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EL TRIUNFO DEL DINERO

Niall Ferguson  

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Fragmento

Agradecimientos

Aunque escribir es una actividad solitaria, ningún libro constituye una aventura a solas. Doy las gracias al personal de los siguientes archivos: Museo Histórico de Amsterdam; Biblioteca Nacional de Francia, París; Museo Británico, Londres; Museo del Algodón, en la Lonja del Algodón de Memphis; Archivo Nacional de Holanda, La Haya; Museo Estatal de Luisiana, Nueva Orleans; Archivos Medici, en el Archivo Municipal de Florencia; Archivo Nacional de Escocia, Edimburgo; Biblioteca Nacional de Italia, Venecia; Archivo Rothschild, Londres; y Archivo Scottish Widows, Edimburgo. Varios eruditos y bibliotecarios respondieron con generosidad a mis peticiones de ayuda. En particular, quisiera dar las gracias a Melanie Aspey, Tristram Clarke, Florence Groshens, Francesco Guidi-Bruscoli, Greg Lambousy, Valerie Moar, Liesbeth Strasser, Jonathan Taylor y Lodewijk Wagenaar. Asimismo he contado en mi investigación con la inestimable ayuda de Andrew Novo.

Vaya un especial agradecimiento al selecto grupo de expertos financieros que aceptaron ser oficialmente entrevistados: Domingo Cavallo, Joseph DiFatta, John Elick, Kenneth Griffin, William Gross, José Piñera, lord Rothschild, sir Evelyn de Rothschild, Richard Scruggs, George Soros, George Stevenson, Carmen Velasco, Paul Volcker, Sherron Watkins y Robert Zoellick. También he aprendido mucho de mis conversaciones extraoficiales con los participantes en diversos eventos organizados por Morgan Stanley y GLG Partners.

La versión original inglesa de este libro ha sido editada por Penguin a ambos lados del Atlántico. En Nueva York fue un placer y un privilegio poder tener por primera vez como editora a Ann Godoff. En Londres, Simon Winder se aseguró de que ni un solo ejemplo de jerga ininteligible llegara a la imprenta. Michael Page realizó un magnífico trabajo como corrector de estilo. También debo dar las gracias a Richard Duguid, Ruth Stimson, Rosie Glaisher, Alice Dawson, Helen Fraser, Stefan McGrath, Ruth Pinkney y Penelope Vogler.

Al igual que mis tres obras anteriores, El triunfo del dinero se concibió desde el primer momento como una serie televisiva además de como un libro. En la cadena británica Channel 4 tengo una deuda con Julian Bellamy, Ralph Lee, Kevin Lygo y, sobre todo, Hamish Mykura. Nuestras ocasionales tensiones siempre fueron creativas. En la neoyorquina W-Net Channel 13, Stephen Segaller ha sido un inestimable apoyo. Estoy especialmente agradecido al equipo de recaudación de fondos de Channel 13, dirigido por Barbara Bantivoglio, por todos sus esfuerzos. Ni la serie televisiva ni el libro habrían sido posibles sin el extraordinario equipo de personas reunido por Chimerica Media: Dewald Aukema, nuestro sin par cineasta; Rosalind Bentley, nuestra investigadora; Vaughan Matthews, nuestro cámara auxiliar; Paul Paragon y Ronald van der Speck, nuestros técnicos de sonido ocasionales; Joanna Potts, nuestra ayudante de producción; Vivienne Steel, nuestra jefa de producción, y Charlotte Wilkins, nuestra coordinadora de producción, sin olvidar tampoco a su predecesora, Hedda Archbold. En cuanto a Melanie Fall y Adrian Pennink, mis colegas «chimericanos», baste decir que sin ellos El triunfo del dinero ni siquiera habría despegado del suelo.

Entre las numerosas personas que nos ayudaron a filmar la serie, hubo varios «arregladores» que se desvivieron por ayudarnos. Doy las gracias a Sergio Ballivian, Rudra Banerji, Matias de Sa Moreira, Makarena Gagliardi, Laurens Grant, Juan Harrington, Fernando Mecklenburg, Alexandra Sánchez, Tiziana Tortarolo, Khaliph Troup, Sebastiano Venturo y Eelco Vijzelaar. Mi amigo Chris Wilson se aseguró de que no perdiera ningún avión.

Tengo la inmensa fortuna de tener en la persona de Andrew Wylie al mejor agente literario del mundo, y en la de Sue Ayton a su equivalente en el ámbito de la televisión inglesa. Vaya asimismo mi agradecimiento a James Pullen y a todo el resto del personal de las oficinas en Londres y en Nueva York de la Agencia Wylie.

Varios historiadores, economistas y operadores financieros leyeron generosamente todo o parte del borrador del manuscrito, o comentaron cuestiones clave. Quisiera dar las gracias a Rawi Abdelal, Ewen Cameron Watt, Richart Carty, Rafael DiTella, Mohamed El-Erian, Benjamin Friedman, Brigitte Granville, Laurence Kotlikoff, Robert Litan, George Magnus, Ian Mukherjee, Greg Peters, Richard Roberts, Emmanuel Roman, William Silber, André Stern, Lawrence Summers, Richard Sylla, Nassim Taleb, Peter Temin y James Tisch. Ni que decir tiene que todos los errores factuales o de interpretación que hayan podido quedar son de mi exclusiva responsabilidad.

La investigación y la redacción de este libro se realizaron en un momento de considerable agitación personal. Sin los conocimientos y el apoyo de tres instituciones académicas concretas habría resultado sencillamente imposible hacerlo. En la Universidad de Oxford, quisiera dar las gracias al rector y a los miembros del Jesus College, a sus homólogos del Oriel College y al personal de la Biblioteca Bodleiana. En la Hoover Institution de Stanford, he contraído una deuda con John Raisian, el director, y con su excelente personal, especialmente Jeff Bliss, William Bonnett, Noel Kolak, Richard Sousa, Celeste Szeto, Deborah Ventura y Dan Wilhelm. Entre los miembros de Hoover que han inspirado o colaborado en esta obra se incluyen Robert Barro, Stephen Haber, Alvin Rabushka y Barry Weingast.

Mi mayor deuda, no obstante, es con mis colegas de Harvard. Se tardaría mucho en dar las gracias uno por uno a todos los miembros de la Facultad de Historia de dicha universidad, de modo que me limitaré a los que contribuyeron directamente a este proyecto. Charles Maier ha sido una constante fuente de inspiración y amistad. Jim Hankins me ofreció su hospitalidad y su ayuda en Florencia. También quisiera dar las gracias a David Armitage, Erez Manela, Ernest May y Daniel Sargent (quien, por desgracia, se ha ido a Berkeley) por establecer el Departamento de Historia Internacional como el medio perfecto para la investigación histórica interdisciplinar. Andrew Gordon y su sucesor James Kloppenberg han presidido el departamento con una habilidad y una sensibilidad excepcionales. Y sin Janet Hatch y su personal, al menos uno de los tres platos giratorios de la administración, la investigación y la docencia habría acabado por estrellarse en el suelo.

En el Centro de Estudios Europeos he tenido la suerte de compartir espacio e ideas, entre otros, con David Blackbourn, Patricia Craig, Paul Dzus, Patrice Higonnet, Stanley Hoffman, Maya Jasanoff, Katiana Orluc, Anna Popiel, Sandy Selesky, Cindy Skach, Michelle Weitzel y Daniel Ziblatt.

Fueron, sobre todo, mis colegas de la Harvard Business School los que hubieron de llevar todo el peso durante el curso 2006-2007. Ante todo, agradezco al decano Jay Light que se mostrara tan amable conmigo en aquellos momentos de crisis. Pero estoy igualmente agradecido a los miembros de la sección de Negocios y Gobierno de la Unidad de Economía Internacional por tolerar mis ausencias imprevistas, en especial a Richard Vietor, al que dejé en la estacada, así como a Rawi Abdelal, Laura Alfaro, Diego Comín, Arthur Daemmrich, Rafael DiTella, Catherine Duggan, Lakshmi Iyer, Noel Maurer, David Moss, Aldo Musacchio, Forest Reinhardt, Julio Rotemberg, Debora Spar, Gunnar Trumbull, Louis Wells y Eric Werker. Zac Pelleriti me proporcionó una ayuda administrativa vital.

Debo también dar las gracias a Steven Bloomfield y sus colegas del Centro Weatherhead de Asuntos Internacionales; a Graham Allison y todo el personal del Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales; a Claudia Goldin y demás participantes en el Taller de Historia Económica; y por último, aunque no en último lugar, a Dorothy Austin, Diana Eck y el resto de moradores de la Casa Lowell.

Finalmente, doy las gracias a todos mis estudiantes de ambos lados del río Charles, en especial a los alumnos de mis clases 10B, 1961, 1964 y 1965. He aprendido mucho de sus numerosos trabajos y de las innumerables conversaciones formales e informales que hacen que trabajar en Harvard sea una delicia.

En la época en la que se escribió este libro, mi esposa, Susan, luchaba por recuperarse de un grave accidente y de otros reveses. Con ella y con nuestros hijos, Felix, Freya y Lachlan, es con quienes tengo la mayor deuda. Solo desearía poder compensarles con una moneda más sólida.

Cambridge, Massachusetts, junio de 2008

Ilustraciones

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