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EL LUGAR INALCANZABLE

Claudia Amengual

5


Fragmento

II. Hay horas que piden silencio

Villa Carlos Paz, 1992

Era el primer día de enero y el gordo estaba muerto. No demoraron en darse cuenta de que mover ese cuerpo descomunal ajustado a presión entre la base de la pileta y la puerta del baño iba a ser un problema extra. La puerta solo podía abrirse unos centímetros, lo suficiente para ver el cuerpo tendido sobre las cerámicas del suelo, con un hilo de sol iluminándole el cuello.

El golpe se había oído desde la sala del desayuno. Sonó por encima del gorjeo de voces adormiladas, por encima del tintineo de cristales y cubiertos, el borboteo del café y el arrastrar pastoso de las sillas. El golpe había sido fuerte y seco, como si un árbol se hubiera desplomado de pronto en el parque que rodeaba la hostería.

Hubo un silencio apenas cortado por la entrada de un desprevenido que dio los buenos días con la inocencia de quien no sospecha que el mundo acaba de cambiar porque algo terrible ha sucedido.

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El golpe sonó. El hombre entró y dio los buenos días con voz apenas audible sin importarle que alguien le devolviera el saludo. Distinguió al viejo que la tarde anterior lo había saludado con aire comprensivo, como aquel que por experiencia conoce el peso de la soledad en determinadas fechas. El hombre vio al viejo, pero este pareció no advertir su presencia. Eligió una mesa, apoyó la llave de su habitación y fue a servirse el desayuno.

El golpe seco y la entrada del hombre constituyeron una mínima distracción casi simultánea luego de la que cada cual volvió a lo suyo, sin ganas de enterarse. Porque enterarse podía significar que aquel día renunciara demasiado pronto a sus promesas de dicha.

Bajo el alivio de un ventilador de techo habían armado una larga mesa. A ella iban llegando, como por goteo, los integrantes de una tribu que podía ser una familia. Un clan que se mostraba unido y que la noche anterior, durante la fiesta de fin de año, había dado muestras de afecto. A cargo de aquella prole había una pareja de setentones que aparentaban mesura en las canas y prosperidad en la vestimenta.

Había, también, una pareja más joven. La mujer tenía rasgos tan parecidos a los viejos que no podía ser más que su hija. Se veía luminosa. No feliz, pero luminosa, surgida de una buena noche y llena de una memoria húmeda y placentera. Fue la primera en ir a la mesa del bufé a servirse.

Su marido la observaba y se dejaba atender. Ella repitió la operación cuatro o cinco veces, preguntando, yendo, volviendo con tazas humeantes y platos llenos. Después de que él estuvo servido, solo después, se dirigió a los niños. Y al final se sirvió ella. Un ojo entrenado hubiera podido captar las miradas oblicuas que la mujer lanzaba a su marido, pendiente de saber a quién dirigía él su atención. Aquella mujer estaba inquieta.

Había cinco niños rubios que guardaban una razonable compostura y que no tenían hambre, pero sí unas ganas apremiantes de salir corriendo a disfrutar de un día que siempre iba a ser demasiado corto para ellos. Se parecían lo suficiente como para ser hermanos o primos. Y esto último eran. Tres de ellos, hijos de la pareja más joven.

Y había dos hombres. Uno de ellos era padre de los otros dos niños. Reían con dulzura ante cualquier tontería que se dijera. Sobre todo, cuando el patriarca se puso a contar con ademanes la borrachera del doctor —así le llamaban, aunque no lo conocían—, el señor maduro que había despedido el año bailando abrazado a una columna. En medio del mareo, le había pintado un rostro con rodajas de remolacha y se empecinaba en besarla con gestos obscenos. El doctor no había ido a desayunar aquella mañana. Más tarde iban a enterarse de que había abandonado la hostería antes del amanecer, luego de ofrecer una excusa que el conserje —que hacía las veces de recepcionista, o, llegado el caso, botones— aceptó con vergüenza ajena.

Así pues, agotadas las risas tras el recuerdo de la patética actuación del doctor, la mesa grande se dispuso a celebrar el primer desayuno del año en un clima de familia convencional, apreciable desde esa mirada leve que permiten los encuentros fugaces de las vacaciones. Una familia de once. Los viejos eran el núcleo y el vértice, un tronco del que se desprendían dos ramas menores. La hija con su esposo y sus tres niños. El hijo con sus dos niños. Y el amigo del hijo, alguien que de ningún modo llevaba la sangre del clan, pero al que le había sido otorgado el permiso temporal de la pertenencia.

Todo lucía armonioso en aquella familia y solo un ojo avezado podría haber captado las leves asperezas que se desgranaban como astillas de una madera seca cuando la hija cruzaba miradas con su marido, y este con el cuñado, y este con su amigo, y el amigo con la matriarca, y todos entre sí con velocidad y sutileza proporcionales a la intensidad. Un odio sordo se escondía detrás de la aparente cordialidad de las miradas. Los niños, que no tardaron en esfumarse hacia el jardín, estaban a salvo de esto.

Más cerca de la ventana, disfrutando la mejor vista del lago San Roque y las sierras, tres mujeres maduras conversaban con simpatía. Tenían un aire de abuelas jubiladas, una suerte de deleite relajado de aquellas personas que se han esforzado por años y se creen merecedoras de todos los placeres. Conversaban con buen ánimo e intentaban reconstruir la historia del doctor borracho. Estaban pendientes de la gesticulación exagerada del patriarca y de su vozarrón que inundaba la sala.

Dos mozos trajinaban desde la cocina reponiendo fiambres y quesos, y un pan humeante que era la vedette del desayuno y que todos esperaban con ansiedad de fieras. No porque tuvieran hambre —no podían tenerla a tan poco de semejante cena—, sino porque el pan caliente es una tentación siempre. Traían, además, la manteca y los dulces, el café y los jugos —en especial, un agua perfumada con jengibre y una limonada con menta—, las jarras con leche, las medialunas y los bizcochos rellenos de chocolate y crema.

El aturdimiento de la noche anterior todavía zumbaba en las cabezas. Alguien había pedido que bajaran el volumen de la música. Y es que hay horas que piden silencio. Flotaba en el aire la molicie dulce que sigue al despertar y antecede la voluntad firme de construirse un buen día. Un día que, por otra parte, no era cualquiera. Era el primero de aquel año y, por tanto, marcaba el trazo, ponía el listón, sentaba un precedente simbólico del ciclo que todos deseaban transitar. Si aquel día era bueno, ¿por qué no habrían de serlo los restantes? Una esperanza recorría el lugar y todo era optimismo en la hostería.

Entonces alguien fue al baño. Una mujer joven que la noche anterior había bailado hasta desplomarse en uno de los sillones. El muchacho muerto la había tomado en brazos y la había sacado del lugar como un héroe de leyenda. La joven desayunaba tranquila y las tres mujeres —que alentaban suspicacias imaginando cómo habría sido el sexo entre aquella flacucha y el gordo— no entendían por qué al momento del desayuno habían elegido mesas separadas ni por qué apenas habían intercambiado un leve saludo al cruzarse. Algo había pasado. Imposible saberlo.

Solo podían asegurar que aquellos dos habían tenido sexo. ¿Y cómo lo sabían? Porque a una se le había metido en la cabeza, lo había comentado a las otras y eso había sido suficiente para convertir aquella suposición en certeza. Bastaba con haber visto la suavidad con que el muchacho la había alzado en brazos como a una princesa. Las tres sentían algo de envidia, sobre todo porque la joven no parecía una princesa.

Tenía lentes gruesos y caminaba abriendo los pies como un compás, balanceándose sin la menor coquetería. En cambio, era hermoso su cabello abundante, que nada más requería el cuidado de las manos convertidas en peine ocasional y que ella, ignorante de su encanto, se acomodaba con displicencia. Eso hacía aquella mañana de enero, mientras avanzaba hacia un instante que iba a convertirse en un punto de no retorno.

La joven caminó hasta el baño acomodándose el pelo revuelto, sin conciencia de que debía mover el pie derecho después del izquierdo. Algunos siguieron su andar hechizados por el bamboleo silvestre de aquella melena. Otros ni siquiera la vieron. Atravesó la sala del desayuno, subió los cinco peldaños de la escalera y se perdió por un segundo. Luego volvió transmutada en un grito.

Entonces todos entendieron que nada había sido banal. Ni el despertar de aquella mañana, ni la somnolencia del desayuno, ni los desganados buenos días, ni la joven mujer de lentes gruesos que se puso de pie y caminó hasta el baño con los pies abiertos como un compás mientras se acomodaba el pelo revuelto. Cada detalle cobró una importancia extrema. Todo importaba y todo intentarían recordar más tarde, filtrado por la memoria y la conveniencia.

III. La muerte no se le desea a nadie

Villa Carlos Paz, 1992

Estaban también los dos hombres —el viejo y el más joven— que se habían ubicado a distancia prudente. Unos minutos después compartirían mesa, algo aturdidos, sin saber qué hacer ante el imprevisto de aquella muerte, con ese instinto solidario que surge en los seres solos cuando un drama acontece. La imponencia del instante iba a sumirlos en un clima denso donde parecería lo más natural enfrascarse en una conversación solemne.

La muerte, por supuesto, sería el tema excluyente. A ella se dedicarían en los minutos posteriores al descubrimiento del cuerpo, seguros de que otros se encargarían de los asuntos prácticos, mientras esperaban la llegada de la policía, el juez y los médicos.

El hombre más joven vio un revistero junto a la mesa del viejo. Pensó que sería bueno leer algo para distraerse. Se acercó a buscar un diario del día anterior y notó la mirada del otro que le sonreía. El hombre más joven quiso ser amable e inició la charla con un lugar común. Por decir algo y romper la incomodidad del momento. La muerte es terrible, dijo. El viejo volvió a sonreír.

—¿Sí?

—Sí, por supuesto.

—A mí no me lo parece. Al menos, no siempre. Hasta puede ser deseable, ¿no cree?

—No, claro que no. La muerte no se desea. No se le desea a nadie.

—¿En serio?

—¿Usted deseó que alguien muriera?

—¿Si yo deseé…? ¿Si yo deseé que alguien muriera, dice usted? Disculpe, disculpe que sonría…

—No le veo ninguna gracia. ¿Se burla de mí?

—¿Yo?

—Usted mismo, sí. Suena irónico.

—No, para nada. Soy un viejo. Los viejos no tenemos tiempo para la burla. Ni para la ironía. Además, no podría aunque quisiera. La ironía es el lujo de los inteligentes. Borges, por ejemplo. El resto, apenas tiene derecho a un poco de sarcasmo, con suerte. Pero ironía… no, amigo, la ironía requiere inteligencia. Y yo no la tengo. Usted, en cambio, es un hombre joven y parece tener bastante de los dos.

—¿Disculpe?

—Tiempo e inteligencia. Venga, siéntese…, acompáñeme, siéntese.

—¿Ahora?

—No podemos hacer otra cosa. Los médicos tendrán para un rato. Y todavía no llegó la policía.

—¿Tampoco podemos salir?

—Tampoco. Además, ¿para qué quiere salir? Lo bueno está aquí dentro.

—¡¿Bueno?! ¿Un hombre muerto?

—La muerte no tiene por qué ser algo malo. No siempre. Créame lo que le digo. Sabiduría de viejo. Y eso me lleva a la otra pregunta.

—¿La otra? ¿Cuál…?

—Bueno, usted dijo que no se le desea la muerte a nadie. Y fue, ¿cómo decirlo? Un cliché. Como cuando decimos que el agua no se niega ni a un enemigo, esas cosas. Usted dijo que no con énfasis. Los clichés son así. No hay que pensar mucho sobre ellos. Ofrecen comodidad a nuestra pereza intelectual. Para colmo, algunos son ingeniosos. Mi pregunta fue si es cierta esa máxima de que no se le desea la muerte a nadie. Venga, siéntese. No hay mucho más para hacer y me gustaría contarle una historia. Si quiere, por supuesto.

El hombre que hablaba —el viejo— levantó la mirada como para bucear en sus recuerdos y vio el paisaje azul del lago de aguas mansas. Se distrajo por unos instantes en los que casi alcanzó una leve sensación de placer. Alguien dejó caer un tenedor y lo devolvió a la realidad.

Estaban en un salón amplio y era la hora del desayuno. La muerte del muchacho había terminado de despertar a los huéspedes que hasta hacía unos minutos lucían adormilados. El viejo, sin embargo, parecía el más espabilado de todos. No porque hubiera dormido bien. De hecho, hacía años que no descansaba una noche completa. La noche anterior, mientras oía el traqueteo de los preparativos para la cena, el ir y venir de tacones, el roce de vestidos, mientras el aire se caldeaba con perfumes, había sentido una soledad inmensa. Pensó que bajar a la fiesta solo empeoraría las cosas. Con un estoicismo casi masoquista esperó en la cama el griterío de las doce y el estampido de los fuegos que estallaban en el cielo. Privado de la misericordia del sueño, sintió como pocas veces la punzada de la soledad que arrastraba desde ya no recordaba cuánto. Se llamaba Jacinto Arnau y pronto cumpliría setenta y siete.

Le dolía la supuesta felicidad de los otros. Sabía que idealizaba, pero aun así le dolía. A veces se deleitaba inventando historias terribles y otorgando a las personas características monstruosas. Gozaba cuando veía a alguno perderse en sus pensamientos con prescindencia del resto. Creía que allí había un germen de soledad, que esa persona estaba presente con su cuerpo, aunque la mente y el alma volaran lejos. Podía sentirlos sus compañeros, sus iguales. Pero no. Porque aquellos tenían a alguien a quien engañar, alguien cuya compañía soportaban y, aun así, alguien con quien compartir la comida y el desprecio. Él ni siquiera tenía eso. El sonido del tenedor sobre el piso lo sacó de su ensoñación.

—¿Decía…?

Jacinto Arnau volvió como de un largo desmayo.

—Me distraje. Si me permite, voy a contarle una historia… Si no lo aburro, claro. Es que vaya usted a saber hasta cuándo nos tendrán aquí. ¿Le parece? ¿Sí? Bien, entonces vayamos a Montevideo a mediados del siglo XIX.

IV. Mi madre juraba que éramos nobles

Montevideo, mediados del siglo XIX

—Me llamo Jacinto Arnau. Así se escribe, Arnau, y así suena. Mi madre juraba que éramos nobles. Nos burlábamos de su delirio, que resultaba absurdo ante nuestra penosa condición de pobres. Ella, sin enojarse, con una dignidad que deberíamos haber interpretado como un rastro de aquella nobleza, insistía en el río azul que corría por nuestras venas.

»Contaba que descendíamos de un conde perdido en tierras americanas mientras realizaba tareas de botánico. Su abuelo. Para afirmar sus palabras mostraba la entrada correspondiente en el tomo de una enciclopedia que nunca supe cómo llegó a mi casa. El tomo, digo. Del resto de la enciclopedia no había rastros y, cuando le preguntábamos, mi madre decía que ella había recibido solo aquel libro y que con eso bastaba para saber quiénes éramos.

»El caso es que el conde botánico desembarcó en Perú y algo bueno habrá hecho allí porque aún hay calles que llevan su nombre. Cómo llegó más tarde al Río de la Plata, cómo se relacionó con mi bisabuela —una galleguita pobre venida a América escapándole al hambre de su pueblo montañés—, por qué la abandonó con seis hijos, adónde fue, qué pasó con él. De eso no hay noticias. Lo último que supimos fue que cruzó el río Uruguay rumbo a algún lugar de la Argentina. Si escapaba de algo, si solo se iba por un tiempo, si cuando quiso no pudo volver, si lo abatió una enfermedad o lo emboscaron unos bandidos… imposible saberlo. Su huella se disuelve en la bruma del tiempo. Y de allí regresa convertido en leyenda.

»¡Mi pobre madre! Toda una vida convencida de que su destino hubiera sido el de una condesa de no haber acontecido dos o tres hechos. Si su abuelo, el conde botánico, no hubiera conocido a su abuela, por ejemplo. Esa gallega había cortado la buena estrella de la familia. Era hermosa, diminuta, con el pelo recogido en un moño, los ojos celestísimos, dos bolitas de cristal chispeando en un rostro surcado por las penas. Venía de Rebón Alto, un pueblo no lejos de La Coruña. De allí había bajado empujada por la hambruna, por el miedo a ser comida por los lobos que en las noches los hombres espantaban con hogueras. Cuando había hombres con fuerza. Porque en los últimos tiempos solo quedaban viejos. Ella era la mayor de los hermanos. Ella que apenas alcanzaba los dieciséis.

»La única esperanza era viajar a América, le explicó un intermediario que se apareció una mañana por el pueblo con aires de reclutador de tropa. ¿Cuánto?, preguntó ella. El intermediario dijo una cifra imposible. Dinero no tenemos. Los títulos de la tierra, entonces. La tierra es nuestra. De poco va a servirles muertos. Era cierto. En el cementerio del pueblo, las lápidas brotaban como hongos después de la tormenta. Era el hambre, el hambre se los llevaba más rápido que los lobos. Que también estaban hambrientos.

»Ella, mi bisabuela, obligó a su madre analfabeta a firmar la cesión de las tierras. Le habrá tomado la mano, supongo, como si fuera un pececito herido. Me gusta pensar que lo hizo con esa delicadeza, y la forzó a recorrer el papel, una línea sinuosa, un garabato, una arteria de tinta por donde se les desangraba el pasado, la tradición, todo lo que habían sido y ya no eran. No se preocupe, madre. No nos quiere esta tierra. Pronto voy a mandar por usted y por los niños. A todos me los llevaré a América. Resista, madre, no ha de pasar mucho tiempo.

»Era 1860. Mi bisabuela bajó de Rebón Alto con soquetes blancos, falda larga, pañuelo al cuello y un atado en el que iban sus pocas pertenencias: una muda de ropa, una Biblia, una mantilla negra, unos trozos de queso, un puñadito de su tierra. Así lo contaba mi madre.

»Nada sé del viaje, ni de la llegada a América. Sé que debía bajar en Buenos Aires y, por error, lo hizo en Montevideo. Que nadie la esperaba y que sus primeras horas en suelo uruguayo le habrán parecido un infierno. La historia que me refirieron vuelve a encontrarla con su disfraz de sirvienta, fregando pisos para una familia patricia cuya casa de dos plantas aún se alza en lo que ahora llamamos Ciudad Vieja. ¿Conoce Montevideo? ¿No? Si va, no deje de visitar la Ciudad Vieja. Bellísima. El día en que se decidan a recuperarla… En fin… ¿en que estaba? Sí… Es probable que allí la haya descubierto el conde botánico, mi bisabuelo. O en alguna misa, o en la plaza un domingo por la tarde, cómo saberlo.

»El caso es que mi madre hablaba con desdén de su abuela gallega. Y no sé si alguna vez le contaron la historia que después ella nos repetiría como si fuera comprobada y cierta, o si la fue inventando, apremiada por la necesidad de volcar en alguien su frustración por no haberse convertido en condesa.

»El conde botánico se llevó a la galleguita lejos de Montevideo. Hacia el oeste, a algún lugar cerca del río. Se la llevó casada. De eso sí hay documentos. Y allí en el campo, en una casa poco más que una tapera, la galleguita, mi bisabuela, le dio al conde botánico seis hijos, o, como decía mi madre, se hizo hacer seis hijos sin acabar de comprender cómo le habían entrado esos niños al cuerpo y resignada a parirlos cuando llegaba el momento. El conde botánico, ya por necesidad, ya por hastío, se fue una noche y no dejó ni su sombra.

»Allá en el campo, la galleguita se convirtió a la fuerza en gallega. Acostumbrada a pelear contra la miseria, no dudó que su destino natural fuera doblar el lomo. A lo bestia, nomás, a puro trabajo, logró mandar a sus hijos a la escuela. Nunca pudo cumplir la promesa de traerse la familia a América y en Rebón Alto las lápidas siguieron creciendo en el cementerio.

V. Es más sencillo pensar en los otros

Villa Carlos Paz, 1992

El hombre joven escuchó la historia que acababa de contarle el hombre viejo. La escuchó como si se tratara del relato de una trama, la trama de cualquier novela, sin entender que para el otro aquella historia era la única, la suya, y que hubiese agradecido un poco de sensibilidad en la atención dispensada. En lugar de esto, el hombre joven se desinteresó rápido de sucesos tan añejos cuya vinculación con el presente no entendía y volvió al comienzo.

—Yo creo que no sería capaz.

—¿Capaz?

—De desearle la muerte a una persona.

El viejo sintió la frustración ante la indiferencia del joven. Se arrepintió de haberle contado cuestiones tan íntimas. Hizo un esfuerzo por reponerse y continuó la charla con un desencanto disimulado.

—¡Ah! Se refiere a eso. ¿Capaz de desearle la muerte a una persona? ¿O de concretar ese deseo? Quizá no se sienta capaz de matar, de buscar la herramienta, hundir el cuchillo, disparar el arma, pensar en la conveniencia de aquel o este veneno… Quizá su problema no sea el deseo, sino la concreción del deseo. El trámite asqueroso de asesinar. Y las consecuencias.

—Es posible.

—En ese caso, el rechazo sería una forma de la cobardía.

—No lo entiendo.

—Es que hacen falta agallas. Ausencia total de misericordia, es cierto, pero también agallas para vencer la repugnancia. Esa es la primera cobardía. Y agradezca que existe ese freno, porque de no existir, le aseguro que unos cuantos ya estarían muertos.

—¿Usted cree?

—Se lo aseguro.

—¿La segunda?

—¿La segunda? ¡Ah! La segunda cobardía, sí. Es el miedo a ser descubierto. Usted acepta el deseo, trama el crimen, lo concreta. Pero aún falta lo último. El descubrimiento y el castigo. Ahí tiene otra barrera de contención que evita muchas muertes.

—¿Y si hay descubrimiento, pero no hay castigo?

—Eso atempera las cosas, supongo. Aunque es difícil que una vez descubierto no haya castigo para el asesino. Si usted supiera que no va a ser castigado, ¿se animaría a matar?

—Le digo que ni siquiera puedo pensar en eso. La muerte me horroriza y la culpa me perseguiría…

—Ah, la culpa. Entonces no se trata de una restricción amorosa, sino de la culpa. Usted evita matar no porque esté lleno de amor, sino porque no soportaría cargar con una culpa.

—No lo tome a mal, pero es primero de enero. No es una conversación para un día…

—¿Lo incomodo?

—No, pero qué necesidad de…

—Es que a veces… a veces… digo, no tiene sentido hablar de banalidades. Si vamos a hablar, que nos quede algo. De todos modos, no podemos salir de aquí hasta que llegue la policía.

—Bueno, nada me impide cambiar de mesa.

Jacinto Arnau dio una ojeada alrededor y dijo con sorna.

—¿A cuál? ¿A la de las tres veteranas? No lo creo. Terminaría huyendo con los tímpanos destrozados. ¿A la de la familia? ¿Los ha visto? ¿Ha visto el cruce de miradas? Las bocas sonríen, pero los ojos… ah, mi amigo, los ojos hablan. A ver, déjeme ver qué nos queda. La jovencita de lentes gruesos. Está en shock todavía, pobre. Imagine, entrar a un baño y tropezarse con un muerto. No, de ninguna manera. Terminaría deprimido. Ya ve, no hay mucha opción esta mañana. Puede sentarse solo, si quiere. Pero tarde o temprano acabará hablando con alguien porque la angustia pesa. A pocos metros alguien ha muerto y lo último que uno quiere es estar solo.

El hombre que escuchaba, el más joven, pareció ceder. Era cierto. Aquella muerte los unía en una fraternidad de extraños lazos que impedían el aislamiento o la huida. Había una necesidad de abrazo, que alguien dijera que todo iba a estar bien, que pronto se llevarían el cuerpo y la vida continuaría. Arqueó las cejas y suspiró en señal de entrega. Iba a escuchar, ¡qué más remedio!

Se llamaba Marcos Fratini, era ingeniero y acababa de cumplir los cincuenta. Estaba allí de paso, rumbo a la casa de un industrial que vivía en las afueras de Córdoba. Unos meses antes se había firmado en Asunción un tratado que iniciaba un largo proceso de integración entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Todavía no estaba claro hacia dónde iba aquello, pero las intenciones parecían buenas. Si funcionaba, pronto habría un nuevo bloque con el que el mundo querría negociar.

Fratini esperaba una instancia como esa desde que era niño. No sabía con exactitud para qué lo habían convocado en fechas tan poco propicias, pero intuía que podía estar ante una oportunidad única. Había sido el más brillante de su generación desde la escuela hasta la universidad y, sin embargo, había visto cómo algunos mediocres inescrupulosos o más hábiles para adaptarse a las reglas no siempre limpias del juego, lo habían pasado de largo. Estaba harto de cumplir un horario fijo tras un escritorio, haciendo informes sin más desafío que el solitario que, entre bostezo y bostezo, desplegaba en su pantalla.

Ahora, en vista de los cambios que el nuevo bloque comercial prometía, era posible que alguien valorara la calidad de un buen profesional. Un antiguo profesor lo había puesto en contacto con el industrial y ahí estaba, rumbo a una reunión a ciegas a la que, según parecía, no llegaría a tiempo.

Se había marchado de su casa para no pasar el fin de año con s ...