Loading...

EL MOCHO

José Donoso  

0


Fragmento

1

Fue metiendo la ropa vieja de su padre en una caja que encontró en el basural: pantalones rajados, calcetines huachos, una camiseta tiznada, un gorro de lana, junto a sus documentos de identidad y la foto donde abrazaba a la Elba en la plaza de Lebu, tomada poco antes de que él naciera. Se veía rellenita con él adentro, calentita, no vacía. Blanqueó la caja: ¿para qué pintarla negra si era su recuerdo no más lo que iban a enterrar? Y con azarcón escribió en la tapa y en el rótulo, con una cruz, Antonio Alvayay Medina, que era el nombre de su padre.

Que le dijeran al chiquillo que ya estaba bueno, renegaba don Iván alzándose sobre su codo en la cama. Toño me irrita, lloriquea tanto, anda escarbando por todos los rincones a ver si encuentra más cosas que meter en su maldita caja. Todo esto era un ardid, un juego de la Elba. Ella se lo metió en la cabeza, contándole que bastan el nombre del finado, su retrato y un poco de ropa que haya estado cerca de su cuerpo y conserve sus olores, para sepultar a alguien. Lo decían los pescadores de antes cuando alguien naufragaba en alta mar y no se podía rescatar su cuerpo. Antonio no era pescador, alegaba don Iván, las flemas de su tos rabiosa desdibujando sus palabras y tumbándolo en el jergón.

El niño piensa, mientras busca más cosas que echar en su caja insaciable, que quedar sepultado en el fondo del Pique Grande con los otros cinco barreteros muertos no es lo mismo que quedar sepultado con su nombre y una crucecita de madera en un lugar definido. No busques más, Toño. Pero buscas y buscas porque tienes terror de que tu pensamiento no alcance a tocar a tu padre, a mi marido, en las tinieblas de la mina. Igual a los hijos de los pescadores que no podían encontrar el cuerpo del padre desaparecido en el mar, tan hondo y tan incierto y de noche tan oscuro como la mina. Después de que el estallido destruyó quién sabe cuántos kilómetros de galerías, me di cuenta de que los rumbos de la mina habían confundido el pensamiento de Toño. Giraba y giraba, y mareado no sabía qué dirección tomar. Entonces recordé esta pequeña ceremonia de mi niñez para que Toñito no siga tan perdido. A mí me irrita igual que al abuelo su insistencia quejumbrosa en que tiene pena porque no habrá sepultura para su padre, como si eso fuera lo esencial, lo único importante. Se me ocurrió que darle esta otra sepultura, la de juguete, la de mentira, le servirá por lo menos para pensar a su padre en un sitio fijo —así le dije para consolarlo— y para sentirse igual que la gente normal. Antonio siempre insistía: nos salió llorón y fantasioso este chiquillo, qué le vamos a hacer, no servirá para trabajar en nada cuando sea grande, ni en la pesca, ni en la mina, ni para tumbar árboles y definir la línea del tren. Pero cuando alguien suba las lomas de Chivilingo que miran hacia la bahía de Arauco por encima del pinar, verá las tumbas polvorientas con sus cercos de palitos blancos o malva en los cerros pelados, y cuando lea el letrero que pintó Toño y vuelva a bajar al pueblo, podrá decirle cuando se encuentre con él:

—Oye, vi la tumba donde pusieron a tu papá, Toñito...

¿Se quedará tranquilo con eso?

Fue idea mía sepultarlo en ese cementerio, aunque era minero. Le dije al niño: tu papá no se va a quedar solo en ese lugar de pescadores, pues el recuerdo de tu otro abuelo (mi padre pescador y creyente que hablaba de milagros y de San Pedro, no como este abuelo malo que no sabe más que predicar huelgas y rebeldías) está allá en Chivilingo, porque no se encontró su cuerpo. A veces jugaba a la brisca con tu papá sobre un cajón volcado encima de las conchas delante de la puerta de la casa en la caleta. Pero fue Toño el que dijo, como si fuera comunista: ¿por qué no va a ser una buena manera de sepultar también a los desaparecidos en otras desgracias, como los que perdieron la vida debajo de toneladas de escoria en el derrumbe de una mina?

Recibe antes que nadie historias como ésta