Loading...

EL LADRóN DE MAPAS

Andrés López Reilly  

0


Fragmento

CAPÍTULO I
Ratón de biblioteca

El ir y venir era continuo. Los teléfonos no paraban de sonar en cada sector de la redacción y el tecleo ya parecía un mantra, interrumpido cada tanto por el ruido de las impresoras que escupían con velocidad las copias A4 para los periodistas y A3 para los maquetadores.

El cierre de una edición ha sido siempre igual desde que existe el periodismo en el mundo: ansiedad, literatura rápida y profesionales sopesando las repercusiones que pueda tener una publicación al día siguiente; porque, en un tris, el papel o una captura de pantalla se transformarán en documentos indelebles, con las responsabilidades públicas y legales que esto implica.

En esa producción, por lo general contra reloj, siempre hay momentos para combatir la ansiedad; por desgracia, ensanchando el abdomen y envenenando los pulmones. Hacía un año que el gobierno de Uruguay había prohibido fumar en los espacios cerrados, tanto públicos como privados. Un avance, por cierto, para una redacción siempre permeable a los vicios sociales. Porque todavía hay periodistas que recuerdan cuando en determinado momento del día una botella de whisky ganaba la cima del escritorio para transformarse en el centro de una pausa, en medio de una nube de humo de cigarrillos que colonizaba los espacios y que lo impregnaba todo, hasta la ropa interior.

Recibe antes que nadie historias como ésta

En aquellas épocas —recuerdan aún quienes peinan canas—, luego del cierre de la edición, algunos seguían intentando arreglar el mundo y argumentando sobre la formación ideal del seleccionado de fútbol, en algún templo espirituoso no muy alejado del diario. En el ínterin, mientras las almas se entregaban a la bohemia, la composición de la edición matutina y la imprenta marchaban a todo vapor. También había quienes permanecían en vigilia hasta el alba, para regresar al diario a levantar un ejemplar calentito, con el característico olor que desprende la tinta fresca, antes de irse a dormir a sus casas. Sabían con exactitud qué traían esas páginas, pero eso era parte del ritual, de la mística de la vieja guardia del periodismo.

Aunque no todos los periodistas llevan el mismo tren de vida, siempre hay reservado un espacio para el humor en una profesión que obliga a tener válvulas de escape, sobre todo cuando toca enfrentarse a los temas más duros, esos que nadie quisiera leer, pero que todos leen, y que el periodista tiene la obligación de abordar para que el lector sepa a qué atenerse en un mundo que es cada vez más violento.

Una vez, un veterano profesional que estaba fuera del rebaño de los periodistas bohemios aprontó sus cosas para marchar directo a casa, como lo hacía religiosamente cada día, mientras sus compañeros se dirigían a continuar con la cháchara dialéctica en otro lado. Tomó una pila de diarios, se la colocó bajo el brazo y se despidió de su círculo más cercano, encaminando sus pasos hacia las escaleras. Casi medio siglo atrás, cuando había ingresado al diario por primera vez siendo un imberbe, un periodista con experiencia le dijo: “Al entrar hay que subir siempre por el ascensor, sin apuro. Pero al irse, hay que hacerlo por la escalera; porque si el ascensor se tranca, uno se puede quedar adentro un buen rato”.

Aquel día no advirtió que sus viejos compañeros le habían jugado una broma. Es que no perdonaban a nadie: hasta al editor en jefe, un hombre bastante parco y de escasa estatura, le solían colocar puñados de tipos metálicos que sacaban del taller en los bolsillos del saco, que dejaba colgado en el perchero, para que cuando se lo pusiera, al retirarse, se fastidiara por el lastre. Disimuladamente, esa tarde le introdujeron a este periodista una prenda íntima de mujer entre la montaña de diarios. Si con la autoridad se tomaban ese tipo de licencias, ni que hablar de lo que podían hacerle a un compañero de redacción.

Al llegar a su casa, el buen hombre dejó la pila de papeles sobre la mesa del comedor y le dijo a su esposa que tomaría un baño, que le aguardara para cenar juntos más tarde. La mujer aprovechó el momento para hojear la prensa, como acostumbraba, y se percató del elemento “plantado” entre los diarios. Antes de que pudiera digerir la noticia, regresó el marido, listo para la cena.

—¿Qué es esto? —increpó la esposa sin pestañar, mientras sostenía en el aire, entre el índice y el pulgar, la ropa interior de mujer.

Hábil declarante, y descubriendo de inmediato la ocurrencia de sus compañeros, el hombre salió ventajoso del apuro:

—¡Vieja! ¿Cincuenta años viviendo con un periodista y todavía creés en todo lo que traen los diarios?

* * *

Aquella tarde de primavera de 2007, uno de esos porfiados teléfonos de redacción repicó en el interno 448 del diario El País de Montevideo.

Atendió un periodista de la sección Ciudades que tenía el aparato inmediatamente a su derecha, encima de algunos periódicos y con el cable caóticamente enrulado. Del otro lado de la línea, el guardia de seguridad le hablaba desde su pequeño escritorio de la planta baja. No se escuchaba muy bien la comunicación, como ocurre habitualmente en la enormidad de la redacción, por el trajín de la actividad que se da entre esas cuatro paredes.

—Hay un hombre en la puerta que dice que quiere ser atendido por un periodista —anunció el guardia de seguridad.

—¿Sobre qué tema quiere hablar?

—Algo sobre el robo de unos mapas antiguos.

—¿Mapas antiguos? ¿Quién es?

—Dice que es argentino, que vino expresamente a Uruguay a hacer esta denuncia.

Con frecuencia, el diario es visitado por personas que llegan a plantear situaciones comprometidas luego de haber sido rechazadas en otros lados, como la seccional segunda de Policía, que se encuentra a tres cuadras de distancia, por la misma calle Zelmar Michelini, sin comprender que no todos los conflictos de la vida cotidiana tienen interés público. También piden audiencias los que hacen largos periplos en bicicleta, a pie o en automóvil. Y una plétora de personajes, algunos de lo más folclóricos, que buscan su media hora de fama o simplemente alguien que los escuche. Por eso, en ocasiones, los periodistas se molestan por tener que ir a atender esas situaciones que se plantean en la puerta de entrada, ya que en general están ocupados haciendo varias cosas a la vez y existen grandes probabilidades de que no puedan obtener nada para ofrecer a sus lectores. Por suerte, la conciencia social y profesional por lo general se impone, aunque es frecuente que sean los más jóvenes, o aquellos que están pagando “derecho de piso”, quienes deban recibir a estos visitantes inesperados.

En este caso, el periodista tenía muchos años de experiencia en la profesión, pero hacía pocos meses que trabajaba en El País, el diario más antiguo y de mayor tiraje de Uruguay. Pese a la escasa información que le proporcionó el guardia de seguridad, algo, su olfato tal vez, le dijo que ese día podía toparse con una buena historia. Porque si hay algo cierto en la vida de los medios de comunicación, es que, al igual que ocurre en la famosa casa de empeños de El precio de la historia, nunca se sabe qué es lo que va a entrar por la puerta.

—Dígale que suba al segundo piso.

—Perfecto, gracias.

Tres minutos después se abrió el ascensor y apareció el visitante. Allí mismo, parado junto al sofá de dos cuerpos que se encuentra en el hall del segundo piso, lo esperaba el periodista con una hoja, una lapicera y un pequeño grabador digital.

—Siéntese —le pidió al desconocido luego de estrechar su mano.

Su abuelo siempre le decía que el acto del apretón de manos era un momento clave al conocer a una persona por primera vez. El hombre le hizo acordar al médico que lo atendía de niño, que en su momento creía que lo torturaba sin piedad, cuando en realidad le había salvado la vida: el doctor Víctor Scolpini; una eminencia, pero un baba fría.

El visitante tendría unos 55 o 60 años y ninguna seña particular que llamara la atención. Era de baja estatura, vestía sin ningún apego a la moda y traía una pequeña carpeta azul bajo el brazo, de cartón y con dos bandas elásticas en sus esquinas. No se lo veía nervioso, pero sí decidido. Sin presentarse, tal vez porque el tema que le preocupaba le hacía olvidar los buenos modales, comenzó a sacar una serie de fotocopias.

—¿Qué lo trae por acá? —inquirió el periodista.

Inmediatamente, el hombre extrajo un documento de identidad que exhibió en un segundo, sin que se pudiera distinguir siquiera su fotografía.

—Soy fulano de tal —expresó.

Así como no había podido focalizarse en el documento, el periodista tampoco registró en ese momento el nombre del visitante.

—La historia que le voy a contar es increíble —disparó sin más preámbulos—. Tengo todos estos documentos que la avalan y que le van a permitir a usted entender el verdadero alcance de este asunto.

—A ver, muéstreme…

Mientras exhibía papeles de incierta procedencia y autenticidad, comenzó a narrar una historia que de inmediato captó la atención del periodista, que entre sus labores cotidianas tiene la obligación de desconfiar de todo.

El hombre le contó que existía una organización internacional que se dedicaba a robar mapas incunables, es decir, aquellos que se imprimieron desde la invención de la imprenta moderna, en 1453, hasta el año 1500; que estaba liderada por un connotado librero italiano; que había un socio argentino muy conocido en el ambiente porteño y que el ladrón que ya había cometido muchas tropelías era uruguayo. La actuación de esta red, aseguraba el hombre, había provocado daños invaluables en el patrimonio bibliográfico de países como España, Paraguay, Argentina y Uruguay, entre otros. Y tenía como destino el mercado internacional de coleccionistas que pagaban verdaderas fortunas por piezas expoliadas de archivos, museos y bibliotecas públicas.

Además de evitar caer bajo los efluvios narcóticos de los cuentamusas, los periodistas deben transformarse muchas veces en armadores de rompecabezas, cuyas piezas están dispersas y a menudo alguien trata de mantener ocultas. Y su misión debe ser siempre la misma: separar la paja del trigo y lograr una buena historia; porque en definitiva, además de ser un derecho fundamental, la información es una mercancía sometida a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda. No comunica quien habla o escribe, sino quien es escuchado y es leído. Por eso, antes de sentarse frente al teclado, el periodista debía tener en claro qué historia presentaría a sus lectores. Y de ser posible, un buen título para ella.

—Es muy interesante lo que me cuenta. ¿Y qué son todos estos papeles que trajo?

—Estos documentos son los que avalan lo que le estoy diciendo. Que estamos ante una red que actúa en varios países, que lo ha hecho aquí mismo, en Montevideo, y que sigue operando con total impunidad en otros lugares.

Ahora un halo de misterio rodeaba a ese hombre, que se mostraba bien plantado en su rol de acusador. Era una persona culta y viajada, se deducía por su forma de hablar y las referencias geográficas que utilizaba y que parecía conocer muy bien, pero intrigante a la vez. Insistía en señalar a personas totalmente desconocidas para su interlocutor, en particular al supuesto cabecilla de la red delictiva, el propietario de una librería anticuaria ubicada en Verona, Italia.

Redactar el artículo le requeriría una mentalidad de destilador, prescindir de los elementos volátiles y quedarse con los hechos sólidos que sustentaban la historia. Porque en el origen de los grandes y pequeños escándalos hay casi siempre personas malheridas y sectores en pugna que buscan desacreditarse entre sí, aunque esto no debe ser un impedimento moral para ningún periodista, que como cualquier hijo de vecino carece de fueros que lo protejan y debe sopesar muy bien el interés público de la información con respecto al interés privado.

Cuando se pone el dedo en la llaga, indefectiblemente se genera una reacción. Y dependiendo de la importancia del tema, en pocas horas comenzará una labor tensa e incómoda de capotear la embestida de quienes aparecen comprometidos en los artículos. Para el periodista, su enigmático informante había sorteado la primera prueba. Pero ahora era el turno de estudiar los documentos con detenimiento.

—¿Me puede dejar la carpeta para ver bien todos los papeles?

—Sí, claro, traje las copias para entregárselas a un periodista.

—¿Cómo lo contacto en caso de que tenga alguna duda?

—Le dejo este número de celular, pero mire que lo voy a tener por pocos días, porque no vivo en Montevideo. De todos modos, si me da su correo electrónico, le puedo hacer llegar más información y explicarle mejor otros asuntos.

—OK, perfecto. Déjeme ver los papeles y lo llamo en el correr de la semana.

El encuentro se selló con otro apretón de manos, un poco más firme esta vez. El visitante desechó la posibilidad de bajar por el ascensor y se fue por la escalera, como lo hacen los periodistas que trabajan en El País desde hace muchos años.

La lectura de los documentos comenzó de inmediato. En el conjunto había alguna nota de la prensa española, de ese año, que condenaba, al menos públicamente, a un por entonces fugitivo mangante de mapas incunables de nombre César Ovilio Gómez Rivero, un uruguayo residente en Argentina y nacionalizado español, entonces de 60 años, sin profesión conocida.

Los artículos daban escasos indicios de lo que en muy poco tiempo se transformaría en un verdadero escándalo en Europa. Nadie podía sospechar entonces, ni siquiera el misterioso informante que parecía saber mucho más de lo que decían los papeles, que la acción de esta red delictiva tendría repercusión en cuatro continentes y dejaría una herida sangrante en varios países, sobre todo en España e Italia, donde se alcanzaría a vincular a uno de sus integrantes con la Cosa Nostra y varias personas resultarían procesadas, entre ellas un senador de la República, amigo de un controvertido presidente que llegó a ser mundialmente conocido como el Cavaliere.

Una nota del 8 de octubre de 2007, publicada en la prensa ibérica, daba cuenta de que dos mapamundis escamoteados de la Biblioteca Nacional de España en Madrid, pertenecientes a la edición incunable de 1482 de la Cosmografía de Ptolomeo, el primer cartógrafo que trascendió en la historia, habían sido localizados en Australia, donde se hallaba un anticuario que los habría obtenido por unos 25.000 euros en una subasta en Londres.

La Guardia Civil española identificó al uruguayo César Gómez Rivero como presunto autor del robo, aunque para entonces no se conocía el número total de documentos que habían desaparecido de la institución que custodia el principal acervo patrimonial de España. La flamante directora de la biblioteca, Milagros del Corral, recibió la noticia del hallazgo de los mapas por un llamado que le hizo la Benemérita a las tres de la madrugada. Cuando sonó el teléfono, la mujer saltó de la cama como si se hubieran activado los resortes del somier.

Poco después, con más elementos como para hablar con la prensa, Del Corral destacó públicamente la labor tanto de Interpol como de la Guardia Civil, que crearon equipos especializados para abordar el asunto de los mapas robados. Estimaba que podían ser 19 las páginas arrancadas de diez libros de la Sala Cervantes, así llamada porque custodia las obras del autor del Quijote, donde para consultar los fondos es necesario poseer un carné de investigador. En la sala no hay nada a la vista, ya que los impresos históricos, que van del siglo XV hasta principios del XIX, se guardan en cámaras a temperatura y humedad estables. Por eso, cada material debe ser solicitado a un funcionario, que necesita de un tiempo para ubicarlo con su número de colocación e inventario.

La Biblioteca Nacional de Madrid, fundada por Felipe V a finales de 1711, atesora el único manuscrito que existe de una de las obras más importantes de la literatura española: Cantar de Mio Cid, un relato de hazañas heroicas inspiradas libremente en los últimos años de la vida del caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar el Campeador, que data del siglo XI. También cuenta con la colección más importante de incunables de España, unos 3.100 ejemplares, donde están representadas las principales imprentas españolas y la mayor parte de las europeas. Y posee un formidable conjunto de códices medievales, manuscritos, innumerables autógrafos y documentos genealógicos.

Algunas de las incógnitas que intentaban develar en ese momento los investigadores eran la ruta que habían seguido los mapas, cuál había sido la casa de subastas de Londres que los había puesto a la venta, y si el autor del robo había borrado o cambiado los sellos identificatorios de la biblioteca para que no se conociera la procedencia de los documentos. Aunque recién se comenzaba a jalar la punta de la madeja, ya se sospechaba que el responsable del hurto no era quien había blanqueado y colocado los mapas en el mercado internacional para su venta a los coleccionistas.

A nivel público, Del Corral hablaba con mucha soltura del asunto, aunque se sabía fiduciaria de un hierro candente. A raíz del escándalo que generó el robo, que evidenció la vulnerabilidad del patrimonio cultural en uno de los más importantes acervos de Europa, poco tiempo antes había renunciado al cargo de directora la escritora Rosa Regàs, quien estaba al frente de la biblioteca desde hacía tres años y en 2005 había recibido la Orden de la Legión de Honor de la República Francesa en grado de chevalier. Ese mismo año, también la Generalidad de Cataluña le concedió la Cruz de San Jordi.

De 1983 a 1994, Regàs había trabajado como traductora para las Naciones Unidas en ciudades como Ginebra, Nueva York, Washington, Nairobi y P ...