Batía las alas con ímpetu, consagrando todas sus fuerzas a la fuga, y comprendí que volaría bajo los árboles, atravesando la abertura de la ensenada. Aunque en su inusitada trayectoria el ave había pasado entre diversas posiciones de tiro, los cuatro hombres seguían disparando.

Usé la pierna derecha para alejar el esquife de las ramas que lo ocultaban.

—¡Alto el fuego! —grité con la voz perentoria que había adquirido durante mi breve carrera de sargento en la Guardia Interna. Dos de los hombres obedecieron. Una escopeta y el rifle energético siguieron disparando. El pato ni se inmutó cuando pasó a un metro del esquife.

Izzy tiritó y abrió la boca sorprendida mientras el pato aleteaba a poca distancia. La escopeta no volvió a disparar, pero vi que el haz violeta hendía la bruma patinando hacia nosotros. Grité y arrastré a Izzy entre los bancos.

El pato escapó del túnel de ramas de chalma y batió las alas para elevarse. De repente el aire olió a ozono, y una recta línea de llamas cortó la popa del bote. Me aplasté contra el fondo del esquife, aferrando el collar de Izzy y acercándola a mí.

El rayo violeta pasó a un milímetro de dedos agarrotados y del collar de Izzy. Vi el breve destello de una mirada inquisitiva en los entusiastas ojos de Izzy, que intentó apoyarme la cabeza en el pecho como cuando era cachorra y pedía perdón. Con ese movimiento, la cabeza y el tramo de pescuezo que estaban encima del collar se desprendieron del cuerpo y cayeron por la borda con un chapoteo blando. Yo todavía le sostenía el collar, con su cuerpo encima de mí y sus patas delanteras temblando contra mi pecho. Un géiser de sangre me bañó desde las arterias del pescuezo cercenado, y rodé a un costado, apartando el cuerpo trémulo y decapitado de mi perra. Su sangre era tibia y sabía a cobre.

El haz energético atacó de nuevo, cortó una gruesa rama de chalma a un metro del esquife y se apagó como si nunca hubiera existido.

Me incorporé y miré a M. Herrig. El gordo estaba encendiendo un cigarro; tenía el rifle energético sobre las rodillas. El humo del cigarro se mezclaba con las volutas de niebla que aún ondeaban sobre el marjal.

Me metí en el agua. La sangre de Izzy todavía caracoleaba en torno de mí mientras me acercaba a M. Herrig.

Levantó el rifle y se lo apoyó en el pecho. Habló apretando el cigarro entre los dientes.

—Bien, ¿vas a buscar los patos que cacé o los dejarás flotar por ahí hasta que se pud...?

Aferré el poncho del gordo con la mano izquierda y lo tiré hacia delante. Él intentó alzar el rifle, pero yo lo cogí con la mano derecha y lo arrojé hacia el marjal. Herrig gritó algo, su cigarro cayó en el flotador, y yo lo arranqué del taburete y lo metí en el agua. Salió carraspeando y escupiendo algas. Le di un puñetazo en la boca. Sentí que la piel de los nudillos se me resquebrajaba mientras le partía varios dientes. Cayó hacia atrás, se golpeó la cabeza contra el armazón del flotador con un ruido hueco, se hundió de nuevo.

Esperé a que su gordo rostro emergiera como el vientre de un pescado muerto y volví a hundirlo, mirando las burbujas mientras él braceaba y agitaba en vano las manos fofas. Los otros tres cazadores se pusieron a gritar desde sus puestos. No les presté atención.

Cuando Herrig bajó las manos y el chorro de burbujas se redujo a un hilillo, lo solté y retrocedí. Por un momento pensé que el gordo no saldría, pero emergió con un estallido y aferró el borde del flotador. Vomitó agua y algas. Le di la espalda y me volví hacia los demás.

—Es todo por hoy —dije—. Dadme vuestras armas. Vamos a regresar.

Abrieron la boca para protestar; me miraron a los ojos, vieron mi rostro manchado de sangre y me entregaron sus escopetas.

—Lleva a tu amigo —le dije al último hombre, Poneascu. Llevé las armas hasta el esquife, las descargué, guardé las escopetas en el compartimiento impermeable de la proa y llevé las cajas de municiones a popa. El cuerpo decapitado de Izzy ya había empezado a endurecerse cuando lo arrojé por la borda. El fondo del esquife estaba bañado en su sangre. Regresé a popa, guardé las municiones y me apoyé en la pértiga.

Los tres cazadores regresaron en sus flotadores, remando torpemente y arrastrando el flotador donde M. Herrig yacía despatarrado. El gordo aún colgaba de costado, el rostro pálido. Subieron al esquife y trataron de subir los flotadores.

—Dejadlos —dije—. Atadlos a esa raíz de chalma. Más tarde vendré a buscarlos.

Soltaron los flotadores y subieron a M. Herrig a bordo como si fuera un pez obeso. Solo se oía el despertar de las aves e insectos del marjal y los continuos vómitos de Herrig. Cuando el gordo estuvo a bordo, los otros tres se sentaron y murmuraron. Emprendí el regreso hacia la plantación mientras el sol disipaba los últimos vapores que cubrían las oscuras aguas.

Y allí pudo haber terminado todo. Pero no fue así.

Yo preparaba el almuerzo en la primitiva cocina cuando Herrig salió de la barraca con un rechoncho lanzadardos militar. Esas armas eran ilegales en Hyperion; Pax no permitía que nadie las portara, excepto la Guardia.

Vi la cara blanca y alarmada de los otros tres cazadores mirando desde la puerta de la barraca mientras Herrig entraba en la cocina aureolado por una bruma de whisky.

El gordo no pudo resistir el impulso de darme un breve y melodramático discurso antes de matarme.

—Condenado y pagano hijo de perra... —empezó, pero no esperé para escuchar el resto. Me lancé hacia delante mientras él disparaba desde la cadera.

Seis mil dardos de acero destrozaron el horno, la olla donde yo estaba preparando el guisado, el fregadero, la ventana y los estantes y cacharros. Fragmentos de comida, plástico, porcelana y vidrio llovieron sobre mis piernas mientras yo me arrastraba bajo la mesa y aferraba las piernas de Herrig, que se había inclinado sobre la mesa para rociarme con una segunda andanada.

Cogí los tobillos del gordo y tiré. Cayó estrepitosamente de espaldas, sacudiendo una década de polvo de los tablones. Me encaramé a sus piernas, asestándole un rodillazo en la ingle, y le aferré la muñeca para arrebatarle el arma. Empuñaba la culata con fuerza; aún apoyaba el dedo en el gatillo. El cargador gimió mientras otro cartucho se instalaba en su sitio. Olí el aguardentoso aliento de Herrig mientras él me encañonaba con una sonrisa triunfal. Le pegué en la muñeca, obligándole a poner el arma bajo su papada. Nuestros ojos se encontraron un instante, hasta que su forcejeo le hizo halar el gatillo.

Enseñé a otro cazador a usar la radio de la sala, y un deslizador de Pax se posó en el prado al cabo de una hora. Solo había una docena de deslizadores en funcionamiento en el continente, así que la vista del negro vehículo de Pax imponía respeto.

Me sujetaron las muñecas, me pegaron un pórtate-bien cortical en la sien y me llevaron al compartimiento de popa. Me quedé allí, sudando en la caliente caja, mientras forenses de Pax usaban pinzas diminutas para tratar de arrancar todas las esquirlas del cráneo y el tejido cerebral de M. Herrig del suelo y la pared. Una vez que interrogaron a los demás cazadores y hallaron todo lo que se podía hallar de M. Herrig, cargaron el cadáver a bordo mientras yo miraba por la percudida ventanilla de Perspex. Las hélices gimieron, los ventiladores arrojaron una bocanada de aire fresco cuando creí que ya no podría respirar, y el deslizador se elevó, sobrevoló la plantación y se dirigió a Puerto Romance.

Mi juicio se celebró seis días después. Rolman, Rushomin y Poneascu declararon que yo había insultado a M. Herrig en el viaje al marjal y allí lo había atacado. Destacaron que la perra había muerto en el jaleo que yo había provocado. De vuelta en la plantación, yo había empuñado ese lanzadardos ilegal y había amenazado con matarlos a todos. Herrig había intentado arrebatarme el arma. Yo le había disparado a quemarropa, despedazándole la cabeza.

Herrig fue el último en declarar. Conmocionado y pálido a tres días de su resurrección, vestido con traje oscuro y capa de negocios, confirmó con voz trémula el testimonio de los demás y describió mi brutal ataque. Mi defensor, designado por el tribunal, no lo interrogó. Siendo cristianos renacidos en buenos tratos con Pax, esos cuatro no tenían obligación de declarar bajo la influencia de la droga de la verdad o cualquier otra forma de verificación química o electrónica. Yo me ofrecí para someterme a la droga o al sondeo pleno, pero el fiscal alegó que esos artificios eran irrelevantes, y el juez aprobado por Pax dio su acuerdo. Mi defensor no presentó una protesta.

Fue un juicio sin jurado. El juez tardó menos de diez minutos en llegar a un veredicto. Yo era culpable y fui sentenciado a ser ejecutado con una vara de muerte.

Solicité que la ejecución se demorase hasta que pudiese avisar a mi tía y mis primos del norte de Aquila para que me visitaran por última vez. Mi solicitud fue denegada. La hora de la ejecución se fijó para la madrugada del día siguiente.

3

Un sacerdote del monasterio Pax de Puerto Romance fue a visitarme esa noche. Era un hombre de cabello ralo, un tío menudo, nervioso y un poco tartamudo. Una vez en la sala de visitas, que no tenía ventanas, se presentó como el padre Tse y pidió a los guardias que se marcharan.

—Hijo mío —dijo, y sentí ganas de sonreír, pues el sacerdote aparentaba mi edad—, hijo mío... ¿estás preparado para mañana?

Perdí las ganas de sonreír. Me encogí de hombros.

El padre Tse se mordió el labio.

—No has aceptado a Nuestro Señor... —dijo con voz tensa de emoción.

Quise encogerme de hombros otra vez, pero opté por hablar.

—No he aceptado el cruciforme, padre. Quizá no sea lo mismo.

Sus ojos castaños eran insistentes, suplicantes.

—Es lo mismo, hijo mío. Nuestro Señor nos ha revelado esto.

Callé.

El padre Tse dejó su misal y me tocó las muñecas amarradas.

—Si te arrepientes esta noche y aceptas a Jesucristo como tu salvador personal, tres días después de mañana te levantarás para vivir de nuevo en la gracia del perdón de Nuestro Señor. —No pestañeó—. Lo sabes, ¿verdad, hijo mío?

Lo miré a los ojos. Un prisionero de la celda contigua se había pasado las tres últimas noches gritando. Me sentía muy fatigado.

—Sí, padre. Sé cómo funciona el cruciforme.

El padre Tse negó enfáticamente con la cabeza.

—El cruciforme no, hijo mío. La gracia de Nuestro Señor.

Asentí.

—¿Usted ha experimentado la resurrección, padre?

El sacerdote agachó la cabeza.

—Todavía no, hijo mío. Pero no temo ese día. —Me miró de nuevo—. Y tú tampoco debes temer.

Cerré los ojos un instante. Había estado pensando en esto cada minuto de los últimos seis días y noches.

—Mire, padre, no quiero ofender, pero hace unos años tomé la decisión de no someterme al cruciforme, y creo que no es el momento apropiado para cambiar de opinión.

El padre Tse me clavó sus ojos brillantes.

—Cualquier momento es apropiado para aceptar a Nuestro Señor, hijo mío. Después de la madrugada de mañana no habrá más tiempo. Tu cadáver será sacado de este lugar y arrojado al mar como alimento para los peces carroñeros...

Esta imagen no era nueva para mí.

—Sí. Conozco la pena para un homicida que no se ha convertido antes de la ejecución. Pero tengo esto... —Me toqué el pórtate-bien cortical que me habían adherido a la sien—. No necesito que me encastren un parásito cruciforme para someterme a una esclavitud más profunda.

El padre Tse retrocedió como si lo hubiera abofeteado.

—Una vida de entrega a Nuestro Señor no es esclavitud —dijo. La cólera le había curado el tartamudeo—. Hubo millones que entregaron su vida antes de que se ofreciera la bendición tangible de una resurrección inmediata en esta vida. Hoy hay miles de millones que lo aceptan con gratitud. —Se levantó—. La elección es tuya, hijo mío. La luz eterna, con el don de una vida casi ilimitada en este mundo para servir a Cristo, o la oscuridad eterna.

Aparté los ojos con indiferencia.

El padre Tse me bendijo, se despidió con una mezcla de tristeza y desprecio, dio media vuelta, llamó a los guardias y se marchó. Un minuto después el dolor me acuchilló el cráneo cuando los guardias activaron mi pórtate-bien para llevarme de vuelta a la celda.

No te aburriré con la larga letanía de los pensamientos que pasaron por mi cabeza en esa interminable noche de otoño. Yo tenía veintisiete años. Amaba la vida con una pasión que a veces me creaba problemas, aunque nunca habían sido tan graves. En las primeras horas de esa última noche, pensé en la fuga con la desesperación de un animal enjaulado. La cárcel estaba en el abrupto acantilado que daba sobre el arrecife llamado la Mandíbula, en la bahía de Toschahi. Todo era irrompible. Perspex, acero ultrafuerte, plástico. Los guardias portaban varas de muerte y no parecían reacios a usarlas. Aunque yo pudiera escapar, una presión en el control remoto del pórtate-bien me derribaría con la peor migraña del universo mientras ellos seguían la señal que los llevaría a mi escondrijo.

Pasé las últimas horas reflexionando sobre la necedad de mi breve e inservible vida. No lamentaba nada, pero tampoco tenía mucho que hablara a favor de los veintisiete años que Raul Endymion había vivido en Hyperion. El tema dominante de mi vida parecía ser esa perversa terquedad que me había inducido a rechazar la resurrección.

Conque debes a la Iglesia una vida de servicios, susurró una voz frenética en mi cabeza. Al menos así tendrás una vida. ¡Y más vidas después! ¿Cómo puedes rechazar semejante trato? Cualquier cosa es preferible a la muerte verdadera, a que arrojen tu cadáver a los celacantos y gusanos-tiburón. ¡Piensa en ello! Cerré los ojos y fingí dormir tan solo para huir de los gritos que resonaban en mi mente.

La noche duró una eternidad, pero el amanecer pareció llegar pronto. Cuatro guardias me escoltaron hasta la cámara de muerte, me amarraron a una silla de madera y cerraron la puerta de acero. Mirando por encima del hombro izquierdo, vi rostros observándome a través del Perspex. Esperaba un sacerdote —tal vez no el padre Tse, pero un sacerdote, algún representante de Pax— que me ofreciera una última oportunidad de inmortalidad. No había ninguno. Eso solo me satisfizo en parte. No sé si habría cambiado de opinión a último momento.

El método de ejecución era sencillo y mecánico, quizá no tan sutil como la caja del gato de Schrödinger, pero aun así ingenioso. Desde la pared una vara de muerte apuntaba a la silla donde yo estaba sentado. Vi la luz roja que se encendía en la pequeña unidad comlog adherida al arma. Los prisioneros de las celdas contiguas me habían descrito gustosamente la mecánica de mi muerte aun antes de que se dictara sentencia. El ordenador comlog tenía un generador de números aleatorios. Cuando el número generado fuera un número primo inferior a diecisiete, se activaría el rayo de la vara. Cada sinapsis de esa masa gris que era la personalidad y memoria de Raul Endymion sería incinerada. Pulverizada. Derretida hasta convertirse en el equivalente neurónico de un desecho radiactivo. Las funciones autónomas cesarían milisegundos después. Mi corazón y mi respiración cesarían en cuanto mi mente fuera destruida. Los expertos decían que la muerte por la vara era indolora. Los que resucitaban después de una ejecución con vara de muerte no querían hablar sobre la sensación, pero en las celdas se decía que dolía como el demonio, como si estallaran todos los circuitos del cerebro.

Miré la luz roja del comlog y el extremo de la vara. Algún chusco había puesto una pantalla LED para que yo pudiera ver los números generados. Pasaban como los números de un ascensor al infierno: 26-74-109-19-37... Habían programado el comlog para que no generase números mayores que 150... 77-42-12-60-84-129-108-14...

Perdí los estribos. Apreté los puños, forcejeé contra las correas de plástico, insulté a las paredes, a los rostros pálidos distorsionados por las ventanas de Perspex, a la puta Iglesia y su puta Pax, al puto cobarde que había matado a mi perra, a los putos cobardes que...

No vi el número primo bajo que aparecía en pantalla. No oí el murmullo de la vara de muerte cuando se activó el rayo. Sentí algo, una frialdad de cicuta que comenzaba en la nuca y se propagaba por mi cuerpo con la velocidad de la conducción nerviosa, y me sorprendí de sentir algo. «Los expertos están equivocados y los convictos tienen razón —pensé frenéticamente—. Puedes sentir la muerte por la vara.» Me habría reído si el aturdimiento no me hubiera cubierto como una ola.

Una ola negra.

Una ola negra que me arrastró.

4

No me sorprendí de despertarme con vida. Tal vez uno solo se sorprende cuando se despierta muerto. De todos modos, desperté sin más incomodidad que un cosquilleo en los brazos y me quedé acostado, mirando el sol que se deslizaba por un tosco techo de yeso, hasta que un pensamiento urgente me despabiló.

«Espera un minuto. ¿Yo no estaba...? ¿Ellos no...?»

Me incorporé y miré en torno. Si tenía la sensación de que mi ejecución había sido un sueño, el prosaico aspecto de mi entorno pronto se encargó de disiparla. La habitación tenía forma de pastel, con una pared curva y blanqueada y un techo de yeso. La cama era el único mueble, y la gruesa y blancuzca ropa de cama complementaba la textura del yeso y la piedra. Había una maciza puerta de madera —cerrada— y una ventana con forma de arco abierta a la intemperie. Un vistazo al cielo color lapislázuli me reveló que aún estaba en Hyperion. Era imposible que aún estuviera en la prisión de Puerto Romance; la piedra era demasiado vieja, los detalles de la puerta demasiado ornamentales, la calidad de las mantas demasiado buena.

Me levanté, me encontré desnudo. Caminé hacia la ventana. La brisa otoñal era intensa, pero el sol me entibiaba la piel. Estaba en una torre de piedra. El amarillo chalma y una gruesa maraña de raraleña tejían una sólida techumbre de árboles en las colinas hasta el horizonte. Una vegetación siempreazul crecía en las laderas de granito. Vi más murallas, almenas y la curva de otra torre. Las paredes parecían antiquísimas. La calidad de su construcción y el aire orgánico de su arquitectura pertenecían a una época de destreza y buen gusto, muy anterior a la Caída.

Adiviné de inmediato mi paradero: el chalma y la raraleña sugerían que aún estaba en el continente meridional de Aquila; las elegantes ruinas hablaban de la ciudad abandonada de Endymion.

Nunca había estado en la localidad de donde mi familia tomaba su apellido, pero Grandam, la narradora de nuestro clan, la había descrito muchas veces. Endymion había sido una de las primeras ciudades de Hyperion colonizadas después de que la nave semillera se estrelló setecientos años antes. Hasta la Caída había sido famosa por su buena universidad, una estructura enorme semejante a un castillo que dominaba la ciudad. El abuelo del bisabuelo de Grandam había sido profesor de la universidad hasta que las tropas de Pax dominaron la región de Aquila central y expulsaron a miles de personas.

Y ahora yo había regresado.

Un hombre calvo de tez azul y ojos color azul cobalto traspuso la puerta, dejó en la cama ropa interior y un traje sencillo de algo que parecía algodón casero.

—Vístete, por favor —dijo.

Miré en silencio mientras el hombre daba media vuelta y salía. Tez azul. Ojos color azul cobalto. Calvo. Tenía que ser un androide, el primero que yo veía. Si me hubieran preguntado, habría dicho que no quedaban androides en Hyperion. La biofacturación era ilegal desde la Caída, y aunque el legendario Triste Rey Billy los había importado para construir la mayoría de las ciudades del norte siglos atrás, no tenía noticias de que aún existieran androides en nuestro mundo. Sacudí la cabeza, me vestí. El traje me sentaba a la perfección, a pesar de mis hombros grandes y mis piernas largas.

Estaba de vuelta ante la ventana cuando el androide regresó. Se detuvo en la puerta y gesticuló con la mano.

—Por aquí, por favor, M. Endymion —dijo, usando el honorífico tradicional en inglés de la Red.

Contuve el impulso de hacer preguntas y lo seguí por la escalera de la torre. La habitación de arriba ocupaba todo el piso. El sol del atardecer atravesaba vitrales rojos y amarillos. Al menos una ventana estaba abierta, y oí el susurro de un viento lejano en la hojarasca.

Esta habitación era tan blanca y austera como mi celda, salvo por un apiñamiento de aparatos médicos y consolas de comunicaciones en el centro del círculo. El androide se marchó, cerrando la gruesa puerta, y tardé un segundo en comprender que había un ser humano en medio de todo ese equipo.

Al menos, creí que era un ser humano.

El hombre estaba sentado en una cama flotante de flujoespuma. Tubos, intravenosas, filamentos de monitoreo y umbilicales de aspecto orgánico unían el equipo con la cenicienta figura. Digo «cenicienta», pero en verdad el hombre parecía momificado, la tez arrugada como los pliegues de una vieja chaqueta de cuero, el cráneo manchado y calvo, los brazos y piernas consumidos al extremo de ser meros apéndices vestigiales. La postura del viejo evocaba un pichón arrugado y sin plumas que se ha caído del nido. Su tez apergaminada tenía un aire azulado que me hizo pensar «androide» por un momento, pero luego reparé en la diferencia del tono de azul, en el leve fulgor de las palmas, las costillas y la frente, y comprendí que miraba a un humano verdadero que había recibido tratamientos Poulsen durante siglos.

Ya nadie recibe tratamientos Poulsen. Esa tecnología se perdió con la Caída, así como la materia prima de mundos perdidos en el tiempo y el espacio. O eso creía yo. Pero aquí había una criatura que tenía muchos siglos y debía de haber recibido tratamientos Poulsen desde hacía escasas décadas.

El anciano abrió los ojos.

Desde entonces he visto ojos igualmente enérgicos, pero hasta ese momento nada me había preparado para la intensidad de esa mirada. Creo que retrocedí un paso.

—Acércate, Raul Endymion. —La voz era como una hoja sin filo raspando pergamino. El viejo movía la boca como un pico de tortuga.

Me acerqué, deteniéndome solo cuando una consola se interpuso entre la forma momificada y yo. El viejo parpadeó y alzó una mano huesuda que sin embargo parecía demasiado pesada para esa muñeca delgada como una ramilla.

—¿Sabes quién soy? —La áspera voz era suave como un susurro.

Negué con la cabeza.

—¿Sabes dónde estás?

—Endymion. La universidad abandonda, creo.

Contrajo las arrugas en una sonrisa desdentada.

—Muy bien. El tocayo reconoce las piedras amontonadas que dieron nombre a su familia. ¿Pero no sabes quién soy yo?

—No.

—¿Y no te intriga saber cómo sobreviviste a tu ejecución?

Aguardé solemnemente. El viejo sonrió de nuevo.

—Muy bien hecho. Todo llega para quien sabe esperar. Y los detalles no son muy esclarecedores... sobornos en puestos altos, la vara de muerte reemplazada por un paralizador, más sobornos para quienes certifican la defunción y se encargan del cadáver. Lo que nos interesa no es el «cómo», ¿verdad, Raul Endymion?

—No —dije al fin—. Por qué.

El pico de tortuga tembló, la maciza cabeza asintió. Aunque había sufrido el deterioro de los siglos, el rostro aún era puntiagudo y anguloso, un rostro de sátiro.

—Precisamente... ¿por qué? ¿Por qué tomarnos el trabajo de fingir tu ejecución y transportar tu jodido cadáver por medio jodido continente? ¿Por qué?

Las obscenidades no parecían tan duras en labios del viejo. Parecía haberlas usado tanto tiempo que ya no merecían un énfasis especial. Esperé.

—Quiero que me hagas un mandado, Raul Endymion.

El viejo jadeó. Un líquido claro circuló por los tubos intravenosos.

—¿Tengo opción?

El viejo sonrió de nuevo, pero los ojos eran inmutables como la piedra de las murallas.

—Siempre tenemos opciones, querido muchacho. En este caso, podrías ignorar toda deuda que tengas conmigo por salvarte el pellejo e irte de aquí... caminando. Mis criados no te detendrán. Con suerte podrás salir de la zona restringida, encontrar el camino hacia regiones más civilizadas y evitar las patrullas de Pax, ya que tu identidad y tu falta de documentos podrían resultar... embarazosos.

Asentí. Mi ropa, mi cronómetro, mis documentos de trabajo y mi identificación de Pax debían de estar en Toschahi. Trabajando como guía de caza en los marjales, había olvidado con cuánta frecuencia las autoridades pedían documentos en las ciudades. Pronto lo recordaría si regresaba a las ciudades costeras o los pueblos del interior. Y aun un empleo rural como el de guía o pastor requería una identificación Pax para los formularios de impuestos y diezmos. Con lo cual debería ocultarme en el interior el resto de mi vida, viviendo de la tierra y eludiendo a la gente.

—O bien —dijo el viejo—, puedes hacerme un mandado y hacerte rico.

Hizo una pausa, inspeccionándome con sus ojos oscuros tal como los cazadores profesionales inspeccionaban a los cachorros que prometían ser buenos perros para el oficio.

—Dígame —dije.

El viejo cerró los ojos y exhaló ásperamente. No se molestó en abrirlos de nuevo.

—¿Sabes leer, Raul Endymion?

—Sí.

—¿Has leído el poema conocido como los Cantos?

—No.

—¿Pero has oído una parte? Perteneces a un clan de pastores del norte. Sin duda el narrador ha mencionado los Cantos.

Había un tono extraño en la voz cascada. Tal vez modestia.

Me encogí de hombros.

—He oído fragmentos. Mi clan prefería la Épica del jardín o la Saga de Glennon-Height.

Los rasgos de sátiro se arrugaron en una sonrisa.

—La Épica del jardín. Sí. Allí Raul era un héroe centauro, ¿verdad?

No respondí. Grandam admiraba el personaje del cen ...