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EL MARCIANO

Andy Weir  

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Fragmento

Título original: The Martian

Traducción: Javier Guerrero

1.ª edición: Octubre 2014

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 16912-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-890-2

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Presentación

Recibe antes que nadie historias como ésta

Desde hace años, la distinción (¿pelea?) entre fantasía y ciencia ficción ha ocupado muchas páginas. Pero recientemente, hemos tenido un ejemplo clarísimo de que la ciencia ficción puede acabar cediendo ante la fantasía. Me refiero a la serie CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO de George R. R. Martin, uno de los mejores autores de la ciencia ficción mundial que parece haber dejado el género para usar y abusar de la fantasía más clásica.

En el verano de 2013, en la ya habitual visita a España de Joe Haldeman (acompañado como siempre por su amable esposa, Gay), he tenido de nuevo la oportunidad de compartir varias horas y una cena con ambos. Acabamos irremediablemente hablando de Martin y de cómo está explotando el filón de la fantasía en su serie conocida popularmente como Juego de Tronos, que en realidad es el título de la primera de las cinco novelas publicadas hasta hoy.

George R. R. Martin ha cosechado éxitos en todos los ámbitos posibles de la ciencia ficción. Ha escrito novelas cortas imprescindibles como Una canción para Lya o Los reyes de la arena; novelas brillantes e inolvidables como Muerte de la luz, e incluso domina el difícil arte del fix-up de relatos cortos enhebrados conjuntamente, como hizo en la magistral Los viajes de Tuf. Sin embargo, en las dos últimas décadas Martin se ha dedicado a la novela más o menos histórico-fantástica de voluntad épica. Era de esperar que abordara también esa temática y su característica extensión con suma brillantez, y así ha sido.

En 1996 aparecía el primer volumen de un largo proyecto que lleva por título genérico CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO. Ha sido un gran éxito y, como derivados, tenemos ya una famosa serie de televisión, un juego de tablero, un juego de cartas acumulativo y una muy buena recepción popular.

Hay diversas maneras de construir una larga serie histórico-fantástica más o menos épica. Desde las novelas puramente históricas sometidas a la necesidad de ser fieles a hechos históricos, hasta versiones mucho más libres como las distintas reelaboraciones que hasta hoy se han hecho, por ejemplo, de la leyenda artúrica, donde solo hay que respetar un mínimo del esquema argumental. Otra manera es la que usaron Tolkien, Le Guin o Bradley en sus narraciones sobre la Tierra Media, Terramar o Darkover respectivamente: inventarlo prácticamente todo.

Martin ha tomado otro camino que no me atrevo a llamar intermedio: la asimilación alterada de hechos conocidos de la historia humana. Como destaca Luis G. Prado: «El mundo que Martin despliega ante nuestros ojos hunde sus raíces en referencias históricas: Poniente es una imagen especular de Gran Bretaña, y las principales familias, los Stark y los Lannister, remedan a los York y los Lancaster de la guerra de las Dos Rosas; la perdida Valyria, medio Roma, medio Atlántida; las oleadas de antepasados, que hacen las veces de celtas, sajones y normandos; los jinetes de las estepas, que recuerdan a los mongoles; los guerreros de las Islas de Hierro, que remiten a los vikingos...»

En esta historia semiconocida y alterada, pródiga en intrigas y todo tipo de tramas políticas, Martin se ha reservado el pequeño truco (que le ennoblece como autor) consistente en, cerca ya del final de cada volumen, «matar» al personaje que parecía ir convirtiéndose en protagonista. Así se obliga a sí mismo a reinventar y actualizar de nuevo su saga en el siguiente volumen.

Precisamente a mediados de la década de los noventa, cuando se iniciaba la serie fantástica de Martin, se teorizó sobre la «muerte de la ciencia ficción» como un género «distinto» y con entidad propia. Paradójicamente, la fantasía, nacida realmente en el seno de la ciencia ficción pero mucho menos exigente para el lector, es la que lo está logrando.

Eso es algo que, envidias económicas aparte, no gustaba a Haldeman y no acababa de gustarme a mí: de reflexionar sobre nuestro mundo y los posibles futuros que nos esperan por el crecimiento poco controlado de la ciencia y la tecnología, nos abandonamos a un pasatiempo fantástico más o menos inteligente pero que deja de estimular la reflexión. Seguramente hemos perdido con el cambio.

Aunque, Haldeman y yo somos conscientes de ello, nuestro amigo George (R. R. Martin) haga tanto dinero con ello... Gracias, eso sí, a unas novelas y una trama francamente brillantes.

El sentido original de una colección como NOVA era, con la ciencia ficción como excusa, reflexionar sobre la ciencia y la tecnología y sus efectos en nuestras sociedades.

Pero la ciencia ficción, me temo, va estos días un poco de capa caída.

Como decía, ya a finales de los años noventa algunos agoreros intentaron «profetizar» la muerte de la ciencia ficción. Para ellos, la manera como la temática de la ciencia ficción iba incorporándose a nuestras vidas quitaba especificidad a este tipo de narrativa y por ello le presagiaban una indolora muerte a manos de su dilución en el seno de la narrativa general.

Para mí, esa perceptible decadencia de la ciencia ficción tiene otras razones. Básicamente, las derivadas de los prodigiosos avances de la ciencia y la tecnología en los últimos veinte o treinta años. Con lo que ha ocurrido en ese tiempo, ¿quién se atreve hoy a profetizar futuros más o menos cercanos que la tecnociencia posiblemente vuelva ridículos y obsoletos en pocas décadas?

Tal vez por ello la ciencia ficción parece haber perdido en los últimos años su empuje anterior y suele reducirse en muchos casos a temerosas especulaciones en torno a avances muy cercanos de la biotecnología o las infotecnologías. Lo llamamos: el futuro cercano (near future). La mayoría de las nuevas novelas se reducen a thrillers tecnológicos (bio e info en su mayoría) muy cercanos en el tiempo y que pueden pasar perfectamente por literatura general. Carecen, casi siempre, de ese afán especulativo tan característico de la ciencia ficción y, sobre todo, pierden el sentido de la maravilla que tanto la había caracterizado. Poca maravilla hay en sociedades que vienen a ser como las de nuestra cotidianeidad.

Posiblemente eso explique (en un razonamiento apresurado...) el auge actual de la fantasía. Ahí es evidente que se pierde la capacidad especulativa de la ciencia ficción pero se mantiene la riqueza de la aventura y del sentido de la maravilla. No en vano, la fantasía moderna nació en el seno de la ciencia ficción y fueron los lectores de ciencia ficción quienes primero cobijaron obras como EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, de Tolkien, y fue en su seno donde se desarrollaron obras ya clásicas en la fantasía como la serie de DARKOVER, de Marion Zimmer Bradley, o TERRAMAR, de Ursula K. Le Guin.

Sin embargo, la fantasía suele estar reñida con la ciencia. Siguiendo esquemas más bien trillados, nos ha ofrecido básicamente el enfrentamiento del bien y el mal (caso de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS) o la reconstrucción fantaseada de períodos históricos (como en la citada CANCIÓN DE HIELO Y FUEGO).

Debo reconocer, no obstante, que hay un autor distinto que destaca en la moderna fantasía por su gran producción en la última década, toda ella de gran calidad y, en general, presidida por una sugerente idea central: la magia (un elemento imprescindible en la fantasía) debe ser «lógica», si ello es posible.

Se trata de Brandon Sanderson, el joven y prolífico autor que sorprendió con ELANTRIS (2005), la serie de MISTBORN (Nacidos de la bruma, iniciada en 2006), la novela EL ALIENTO DE LOS DIOSES (Warbreaker, 2009), fue elegido para finalizar la serie de LA RUEDA DEL TIEMPO cuando falleció su autor Robert Jordan y ahora nos sorprende con su propia macroserie: EL CAMINO DE LOS REYES (2010).

La idea de Sanderson es sencilla: la fantasía exige magia, pero esta se ejecuta en nuestro universo y por ello ha de estar sujeta a sus leyes. Por ejemplo, si valiéndome de un poder mágico repelo hacia atrás (pongamos veinte metros) a un enemigo, debo recordar que en nuestro universo rige la ley de acción y reacción y, por lo tanto, yo iré hacia atrás, en dirección contraria, otros veinte metros aproximadamente (en función de la diferencia de pesos...). O, expresado en forma de norma, Sanderson usa en su fantasía «lógica» dos principios básicos: «La magia ha de tener un coste» y «El beneficio y el coste han de ser iguales». Les puedo asegurar que de esa idea (y de la habilidad narrativa de Sanderson) surge una fantasía que atrae incluso a lectores tan interesados en la tecnociencia como yo. Un curioso ejemplo de una posible amalgama entre lo mejor de la fantasía y las bases de la ciencia ficción.

Pero, aunque a veces yo mismo me queje de cómo la vieja ciencia ficción está perdiendo peso ante la nueva fantasía, y de cómo diversos brillantes autores de ciencia ficción se han pasado a la fantasía, que parece tener más mercado, siempre hay excepciones y maravillosas novedades.

Afortunadamente, de vez en cuando, aparece una novela «distinta», capaz de recuperar todas las cualidades de la mejor ciencia ficción. Por eso me gusta saludar la llegada de EL MARCIANO (The Martian de 2012/14), la primera novela de Andy Weir y una verdadera gozada.

Andy Weir es, al menos para mí, un completo desconocido, y esta es su primera novela. La autopublicó en 2012 y eso, en el mundo editorial, suele ser visto como un grave pecado que, a la larga, impide la contratación y edición: un editor profesional tiende a ver con malos ojos una novela autopublicada...

Sin embargo, la novela de Andy Weir es tan buena (y tan distinta de lo habitual) que la editora estadounidense Crown Publishing Group se arriesgó, compró los derechos, la publicó de nuevo (esta vez profesionalmente) y ahora mira esperanzada el interés de Hollywood por hacer una película basada en ella.

También les puedo contar que, esta vez (y me temo que sin que sirva de precedente, aunque vaya usted a saber...), no solo me recomendaron la novela algunos de mis amigos editores, escritores y aficionados a la ciencia ficción de Estados Unidos. Ocurrió incluso que un compañero de mi departamento, Marc Alier, que suele tener el «vicio» de escuchar audiolibros en inglés, se agenció EL MARCIANO y, nada más terminarla, parece que le faltó tiempo para recomendármela. También me he enterado de que otros amigos, gracias a esta «modernez» de los e-books, la han leído y dicen buenas cosas de ella.

La otra noticia complementaria, y tal vez la que explica la decisión del Crown Publishing Group, es que a finales de 2013 (la edición profesional estadounidense apareció en febrero de 2014 aunque la versión en audiolibro estaba ya disponible en marzo de 2013) la Twentieth Century Fox se interesó por los derechos cinematográficos. La versión en e-book para kindle, por su parte, parece haber vendido 35.000 copias solo los tres primeros meses. En marzo de este año se difundió también la noticia de que la Fox estaba en contacto con Ridley Scott para dirigir la película y que Matt Damon podría ser el protagonista. Vaya usted a saber... Hollywood es todo un mundo, y si lo dudan pregunten a John Varley u Orson Scott Card lo mucho que sufrieron por el traslado de sus novelas al cine...

Por si quieren otras reacciones, el Wall Street Journal (que no es precisamente conocido por su atención a la ciencia ficción...) ha dicho de EL MARCIANO que se trata de «la mejor novela de ciencia ficción en años», y el Publishers Weekly (ya más conocido en el mundo de la crítica de novelas de ciencia ficción) afirma que «Weir enlaza los detalles técnicos con suficiente ingenio para satisfacer al mismo tiempo el interés de los aficionados a la ciencia ficción y al lector en general».

Y, ¿qué tiene EL MARCIANO para justificar todo eso?

Pues la historia es bien simple: una historia de supervivencia que a mí me recordó la clásica La isla misteriosa (1874) de Jules Verne. Si recuerdan, en esa novela los escapados de un campo de prisioneros durante la guerra de Secesión estadounidense, llegan en globo a una misteriosa isla. Allí, dirigidos por el ingeniero y capitán Cyrus Smith, han de luchar por su supervivencia con la ayuda de los amplios conocimientos científicos (principalmente de química) de Smith y gracias a la colaboración de un misterioso personaje que, al final, resulta ser el capitán Nemo en su retiro final.

En EL MARCIANO ocurre que la nave del Proyecto Ares, un viaje tripulado a Marte, ha de huir apresuradamente hacia la Tierra, dejando Marte, ante una peligrosa tormenta de arena. Atrás dejan también el cuerpo supuestamente sin vida del astronauta Mark Watney (botánico e ingeniero mecánico). Pero, como era de temer, Watney no ha muerto y como náufrago solitario en Marte ha de utilizar todo su saber y sus recursos para sobrevivir. Y, también, avisar a la Tierra de que sigue con vida para que acudan en su rescate.

Hay mucho de Cyrus Smith en ese Mark Watney y, también, una importante ayuda exterior. No se trata en EL MARCIANO del capitán Nemo, evidentemente, sino de una ayuda nada misteriosa: la comunidad internacional que aúna esfuerzos para salvar la vida del astronauta abandonado cual Robinsón Crusoe en una «isla» inhóspita como puede ser el planeta Marte.

Por si todo ello fuera poco, el propio texto es claramente cinematográfico en su redacción y reserva una brillante sorpresa final que, evidentemente, no voy a desvelar aquí...

Por fortuna, la ciencia ficción que sabe usar de la ciencia y la tecnología para fines importantes (salvar la vida de un ser humano) todavía existe, no ha muerto y, lo deseo con fervor, le quedan muchos años por delante aunque sea compitiendo en el mercado con la fantasía moderna de la que hemos hablado.

En realidad, por poner un ejemplo evidente, cuando me preguntan qué música me gusta, suelo dar una lista que incluye a Vivaldi, Bach, Mozart, Beethoven, Stravinsky, John Coltrane, Miles Davis, los Rolling Stones y los Beatles, sin olvidar a Elvis Presley o Frank Sinatra, entre otros. En resumen: la buena música.

Igual me ocurre hoy con la ciencia ficción y la fantasía: me gusta la buena ciencia ficción y también la buena fantasía, y si Tolkien, Le Guin, Bradley, Sanderson y Martin son buenos, también lo es, afortunadamente, este desconocido Andy Weir del que espero poder leer nuevas novelas tan interesantes y revitalizadoras de un género como es esta de EL MARCIANO.

Que ustedes la disfruten.

MIQUEL BARCELÓ

A mamá,

que me llama Pepinillo,

y a papá,

que me llama Tío.

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ENTRADA DE DIARIO: SOL 6

Estoy bien jodido.

Esa es mi considerada opinión.

Jodido.

Llevo seis días de lo que deberían ser los dos meses más extraordinarios de mi vida y que se han convertido en una pesadilla.

Ni siquiera sé quién leerá esto. Supongo que alguien lo encontrará, tarde o temprano. Tal vez dentro de cien años.

Para que conste: yo no fallecí en sol 6. Desde luego, el resto de la tripulación así lo cree y no puedo culparlos. Tal vez habrá un día de duelo nacional por mí y en mi página de la Wikipedia pondrá: «Mark Watney es el único ser humano que ha muerto en Marte.»

Y será cierto, con toda probabilidad. Porque seguramente moriré aquí, pero no lo habré hecho en sol 6 ni cuando todos creen.

Vamos a ver, ¿por dónde empiezo?

El Programa Ares. El intento de la humanidad de llegar a Marte, de enviar gente a otro planeta por primera vez y expandir los horizontes de la humanidad y bla, bla, bla. La tripulación de la misión Ares 1 cumplió su cometido y todos regresaron como héroes. Hubo desfiles y fueron recompensados con la fama y el amor del mundo.

La de la misión Ares 2 consiguió lo mismo en un lugar diferente de Marte. Recibieron un firme apretón de manos y una taza de café caliente cuando llegaron a casa.

La de la misión Ares 3... Bueno, esa era mi misión; vale, no mía per se. La comandante Lewis era quien estaba al mando. Yo solo era un miembro de la tripulación. El de menor graduación, de hecho. Solo habría estado «al mando» de la misión de haber sido el último que quedara.

Mira por donde, estoy al mando.

Me pregunto si recuperarán esta bitácora antes de que el resto de miembros de la tripulación mueran de viejos. Supongo que volverán a la Tierra sanos y salvos. Chicos, si estáis leyendo esto: no fue culpa vuestra. Hicisteis lo que teníais que hacer. En vuestra situación, yo habría hecho lo mismo. No os culpo, y me alegro de que sobrevivierais.

Supongo que debería explicar cómo funcionan las misiones a Marte para cualquier profano en la materia que pueda estar leyendo esto. Llegamos a la órbita de la Tierra del modo habitual, en viaje ordinario hasta la Hermes. Todas las misiones Ares utilizan la Hermes para ir a Marte y volver. Es realmente grande y costó un montón, así que la NASA solo construyó una.

Una vez llegados a la Hermes, cuatro misiones adicionales no tripuladas nos trajeron combustible y víveres mientras nos preparábamos para el viaje. Cuando estuvo todo listo, partimos hacia Marte. No íbamos muy deprisa. Atrás quedaron los días de quemar cantidades ingentes de combustible químico y de las órbitas de inyección transmarcianas.

La Hermes está propulsada por motores iónicos. Expulsan argón por la parte posterior de la nave a mucha velocidad para conseguir una pequeña cantidad de aceleración. La cuestión es que no precisa tanta masa reactiva, así que un poco de argón (y un reactor nuclear para dar potencia) nos permitió acelerar de forma constante hasta aquí. Te asombraría la velocidad que puedes alcanzar con una pequeña aceleración durante un período prolongado.

Podría obsequiaros con historias sobre lo mucho que nos divertimos en el viaje, pero no lo haré. No me siento con ganas de revivirlo ahora mismo. Baste con decir que llegamos a la órbita de Marte ciento veinticuatro días después de despegar sin estrangularnos unos a otros.

Desde allí tomamos el VDM (vehículo de descenso a Marte) hasta la superficie. El VDM es básicamente una lata grande con algunos propulsores ligeros y paracaídas. Su único propósito consiste en llevar a seis humanos de la órbita de Marte a la superficie sin matar a ninguno.

Y ahora llegamos al gran truco de la exploración de Marte: mandar todo lo necesario por anticipado.

Un total de catorce misiones no tripuladas depositaron todo lo que necesitaríamos durante las operaciones de superficie. La NASA hizo todo lo posible para que todas las naves de suministros aterrizaran aproximadamente en la misma zona, y su trabajo fue razonablemente bueno. El material no es ni de lejos tan frágil como los seres humanos y puede impactar en el suelo con mucha fuerza, aunque tiende a rebotar mucho.

Naturalmente, no nos enviaron a Marte hasta que confirmaron que todos los suministros habían llegado a la superficie y sus contenedores estaban intactos. De principio a fin, contando las misiones de suministro, una misión a Marte dura unos tres años. De hecho, ya había material de la misión Ares 3 en camino cuando la tripulación de la Ares 2 todavía estaba regresando a casa.

El elemento más importante de los suministros de avanzadilla, por supuesto, era el VAM. El vehículo de ascenso desde Marte. En él volveríamos a la Hermes una vez terminadas las operaciones de superficie. El VAM aterrizó con suavidad (a diferencia del festival de rebotes de los otros suministros). Por supuesto, se mantenía en comunicación constante con Houston, y si hubiera tenido problemas, habríamos pasado de largo Marte y proseguido sin siquiera pisar su superficie.

El VAM está muy bien. Resulta que gracias a una serie de reacciones químicas con la atmósfera marciana, por cada kilogramo de hidrógeno que traes a Marte puedes producir trece kilos de combustible. Es un proceso lento, eso sí. Hacen falta veinticuatro meses para llenar el depósito. Por eso lo mandan mucho antes de que lleguemos aquí.

Puedes imaginar el disgusto que me llevé cuando descubrí que el VAM ya no estaba.

Fue una secuencia absurda de hechos la que me llevó al borde de la muerte y una secuencia aún más absurda la que propició que sobreviviera.

La misión estaba concebida para soportar tormentas de arena de hasta 150 km/h. Así que en Houston se pusieron comprensiblemente nerviosos cuanto nos azotaron vientos de 175 km/h. Todos nos pusimos el traje espacial y nos acurrucamos en el centro del Hab, por si se despresurizaba. Pero el problema no fue el Hab.

El VAM es una nave espacial. Tiene muchas piezas delicadas. Puede resistir hasta cierto punto las tormentas, pero no estar sometido permanentemente a tormentas de arena. Al cabo de una hora de viento inusualmente sostenido, la NASA dio la orden de abandonar la misión. Nadie quería cancelar una misión de un mes de duración a los seis días de su comienzo, pero si el VAM sufría un mayor castigo, todos quedaríamos atrapados en Marte.

Teníamos que salir del Hab en plena tormenta para llegar al VAM. Sería arriesgado, pero ¿qué alternativa teníamos?

Todos lo consiguieron menos yo.

Nuestra principal antena parabólica de comunicaciones, que transmitía señales del Hab a la Hermes, actuó como un paracaídas cuando el viento la arrancó de su base y la arrastró. En su trayectoria, chocó con la antena de recepción y uno de sus brazos, largos y finos, se me clavó. Me atravesó el traje como una bala perfora la mantequilla y sentí el peor dolor de mi vida cuando se me clavó en el costado. Recuerdo vagamente que me quedé sin aire (literalmente) y que me zumbaron dolorosamente los oídos cuando el traje se despresurizó.

Lo último que recuerdo fue ver a Johanssen estirándose con impotencia hacia mí.

Me despertó la alarma de oxígeno de mi traje: un pitido continuado tan odioso que al final me sacudió un profundo deseo de morirme de una puta vez.

La tormenta había amainado; yo estaba boca abajo, enterrado casi por completo en la arena. Al recuperar la conciencia, todavía grogui, me pregunté por qué no estaba muerto.

La antena había tenido fuerza suficiente para atravesar el traje y mi costado, pero se había detenido en mi pelvis. Así que solo había un agujero en el traje (y uno en mí, por supuesto).

El impacto me había derribado y me había hecho rodar por una empinada cuesta. De alguna manera aterricé boca abajo, la antena se dobló en un ángulo muy oblicuo y retorció el agujero del traje, sellándolo débilmente.

La sangre que me manaba copiosamente de la herida alcanzó el agujero del traje y el agua que contenía se evaporó rápidamente debido a la circulación de aire y la baja presión. Quedó un residuo espeso. La sangre que siguió llegando también se redujo a pasta y terminó por sellar el agujero y reducir el escape hasta un punto que el traje era capaz de compensar.

El traje cumplió con su función de manera admirable. Al registrar el descenso de presión, se estuvo rellenando constantemente con aire de mi depósito de nitrógeno para equilibrar la presión interna con la externa. Cuando el escape se volvió controlable, el traje solo tuvo que introducir lentamente aire nuevo para compensar el perdido.

Al cabo de un rato, los absorbedores de CO2 (dióxido de carbono) del traje se agotaron. Ese es realmente el factor que limita el soporte vital: la cuestión no es la cantidad de oxígeno que llevas, sino la cantidad de CO2 que puedes eliminar. En el Hab tengo un oxigenador, un gran aparato que descompone el CO2 para recuperar el oxígeno. Pero los trajes espaciales hay que poder llevarlos puestos, así que utilizan un proceso de absorción química simple con filtros descartables. Había estado dormido el tiempo suficiente para que mis filtros estuvieran inservibles.

El traje percibió este problema y entró en un modo de emergencia que los ingenieros llaman «de sangradura». Sin forma de eliminar el CO2, el traje deliberadamente soltó aire a la atmósfera marciana y se rellenó con nitrógeno. Entre el escape y la sangradura, no tardó en quedarse sin nitrógeno. No le quedaba más que mi depósito de oxígeno, así que hizo lo único que podía hacer para mantenerme vivo. Empezó a rellenarse con oxígeno puro. En ese momento corrí el riesgo de morir por la toxicidad del oxígeno, porque su elevada saturación amenazaba con quemarme el sistema nervioso, los pulmones y los ojos. Una muerte irónica para alguien metido en un traje espacial no estanco: por demasiado oxígeno.

Seguramente en cada etapa del proceso habían sonado alarmas, alertas y advertencias, pero fue la advertencia de nivel excesivo de oxígeno la que me despertó.

La cantidad de entrenamiento para una misión espacial es asombrosa. Me había pasado una semana en la Tierra practicando simulacros de emergencias con el traje espacial. Sabía qué hacer.

Buscando cuidadosamente en el lateral del casco, cogí el kit de reparación de fugas. Es un simple embudo con una válvula en el extremo estrecho y una resina increíblemente pegajosa en el extremo ancho. La idea es poner el extremo ancho sobre un agujero, de modo que el aire pueda escapar por la válvula abierta del extremo fino para que la resina selle bien el agujero. Luego cierras la válvula y adiós fuga.

Lo complicado era extraer la antena. Tiré de ella con decisión, estremeciéndome porque la repentina bajada de presión me mareó y la herida del costado me hizo gritar de dolor.

Cubrí con el kit de fuga el agujero y lo sellé. Resistió. El traje suplió el aire que faltaba con más oxígeno. Leyendo los indicadores del brazo, vi que había alcanzado un 85 % de saturación. Para que sirva de referencia, la atmósfera de la Tierra tiene alrededor de un 21 % de oxígeno. No me ocurriría nada siempre y cuando no pasara demasiado tiempo sometido a aquellas condiciones.

Subí tropezando por la colina hacia el Hab. Al coronar la cima, vi algo que me hizo muy feliz y algo que me entristeció mucho: el Hab estaba intacto (¡yuju!) y el VAM había desaparecido (¡aaah!).

En ese mismo momento supe que estaba jodido. Pero no quería morir en la superficie. Volví renqueando al Hab y entré a trompicones por una de las esclusas. En cuanto se hubo igualado la presión me quité el casco.

Una vez dentro del Hab, me quité el traje y me miré por primera vez la herida. Necesitaría puntos de sutura. Por fortuna, a todos nosotros nos habían preparado para los procedimientos médicos básicos, y el Hab disponía de excelentes suministros médicos. Una rápida inyección de anestesia local, irrigar la herida, nueve puntos de sutura y listo. Tomaría antibióticos durante un par de semanas, pero, aparte de eso, estaría bien.

Sabía que era inútil, pero traté de arreglar las comunicaciones. Ninguna señal, por supuesto. La antena parabólica principal del satélite estaba rota, ¿recuerdas? Y había arrastrado consigo la antena de recepción. El Hab contaba con sistemas de comunicaciones secundarios y terciarios, pero ambos eran para hablar con el VAM, cuyos sistemas, mucho más potentes, retransmiten a la Hermes. La cuestión es que solo funciona si el VAM está cerca.

No tenía forma de hablar con la Hermes. Con tiempo quizá localizara la antena en la superficie, pero tardaría semanas en repararla y ya sería demasiado tarde. Cancelada la operación, la Hermes abandonaría la órbita en veinticuatro horas. La dinámica orbital hace que el viaje sea más seguro y más corto cuanto antes la abandonas, así que ¿por qué esperar?

Al verificar mi traje, vi que la antena había atravesado mi ordenador de biomonitorización. Durante una EVA (actividad extravehicular), todos los trajes de la tripulación estaban conectados, de modo que todos podíamos ver el estado de los demás. El resto de la tripulación tenía que haber visto que la presión de mi traje caía hasta casi cero y que inmediatamente mis signos vitales adoptaban la forma de una línea plana. Si a eso se añade verme caer por una colina con una lanza clavada en el costado en medio de una tormenta de arena... Sí. Me habrían dado por muerto. ¿Cómo podía ser de otra manera?

Hasta es posible que tuvieran una breve discusión respecto a recuperar mi cadáver, pero las normas son claras. En caso de que muera un miembro de la tripulación en Marte, se queda en Marte. Dejar su cadáver reduce la carga del VAM en el viaje de vuelta. Eso supone disponer de más combustible y de un margen de error más amplio para la propulsión de retorno. No tiene sentido renunciar a eso por sentimentalismo.

Así que esta es la situación. Estoy atrapado en Marte. No tengo forma de comunicarme con la Hermes ni con la Tierra. Todos piensan que estoy muerto. Estoy en un Hab diseñado para durar treinta días.

Si el oxigenador se rompe, me asfixiaré. Si el purificador de agua se rompe, moriré de sed. Si el Hab pierde estanqueidad, más o menos explotaré. Si no ocurre ninguna de esas cosas, finalmente me quedaré sin comida y moriré de hambre.

Así que sí. Estoy jodido.

2

ENTRADA DE DIARIO: SOL 7

Vale, he dormido bien esta noche y la situación no parece tan desesperada como ayer.

Hoy he estudiado el estado de los suministros y he realizado una rápida EVA para verificar el equipamiento externo.

Mi situación es la siguiente:

Estaba previsto que la misión en superficie durara treinta y un días. Por seguridad, las sondas de suministro contenían suficientes provisiones para alimentar a toda la tripulación durante cincuenta y seis. De ese modo, si una o dos sondas fallaban, íbamos a tener comida suficiente para completar la misión.

Habían pasado seis días cuando se abrió la caja de Pandora, de manera que queda suficiente comida para seis personas durante cincuenta días. Estoy solo, así que me durará trescientos días. Y eso si no la raciono. Así que me queda bastante tiempo.

También tengo bastantes trajes EVA. Cada miembro de la tripulación tenía dos trajes espaciales: uno de vuelo, para llevar durante el descenso y el ascenso, y el mucho más voluminoso y más robusto traje EVA para las operaciones de superficie. Mi traje de vuelo tiene un agujero, y por supuesto los miembros de la tripulación llevaban los otros cinco cuando regresaron a la Hermes, pero los seis trajes EVA siguen aquí y en perfecto estado.

El Hab ha soportado bien la tormenta. Fuera, la situación no es tan de color de rosa. No encuentro la antena parabólica satelital. Probablemente fue arrastrada muchos kilómetros.

El VAM ha desaparecido, por supuesto. Mis compañeros de tripulación se marcharon en él a la Hermes. Sin embargo, la mitad inferior (el tren de aterrizaje) sigue aquí. No hay razón para llevarse esa parte cuando el peso es el enemigo. Incluye el motor de aterrizaje, la planta de combustible y cualquier otra cosa que la NASA considera innecesaria para el viaje de vuelta a la órbita.

El VDM ha volcado y tiene una fisura en el casco. Parece que la tormenta arrancó el carenado del paracaídas de reserva (el que no tuvimos que utilizar en el aterrizaje). Una vez expuesto, el paracaídas arrastró al VDM de acá para allá hasta aplastarlo contra las rocas de la zona. No es que el VDM fuera a servirme de mucho. Los propulsores no pueden ni levantar su propio peso. Pero algunos componentes podrían haberme sido útiles. Aún podrían sérmelo.

Ambos vehículos de superficie están semienterrados en la arena, pero por lo demás se encuentran en buen estado. Los cierres de presión están intactos. Tiene sentido. El protocolo operativo dicta que, cuando se desata una tormenta, hay que detener todo movimiento y esperar a que pase. Están hechos para soportar cualquier cosa. Podré desenterrarlos en un día de trabajo, más o menos.

He perdido el contacto c ...