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EL SUELO BAJO SUS PIES

Salman Rushdie  

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Fragmento

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EL CRIADOR DE ABEJAS

El día de San Valentín de 1989, último día de su vida, Vina Apsara, la legendaria cantante popular, se despertó sollozando porque había soñado con un sacrificio humano en el que ella era la víctima prevista. Hombres de torso desnudo que se parecían a Christopher Plummer la agarraban por muñecas y tobillos. Su cuerpo estaba despatarrado, desnudo y retorciéndose sobre una piedra pulida con la imagen tallada de Quetzalcóatl, el ave-serpiente. La abierta boca de la serpiente emplumada rodeaba un agujero oscuro excavado en la piedra y, aunque Vina tenía la boca dilatada por sus propios gritos, el único ruido que podía oír era el estallido de lámparas de flash; sin embargo, antes de que pudieran cortarle el cuello, antes de que su sangre vital burbujeara en aquella horrible copa, se despertó al mediodía en la ciudad de Guadalajara (México), en una cama desconocida y con un extraño semidifunto al lado, un mestizo desnudo de veintitantos años, identificado en los innumerables artículos de prensa que siguieron a la catástrofe como Raúl Páramo, el playboy heredero de un magnate local de la construcción, bien conocido, una de cuyas sociedades era propietaria del hotel. Ella había sudado copiosamente y las sábanas empapadas apestaban a la sordidez sin sentido de aquel encuentro nocturno. Raúl Páramo estaba inconsciente, tenía los labios pálidos y su cuerpo era sacudido, cada pocos momentos, por espasmos que Vina reconoció como idénticos a sus propios retorcimientos en sueños. Al cabo de unos instantes, el mestizo comenzó a hacer ruidos horrorosos en el fondo de su tráquea, como si alguien le estuviera cortando el cuello, y su sangre fluyera por la sonrisa escarlata de una herida invisible y serpenteara cayendo en una copa fantasma. Vina, presa del pánico, saltó de la cama, agarró su ropa, los pantalones de cuero y el corpiño de lentejuelas doradas con que había hecho su última salida la noche anterior al escenario del centro de congresos de la ciudad. Despreciativa, desesperadamente, se había entregado a aquel don nadie, a aquel muchacho que tenía la mitad de sus años, lo había elegido más o menos al azar entre la multitud que había entre bastidores, los resbaladizos, untuosos pretendientes de flor en el ojal, los magnates de la industria, la aristodesgracia, los reyezuelos de la droga, los príncipes del tequila, todos con limusinas, champán y cocaína, y hasta puede que con diamantes para obsequiar al lucero vespertino.

Aquel hombre había empezado a presentarse, pavonearse y hacerle fiestas, pero ella no quiso saber su nombre ni el saldo de su cuenta bancaria. Lo había elegido como a una flor y ahora quería tenerlo entre los dientes, lo había encargado como si fuera un plato «para llevar» y ahora lo alarmaba con la ferocidad de sus apetitos, porque comenzó a darse un festín de él en el momento mismo en que se cerró la puerta de la limusina, antes de que el chófer hubiera tenido tiempo de subir el cristal que daba intimidad a los pasajeros. Luego, él, el chófer, habló con reverencia de su cuerpo desnudo; mientras los periodistas le servían tequila sin parar, susurraba cosas sobre aquella desnudez trepadora y depredadora como si fuera un milagro; quién hubiera podido pensar que ella estuviera ya muy allá de la parte mala de los cuarenta, supongo que alguien allí arriba quería que se conservase como era. Yo hubiera hecho cualquier cosa por una mujer así, gimió el chófer, hubiera conducido a doscientos kilómetros por hora si ella hubiera querido velocidad, me hubiera estrellado contra una pared de cemento si ella hubiera deseado morir.

Sólo cuando ella salió tambaleándose al pasillo del piso undécimo del hotel, semidesnuda y confusa, tropezando con periódicos no reclamados cuyos titulares sobre los ensayos nucleares franceses en el Pacífico y la agitación política en la provincia meridional de Chiapas le mancharon las plantas de los pies descalzos con su tinta estridente, sólo entonces comprendió que la suite que había abandonado era la suya, había cerrado la puerta de golpe y no tenía la llave y, en aquel momento de vulnerabilidad, tuvo suerte porque la persona con que tropezó era yo, Mr. Umeed Merchant, fotógrafo, alias «Rai», su compinche, por decirlo así, desde los viejos tiempos de Bombay, y el único aficionado al disparador en muchas millas a la redonda que no soñaría en fotografiarla en aquel desaliño tan delicioso y escandaloso, con todo su ser momentáneamente desenfocado y, lo peor de todo, representando su edad; con el único ladrón de imágenes que nunca le hubiera robado aquel aspecto tan deshilachado y acosado, aquel desamparo tan legañoso e indiscutiblemente ojeroso, con la enmarañada fuente de cabello rojo hirsuto y teñido temblándole sobre la cabeza en un moño de Pájaro Loco, la encantadora boca temblorosa e insegura y los diminutos fiordos de los años despiadados profundizando en las comisuras de su boca, el arquetipo mismo de la diosa del rock duro, a mitad de camino hacia la desolación y la ruina. Había decidido convertirse en pelirroja para aquella gira, porque, a los cuarenta y cuatro, estaba empezando de nuevo, una carrera en solitario sin Él, por primera vez en años estaba en la carretera sin Ormus, por lo que no era realmente sorprendente que la mayor parte del tiempo se sintiera desorientada y desconcertada. Y sola. Había que admitirlo. Vida pública o vida privada, daba igual, ésa era la verdad: cuando no estaba con él no importaba con quién estuviera, porque siempre estaba sola.

Desorientación: pérdida del Oriente. Y de Ormus Cama, su sol.

Y no era sólo chamba eso de chocar conmigo. Yo siempre estaba allí para ella. Siempre cuidando de ella, siempre esperando su llamada. Si ella hubiera querido, habría habido docenas de nosotros, cientos, miles. Pero creo que sólo estaba yo. Y la última vez que pidió socorro no pude prestárselo, y ella murió. Terminó en mitad de la historia de su vida, fue una canción inacabada, abandonada en el puente, privada del derecho a seguir sus versos vitales hasta la rima final y perfecta.

Dos horas después de haberla rescatado del abismo insondable del pasillo de su hotel, un helicóptero nos llevó a Tequila, en donde Don Ángel Cruz, propietario de una de las mayores plantaciones de agave azul y de la celebrada destilería Ángel, un caballero legendario por la suave amplitud de su voz de contralto, la gran rotonda de su barriga y la esplendidez de su hospitalidad, iba a dar un banquete en honor de ella. Entretanto, habían llevado al hospital al amante playboy de Vina, paralizado por ataques provocados por la droga tan extremos que acabaron siendo mortales y, durante días, a causa de lo que le sucedió a Vina, el mundo se vio obsequiado con análisis minuciosos del contenido del torrente sanguíneo del difunto, su estómago, sus intestinos, su escroto, sus órbitas, su apéndice, su cabello y en realidad todo salvo el cerebro, que no se creía contuviera nada de interés, y había sido tan concienzudamente revuelto por los estupefacientes que nadie pudo comprender las últimas palabras que dijo, durante su comatoso delirio final. Unos días más tarde, sin embargo, cuando la información se había abierto paso hasta la Internet, un chalado por la literatura fantástica, apodado <elrond@rivendel.com>, que clamaba desde el distrito Castro de San Francisco, explicó que Raúl Páramo había hablado orco, el lenguaje infernal imaginado por Tolkien para los servidores de Sauron, el Señor Oscuro: Ash nazg durbatulûk, ash nazg gimbatul, ash nazg thrakatulûk agh burzum-ishi krimpatul. Después de eso, los rumores de prácticas satánicas, o quizá saurónicas, se extendieron imparablemente por la Red. Se hizo correr la idea de que el amante mestizo había sido un adorador del diablo, sirviente de sangre del Inframundo, y había dado a Vina Apsara un anillo inestimable pero maligno que había causado la catástrofe que siguió, arrastrándola al Infierno. Pero para entonces Vina estaba pasando ya a ser un mito, convirtiéndose en un recipiente en el que cualquier imbécil podía verter sus estupideces, o digamos en un espejo de la cultura, y podemos comprender mejor la naturaleza de esa cultura si decimos que encontró su espejo más fiel en un cadáver.

Un anillo para gobernarlos a todos, un anillo para encontrarlos, un anillo para traerlos a todos y someterlos en la oscuridad. Yo estaba sentado junto a Vina Apsara en el helicóptero a Tequila, pero no vi ningún anillo en sus dedos, salvo la talismánica piedra lunar que llevaba siempre, su vínculo con Ormus Cama, el recuerdo de su amor.

Había enviado a su séquito por carretera, eligiéndome a mí como único compañero aéreo:

—De todos, hijos de puta, es el único en quien puedo confiar. —Había gruñido.

Ellos habían salido una hora antes que nosotros, todo aquel maldito zoo, su serpentino director de gira, la hiena de su secretario, los gorilas de la seguridad, el pavo real de su peluquero y el dragón de la publicidad, pero ahora, mientras el helicóptero descendía sobre la caravana, la oscuridad que había envuelto a Vina desde nuestra partida pareció levantarse, y ella ordenó al piloto que diera una serie de pasadas a los coches, cada vez más bajo, vi cómo los ojos de él se dilataban de miedo, sus pupilas eran agujeritos negros, pero estaba tan embrujado como todos nosotros e hizo lo que a ella se le antojaba. Yo era quien gritaba más alto, por favor más alto en el micrófono sujeto a nuestros auriculares protectores, mientras su risa resonaba en mis oídos como una puerta que golpeara en el viento y, cuando la miré para decirle que tenía miedo, vi que estaba llorando. La policía había sido sorprendentemente amable con ella al llegar al escenario de la sobredosis de Raúl Páramo, contentándose con advertirla de que podría ser objeto de una investigación. Sus abogados pusieron fin a la reunión en aquel momento, pero ella parecía después tensa, inestable, demasiado brillante, como si estuviera a punto de deshacerse como una bombilla que explotara, como una supernova, como un universo.

Entonces dejamos atrás los vehículos y volamos sobre las colinas y valles, a los que las plantaciones de agave volvían de un azul grisáceo, y ella volvió a cambiar de humor, comenzó a reírse en el micrófono y a insistir en que la llevábamos a un lugar que no existía, un destino fantástico, un país de las maravillas, porque ¿cómo era posible que existiera un lugar llamado Tequila?

—Es como decir que el whisky viene de Whisky o que el gin se hace en Gin —exclamó—. ¿Acaso hay un río Vodka en Rusia? ¿Fabrican el ron en Ron? —Y luego, ensombreciéndose de pronto y con voz que se había vuelto muy suave, casi inaudible bajo el ruido de los rotores—: Y la heroína es de los héroes, y el crack de Cracovia.

Era posible que yo estuviera presenciando el nacimiento de una canción. Después, cuando interrogaron al capitán y al copiloto sobre el viaje en helicóptero, se negaron lealmente a divulgar detalles de aquel monólogo a bordo, en el que ella oscilaba, de un momento al siguiente, entre la euforia y la desesperación.

—Estaba muy animada —dijeron—, y hablaba en inglés, de manera que no la entendimos.

No sólo en inglés. Como únicamente estaba yo, podía parlotear en un argot barriobajero de Bombay, el Mumbai ki kachrapati baat-cheet, en el que una frase podía comenzar en un idioma, lanzarse por un segundo y hasta un tercer idioma, y volver a desviarse hacia el primero. Nuestro acronímico nombre para ello era, en inglés, Hug-me (es decir, Hindi Udu Gujarati Marathi Eglish): abrázame. Los bombayitas como yo eran gente que hablaba mal cinco idiomas y ninguno bien.

Separada de Ormus Cama en aquella gira, Vina había descubierto las limitaciones, musicales y letrísticas, de su propio material. Había escrito canciones nuevas para lucir aquella voz celestial que tenía, aquella escalera al cielo de octavas múltiples, tipo Yma Sumac, de un instrumento que, pretendía ella ahora, nunca había sido suficientemente aprovechado por las composiciones de Ormus; pero en Buenos Aires, San Pablo, México, D.F. y Guadalajara había podido oír por sí misma la tibia respuesta del público a esas canciones, a pesar de la presencia de sus tres enloquecidos percusionistas brasileños y de la pareja de guitarristas argentinos duelistas, que amenazaban terminar todas sus actuaciones con un duelo a cuchillo. Ni siquiera la aparición como invitado del veterano superstar mexicano Chico Estefan había podido entusiasmar a su público; al contrario, la cara de él, quirúrgicamente estirada y con la boca llena de dientes falsos, sólo subrayaba que la juventud de ella se estaba marchitando, algo que se reflejaba en la edad media de la multitud. Los chicos no venían, o no los suficientes, ni mucho menos.

Sin embargo, rugidos de aclamación seguían a cada uno de los viejos éxitos del antiguo catálogo VTO, y la verdad ineludible era que, durante esos números, la locura de los percusionistas se acercaba más a lo divino, los guitarristas duelistas ascendían en espiral hacia lo sublime, y hasta Estefan, aquel viejo libertino, parecía regresar de sus verdes prados al otro lado de la colina. Vina Apsara cantaba las palabras y la música de Ormus Cama, y enseguida la minoría de jovencitos del público se animaba y comenzaba a enloquecer, y las miles y miles de manos de la multitud empezaban a moverse al unísono, formando, con el lenguaje de los gestos, el nombre de la gran orquesta, al ritmo de unos vítores atronadores:

¡V! ¡T! ¡O!

¡V! ¡T! ¡O!

Vuelve a él, decían. Os necesitamos juntos. No tiréis vuestro amor. Queremos que, en lugar de romper, os reconciliéis.

Vertical Take-Off (Despegue Vertical). O Vina to Ormus (Vina para Ormus). We two (Nosotros Dos), traducido al hug-me por V-To. O una referencia a las bombas V-2. O V por peace, la paz que ansiaban, T for two, té para ellos dos, y O por love, su amor. O un homenaje a uno de los grandes edificios de la ciudad natal de Ormus: Victoria Terminus Orchestra. O un nombre inventado hacía mucho, cuando Vina vio un letrero de neón de la antigua bebida refrescante Vimto con sólo tres de sus letras iluminadas, Vimto sin im.

V... T... Ohh.

V... T... Ohh.

Dos gritos y un suspiro. El orgasmo del pasado, cuyo anillo llevaba ella en el dedo. Al que tal vez sabía que, a pesar de mí, tenía que volver.

El calor de la tarde era seco y feroz, lo que la encantaba. Antes de aterrizar, habían informado al piloto de suaves temblores de tierra en la región, pero él nos tranquilizó: habían pasado y no había razón para abortar el aterrizaje. Luego maldijo en francés.

—Después de cada ensayo nuclear, puedes contar cinco días: uno, dos, tres, cuatro, cinco, y la tierra tiembla.

Posó el helicóptero en un polvoriento campo de fútbol, en el centro de la pequeña ciudad de Tequila. Las que debían de ser todas las fuerzas de policía de la ciudad mantenían a raya a la población local. Cuando Vina Apsara descendió majestuosamente (siempre princesa, se estaba convirtiendo ahora en realeza), surgió un grito, sólo su nombre, Viiinaaa, alargando las vocales para que no fuera ella quien les diera largas, y se dio cuenta, y no por primera vez, de que, a pesar de todo el hiperbólico jolgorio y de la pública exhibición de su vida, a pesar de sus payasadas de estrella, de sus nakhras, nunca se lo tomaban a mal; había algo en su forma de ser que desarmaba a la gente, y lo que les salía burbujeando no era bilis sino un cariño milagroso e incondicional, como si ella fuera la niña recién nacida del mundo entero.

Podéis llamarlo amor.

Unos chicos pequeños rompieron el cordón policial, perseguidos por polis sudorosos, y allí estaba ya Don Ángel Cruz, con sus dos Bentley plateados que imitaban exactamente el color de su pelo, disculpándose por no saludarnos con un aria, pero el polvo, el desafortunado polvo es siempre una dificultad, y ahora, con el temblor, el aire está lleno de polvo, por favor, señora, señor y, con una tosecita contra el dorso de la mano, nos condujo hasta el primer Bentley, que saldrá enseguida, por favor, y comenzará el programa. Él se sentó en el segundo vehículo, secándose con pañuelos gigantescos y manteniendo aquella enorme sonrisa en la cara mediante un gran esfuerzo de voluntad. Casi se podía ver su distracción, que iba aumentando bajo aquella superficie de anfitrión perfecto.

—Está preocupado —dije a Vina cuando nuestro coche salió hacia la plantación.

Ella se encogió de hombros. En octubre de 1984 había atravesado el puente de la bahía de Oakland, yendo hacia el oeste, mientras probaba en carretera un automóvil de lujo para un artículo publicitario en Vanity Fair, y al llegar al otro lado se dirigió a una estación de gasolina, bajó del coche y lo vio elevarse del suelo, con las cuatro ruedas, y quedarse suspendido en el aire como si fuera del futuro o de Regreso al futuro al menos. En aquel momento, el puente de la bahía se estaba derrumbando como si fuera de juguete. Por eso:

—No trates de terremotearme —me dijo con su voz dura de pelar, avezada a desastres, en cuanto llegamos a la plantación, en donde empleados de Don Ángel nos aguardaban con sombreros vaqueros de paja para protegernos del sol, y maestros del machete se disponían a demostrarnos cómo se corta a tajos una planta de agave para convertirla en una gran piña azul, lista para la máquina batidora—. No trates de Richtearme, Rai, cariño. Me han escalado otras veces.

Los animales actuaban extrañamente. Chuchos mestizos corrían en círculo gañendo y se oían relinchos de caballos. Aves proféticas revoloteaban ruidosamente allá en lo alto. La actividad sísmica subcutánea aumentaba también, bajo la afabilidad, cada vez más ampulosa, de Don Ángel Cruz, mientras nos arrastraba por toda la destilería: éstas son nuestras cubas de madera tradicionales, y aquí están nuestras flamantes maravillas tecnológicas, nuestra inversión de capital para el futuro, nuestra enorme inversión, nuestra inversión incalculable. El miedo había comenzado a rezumar de él en glóbulos de sudor rancio. Distraídamente, se daba golpecitos con sus empapados pañuelos para secar el flujo oloroso, y en la planta de embotellado sus ojos se abrieron aún más de sufrimiento mientras contemplaba la fragilidad de su fortuna, líquido acunado en cristal, y el miedo al terremoto comenzaba a filtrársele húmedamente por el rabillo del ojo.

—Las ventas de vinos y licores franceses han disminuido, desde que comenzaron los ensayos nucleares, quizá en un veinte por ciento —musitó, sacudiendo la cabeza—. Las bodegas chilenas y nuestra gente, aquí en Tequila, han sido los beneficiados. La demanda de exportaciones se ha disparado hasta tal punto que no se lo creerían. —Se secó los ojos con el dorso de una mano insegura—. ¿Por qué habría de hacernos Dios ese regalo sólo para quitárnoslo después? ¿Por qué tendría que poner a prueba nuestra fe? —Nos miró con ojos escrutadores, como si realmente pudiéramos ofrecerle una respuesta. Cuando comprendió que no había respuesta disponible, agarró de pronto las manos de Vina Apsara, y se convirtió en suplicante de su corte, empujado a aquel acto de familiaridad excesiva por la fuerza de una gran necesidad. Ella no trató de librarse de sus manos.

—No he sido malo —dijo Don Ángel a Vina, en tono implorante, como si le estuviera rezando—. He sido justo con mis empleados y cariñoso con mis hijos, y hasta fiel a mi mujer, salvo, seamos sinceros, un par de incidentes sin importancia, ocurridos quizá hace veinte años, señora, usted es una dama refinada y puede comprender las flaquezas de la edad madura. ¿Por qué tendría que llegar un día como éste? —De hecho... inclinó la cabeza, soltándole ahora las manos para juntar las suyas y llevárselas temerosamente a los dientes.

Ella estaba acostumbrada a dar absoluciones. Poniendo sus recién liberadas manos en los hombros de él, comenzó a hablarle con aquella Voz, a murmurarle como si fueran amantes, rechazando el temido terremoto como a un niño travieso, mandándolo a un rincón, prohibiéndole causar problemas al excelente Don Ángel, y tal era el milagro de sus facultades vocales, del sonido de su voz, más que cualquier cosa que pudiera decir, que aquel tipo afligido dejó realmente de sudar y, con un renacimiento vacilante e indeciso de su buen humor, levantó su cabeza de querubín y sonrió.

—Muy bien —dijo Vina Apsara—. Ahora vamos a comer.

En la vieja hacienda de la empresa familiar, que ahora se usaba sólo para grandes fiestas como aquélla, encontramos una larga mesa puesta en un claustro que daba sobre un patio con una fuente y, cuando Vina entró, un mariachi comenzó a tocar. Luego llegó la caravana de automóviles y de ella salió desordenadamente todo el horrible zoo del mundo del rock, gritando y agitándose, y empezó a soplarse el tequila añejo de su anfitrión como si fuera cerveza de lata o vino de cartón, alardeando de su viaje a través de los temblores de tierra; el secretario siseando su odio hacia aquella tierra inestable, como si tuviera intención de demandarla judicialmente, el director de la gira riéndose con el regocijo que sólo mostraba normalmente cuando había firmado un nuevo contrato en condiciones de explotación vergonzosa, el pavo real con aspavientos y exclamaciones, los gorilas gruñendo monosilábicamente, los guitarristas argentinos, como de costumbre, como el perro y el gato, y los percusionistas —¡ay, los percusionistas!— ahuyentando el recuerdo de su pánico mediante una serie de críticas a todo volumen, lubricadas con tequila, a la forma de tocar del mariachi, cuyo jefe, reluciente en su traje de negro y plata, tiró el sombrero al suelo y estaba a punto de echar mano a la pistola de seis tiros que llevaba al muslo cuando intervino Don Ángel y, para fomentar un ambiente más cordial, ofreció con benevolencia:

—Por favor, si me lo permiten, intentaré cantar para divertirlos.

Una auténtica voz de contralto hace calla

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