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EL LIBRO DE LA ALEGRíA

Dalai Lama / Desmond Tutu / Douglas Abrams  

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Fragmento

¿La invitación a la alegría

Para celebrar el cumpleaños del Dalai Lama, nos reunimos en Dharamsala durante una semana para disfrutar de nuestra amistad y, al mismo tiempo, crear algo que esperamos sea un regalo de cumpleaños para quien lo lea. Seguramente no hay momento más feliz que el nacimiento y, sin embargo, pasamos buena parte de nuestra vida sumidos en la tristeza, el estrés y el sufrimiento. Esperamos que este breve libro sea una invitación a una alegría y felicidad aún mayores.

El destino, por oscuro que sea, no determina el futuro. Cada día, en cada momento, somos capaces de crear y recrear nuestra vida, así como la calidad misma de la existencia como especie en el planeta. Este es el poder que poseemos.

La felicidad duradera no reside en la búsqueda de un objetivo concreto ni de un logro en particular. Tampoco se encuentra en la riqueza o en la fama. Se halla tan solo en la mente y en el corazón, y es ahí donde confiamos que la encuentres.

Douglas Abrams, coautor del libro, aceptó amablemente ayudarnos en este proyecto y nos entrevistó durante una semana en Dharamsala. Le hemos pedido que entreteja nuestras voces y añada la suya como narrador para que podamos compartir no solo nuestras respectivas visiones y experiencias, sino también las fuentes de las que mana la alegría, identificadas por científicos y por otras voces autorizadas.

No es necesario que nos creas. Es más, nada de lo que digamos debe entenderse como un dogma de fe. Simplemente queremos compartir contigo lo que dos amigos, procedentes de mundos muy distintos, hemos presenciado y aprendido en el curso de nuestra larga vida. Esperamos que apliques el contenido de estas páginas a tu vida y descubras si lo que se dice aquí es cierto.

Cada día es una oportunidad para empezar de nuevo. Cada día es tu cumpleaños.

Que este libro sea una bendición para todos los seres vivos y para los hijos del Señor, incluido tú.

TENZIN GYATSO,

Su Santidad el Dalai Lama

DESMOND TUTU,

arzobispo emérito de la república de Sudáfrica

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Introducción

 

Cuando bajamos del avión en aquel pequeño aeropuerto, engullidos por el rugido ensordecedor de los motores y con las laderas nevadas del Himalaya elevándose a nuestras espaldas, dos viejos amigos se abrazaron. El arzobispo acarició con ternura las mejillas del Dalai Lama y este frunció los labios como si le lanzara un beso a su amigo. Fue un momento de enorme afecto y amistad. En el año que llevábamos preparando la visita, éramos muy conscientes de lo que aquel encuentro podría significar para el resto del mundo, pero nunca se nos ocurrió pensar cómo les afectaría a ellos pasar una semana juntos.

Ha sido un gran privilegio y una responsabilidad abrumadora compartir la extraordinaria semana de conversaciones que tuvo lugar en Dharamsala, en la India, ciudad donde el Dalai Lama ha establecido su residencia en el exilio. A lo largo de las páginas de este libro, he intentado compartir contigo sus conversaciones más cercanas, repletas de risas interminables y salpicadas de momentos emotivos dedicados al recuerdo del amor y de la pérdida.

Se habían reunido solo media docena de veces, pero, a pesar de ello, compartían un vínculo que trascendía esos breves encuentros, y ambos se consideraban el uno al otro «mi travieso hermano del alma». Nunca antes habían tenido la oportunidad de pasar tanto tiempo juntos, disfrutando de la alegría de su amistad, y seguramente no volverían a tenerla.

Los pasos cada vez más cercanos de la muerte estaban presentes en nuestras conversaciones. En dos ocasiones habíamos pospuesto el viaje para que el arzobispo pudiera asistir al funeral de algún compañero. La salud y la política mundial han conspirado para mantenerlos alejados, así que éramos conscientes de que aquel podía ser su último encuentro.

Durante una semana, charlamos sentados bajo una suave iluminación, dispuesta cuidadosamente para no dañar los sensibles ojos del Dalai Lama, mientras a nuestro alrededor cinco cámaras nos grababan. A lo largo de ese viaje para comprender la alegría, exploramos muchos de los temas más profundos de la vida. Buscábamos la auténtica alegría, aquella que no depende de las vicisitudes de lo circunstancial. Sabíamos que también tendríamos que derribar los obstáculos que tan a menudo hacen que la alegría parezca tan huidiza. Durante las conversaciones esbozaron los ocho pilares de la alegría: cuatro de la mente y cuatro del corazón. Ambos, grandes hombres y líderes mundiales, coincidieron en los principios más importantes y propusieron diferencias reveladoras, mientras tratábamos de reunir aquellos conocimientos que pudieran ayudar al lector a encontrar una felicidad duradera en este mundo cambiante y, a menudo, tan lleno de sufrimiento.

Todos los días compartíamos té Darjeeling y una hogaza de pan plano del Tíbet. El personal encargado de filmar estas entrevistas estaba invitado a participar de este sencillo refrigerio. Una mañana, el Dalai Lama invitó al arzobispo a su residencia privada para iniciarlo en la práctica de la meditación y, a cambio, el arzobispo le dio la comunión, un rito reservado generalmente a los practicantes de la fe cristiana.

Cuando la semana ya tocaba a su fin, celebramos el cumpleaños del Dalai Lama en el Pueblo de los Niños Tibetanos, uno de los internados para niños exiliados del Tíbet. Las autoridades chinas les impiden recibir una educación basada en la cultura y en el idioma de su país, y por eso los padres de estos niños los envían montaña a través, con la única compañía de un guía que promete llevarlos hasta una de las escuelas del Dalai Lama. Se me hace difícil imaginar el dolor de esos padres que se separan de sus hijos sabiendo que pasarán más de diez años antes de que vuelvan a verlos, si es que llega ese día.

En el corazón de esta escuela marcada por el trauma, más de dos mil estudiantes y sus profesores aclamaron entusiasmados al Dalai Lama mientras este se balanceaba tímidamente, ya que su condición de monje le prohíbe bailar, animado por el ritmo irresistible del arzobispo Tutu.

El Dalai Lama y el arzobispo son dos de los maestros espirituales más grandes de nuestro tiempo, pero también son líderes morales que trascienden sus propias tradiciones y se expresan siempre desde la más profunda preocupación por la humanidad en su conjunto. Su valentía, su resiliencia y su fe inquebrantable en la humanidad son una fuente de inspiración para millones de personas, que no se dejan vencer por el cinismo, tan de moda en la sociedad actual y que amenaza con engullirnos a todos. Su alegría no es evidente ni superficial; ha sido moldeada en el fuego de la adversidad, de la opresión, del esfuerzo. El Dalai Lama y el arzobispo Tutu nos recuerdan que la alegría nos pertenece por derecho y que es aún más esencial que la felicidad.

«La alegría —señaló el arzobispo Tutu durante la estancia— es mucho más grande que la felicidad. Solemos percibir la felicidad com

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