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EL úLTIMO SUSPIRO DEL MORO

Salman Rushdie  

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Fragmento

I. UN HOGAR DIVIDIDO

He perdido la cuenta de los días transcurridos desde que huí de los horrores de la demente fortaleza del pueblo andaluz de Benengeli; escapé de la muerte al amparo de la oscuridad y dejé un mensaje clavado en la puerta. Y desde entonces, a lo largo de mi camino hambriento y envuelto en la calima, ha habido otros montones de papeles garrapateados, martillazos y exclamaciones agudas de clavos de dos pulgadas. Hace tiempo, cuando era joven e inexperto, mi amada me dijo con cariño: «Oh, Moro, extraño hombre negro, siempre con la boca llena de tesis y sin una mala puerta de iglesia en que clavarlas.» (Ella, que se autodeclaraba india devotamente poco cristiana, bromeaba con la protesta de Lutero en Wittenberg, para tomar el pelo a su amante cristiano, decidida y devotamente indio: ¡cómo viajan las historias, en qué bocas acaban!) Desgraciadamente, mi madre la oyó; y disparó su dardo, rápida como una serpiente al morder: «Quieres decir tan llena de heces.» Sí, madre, tú tienes la última palabra también en ese tema: como en todo.

«Amrika» y «Moskvá», las llamó alguien alguna vez, Aurora mi madre y Uma mi amor, apodándolas como las dos grandes superpotencias; y la gente decía que se asemejaban, pero a mí nunca me lo pareció, no me lo parecía en absoluto. Las dos están muertas, por causas no naturales, y yo en un país lejano con la muerte a mis talones y su historia entre mis manos, una historia que he estado crucificando en una puerta, una valla, un olivo, extendiendo, por este paisaje de mi último viaje, la historia que me señala. En mi carrera, he convertido al mundo en mi mapa pirata, con todas sus pistas que conducen («la X indica el lugar») al tesoro que soy yo. Cuando mis perseguidores hayan seguido el rastro, me encontrarán esperándolos, sin quejarme, jadeando, dispuesto. Aquí estoy. No hubiera podido hacer otra cosa.

(Mejor: aquí estoy sentado. En esta selva oscura –es decir, en este monte de los Olivos, dentro de este grupo de árboles, observado por las cruces de piedra burlonamente inclinadas de un pequeño cementerio lleno de maleza y algo adentrado en la ruta de la estación de gasolina del «Último Suspiro»–, sin contar con Virgilios ni necesitarlos, en lo que debería ser la mitad del camino de mi vida, pero, por razones complejas, se ha convertido en el final del camino, me derrumbo exhausto, carajo.)

Y sí, señoras, se han clavado muchas cosas. Por ejemplo, la bandera al mástil. Pero, después de una vida no tan larga (aunque chillonamente coloreada), siento que estoy libre de tesis. La vida misma es crucifixión suficiente.

Cuando se te está acabando el gas, cuando casi se ha extinguido el soplo que te impulsa, ha llegado el momento de confesarte. Llámalo testamento o como quieras, a tu (última) voluntad; el Salón de las Postrimerías de la vida. De ahí este aquí-estoy-o-aquí-me-siento con las frases de mi vida clavadas al paisaje, y las llaves de un fuerte rojo en el bolsillo, estos momentos de espera antes de la rendición final.

Por ello, resulta ahora apropiado cantar los finales; de lo que fue y no puede ya ser; de lo que estuvo bien en ello, o mal. Un último suspiro por un mundo perdido, una lágrima por su desaparición. También, sin embargo, una última ovación, una escandalosa madeja de historias larguísimas (las palabras tendrán que bastar, a falta de medios audiovisuales) y una serie de canciones alborotadoras para despertar. El relato de un Moro, lleno de ruido y de furia. ¿Lo queréis? Bueno, pues aunque no lo queráis. Y, para comenzar, pasadme la pimienta.

–¿Qué dices?

Hasta a los árboles se los sorprende hablando. (Solos y desesperados, ¿no habéis hablado a las paredes, a vuestro chucho idiota, al vacío?)

Repito: la pimienta, por favor; porque, si no hubiera sido por los granos de pimienta, lo que ahora es un final en Oriente y Occidente podría no haber comenzado nunca. Pimienta es lo que trajeron los altos barcos de Vasco da Gama a través del océano, desde la Torre de Belém de Lisboa hasta la costa de Malabar: primero a Calicut y, luego, por su puerto de laguna. Los ingleses y franceses siguieron la estela de aquel portugués primer llegado, de forma que, en el período llamado Descubrimiento de la India –¿cómo podían descubrirnos si no estábamos cubiertos?– fuimos «no tanto un subcontinente como un subcondimento», como decía mi ilustre madre.

–Desde el principio, lo que quería el mundo de la maldita madre India estuvo clarísimo –decía–. Vinieron buscando algo picante, como cualquier hombre que se va de putas.

Mi historia es la de la caída en desgracia de un mestizo de alta cuna: yo, Moraes Zogoiby, llamado «el Moro», durante la mayor parte de mi vida único heredero varón de los crores de las especias-y-altas-finanzas de la dinastía Da Gama-Zogoiby de Chochin, y de mi destierro de lo que tenía todo el derecho a considerar mi vida natural, por mi madre Aurora, de soltera Da Gama, la más ilustre de nuestros artistas modernos, una gran belleza que era también la mujer de lengua más afilada de su generación, y administraba sus picardías a todo el que se ponía a su alcance. No se apiadaba de sus hijos.

–Nosotras, las chicas beatniks de cruz y rosario, tenemos guindilla en las venas –solía decir.

¡Nada de privilegios para los de nuestra carne y sangre! Queridos míos, nosotras mascamos la carne y la sangre es nuestra bebida favorita.

–Ser un vástago de nuestra demoníaca Aurora –me dijo de joven el pintor de Goa V. (de Vasco) Miranda–, significa ser, realmente, un moderno Lucifer. Ya sabes: hijo de la condenada mañana.

Para entonces, mi familia se había trasladado a Bombay, y ésa era la clase de cosas que, en el paraíso del legendario salón de Aurora Zogoiby, pasaba por un cumplido; sin embargo, yo lo recuerdo como una profecía, porque llegó el día en que fui realmente arrojado de aquel jardín fabuloso y precipitado al Pandemonio. (Desterrado de lo natural, ¿qué otra opción tenía que abrazar lo opuesto? Lo que quiere decir el antinaturalismo, el único ismo verdadero de estos días de continuo enfrentamiento y galimatías. Puestos más allá de lo Pálido, ¿no trataríais de hacer de lo Oscuro día? Como lo oís. Moraes Zogoiby, expulsado de su propia historia, cayó dando tumbos hacia la Historia.)

–¡Y todo eso desde un pimentero!

No sólo pimienta, sino también cardamomos, anacardos, canela, jengibre, pistachos, clavos; y además de especias y frutos secos estaban los granos de café y hasta la hoja de té poderosa. Pero el hecho es que, según Aurora, «la pimienta era lo primero y primoeminente... sí, sí, primoeminente, ¿por qué decir pre-eminente? ¿Por qué destacar el “antes” si lo que importa es que era lo primero?» Lo que era cierto de la Historia en general lo era también de las fortunas de nuestra familia en particular: la pimienta, la codiciada especialidad de mis viejos, podridos de dinero, los comerciantes más ricos en especias, frutos secos, granos y hojas de Cochin, que, sin prueba alguna, salvo siglos de tradición, pretendían ser descendientes por la puerta falsa del mismísimo Vasco da Gama...

Se acabaron los secretos. Los he clavado en la puerta ya.

A la edad de trece años, a mi madre, Aurora da Gama, le dio por vagar descalza por la casa grande y olorosa de sus abuelos en la isla de Cabral durante las rachas de insomnio que, por algún tiempo, se convirtieron en su dolencia nocturna y, durante esas odiseas noctívagas, abría invariablemente todas las ventanas de par en par: primero las ventanas interiores con mosquitero, cuya tela metálica de finas mallas protegía la casa de los diminutos mosquitos, luego los marcos mismos de vidrios emplomados, y por último los postigos de listones de madera. Como consecuencia, la matriarca Epifania, de sesenta años –cuyo mosquitero personal tenía, con el paso de los años, algunos agujeros pequeños pero importantes que ella era demasiado miope o demasiado tacaña para observar–, se despertaba cada mañana por las molestas picaduras de sus antebrazos azules y huesudos y soltaba un débil chillido al ver a las moscas zumbando en torno a la bandeja de té matutino y galletas que había dejado a su lado Teresa, la doncella (que huía velozmente). Epifania se dedicaba, con inútil frenesí, a rascarse y dar manotazos, arremetiendo en torno a su curvilínea cama-embarcación de teca, y derramando a menudo el té sobre las sábanas de algodón con encajes o sobre su camisón de blanca muselina, de alto cuello de volantes que ocultaba el cuello de la propia Epifania, en otro tiempo de cisne pero ahora más bien corrugado. Y mientras la paleta matamoscas de su mano derecha azotaba y golpeaba, mientras las largas uñas de su mano izquierda rastrillaban su espalda en busca de unas picaduras de mosquito cada vez más esquivas, el gorro de dormir de Epifania da Gama se le resbalaba, dejando al descubierto un revoltijo de cabello blanco y serpentino, a través del cual se podían ver muy fácilmente (¡ay!) zonas de moteado cuero cabelludo. Cuando la joven Aurora, que escuchaba junto a la puerta, consideraba que los ruidos de la furia de su aborrecida abuela (juramentos, destrozo de porcelana, los impotentes palmetazos del matamoscas, el desdeñoso zumbido de los insectos) estaban llegando a su apogeo, adoptaba su sonrisa más dulce y se presentaba tan fresca ante la matriarca con un alegre saludo matutino, sabiendo que la madre de todos los Da Gamas de Cochin llegaría al paroxismo de su cólera salvaje con la llegada de aquella juvenil testigo de su impotencia de vejestorio. Epifania, con el pelo en desorden, arrodillada sobre unas sábanas manchadas, agitando el alzado matamoscas como una varita mágica rota y buscando un escape para su rabia, aullaba como un bicho raro, una rakshasa o una banshee, al ver a la intrusa Aurora, para secreta alegría de la chica.

–Uju-ju, niña, qué susto me has dado, un día me vas a matificar el corazón.

Así fue como a Aurora da Gama se le ocurrió la idea de asesinar a su abuela, de labios de su propia y futura víctima. Después de eso comenzó a trazar planes, pero sus fantasías, cada vez más macabras, de venenos y precipicios se venían abajo invariablemente por problemas pragmáticos, como la dificultad de agarrar una cobra y meterla entre las sábanas de Epifania, o la rotunda negativa de la vieja bruja a caminar por cualquier terreno que, como ella decía, «subiera o bajara de puntillas». Y aunque Aurora sabía muy bien dónde echar mano a un buen cuchillo de cocina afilado y, por otra parte, estaba segura de que tenía ya fuerza suficiente para estrangular la vida en Epifania, excluyó también esas opciones, porque no tenía la intención de ser descubierta y una agresión demasiado evidente podía dar lugar a que le hicieran preguntas molestas. Al no revelársele el crimen perfecto, Aurora siguió desempeñando su papel de nieta perfecta; sin embargo, continuó dando vueltas al asunto, aunque nunca se dio cuenta de que en sus cavilaciones había mucho de la implacabilidad de Epifania:

–La paciencia es una virtud –se dijo–. Aguardaré mi momento.

Entretanto, siguió abriendo ventanas en aquellas noches húmedas, y a veces tiraba por ellas adornos valiosos, figuras de madera tallada con trompa de elefante, que se iban cabeceando sobre las mareas de la laguna, lamiendo los muros de aquella mansión insular, o colmillos de marfil delicadamente labrados que, naturalmente, se hundían sin dejar huella. Durante varios días, la familia no supo qué pensar de lo que pasaba. Los hijos de Epifania da Gama, el tío de Aurora, Irish (pronunciado Aires) y el padre de Aurora, Camoens (pronunciado Camonsh con la nariz tapada) se despertaban y se encontraban con que traviesas brisas nocturnas se habían llevado prendas camperas de sus armarios y papeles de negocios de sus bandejas de asuntos pendientes. Diestras corrientes de aire habían desatado el cuello de sacos de muestras, sacos de yute llenos de cardamomos y hojas de karri y anacardos grandes y pequeños, situados siempre como centinelas a lo largo de los sombríos pasillos del ala de oficinas, y como consecuencia había simientes de alholva y pistachos que daban vueltas alocadamente por el suelo gastado y viejo de caliza, carbón, clara de huevo y otros ingredientes olvidados, y el aroma de las especias en el aire atormentaba a la matriarca, que, con el paso de los años, se había vuelto cada vez más alérgica a las fuentes de las fortunas de su familia.

Y si las moscas zumbaban a través de las abiertas ventanas de rejilla y las maleducadas ráfagas a través de las separadas hojas de vidrio emplomado, la apertura de los postigos dejaba entrar todo lo demás: el polvo y el tumulto de los barcos del puerto de Cochin, las sirenas de los cargueros y los resoplidos de los remolcadores, los chistes groseros de los pescadores y la vibración de sus aguijones para las medusas, la luz del sol afilada como un cuchillo, un calor que podía ahogarte como un trapo húmedo que te envolviera apretadamente la cabeza, los gritos de los flotantes vendedores, las bocanadas de tristeza de los judíos solteros a través de las aguas en Mattancherri, las amenazas de los contrabandistas de esmeraldas, las maquinaciones de los rivales comerciales, el creciente nerviosismo de la colonia británica de Cochin, las exigencias de dinero contante del personal administrativo y de los trabajadores de las plantaciones de las Montañas, los relatos de alborotos comunistas y políticas de los wallahs del Congreso, los nombres de Gandhi y de Nehru, los rumores de hambrunas en el este y de huelgas de hambre en el norte, las canciones y tamborileos de los narradores callejeros y el sonido pesadamente retumbante (al romper contra el desvencijado embarcadero de la isla de Cabral) de las crecientes mareas de la Historia.

Qué país de tercera, por Cristo –maldijo el tío Aires a la hora del desayuno, con su mejor estilo de sombrero y polainas–. Como si el mundo exterior no fuera suficientemente sucioasqueroso, ¿eh, eh? Pero bueno, ¿quién es la horrible muñeca, el atolondrado maricón que se ha dejado otra vez todo abierto? ¿Es ésta, por Júpiter, una residencia honesta o es un cagadero, valga la metáfora, del bazar?

Aquella mañana, Aurora comprendió que había ido demasiado lejos, porque su amado padre Camoens, un tipejo de barbita de chivo y camisa campera llamativa que era ya una cabeza más pequeño que la larguirucha de su hija, se la llevó al pequeño embarcadero y, dando literalmente saltos de emoción y excitación de tal forma que, contra la increíble belleza y el ajetreo comercial de la laguna, su silueta parecía un personaje de sueño, quizá un leprechaun bailando en un claro, o un yinni bueno escapado de una lámpara, le confió, con sibilante secreto, la noticia inmensa y desgarradora. Camoens, que llevaba un nombre de poeta y tenía un carácter dado a (aunque no el don de) la ensoñación, le sugirió tímidamente la posibilidad de un hechizo.

–Creo –dijo a su hija muda de asombro– que tu querida mami ha vuelto con nosotros. Tú sabes cuánto le gustaba el aire fresco, cómo se peleaba con tu abuela por el aire; y ahora, por arte de magia, las ventanas se abren de golpe. Y además, hija mía, ¡fíjate en lo que... en lo que falta! Sólo lo que ella aborreció siempre, ¿te das cuenta? Los dioses elefantinos de Aires, solía decir. Lo que ha desaparecido es la pequeña colección de Ganeshas que era el pasatiempo de tu tío. Eso y el marfil.

Los colmillos de elefante de Epifania. Hay demasiados elefantes sentados sobre esta casa. La difunta Belle da Gama había dicho siempre lo que pensaba.

–Creo que si me levanto esta noche podré ver una vez más su querido rostro –le confió su padre anhelante–. ¿Tú qué crees? El mensaje es claro como el agua. ¿Por qué no esperas conmigo levantada? Tú y tu padre estáis en la misma situación: él añora a su señora y tú quisieras, ay, volver a ver a tu mamá.

Aurora, ruborizándose de turbación, le gritó: –¡Pero al menos no creo en puñeteros fantasmas! –Y corrió a la casa, incapaz de confesar la verdad, que era que el fantasma de su madre muerta era ella, haciendo lo que ella hacía y hablando con su voz difunta; que la hija sonámbula mantenía a su madre viva, dándole su propio cuerpo para que ella lo habitara, aferrándose a la muerte, rechazándola, insistiendo en la constancia, más allá de la tumba, del amor... que se había convertido en el nuevo amanecer de su madre, en carne para su espíritu, dos Belles en una.

(Muchos años más tarde, llamaría a su propio hogar Elephanta; de manera que, después de todo, las cuestiones elefantinas, lo mismo que las espectrales, siguieron desempeñando un papel en nuestra saga familiar.)

Belle llevaba muerta sólo dos meses. Belle de Luzbel, solía llamarla el tío de Aurora, Aires (pero la verdad es que él siempre estaba poniendo apodos a la gente, imponiendo bravuconamente al mundo su universo privado): Isabella Ximena da Gama, la abuela que yo nunca conocí. Entre ella y Epifania había habido guerra desde el principio. Viuda a los cuarenta y cinco años, Epifania había empezado enseguida a interpretar el papel de matriarca y solía sentarse, con el regazo lleno de pistachos, en la sombra matutina de su patio favorito, abanicándose, rompiendo cáscaras con los dientes en una impresionante demostración de fuerza y cantando mientras, con voz alta e implacable:

Bobo Shafto fue a la ma-ar Bolas de plata a llevar...

¡Kir-rick! ¡Ker-rack!, hacían las cáscar

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