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EL HOMBRE DE MARZO (LA BúSQUEDA Y EL ENCUENTRO)

Tomas De Mattos  

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Fragmento

Prólogo

Esta obra no integraba el Archivo de los papeles dejados por el matrimonio de Juan Pedro Narbondo y Josefina Péguy, tal como me fue entregado por su primer albacea, don Gustavo Péguy, el tío de Josefina, ya herido por la enfermedad que siete meses después lo llevó a la tumba.

Su expediente llegó a mis manos, no por casualidad, recién dos meses después de la muerte de don Gustavo, el 31 de marzo de 1918, como luce la fecha de la copia del recibo que suscribí.

Su hija mayor, María Josefina, quien tenía previo conocimiento de su existencia, me lo alcanzó, reiterando que imprevistamente lo había encontrado entre los papeles de su padre.

En la carta con la que me anunció desde Montevideo que vendría a Tacuarembó, trayéndolo consigo, me deslizó este sugestivo párrafo:

Lo inexplicable no es que papá no se lo haya entregado a usted, sino que lo tuviera separado del Archivo de mis primos, y bastante relegado entre sus propios documentos. En realidad, yo no lo hubiera hallado nunca si no hubiese encarado una revisión general de toda su biblioteca. Pero… no lo destruyó, así que pienso que podemos pensar que se limitó a esconderlo, acogiéndose al mejor arbitrio de la Providencia, y manteniendo así la posibilidad de que, luego de su muerte, fuera encontrado. No sé si lo estaré traicionando o si, por el contrario, lo estoy ayudando a llevar a cabo, con conciencia y mano ajena, un cometido cuya responsabilidad le pesaba pero que se sentía inhibido de cumplir. Le aseguro que reflexioné una semana. La relectura de esto que no sé si llamar novela o biografía, crónica o ensayo, me mantuvo absorta y terminó decidiéndome a entregárselo. Aún hoy Varela tiene muchos detractores que me parecen injustos y, para colmo, sus partidarios lo han simplificado, acaso para facilitarse un consenso cómodo por lo acotado, pero sumamente empobrecedor. No niego que incidió el hecho de que, aunque tan católica como mi padre, sea maestra, maestra de escuela pública y de cuño vareliano.

José Pedro Varela distaba mucho de ser uno de los paradigmas de don Gustavo, tan apegado a la Iglesia Católica, la “Causa”, como prefería llamarla, con el énfasis de un enfervorizado militante. Menos paradigmático le era aún el dictador Latorre, quien se me ocurre que, globalmente, no queda tan mal parado en el conjunto del texto. Si a mí esa imagen adicional me resulta muy incómoda, no me cuesta suponer lo que sentía y pensaba don Gustavo.

El tío de Josefina lo acusaba a Varela de haber sido el primer y principal sembrador de los vientos que “alimentan las llamas del enconado hostigamiento sufrido por la Iglesia, sobre todo desde el encumbramiento de Santos, y avivados ahora por el advenimiento del Amaridado, quien desde hace tanto tiempo manda entre nosotros, ocupe o no la Presidencia”. El “Amaridado” era, por supuesto, José Batlle y Ordóñez, quien había culminado no hacía muchos años su segunda Presidencia (1911-1915), y no podía contraer matrimonio religioso con su compañera, Matilde Pacheco.

La Péguy ha de haber escandalizado a don Gustavo por enésima vez al abocarse a un estudio de tendencias apologéticas no demasiado inhibidas, y de curiosa estructura: mezcla —como apuntó su prima María Josefina— de novela, crónica, ensayo y biografía, centrado en quien, a juicio de su albacea, fue uno de los personajes más nefastos de nuestra historia, por la perdurable “paganización” —así llamaba él a lo que nosotros preferimos nombrar como secularización— en la que “sumió” a nuestro país, “singularizándolo penosamente en nuestra piadosa América”.

En realidad lo que tengo frente a mí —y a ti, lector—, y ofrezco compartir, puede ser definido como una secuencia ordenada de entrevistas con quienes, en esa época, hacia 1895-1897, todavía vivían y podían decir mucho sobre Varela. Más aún, es abrigable la sospecha de que lo que se despliega ante nosotros como una obra completa en sí misma no sea más que una recopilación, presuntamente también culminada, de documentos preparatorios. No la novela o biografía novelada que Josefina proyectó durante un buen tiempo, y que luego no concretó por razones no evidentes pero adivinables.

En efecto, los tres grupos de voluminosos carpetones que conforman el legajo contienen: el primero, versiones taquigráficas; el segundo, la transcripción de tales actas; y el último, documentos varios, como cartas de terceros, fotografías, recortes de prensa, no muchas copias de originales de Varela que le habrá facilitado la viuda, algunos pocos textos propios de Josefina que no sobrepasan el rango de borradores, muchísimas citas (sin duda, destinadas a eventuales epígrafes, como lo explicitaba el título que las precedía y las anotaciones entre paréntesis de los capítulos a los que podrían estar destinadas) y hasta un minucioso plan general del libro. Pero faltan, y supongo que nunca existieron, o si los hubo, esos sí que fueron suprimidos, los consabidos cuadernos escritos de punta a punta, de puño y letra, por nuestra dama. No es descartable la conjetura de que, reunido todo el material, la Péguy nunca emprendiera la última fase del proyecto, esto es, la redacción personal de la novela: la ficcionalización de la vida de Varela. Pero no dispongo de ni siquiera un indicio que me alcance un fundamento de esta presunción que, a pura intuición, me sigue atrayendo. Si así fuera, estaríamos accediendo a textos que no nos estaban asignados: a una especie de relevamiento cabal de una realidad de vida, a una exploración minuciosa y completa de un yacimiento de un mineral que permanece en bruto.

Las versiones taquigráficas recogieron los encuentros de Josefina con diversas personalidades, como Carlos María Ramírez, el mejor amigo de Varela; Jacobo Adrián, su hermano mayor y sucesor en el cargo de inspector nacional de Instrucción Pública; Alfredo Vásquez Acevedo, su cuñado; y Adela Acevedo Vásquez, su esposa. Entre las cartas, todas ellas escritas a requerimiento de Josefina, destacaría la de Bartolito Mitre, secretario de Sarmiento y cicerone de Varela durante la parte más fructífera de su viaje por Estados Unidos. También hay una misiva de respuesta, entre respetuosa y altanera, del exiliado coronel Latorre, rehusándose a colaborar con una investigación que, sin embargo, como lo dijo desde el principio, le parecía “imprescindible”:

Si accediera a cooperar con usted, muy estimada señora, me apartaría de un camino que me he trazado. Hace muchos años que mantengo la decisión de abstenerme de toda actitud que pueda interpretarse como un ensayo de defensa de mi gestión ante esa irrealidad personal que muchos llaman posteridad.

Aunque esa revisión no me desvela ni me interesa, no me disgustaría que los orientales la examinaran por sí y para sí mismos, si lo consideraran oportuno, aunque dudo de que algún día alcancen la ecuanimidad que ni ayer ni hoy siquiera han rozado.

Inevitablemente, si me ocupara de José Pedro, me estaría ocupando de mí mismo. Amagar justificaciones o defensas, directas o indirectas, equivaldría a admitir una inaceptable condición de reo ante la Historia que el desinterés de mis propósitos de entonces no tolera.

Concédame que me mantenga sometido únicamente al veredicto de mi conciencia, que ya me resulta muy severo, dejando que los demás emitan el suyo como lo sientan o se les antoje o les convenga.

No ha nacido el juez que me interrogue, y menos, que me reclame una suerte de confesión pública.

* * *

¿Sabía taquigrafía Josefina? No. ¿Contrató taquígrafo? Sí, y más de uno. Afirmaría que cuatro, una vez distinguidas y contabilizadas las distintas caligrafías para transcribir las entrevistas. En estas siempre se distinguen dos letras diferentes, por lo que puede afirmarse que el “modus operandi” de Josefina fue hacerse acompañar por dos taquígrafos en cada uno de los encuentros y mantener a cuatro a su disposición, tal vez para concederse la posibilidad de acudir siempre en el día y la hora que fijase el entrevistado.

¿Cómo supo sus nombres para contratarlos? Imagino que cualquiera de los informantes —Jacobo Varela es la persona que me arriesgo a sugerir— puede haberle dado tanto la idea de acudir a la taquigrafía, como los datos de cada uno de los posibles peritos. ¿Cómo se llamaron? Accedí a sus nombres de pila pero no a sus apellidos: María Rosa, Lidia, Francisco y Emilio.

Importa subrayar que, salvo el caso al que me referiré enseguida, las transcripciones de los taquígrafos no denotan excesivas enmendaduras, agregados o supresiones. Las palabras del entrevistado se mantienen casi inalteradas, apenas afectadas por elementales correcciones de estilo o rectificaciones de detalle, en general escritas en tinta roja por una letra que casi nunca corresponde al nervioso pulso rectilíneo de Josefina, tan fácilmente reconocible para mí. Apenas se comparen las actas que recogen testimonios de una misma persona formulados en distinto día, puede concluirse que esas esporádicas modificaciones provienen sobre todo de los propios entrevistados, quienes han de haber tenido acceso a una última revisión de sus declaraciones; del mismo modo que, en varios pasajes, se advierte que han leído los dichos de los otros, porque los comentan, corroborándolos o rectificándolos, coincidiendo con las valoraciones o conjeturas expresadas o discrepando rotundamente o con hesitaciones.

Los documentos poseen, pues, un valor apreciable, por más que nunca sean más de lo son: espontáneas exposiciones, preparadas con cuidado o al borde de la improvisación, de recuerdos y valoraciones subjetivas, inevitablemente filtradas por la densidad del afecto y las distorsiones impuestas a la memoria por el paso del tiempo.

La excepción a la que antes me referí está constituida por las declaraciones de la viuda de Varela. Allí abundan extensas adiciones a dos manos: la de Adela o la de la propia Josefina. Es evidente que ambas prefirieron la presencia de las dos taquígrafas, detalle que delata la búsqueda de una intimidad femenina, y, a pesar de esa cautela, se escudaron en una reserva que, entre ellas, no mantuvieron luego en uno o más encuentros privados. Coinciden las adiciones con confesiones íntimas; las más escabrosas son siempre agregadas por Josefina, que debe de haber pasado a escrito lo que Adela le habría murmurado casi al oído.

Si se coteja el plan general con lo realizado se constata su cabal cumplimiento. ¿Por qué, entonces, no lo publicó Josefina? Si descartamos la hipótesis de que faltaba una última fase, la redacción personal de la novela, propongo otras dos conjeturas, no excluyentes sino convergentes.

Primera: la Péguy, en vida, por un extraño pudor, imprimió nada más que cortos artículos periodísticos de literatura o historia, aunque todo lo que escribió fue guardado con un orden minucioso, pero comprensible para las manos más extrañas que pudiera prever. Su investigación sobre Varela no habrá podido vencer esta inhibición generalizada a la publicación de libros y habrá quedado pendiente de la complicidad decisiva de quien, más adelante, en un futuro indeterminable, accediera a la tenencia de su Archivo. Me precio de venir siendo ese cómplice ignoto que ella vislumbró para el tiempo en que ya estuviera muerta. Esta es la tercera de sus obras que consigo editar.

Segunda: su investigación no oculta, como ya se dijo, por más que no soslaye ningún aspecto polémico de la personalidad de Varela, una entrañable admiración por el biografiado. Nacida ella en 1835 y él en 1845, se conocieron y trataron desde la infancia de Varela, por la afinidad de valores políticos y éticos que unió a sus dos familias. Hay prueba suficiente de que Josefina lo destrató como poeta y hasta como lector, pero nunca dejó de reconocerle un agudo talento, y estoy seguro de que se solidarizó con todas y cada una de sus numerosas excentricidades, viviéndolas como propias, es decir, como muy atinadas y pertinentes. Para ella, José Pedro no habrá sido nunca el “loco” Varela, apodo bastante extendido, a partir de mediados de los años sesenta, en labios del Montevideo “distinguido”.

Víctima frecuente de las discriminaciones cotidianamente sufridas por su género, Josefina también habrá experimentado una intensa empatía por la profunda y casi súbita transformación del dandy veinteañero y machista en el educacionista, tan propenso a reconocer la incomparable potencialidad cívica y docente de la mujer, a la que le reconocería, por primera vez en la historia del país, el derecho a votar y a ser elegida, y le dispensaría, también por primera vez, al confiarle un rol protagónico en las aulas, un motivo indiscutible para salir de su casa a trabajar, adquirir y administrar sus propios ingresos, y buscar, por rumbos determinados por ella, un sentido personal de vida.

Sobre todo, tengo argumentos para sostener que, católica convencida pero acosada por el ultramontanismo que cundía en la Iglesia, Josefina advertía en Varela valores de una religiosidad seglar que en lo íntimo compartía. Pero en aquellos años admitir la posibilidad de que se accediera a la salvación optando por permanecer fuera o contra la Iglesia, prescindiendo o enfrentándose a lo que preconizaran sus pastores, era una herejía irredimible y expresamente condenada por el Syllabus del papa Pío Nono, el cual no autorizaba que se postulase como verdadera la aseveración de que un humano pudiera salvarse si no moría integrado al redil de la Iglesia (III, XVII).

En suma, como segunda razón de que esta obra no fuera publicada en vida de la Péguy, imagino una comprensible claudicación ante una censura o autocensura de motivación religiosa, a la que no debe de haber sido ajeno, entre otros muchos, su propio tío Gustavo.

Pero lo que importa es que fue conservada y llegó a manos de este servidor agnóstico. Soy un lego en materia educativa, y Varela fue, para mí, hasta leer el libro, un profeta laico muy adusto, tan elevado sobre nosotros como lo está Moisés en el Sinaí del Antiguo Testamento.

Hoy, leída la investigación de Péguy y muchos de los libros y artículos a los que ella remite, creo conocerlo bastante mejor y entiendo por qué Arturo Ardao no haya temido incurrir en imprudencia al afirmar en Espiritualismo y Positivismo en el Uruguay:

La deslumbrante acción de Varela en el campo de la enseñanza escolar ha perjudicado hasta ahora la justa valoración de otros aspectos de su personalidad intelectual. Cuando se le sigue de cerca se llega fácilmente a la conclusión de que fue la mentalidad uruguaya más original y revolucionaria de su tiempo. Ha de reconocerse que no hay exageración en lo dicho, si se piensa que le correspondió el singular destino de iniciar en persona todas las grandes corrientes espirituales de renovación que tuvieron lugar en el país en la segunda mitad del siglo XIX. Fue, desde luego, el iniciador en 1868 del gran movimiento educacional […] que él ligó a un sentido económico y social de la democracia como no se había conocido tan avanzado entre nosotros. Pero fue, además, el verdadero iniciador, en 1865, […] del liberalismo racionalista […]; el verdadero iniciador, al regreso de su viaje, de la influencia sajona que revitalizó todos los aspectos de nuestra cultura en el último cuarto de siglo; el verdadero iniciador, en sus dos libros fundamentales, del movimiento de reforma universitaria […] el verdadero iniciador, en fin, del modo de pensamiento y del tipo de acción emanados de la filosofía positivista, que iban a caracterizar a las próximas generaciones.

El libro de Josefina me ha llevado, pues, a leer directamente a Varela, lo que me ha permitido comprobar que, como suele pasar, se lo invoca para elogiarlo o denostarlo, pero no se lo lee. Razón tuvo la hija de don Gustavo cuando criticó a un considerable sector de sus actuales admiradores, que lo suelen reducir al rol de reformador de la enseñanza primaria, sin tomar en cuenta la síntesis personal de innovaciones pedagógicas universales que incorporó, y empobrecen sus aportes repitiendo, como en una abreviada letanía, tres principios de política educativa (gratuidad, laicidad y obligatoriedad), los cuales, con ser muy loables y haberle costado ingentes esfuerzos y haberlo sometido a zozobras casi insorteables, no se aproximan a configurar la totalidad del núcleo de su obra, en el que late una manera de ver el mundo hasta entonces inédita en el país.

Todos sus detractores hacen hincapié en que fue el principal colaborador de un dictador: el coronel Lorenzo Latorre. No es casualidad que Josefina, por consejo de Carlos María Ramírez, haya ordenado sus reportajes de tal modo que la primera parte, la más pormenorizada de las seis que componen el libro, examine en profundidad las pulsiones existenciales que llevaron a José Pedro Varela a superar un vehemente rechazo inicial del cargo ofrecido, rectificándolo cuatro días después con una aceptación concisa y, a mi juicio, muy digna, por más que escandalizara a buena parte de sus antiguos compañeros.

Tal vez no es tan difícil dar la vida por la patria; parece más costoso comprometer para siempre el propio honor ante la opinión pública, en aras de dispensarle al país las bases imprescindibles para una auténtica democratización.

Llevada de la mano de su interlocutor, Carlos María Ramírez, quien había proyectado escribir una biografía de su amigo, la Péguy traza un cuadro histórico que comienza el 1.º de enero de 1875 y se extiende hasta el 26 de marzo de 1876. En la primera fase de esa secuencia, la figura de Varela ocupa un segundo plano y, a veces, casi desaparece de escena, lo que desconcertará al lector, quien acaso lamente que Josefina no haya podado la desmedida fronda reconstruida por la incontenida vocación historiográfica de Ramírez.

Pero de algún modo, si quien lee no se deja abrumar por el vértigo de los acontecimientos y el abigarrado elenco de personajes, que suelen oscilar entre la infamia y la incapacidad, podrá reconstruir las fases del desgarramiento interior de algunas convicciones principistas —las más superficiales pero acaso, por lo mismo, las más opresivas, como las de todo corsé— que padeció Varela. Recién entonces consiguió la autonomía de pensamiento y decisión que procuró alcanzar durante toda su vida.

Habiéndomelo aconsejado amigos cercanos perpetré, de mi puño y letra, una concisa introducción específica de esa primera parte, que sigue de inmediato a este prólogo. El lector conserva, por supuesto, una vareliana libertad para recorrerla o saltearla.

El período que va de 1875 a 1876, cuando Varela tiene ya treinta años, conforma el marco temporal con que el texto de la Péguy comienza, mucho más que “in medias res”, la investigación biográfica de una personalidad situada más cerca de su muerte (24 de octubre de 1879) que de su nacimiento (19 de marzo de 1845).

Llama la atención porque luego, las cinco partes restantes, centradas en Varela, se suceden en estricto orden cronológico y son más acotadas.

Esa fractura temporal, a mi juicio, se debe a que el desafío de aceptar un importante cargo de un Gobierno dictatorial, y de luchar, desde entonces, con pertinaz obstinación para ganarse y mantener un espacio de decisión significativa en el ámbito de la educación, es visto por su amiga e investigadora, con la influencia avasallante de Ramírez, como el período determinante del destino de Varela.

* * *

También es evidente que antes, durante y después de la vida de Varela hubo orientales que le concedieron importancia a la educación. Y fue óptimo que los hubiera habido, porque esa presencia lo nutrió, le dispensó un muy valioso apoyo y les aseguró continuidad a sus aportes. Esa existencia de otros educadores no desmerece el protagonismo de una figura que alcanzó el reconocimiento, en parte, por su sapiencia, pero en mucho por su apasionada capacidad de propulsión para vencer la inercia existente y los ríspidos obstáculos que, sin demora, se le tendieron.

Quienes se han entretenido en rescatar esas otras personalidades no han dejado de acercarnos una sustanciosa información, porque han convertido un retrato mítico en un cuadro colectivo, más ajustado a la realidad, en el que Varela sigue siendo, inexorablemente, el centro propulsor.

Quien siga los vericuetos de la existencia de Varela y las vicisitudes de su evolución ideológica hallará varios hilos que se mantienen porfiadamente incólumes en el transcurso de sus fugaces días. Pero el más notorio, la piedra angular del portal que procuró abrir, es una empecinada defensa de la libertad personal y ajena.

* * *

Hoy cargo con los mismos setenta y ocho años que tenía don Gustavo cuando me traspasó la custodia del Archivo Narbondo-Péguy. Este hecho no me parece una coincidencia sino una advertencia.

Tal vez esta entrega de una obra de la Péguy no sea, bajo mi cuidado, tan solo la tercera. También puede ser la última. Si bien, que yo sepa, no me acosa una enfermedad letal como la que se llevó a don Gustavo, ya han caído sobre mí los achaques propios de mi edad. Basta con que alguno se agrave y podrá dar definitivamente al traste con mi salud y con mi supervivencia.

Por otra parte, mis ingresos de jubilado, tanto los generados por mi actividad docente como los alcanzados por mi carrera administrativa en el Poder Judicial, no son copiosos y mis ahorros siempre fueron magros.

¿Por qué he descendido a estas confidencias sobre mi situación personal? Porque debo confesar que he optado y no estoy demasiado seguro de haber acertado. He terminado el cuidado de dos obras de Josefina, pero apenas puedo editar una.

Lo lógico sería publicar la que es mucho menos extensa y, por ende, no requiere tanto esfuerzo económico: La Nueva Tebas. Es, además, a mi modesto entender, un texto más dinámico, porque aunque también se ciña al escrutinio de un proceso histórico de nuestro país, es más narrativo y menos disquisitivo, por lo que promete mayores posibilidades de retorno de la inversión. Se trata del seguimiento de las vidas convergentes de Venancio Flores y de Bernardo Berro. El segundo, un personaje a quien la Péguy, haciendo muy visibles sus hilachas artiguistas y la consiguiente nostalgia de una federación que abarcase todo el Virreinato, llama el “último argentino oriental”, tal vez jugando con el título de la famosa novela de James Fenimore Cooper.

Sin embargo, por un impulso final, llevé a la imprenta los manuscritos de este otro texto, cuya dilatada extensión hace necesaria su división en dos tomos. Mi decisión fue fruto de una deliberación particularmente angustiante, que resolví más por intuición y sentimiento que por razón o cálculo. Para colmo, los dos tomos me obligan a su publicación por separado, aunque con escasos lapsos de separación, porque debo aguardar a que la recaudación inicial del primero me auxilie a solventar, más allá del generoso crédito que me ha prometido mi entusiasta impresor, los costos que insuma la edición del segundo.

El título con el que se publica la obra, El hombre de marzo, es el determinado por la propia Josefina Péguy para su proyecto, porque es el que luce en todas y en cada una de las cubiertas de los muchos carretones que ordenan los papeles. Mía, en cambio, la responsabilidad de haber titulado cada uno de los dos tomos: “La búsqueda”, el primero, y “El encuentro”, el segundo.

Factor decisivo de lo que muchos amigos —y anónimos aportantes para la financiación de las ediciones— llaman un imperdonable antojo fue una frase que, sin mala fe alguna, se me destinó en nuestra rueda de café en la confitería López Rico. Sobrellevé el penoso trance de que un viejo amigo, jubilado como yo pero, para colmo, inspector de escuela, abogara por La Nueva Tebas, advirtiéndome:

—Varela… ya no tiene vigencia. Y se le pueden atribuir sus luces… y sus sombras…

Pues bien, no niego las sombras de Varela, que las padeció como todo humano de carne y hueso, pero no me espantan, y algunas —como su voraz capacidad de seducción de los corazones femeninos o su porfiada y algo petulante vocación de decidir por sí mismo— las envidio, y hubiera deseado disponer de esas facilidades, estuviese o no dispuesto a ejercerlas.

También me parecen, no perimidas pero muy remotas, esas hermosas Provincias Unidas, la patria que pudimos ser y no fuimos. Bien se puede sostener que esas sí “ya pasaron a la historia”, por más que algunos porfiemos en mantenerlas en el horizonte de nuestras utopías, por más distante y aparentemente inalcanzable que nos parezca.

La Nueva Tebas no deja de ser una muy sentida endecha por esa frustración que tal vez se haya sellado, como pensaba Josefina, con los asesinatos de Flores y Berro en la tarde de un mismo nefasto día, el 19 de febrero de 1868, pero que acaso ya estaba definida tres años antes, con la caída de Paysandú, si nos empecináramos en buscar en nuestro territorio lo que se decidió en el extranjero. Al leer la última línea de la novela, queda la misma amargura que se siente cuando se repasa la lectura del certificado de defunción de un ser muy querido… o, si el oficio lo permite, del protocolo de su autopsia.

—¡No! —contesté—. ¡Varela no perimió! ¡Varela es y será!

Ya en la calle, porque me retiré de inmediato, me di cuenta, cuando mermó mi ofuscación, de que la vigencia de Varela no obedece a una única razón. Por supuesto, es la raíz aún viva de un proceso de educación popular, más o menos exitoso, más o menos tortuoso, pero que no ha concluido y que tiene una importancia decisiva para nuestra capacidad de democrático usufructo de la existencia y custodia de nuestra real independencia nacional.

El Varela de carne y hueso, enamoradizo y seductor, de muy endeble salud pero enérgico e hiperactivo, pacífico pero irascible, generoso y cáustico, impertinente y tesonero, inconmovible y autocrítico, de muy pasionales entrañas aunque él creía guiarse solo por la inteligencia y la intuición, lector voraz y observador extremadamente lúcido y gestor tesonero, alcanzó, en su efímera vida, talla de personalidad histórica y rango de personaje de novela, muy apto para plantear un haz de dilemas personales y colectivos que todavía nos cuestionan y no nos abandonarán, no sé si nunca, pero estoy seguro de que seguirán junto a nosotros por mucho tiempo. Muy particularmente, en estos años de plomo que ya hemos empezado a vivir.

Me parece que el tema primordial que plantea, aunque no el único, es el de la autoconstrucción o autodestrucción, tanto de la propia persona como de un entorno que se diversifica en círculos concéntricos: la familia, el vecindario, el lugar de trabajo o de estudio, la ciudad, el país, el mundo… En fin, en esa siempre presente carrera de obstáculos que las personas o las colectividades a veces no superan, veo la noble y agridulce sustancia semitrágica de las aventuras, de las pasiones resistidas y de la inapelable brevedad de la vida, se muera a los treinta y cuatro, a los setenta y ocho o a los noventa y cuatro años.

Es un extracto de todos los dilemas metafísicos y morales que, a lo largo de la historia, y cualquiera sea su nación, ha enfrentado cualquier criatura humana que haya querido dotar de sentidos posibles y plausibles —¡el plural no es una errata!— su tránsito por la existencia.

Varela no se cansó de explorar derroteros; cosechó lo que Josefina llamó zozobras y yo no vacilaría en reconocer como tribulaciones. Alzó copas y compartió banquetes de juventud; sufrió postergaciones y amó y fue amado, recibió burlas y críticas, y lo rodearon unos cuantos colaboradores que lo quisieron y admiraron, y otros que, tras la adulación, escondieron la envidia.

Su sepelio fue un imponente homenaje, lo que no impidió que, acercándose apenas el segundo aniversario de su muerte, la mitad de la intelectualidad uruguaya se negara a tributarle un acto de recordación. Triunfó y perdió. Es y será, más allá de su muerte, aunque también hay muchos que consideran que “ya fue”.

Julio Herrera y Obes, quien lo conoció bien, nos ha dejado esta semblanza que me parece la más concisa presentación del personaje:

José Pedro Varela, escéptico entusiasta y crédulo; ateo místico; partidario sin partido; utilitario y egoísta en teoría y en los hechos generoso y abnegado; filósofo materialista; el malo más bueno que yo he conocido; contradicción viviente entre sus falsas y artificiales teorías que lo empujaban hacia atrás, y los impulsos naturales de su gran corazón y de su vigoroso espíritu que lo llevaban hacia delante. Sus grandes luchas eran consigo mismo, y nunca se mostraba más contento y satisfecho que cuando por una inconsecuencia generosa, derrotaba a sus malos principios con sus buenos actos.

Solo discrepo con el pasaje donde no duda en calificar sus teorías de “falsas y artificiales”. Los árboles se juzgan por sus frutos y bien conviene que nos reservemos para ejercer cada uno, según su parecer, el escrutinio de cuanto hubo de trigo y de cizaña en la siembra de Varela. Más injusto me parece que se acuse a sus teorías de empujarlo “hacia atrás”. Toda evolución, se trate o no de la de Darwin, es “hacia delante”, tal como la vida que va siempre del nacimiento a la muerte, sin permitir pausas o retrocesos.

Cumpliendo mis cometidos de responsable de esta edición, debo informar que Josefina subrayó dos palabras del pasaje citado: “ateo místico”. Y anotó en el margen: “¡Eso, eso! ”. En el testimonio que se recoge en el capítulo XIII, Ramírez nos explicará por qué, una vez más, no está de acuerdo con su amigo Julio Herrera y Obes y, por consiguiente, con la propia Péguy.

Por todo lo que acabo de decir, he preferido publicar primero El hombre de marzo. Mía es la responsabilidad; ojalá que el lector termine aprobando mi decisión.

M.M.R.

Tacuarembó, 9 de febrero de 1969

Breve introducción histórica a la primera parte

Fui de los primeros en dirigirme a su viuda con palabras altamente elogiosas del esposo malogrado y en el mismo PLATA editorialmente conmemoré, en términos de verdadera apoteosis, el primer aniversario de su muerte. A nadie se le ocurrió entonces alborotar el cotarro contra mí, y nadie me salió al encuentro cuando en los exámenes del colegio Munar, dos veces que hablé, me incliné respetuoso ante la memoria de José Pedro Varela. ¿Qué diablos hay ahora en la atmósfera de Montevideo que ya no se puede hacer eso mismo sin incurrir en diatribas y denuestos?

CARLOS MARÍA RAMÍREZ, El Plata, 30 de octubre de 1881

El 24 de octubre de 1881, Carlos María Ramírez remitió a El Plata tres artículos que fueron publicados entre el 30 de ese mes y el 4 de noviembre del mismo año.

En el primer intento de una encendida defensa de su amigo, ante la embestida ética de quienes, considerándolo colaborador de la dictadura, se negaban a tributarle un homenaje en el segundo aniversario de su muerte, dice al pasar que su primera decisión fue llamarse a silencio, “reservándome el derecho de la réplica para el día en que escriba, como pienso hacerlo, la biografía de Varela, estudiando su carácter, sus ideas y su obra, con acopio de datos que yo solo tal vez estoy en situación de poseer; pero esa es obra de largo aliento […]”.

Sabido es que Ramírez fue una de las inteligencias más poderosas y más nobles que actuaron en ese decisivo último cuarto del siglo XIX; y, por mi parte, puedo dar fe de que Josefina Péguy, como amiga íntima de su esposa, Amelia Muñoz Triaca, lo trató con la frecuencia que les permitieron sus respectivas ausencias de Montevideo y lo admiró, dispensándole un trato más benevolente que al propio Varela.

Hay, pues, dos razones para que en estas primeras ocho entrevistas pueda entreverse a Josefina, inhibida si no apabullada por su amigo. Primero, por el reconocimiento de la superioridad intelectual de Ramírez y del excepcional “acopio de datos” que lo singularizaba, por haber sido amigo desde la infancia del biografiado; segundo, porque Carlos ya tenía urdido un plan general muy sólido, al haber empezado veinte años antes a sopesar el proyecto de escribir un libro “de largo aliento” sobre “el carácter, las ideas y la obra de Varela”.

En estos ocho primeros capítulos, la exposición de Ramírez se basó en el análisis de las causas y los motivos determinantes de que Varela asumiera la responsabilidad de dirigir la educación del país dominado por una dictadura.

No es casual que empiece, casi abruptamente, en diciembre de 1874, con el asesinato en Paysandú del coronel Romualdo Castillo, líder del sector “legalista” del Ejército uruguayo. Atrocidad exitosa, que alcanzó la repercusión que se propusieron sus autores intelectuales. No solo aniquiló al principal referente de los militares constitucionalistas, sino que desarticuló a sus escasos pero prominentes seguidores y, sobre todo, sumió en un escéptico y resentido pesimismo, por no decir “patriótico cinismo” a quien sería el protagonista del próximo lustro de la historia del país: el coronel Lorenzo Latorre.

Por otra parte, el homicidio de Paysandú precedió en escasas semanas a las elecciones de alcalde ordinario y defensor de pobres de Montevideo, en las que el triunfo parecía estar reservado a la Lista Popular, propulsada por los “principistas”, intelectuales enconadamente enfrentados a los caudillos colorados y blancos, obstinados en apegarse a las divisas que, siete lustros atrás, se habían trenzado en una prolongada guerra civil. Esa lista innovadora estaba encabezada por José Pedro Varela, quien, todavía no cumplidos los treinta años, se insinuaba como uno de los líderes más promisorios de ese grupo todavía informe, atado únicamente por la identidad de principios, pero carente de una organización seria y de la necesaria cohesión en los cometidos a alcanzar. El cabecilla más prominente de esa agrupación era un hombre que a todos excedía en edad: don José María Muñoz, llamado a ser suegro compartido por los hermanos José Pedro y Carlos María Ramírez, intelectuales de fuste y ya de muy fuerte influencia en el medio.

Esa elección, prevista para el 1.º de enero de 1875, fue interrumpida por un serio tumulto. En su segundo intento, fijado para el domingo 10 del mismo mes, volvió a ser interrumpida, pero esta vez con una masacre en la que cayeron muy destacadas figuras del principismo.

En los seis días siguientes el Gobierno constitucional tambaleó. El presidente José Eugenio Ellauri no reaccionó con la energía que tirios y troyanos aguardaban, porque quiso esbozar una ecuanimidad conciliadora que, en esos días turbulentos, solo podía ser interpretada como una ominosa pusilanimidad.

Así, el 15 de enero se autoexilió, dejando vacante el Gobierno. Los colorados netos o “candomberos”, como peyorativamente los llamaban los principistas, conducidos por dos de sus más notorios cabecillas, personalidades exaltadas, inescrupulosas y de insuficiente formación política, José Cándido Bustamante e Isaac de Tezanos, aprovecharon ese vacío y colocaron en la Presidencia a un testaferro: Pedro Varela, responsable, años antes, de que nuestro futuro Reformador, bautizado Pedro José, resolviera invertir su nombre de pila para prevenir confusiones que ya le resultaban intolerables.

El coronel Latorre aceptó el Ministerio de Guerra que, más que le ofrecieron, le entregaron los amotinados porque, para estupor general de la intelectualidad de Montevideo, había sido ostensiblemente el principal respaldo militar de la rebelión.

Los principistas entraron en el juego que más favoreció a sus enemigos. Desde Buenos Aires prepararon una revolución, a la cual llamaron Tricolor y que, en los días en los que se estrenaba el uso del Remington en estas latitudes, estuvo condenada desde su inicio al holocausto. Emprendida esa aventura quijotesca, no pasó de ser un patético conato de acciones militares y hasta navales, que causaron menos derramamientos de sangre de los previstos, porque su principal jefe militar, el coronel Muniz, no tardó en refugiarse en el Brasil, junto con la totalidad de su estado mayor, abrumado por la sucesión de fracasos y la carencia de un apoyo suficiente en casi todo el interior del país.

Mientras tanto, el Gobierno de Pedro Varela había demostrado una absoluta incapacidad para sortear la crisis económica y nunca obtuvo el indispensable respaldo de comerciantes, inversores, hacendados y banqueros.

A principios de 1876, una asonada popular, cuidadosamente planificada por Latorre, acudió a su domicilio y le reclamó que asumiera sin más trámite el poder. El coronel aceptó histriónicamente la súplica de sus organizados partidarios y, a la cabeza de esa ferviente y no menguada columna, encaminó sus pasos a la Casa de Gobierno, empuñando el bastón presidencial, con el título de gobernador provisorio, porque prometió convocar lo más pronto posible a elecciones democráticas, una vez que consiguiera recuperar la estabilidad política, social y económica del país.

Por su parte, el 27 de marzo de ese año, el educacionista José Pedro Varela escandalizó a sus compañeros, aceptando colaborar con la dictadura recién implantada.

* * *

En la reconstrucción de esos dieciséis meses (repito: diciembre de 1875, asesinato del coronel Castillo; marzo de 1876, incorporación de Varela al equipo del “Gobierno Provisorio” de Latorre), Ramírez impone a su narración el seguimiento de dos ejes.

Uno es, por supuesto, el de las tribulaciones de Varela. Con objetividad implacable, registra su fracaso como líder de masas, por su peculiar conformación ética y anímica. Así se va percibiendo el creciente distanciamiento de Varela respecto de esa concepción congénitamente oligárquica de “democracia” que latía en los ideales más invocados por sus compañeros principistas: jacobinos de levita nacidos para aposentar su traste en estrados parlamentarios, jamás para levantar, con ensangrentados adoquines, irreprimibles barricadas populares.

El segundo eje de la atención de Ramírez es la renga y austera figura del coronel Latorre. Lo obsesiona seguir, hasta el punto de que muchas veces se olvida de Varela, el proceso de ascensión de ese plebeyo, hijo de un inmigrante gallego, quien consideraba que, al haber accedido a un cargo de funcionario de la Aduana, había alcanzado la cumbre de sus posibilidades vitales y allí sobrevivía, ansiando para su Lorenzo la misma suerte.

A ese proceso Ramírez nunca termina de definirlo, porque objetivamente es zigzagueante y no es posible discernir si es el hombre el que planifica la secuencia de acontecimientos o si esta, maestra cruel, lo alecciona y le impone decisiones de pragmática revisión de ideales.

En otras palabras: no hay duda de que el Latorre de marzo de 1876 quería el mando absoluto sobre el país y, con solapada astucia, planificó uno por uno todos sus pasos, recabando los apoyos que le parecían indispensables, sin que comprometieran para el futuro inmediato su libertad de acción. Pero, ¿el Latorre de enero de 1875 ya aspiraba para sí la dictadura que habría de asumir apenas trece meses después? ¿Qué principios profesaba entonces? ¿Qué visión de sí mismo fue alimentando a lo largo de este vertiginoso proceso histórico?

No hay que olvidar un hecho que no deja de ser muy significativo. Latorre tuvo un comienzo en el que quiso para sí la formación de los principistas, y con ellos se identificó y en su compañía se empeñó en superar las carencias de su educación.

En el mismo artículo, “El Cenáculo de El Siglo”, del que extraje su discutible pero sugestiva semblanza de José Pedro Varela, Julio Herrera y Obes también se ocupa de Latorre, incluyéndolo entre las asiduas presencias en la redacción del diario. El odio y el desprecio que le profesó desde que se transformó en dictador ha de haber tendido un velo anacrónico sobre la valoración que le dispensaba por aquel entonces.

El diario El Siglo, fundado por el inmigrante francés Adolfo Vaillant el 1.º de febrero de 1863, interrumpida su publicación en agosto del mismo año, reapareció en 1865, para transformarse en el más consultado emprendimiento periodístico del siglo XIX. Fue el más influyente portavoz del principismo. Los colorados netos lo odiaban y era frecuente que, por un artículo o por otro, se temiera un desmán candombero contra el diario, concretado en el empastelamiento de la Imprenta Tipográfica a Vapor, de la que Vaillant también era propietario.

Civiles y militares, adictos a su prédica, se congregaban entonces, noche y día, en nutridas guardias de defensa. Podría limitarme a transcribir la viñeta que Herrera y Obes dibuja de Latorre, cuando lo enumera entre el elenco de defensores voluntarios de esa redacción:

De cuando en cuando, y sobre todo en los días de amenaza y conflicto, hacían acto de presencia el mayor Latorre, el más decidido de los partidarios, que en tono de chacota, que era el suyo favorito, no eludía peligros, ni esquivaba responsabilidades, siendo difícil adivinar entonces lo que dentro de su cerebro y de su corazón ocultaba aquel jefe alto, flaco, desgalichado, de carcajada sonora y chocarrera […].(El énfasis me pertenece).

Pero, para que el lector se vaya introduciendo en la época, no reprimí una transcripción más extensa, aunque recortada, de las referencias de Herrera a otros militares. Y ello por dos razones: primero, porque son figuras con las que nos reencontraremos en el relato de Ramírez y conviene que nos vayamos familiarizando con ellas; segundo, porque en dos casos precipitan otras sendas menciones de Latorre, de nuevo evocado, retroactivamente, como dictador:

“La Cabrionera” bulliciosa, discutidora, activa, era un club jacobino permanente, cuya intemperancia de opiniones y de lenguaje trascendía con frecuencia las columnas del diario. Allí se reunía el elemento de acción: el teniente coronel Romualdo Castillo, a quien sus compañeros de armas respetaban por su valor y lo seguían en política, porque se les imponía por la rectitud de su carácter y la firmeza de sus ideas. Si puñales aleves no hubieran cortado aquella vida preciosa, el motín militar de 1875 no se habría producido. Castillo vivo, Latorre, a quien dominaba y que le temía, no habría surgido [.] el “comandante” Octavio Ramírez, el Bayardo sin miedo y sin reproche cuyo sólido buen juicio no fue “influenciado” jamás por la pasión […] el coronel Lucas Vergara, militar periodista con la pasión de la política y la neurosis de las conspiraciones. Pertenecía a la especie de los “pálidos y flacos” temidos por César… y por el dictador Latorre. […] El mayor Eugenio Soto, valiente, romántico y aventurero como el D’Artagnan de Los Tres Mosqueteros, a quien se parecía física y moralmente. […] El mayor Eugenio Fonda, militar correcto y pundonoroso […] Detrás de estos jefes y oficiales aparecía un grupo de jóvenes tenientes que empezaban su carrera, pero que descollaban en las filas: Klinger (Andrés), Robido, Lacies, Gómez (Luis). Pedro Guillot y otros que no recuerdo.

Si Herrera y Obes hubiera recordado a Carlos Lallemand, habría cerrado una lista completa de los militares a los que, en diciembre del año anterior, se los reputaba como entrañablemente comprometidos con el principismo, incluido, por supuesto, el coronel Latorre.

Pero, más allá de su aversión personal, que convirtió a Herrera y Obes en el más acérrimo enemigo del ex dictador, vetando más de una vez, desde el Ministerio de Gobierno de Tajes o desde la propia Presidencia de la República, su retorno al país, estos párrafos que acabo de transcribir conforman el testimonio más concluyente y menos tachable acerca de la inicial postura ideológica del entonces mayor Latorre, salvo que le sospecháramos, con excesiva suspicacia, el disciplinado cometido de espía militar, como en nuestro siglo lo fue Hitler en la alocada interna del incipiente Partido Nacional Socialista.

* * *

Nadie puede negar que Varela colaboró con Latorre, suspendiendo convicciones democráticas ardientemente sustentadas hasta ese 27 de marzo de 1876.

Equivocado o no —esa es cuestión que deberá dirimir cada uno—, hay que reconocerle el coraje de semejante exposición de su propio honor y la capacidad de desprenderse de una arraigada convicción por móviles que pueden ser considerados altruistas.

Sobre todo, esa sorpresiva actitud nos pregunta: ¿la adhesión a las formas democráticas puede ser suspendida en función de las circunstancias políticas? ¿O, como sustentaban los principistas, conforman una norma absoluta de la que jamás puede apartarse nuestra conducta cívica?

Cierro esta introducción evocando a José Batlle y Ordóñez, quien en su juventud se unió a los detractores de Varela, repudiándolo como colaborador de una dictadura, y quien, casi veinte años después, con los inevitables cambios de juicio que nos imponen las transformaciones históricas, justificó el golpe de Estado de Juan Lindolfo Cuestas:

Hablamos de las dictaduras que encaminan los pueblos hacia la ley, hacia la constitucionalidad, destruyendo hasta en sus más hondas corrientes el régimen de lo arbitrario… Una dictadura así sería una bendición de Dios.

¿Hubo diferencias sustanciales entre los regímenes de Latorre y Cuestas? ¿Los precedían o no estancamientos institucionales que solo podían solucionarse por la violación de la Constitución? ¿Hay golpes de Estado que pueden considerarse bendiciones del destino? Y, perpetrados, ¿es lícita alguna forma de colaboración con los gobiernos inconstitucionales que de ellos resultan? ¿Todos los afanes de José Pedro Varela están baldados por su cada vez más decidida cooperación con Latorre?

M.M.R.

Tacuarembó, 27 de marzo de 1969

Diciembre de 1874 - enero de 1875

Primera parte

Enero negro

(El cuarto naufragio)

El pasado luctuoso se reproducía en aquel grupo infame y monstruoso. Allí se daban la mano los grandes criminales, que sepultaron cien veces su puñal en el seno de la libertad y que desenvainaban de nuevo para hundirlo en el pecho generoso de la valiente juventud; allí un juez prevaricador organizaba un grupo en actitud de pelea sin tregua ni cuartel y repartía divisas y bandas rojas a sus subordinados; allí un diputado concusionario arengaba una horda de feroces partidarios para que se lanzaran a la calle del 25 de Mayo en busca de los jóvenes de levita; allí estaban todas las espadas deshonradas del ejército, todas las charreteras sin brillo, todas las insignias ganadas en las hecatombes de nuestra terrible historia; allí se veían amenazadores, lívidos de rencor, los semblantes de los presidiarios excarcelados y de los bravos que venden su daga a precio de oro; todos agitados por la fiebre de las más negras pasiones, ¡todos preparados a convertir en una jornada de sangre y muerte el día más bello de la grandeza popular!

EDUARDO ACEVEDO DÍAZ, La Democracia

Grupo brillante de intelectualidades selectas, formaba sin duda una oligarquía y si combatían en realidad una tiranía en nombre de la libertad, ellos constituían a su vez otra tiranía avasalladora, irresistible, mucho más temible que la otra, opaca y sin atractivos, por el prestigio de sus voces armoniosas, de sus arrestos caballerescos y de sus cruzadas luminosas. Ese grupo, realmente poderoso por su vigor mental y por su emotividad eficiente, tuvo radicalismos ásperos e incomprensibles que retardaron algunos lustros la evolución progresiva que el país reclamaba […]. No recuerdo un período más extraordinario, en nuestra historia, que ese momento dirigente de nuestra prensa, lanzada en una carrera desatada hacia lo desconocido; no recuerdo mayor y más incomprensible insensatez que la de esa prensa soberbia,

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