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EL FIN DE LA INOCENCIA

Pablo Vierci  

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Fragmento

1. Pánico

Era el peor día en años en materia de condiciones climáticas. No habíamos consultado lo que pronosticaba meteorología porque en 1968 nadie lo tenía en cuenta. Tampoco habíamos pedido permiso a Prefectura, porque de seguro no nos lo darían. Pero lo que era más grave, aunque lo supimos más tarde: Chumbo, el más fuerte de todos nosotros, no se había curado de un fuerte malestar reciente. Dos horas después de iniciar la travesía, confirmó que efectivamente se estaba formando una extraña tormenta, le inquietó que el mar estuviera cada vez más encrespado, y nos confesó que se sentía mareado, afiebrado, y en verdad estaba pálido, sin energía; aunque no quería ceder ni regresar ni dar el brazo a torcer, porque de todos los “Superdotados”, o el Trío, como nos llamaban en la clase del colegio desde el inicio de la Secundaria, él era el jefe y fue quien tomó la decisión de salir igual, a pesar de mi firme y paulatinamente desesperada posición en contra.

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Chumbo iba en la proa de la canoa, con uno de los remos; yo iba segundo, con otro remo; del lado opuesto, atrás, Vicente, sin remo, y Teo, mucho más experto que yo, como timonel, en la popa, con el tercer remo. La travesía era larguísima para una canoa en el mar –once kilómetros hasta la isla de Flores–, por eso llevábamos tres remos. Nunca habíamos hecho antes ese recorrido. Habíamos quedado en llegar primero a un punto cercano, las rocas emergentes llamadas Las Pipas, a 2,6 kilómetros de la costa (esa era la expedición que anunciamos a nuestras familias), y si considerábamos que la situación meteorológica lo permitía, y fundamentalmente si el mar estaba plácido –“planchado como un plato”, como nos dijo el dueño de la canoa–, continuaríamos, o de lo contrario, pararíamos allí un rato, haríamos un simulacro de campamento junto a los lobos marinos y retornaríamos.

Cuando llegamos a Las Pipas, Chumbo advirtió que las nubes que dibujaban una extraña formación en el horizonte, detalle que ya habíamos visto una hora antes desde la playa, no se alejaban. No obstante, para llevarme la contra, decidió seguir igual, con el firme e irresponsable apoyo de Teo y el inocente respaldo de Vicente.

El accidente es un instante, una micra de segundo que define el último de la conjunción de factores ordenados en forma fortuita y coincidente para que se produzca. Minutos antes, el recio aguacero que se desplomó sobre nosotros nos obligó a protegernos con la pesada capota, una lona impermeable que nos dejó con menos capacidad de maniobra. La extraña y siniestra formación en el cielo se transformó en tornado, el viento borneó y el torbellino vino raudo exactamente en nuestra dirección, abriendo como un surco en el mar. La niebla se tornó aún más densa, quitándonos visibilidad. Una ola gigantesca e inopinada no dio tiempo para enfrentarla, y cuando decidimos virar para tomar un rumbo noreste, nos alcanzó.

Todo ocurrió en aquella fracción de segundo. La ola pegó en la banda derecha y adiós… Era imposible que sucediera, pero sucedió. Los Superdotados podían parecer inmortales, pero no lo eran. La vida podía ser eterna… si hubiéramos admitido que la extraña formación en el cielo que vimos con el largavista desde la playa, antes de meternos al mar, era una tromba, un tornado en gestación, en un país sin tornados… Pero no lo era. Resultaba evidente que estábamos cometiendo una imprudencia, y que con nuestra temeraria colaboración convergieron infinidad de factores aparentemente imposibles, algunos minúsculos y otros gigantescos, que, sumados, se encargaron de transformar la realidad de pies a cabeza.

La ola impredecible e imponente golpeó con tanta violencia la banda lateral de estribor de la canoa que volamos a casi cinco metros. Cuando quisimos acordar, los cuatro estábamos en el mar helado, con el aguacero inclemente castigándonos los rostros. Con la adrenalina al máximo, advertimos no solo lo vulnerable que es la vida flotando en el mar sino también el terror de Vicente. Porque los temas que nos habían mantenido tan concentrados –los conscientes y los del mar de fondo de nuestro inconsciente, o de nuestra “educación sentimental”, como yo le llamaba emulando a Flaubert, autor al que estudiábamos en el liceo– no nos permitieron preguntarle lo obvio a Vicente: si sabía nadar. Porque él fue un invitado de último minuto. Con semejante consternación y fragilidad, supimos que pronto entraría en pánico, y el cúmulo de factores adversos seguiría creciendo, multiplicándose, desordenándose. Así se configuró el caos, en el peor día, en la peor situación.

Cuando ya desde el mar Chumbo impartía las primeras órdenes y gritaba las prioridades –repartir los chalecos salvavidas, quitarse los zapatos y contener al desesperado que no sabía nadar–, una segunda ola elevó a la canoa dada vuelta a una altura inconmensurable. Luego la arrojó, como a una roca gigantesca lanzada por una catapulta, hacia donde estaba Teo quitándose las botas para empezar a desplegar su incomparable talento de Superdotado en actividades acuáticas. Se le vino encima con la violencia de un rayo. El filo de la banda lo golpeó con saña en medio de la frente, y si bien no lo decapitó al instante como yo temí –porque Teo poseía los reflejos de un campeón y se protegió con la mano izquierda, lo que amortiguó el golpe–, le produjo un tajo a lo largo de la frente, además de fracturarle cuatro dedos de esa mano, dejándolo desvanecido y a merced del mar enfurecido.

Di rápidas brazadas hacia Teo –mientras Chumbo sostenía y contenía a Vicente, y pensaba quizá que el golpe había matado a Teo, ya que este seguía inconsciente–, pero no bien llegué y lo tomé del mentón para sacarle la cabeza del agua, advertí que a pesar del inmenso tajo en sentido diagonal, desde la ceja izquierda hasta la parte superior de la frente del otro lado –cubierta por la sangre que manaba y teñía el agua de color ocre–, aún respiraba, y no solo respiraba sino que poco a poco recuperaba la conciencia. En esa posición –la cabeza bajo mi brazo– lo acerqué hasta Chumbo, el “médico” del Trío. “¡Los chalecos salvavidas!”, gritaba Chumbo, para que yo buscara el bolso verde oliva que habría volado con el violento impacto, como nosotros, en tanto él intentaba vendar a Teo con una bufanda, y con el antebrazo izquierdo sostenía a Vicente para que no se enloqueciera.

Asustaba ver la mirada vidriosa de Vicente, girando en derredor ante la furia impetuosa con que las olas nos subían y nos arrojaban al fondo del abismo, con volteretas que se hacían cada vez más enloquecedoras. Aproveché una ola para elevarme y ver lo que flotaba entre la niebla. Divisé el bolso verde oliva, alejándose y hundiéndose. Di unas cuantas brazadas, pero cuando lo alcancé, no era el bolso de los chalecos salvavidas, sino el otro, donde estaban los sacos de dormir. “¡No es este!”, grité, con pavor. Miré para todos lados buscando lo que todavía flotaba, porque los chalecos no se hunden; pero no veía el otro bolso, aunque sí vi el morral que había llevado Vicente, muy visible porque estaba confeccionado con retazos de telas de diferentes colores parchados, que no servía de nada, porque allí llevaba las pesadas frazadas de lana cruda –que se hundirían–, ya que él no tenía saco de dormir.

Fue en ese momento que advertí que la canoa se alejaba a gran velocidad, impulsada por la sudestada del Río de la Plata. Nadé hasta ella y me sumergí para ver si el bolso verde de los chalecos estaba sujeto a uno de los asientos, aunque no recordaba haberlo atado, y descubrí que lo único atado era el tubo de goma, en el que no había nada utilizable en un naufragio. Regresé junto a Chumbo, que estaba haciendo malabarismos para sostener a los dos semihundidos. El agua se movía como un maremoto, y volvió a gritar: “¡Encontrá los chalecos, Pablín!”.

Volví a elevarme con una ola para mirar y divisé otros objetos que todavía flotaban pero que se estaban hundiendo poco a poco: la capota que tuvimos que poner para protegernos del aguacero, la carpa, y más lejos, los remos que se iban arrastrados por la ventolera. ¿Pero los chalecos dónde estaban? Y por primera vez me recorrió el cuerpo una electricidad aterradora, con la tremenda sensación de lo que pudo haber ocurrido, el segundo naufragio. Cuando comenzó el aguacero y pusimos sobre nosotros la pesada capota de camioneta, posiblemente todo lo que estaba a su lado se había movido de lugar: el bidón de agua se volteó y se enredó con la soga, con la parrilla de hierro y la hornalla, y al darse vuelta la canoa con tanta violencia todo aquello se llevó al fondo del mar el bolso verde oliva y los chalecos salvavidas que tenía dentro. ¡La puta madre! “¡Enganchó el bolso y lo está llevando al fondo del mar!”, grité, como para mí mismo... “¡Sumergite!”, reaccionó Chumbo, mientras Teo terminaba de recobrar el conocimiento y recibía en la espalda el primer manotazo de Vicente, que definitivamente ya estaba en las puertas del infierno, dominado por el pánico.

Fue entonces que comenzaron los interminables minutos que malgasté sumergiéndome, uno, dos metros hacia el interior del mar opaco, sin ninguna visibilidad. Cada vez que emergía estaba más extenuado, y Chumbo me miraba incrédulo, porque volvía sin el bolso, azorado, desconcertado, como si esto no pudiera estar sucediendo, porque del Trío de los Superdotados yo era el responsable de traer los chalecos, yo era el encargado de la seguridad, yo era el “Superdotado sin campeonatos”; el que debía amortiguar los golpes y controlar los riesgos desmedidos que siempre asumían los otros dos, los verdaderos Superdotados (yo no lo era, en absoluto).

“¡Pablín, carajo!”, vociferaba Chumbo, anonadado, mientras Teo iba recuperando la energía y Vicente gritaba exorbitado y con el puño cerrado golpeaba a los dos que querían contenerlo como si quisieran ahogarlo. Y cuanto más gritaba más agua tragaba, completamente fuera de sí, y los quería hundir a ellos, sosteniéndose en sus cuerpos para mantenerse a flote él. El muchacho discreto y servicial que tanto habíamos admirado en esos días de preparación final de la canoa, el hijo del jardinero de la casa de Teo que tanto nos ayudó, con tan buena disposición y carácter afable, se estaba transformando, en alta mar, en un monstruo incontrolable.

2. El Río de la Plata

A los tres nos gustaba la Historia y teníamos una veneración especial por el Río de la Plata, uno de los cuatro ríos más importantes del mundo según la versión de la Fuente de los Cuatro Ríos en la plaza Navona de Roma, del italiano Gian Lorenzo Bernini, que aparentemente era un remoto antepasado de Teo, integrante del Trío. Hijo de padre italiano, Gianni Bernini (ejecutivo de la Fiat que hacía veinticinco años recorría América Latina, aunque hacía veinte que se había instalado en Uruguay) había ido a Italia varias veces con toda su familia, y siempre que iba visitaba la plaza Navona. Por eso se convirtió, para el Trío, en una hazaña mítica el recorrer uno de los cuatro ríos principales de la Tierra, junto con el Nilo, el Ganges y el Danubio, de acuerdo con esa célebre representación del siglo XVII.

El padre de Teo tenía un árbol genealógico discutible –elaborado por un tío–, como él mismo reconocía, que llegaba, trescientos años antes, al escultor Bernini. Este hecho fortuito e indemostrable nos influyó a los tres: Teo no provenía de un estanciero ni de un comerciante ni de un soldado, como los descendientes de españoles del colegio, sino de un artista. A la vez, yo provenía de un capitán de la marina italiana que en 1828 había llegado a estas costas, y Chumbo de un inmigrante, en 1840, que promovió el estudio universitario entre su descendencia, en particular la Medicina, por lo cual en todas las generaciones había uno o dos médicos. Y así se conformó, como un juego infantil, el Trío de Roma, por “honor al mérito”, como diría nuestro escudo, si lo tuviéramos, o “por amor al arte”, el lema preferido.

En sexto año de Primaria, el profesor de Historia pidió que nos dividiéramos en grupos –Cartago, Atenas, Roma y Constantinopla– para una justa del saber, explicando cada uno la peripecia de la civilización a la que pertenecía, confrontándola con las otras, y fue en esa instancia que nosotros nos llamamos Roma, que luego devino en el Trío de Roma, por nuestros apellidos italianos. A su vez, en la casa de Teo, su padre tenía una gran reproducción de la escultura de Bernini, hecha en bronce, en la misma sala, imponente, y siempre nos llamó la atención que el remoto Uruguay, con la capital más austral del planeta, Montevideo, con su río ancho como mar que conectaba el Atlántico a los grandes ríos que atravesaban el continente, el Uruguay, el Paraguay y el Paraná, estuviera representado desde hacía tanto tiempo en lo que considerábamos el principal polo cultural del universo: Roma.

Yo había cumplido diecinueve años en el mes de febrero de 1968 y el accidente ocurrió en septiembre, el viernes 12, en un día invernal, a pesar de que a septiembre siempre lo asociamos con la primavera. Mis dos mejores amigos de entonces, Teo y Chumbo –con quienes pasaba más tiempo–, tenían seis y siete meses más que yo, respectivamente.

El pequeño Uruguay de los años cincuenta y sesenta –pequeño a escala latinoamericana, porque tiene el doble de superficie de Portugal y la mitad de la de Italia– tenía la mayor parte de la población de clase media, y una franja menor a la que podría calificarse de clase media alta, fundamentalmente definida por el barrio en el que vivía, como nosotros, en casas grandes del entorno enjardinado de Carrasco, en Montevideo, que entonces más que un barrio era una suerte de balneario a quince kilómetros del casco antiguo de la ciudad. Dentro de ese grupo humano había excepciones, gente con mucho más dinero que el promedio, y otros individuos con aspiraciones o ademanes más “patricios” que el resto; pero siempre resultaba algo impostado, porque el diferencial uruguayo era la austeridad republicana en un continente de exuberancias.

Nosotros todavía estábamos en la zona difusa del cambio de etapas, entre el final de la pubertad y la adolescencia, la primera juventud y la edad adulta, en medio del proceso borroso en que casi todo es indefinido, y una etapa deja sus vestigios en la siguiente, como los ríos continentales dejan vestigios en el Río de la Plata y este en el Atlántico. Por eso, a esta expedición por el río de Bernini la calificábamos de iniciática –cuando los tres acabábamos de cerrar la etapa formal del colegio, que nos tuvo juntos doce años, e iniciábamos la universidad, donde nos separaríamos en tres facultades diferentes–, yendo a una isla desierta frente a Montevideo, la isla de Flores.

El Río de la Plata del italiano Bernini y Montevideo, el principal apostadero naval de España en tiempos coloniales –el Imperio descubridor que regía desde la costa africana hasta el Atlántico Sur, en las Malvinas–, constituían el ámbito apropiado para nuestra prueba, para marcar el final de la inocencia.

Montevideo en los sesenta era como el mundo de entonces en estas latitudes: sencillo, sin tiempo. Los electrodomésticos duraban toda la vida, no se cambiaba de auto durante diez o más años, cuando el auto existía. No había demasiado dinero y no había tanta avidez por conseguirlo, al menos entre quienes llevaban un pasar decoroso. No era frecuente el concepto de “consumismo” ni su antípoda, la miseria. Esa aparente calma –reinante entre los resabios del país que fue modelo mundial desde inicios del siglo XX, inventor de la socialdemocracia, el más igualitario de América Latina– estaba sacudida desde hacía cuatro años por la irrupción de un fenómeno extraño e inédito, como era la guerrilla de inspiración castrista que se desparramó por todo el continente para emular a los míticos barbados del Caribe, la que en Uruguay fue desaconsejada por uno de los principales mentores del fenómeno, el Che Guevara, y se autodenominó Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, con la consigna de que no se puede hacer una revolución “para tomar el cielo por asalto” sin que haya derramamiento de sangre. El Che Guevara desaconsejaba la guerrilla justamente por el nivel de nuestra democracia: Uruguay fue, desde 1813, el país más republicano del continente, que abolió la pena de muerte en 1907.

En el 68 la televisión uruguaya cumplió una década, y era precaria, una suerte de radio con imágenes, que no me cautivaba demasiado, salvo para contemplar hitos surrealistas como un señor Armstrong pisando la superficie lunar, o las imágenes incomprensibles del magnicidio de Dallas.

Al mismo tiempo, como ecos lejanos llegaban vestigios de algo que se agudizaría en los años posteriores, en la eclosión de la Guerra Fría: la posibilidad de un holocausto nuclear, o sea, la posibilidad de que la vida, que parecía eterna, tuviera fecha de vencimiento. Los tanques soviéticos acababan de abortar la “primavera de Praga”, Estados Unidos se empantanaba en Vietnam para frenar el comunismo de los soviéticos y de la China de Mao, todo lo cual producía una suerte de premura, o, al menos en mí, una visión cada vez más difusa del futuro y de mi vida adulta. Y para completar el embrollo, yo vivía la “educación sentimental” con demasiado furor, en medio de la “revolución de las costumbres”, la “liberación de la mujer”, el “prohibido prohibir” y el “seamos realistas, pidamos lo imposible” que se propagaban como reguero de pólvora desde París y las naciones más antiguas y desarrolladas, y cuyas reverberaciones en países como Uruguay eran tímidas y tardías.

3. Los Superdotados

Del Trío de los Superdotados –como nos puso en broma uno de la clase, Peter Mendoza, en primer año de Secundaria (nombre que se había originado en aquella justa del saber, con el grupo de Roma, un año antes)–, la familia de Teo era la que poseía más dinero, lo que se exteriorizaba no solo porque contaban con dos automóviles nuevos (por momentos tres, porque al padre le gustaban los Fiat convertibles, que solo él manejaba), uno para cada uno de los padres, sino por el inmenso aparato de televisión que impactaba, traído directamente de Estados Unidos, donde desde niños veíamos a Roy Rogers los jueves y a Cisco Kid los viernes. En todas las casas de los compañeros de clase que tenían televisión, esta estaba reglamentada, un programa por semana, o por día, porque se temía que afectara el normal desarrollo de las mentes; menos en lo de Teo, porque sus padres, Gianni y la uruguaya Muñeca (siempre se la llamó de ese modo), estaban demasiado enfrascados en sus vidas y no les preocupaba excesivamente la vida de su hijo primogénito, Teo, sino quizá la vida del otro hijo, un típico caso de “niño prodigio” que se pasaba leyendo enciclopedias para adultos y terminó, como tantos casos similares, siendo completamente disfuncional en la vida adulta.

El nombre de los Superdotados no vino por azar, sino porque dos de ellos, o de nosotros, Teo y Chumbo, eran increíblemente hábiles en prácticamente todos los deportes. Teo fue campeón juvenil de tenis, natación y del seleccionado juvenil de fútbol (además de ser el primer surfista en la playa de Carrasco), mientras que Chumbo fue campeón juvenil de box y del seleccionado uruguayo de rugby. A Chumbo, cuando corría, lo venían a ver entrenadores de los más diversos clubes, porque desarrollaba una velocidad suplementaria, como una “segunda marcha”, que cuando la accionaba, se agregaba a la velocidad normal de los simples atletas y lo hacía prácticamente volar, tornándolo inalcanzable.

En el fútbol, en un país con dos campeonatos mundiales y otros dos certámenes olímpicos en su haber, nadie podía creer que desde que fueron muy niños los convocaran a los dos principales clubes, de los que ellos eran hinchas y rivales, para que jugaran en sus divisiones juveniles. ¿Qué hacía yo ahí, entonces, en semejante Trío? ¿Cómo había coincidido que en la misma galaxia –la misma clase– hubiera dos astros tan magníficos que hacían que no solo se corrieran los límites de las performances físicas sino también del riesgo, porque se confiaba demasiado en aptitudes que parecían al borde de lo sobrenatural? Allí está una causa contribuyente necesaria, aunque no suficiente, para entender lo que sucedió el 12 de septiembre de 1968.

El hecho de que desde muy niños se haya formado el grupo de los Superdotados (los propios Brothers irlandeses que regenteaban el colegio al que íbamos quisieron desestimularlo, porque parecía que rebajábamos a los otros; pero nunca lo consiguieron y al fin se dieron cuenta de que el objetivo jamás fue menospreciar a los demás, sino, por el contrario, la permanente superación de todas las barreras) generaba todo tipo de situaciones curiosas con los otros, porque querían aproximarse o integrar el círculo, como si fuéramos un grupo que hacía actividades que para los demás resultaban desconocidas y maravillosas, cuando no era más que competir en deportes y hablar de cualquier cosa, con predominancia, a partir de la pubertad, de mujeres, amores y desamores, la excluyente “educación sentimental”. Además, a Chumbo y a mí nos interesaba e inquietaba la crecientemente conturbada realidad sociopolítica, mientras que Teo nos escuchaba como quien oye llover.

Esta suerte de trono imperecedero se afianzaba a su vez por el evidente e incontrastable liderazgo de Chumbo, el que ejercía sin alardes ni estridencias porque le venía como por orden natural, por los genes, por la mirada, por el porte, por la serenidad, por su integridad. Si los dos eran cracks, Chumbo se destacaba asimismo como caudillo. Y como era extremadamente disciplinado y ordenado, le daba el tiempo para ser campeón en todos los deportes que practicaba, y además podía sacar sobresaliente en casi todas las materias. Yo también lo lograba, pero sin dedicar la mitad de mi tiempo a los deportes. Teo era todo lo contrario: si bien resultaba ser posiblemente el más ingenioso y creativo de todos, era tan disciplinado para el deporte como indisciplinado para el estudio; pero a diferencia de los otros compañeros, él podía apelar a su talento natural y darse el lujo de pasar de año en el último momento; hasta tal punto que llegó una época en que los profesores prácticamente no lo tomaban en cuenta hasta octubre, cuando le advertían que arrancara a estudiar o perdía el año. Siempre lograba salvarlo, dejando a los profesores, y en especial a los alumnos menos dotados, atónitos, como si la naturaleza hubiera jugado con dados cargados, cometiendo, sin culpables ni inocentes, una flagrante injusticia: había dos seres extraordinarios en un universo de personas normales.

A todo esto se sumó que Chumbo hacía pruebas de radiestesia –siguiendo las enseñanzas y los dones de su abuelo materno, como decía–, y muy de vez en cuando, se perfeccionaba en un ejercicio por el que lograba alterar las manecillas de algunos de los relojes de la clase: ¡Chumbo era sobrehumano!

Pero esas dos personalidades tan descollantes de las que gozaban mis amigos, en lugar de hacer que se enemistaran entre ellos por la permanente competencia que los enfrentaba, los llevaron a elevar el umbral de exigencia de tal manera en todos los deportes, en todas las actividades, que muy pronto sobresalieron no solo a nivel de la clase sino también del colegio. Y como eran los elegidos por la institución en tenis, natación, rugby y fútbol, descollaron y elevaron el umbral de exigencia a nivel de país, en la niñez y adolescencia, hasta tal punto que los dos se perfilaban para ser representantes en las Olimpíadas del año 1972, en deportes tan diversos como maratón, natación y tenis. A ello se agregó que desde los quince años los dos tuvieron motos, que si bien eran de pequeña cilindrada, les permitían disputar carreras alocadas, con obstáculos, y aunque un par de veces derraparon, o volaron por los aires cuando la rueda delantera golpeó contra una piedra, o cayó en un pozo, jamás se lastimaron. Fue una etapa pautada por la adrenalina que no sabían cómo encauzar, tentando permanentemente al destino, y como la realidad no les ponía límites, ellos los superaban siempre, a tal extremo que en determinado momento llegaron a sospechar que los límites no existían. Además de sanos y vigorosos, ninguno fumaba, como sí lo hacía y lo haría la mayor parte de la clase. Pero esos dos meteoritos, que podían hacerse trizas si se enfrentaban en el espacio, requerían un amortiguador o un articulador: Pablín, es decir, yo.

Para pertenecer al Trío de los Superdotados, o el Trío Adrenalina, como yo también lo llamaba (que duró y prevaleció como el sol en el cosmos desde 1962 hasta el día del accidente), yo tenía algunas ventajas o dones y muchas deficiencias: no era un crack en casi ningún deporte; no tenía vocación de liderazgo ni un coraje superlativo, como los otros; pero en cambio era afilado para hablar, y en cierto sentido los dos astros necesitaban a alguien que controlara, sin coartar, una rivalidad soterrada y permanente por prevalecer, y jugara con ellos en la cornisa, como ocurrió durante esa travesía temeraria en la canoa. Y eso lo hacía bien, en especial limar las asperezas entre esos dos torbellinos que, si se enfrentaban, se destruirían mutuamente.

–Pablín –decía Chumbo, el jefe– sabe cómo complementarnos. Es un contemporizador.

El Trío de Superdotados no fue siempre el mismo. Este fue el que decantó; pero las afinidades fueron yendo y viniendo, se fueron uniendo y desuniendo con los años, buscando similitudes, química, complementariedades. Varios estuvieron muy cerca del círculo íntimo, que desde el comienzo siempre tuvo un único sol, porque era demasiado prodigioso: Chumbo Solari. Yo, en verdad, fui el último en ingresar, porque la versión previa del Trío estaba constituida por Chumbo, Teo y Peter Mendoza, que alternaba conmigo. En cierto modo yo destroné a Peter, o mejor dicho Chumbo lo sustituyó por mí, ya que, como dijo, “sos leal y jamás pediste para ingresar”. Para mí no representó algo demasiado relevante, más bien un entretenimiento extra. Para Peter, como me enteré mucho después, el hecho de ser sustituido representó una tragedia.

Peter había hecho demasiado esfuerzo para estar, llegó a suplicar para pertenecer al Trío, tal vez porque su familia era tan rica y poderosa que sentía la presión de su padre para que estuviera a la altura de sus aportes: automóviles, yates, una estancia portentosa y las fiestas en su casa, que hasta tenía un cine en miniatura, con cincuenta butacas, donde incluso se exhibían estrenos. ¡Hasta mi padre llegó a trabajar para su padre! Se diferenciaba bien del otro supermillonario de la clase, Pato Eike, de fortuna inconmensurable pero de origen desconocido, porque su familia venía de otro país.

Sin embargo, a Chumbo no lo compraba el dinero, sino otros atributos que solo él sabía calibrar. Teo, por su parte, no se tomaba el juego demasiado en serio, y mientras que el Trío estuviera compuesto por gente entretenida y con algún talento, para él resultaba suficiente. Su objetivo era quemar su energía desbordante, canalizar las hormonas que lo atosigaban en la pubertad, y reírse.

A mí, en verdad, me divertían sobremanera las travesuras y pruebas de ingenio de Teo, admiraba su humor desopilante así como el coraje o inescrupulosidad con que hacía cosas a las que nadie se atrevía. A la vez sentía, como todos, que Chumbo solo podría ser el jefe, un buen líder, porque era compasivo pero duro como una guillotina cuando consideraba que debía aplicar la ley, con los códigos que él mismo creaba y decretaba, urbi et orbi. Pero no eran códigos arbitrarios, sino por regla general justos, o, cuando no lo parecían era porque preservaba valores ulteriores que él consideraba relevantes, a pesar de su corta edad. Podría haber sido un déspota, pero no lo era: era un niño, un adolescente, un jovencito, que quería recibirse de médico, con notables aptitudes para el liderazgo por emulación, no por presión. Sus padres le habían suministrado una dosis ilimitada de autoconfianza, lo mismo que funcionó con Teo, aunque en este caso sus padres le dejaban todas las libertades porque lo consideraban una “valencia suelta”, un renegado por naturaleza, demasiado independiente para someterse a los códigos mundanos. Un cometa que surcaba el cosmos.

Si bien pasé todos esos años junto a los dos, otra parte de mis apegos estaba, en cierto modo, en otro lado, navegando más lejos, en mi propia metafísica existencial, como se burlaba Teo, máxime cuando llegó la edad de la “educación sentimental”, o “educación erótico-mental”, como él le llamaba. Por eso yo tenía cada vez más conciencia de que el Trío funcionaría muy bien en esa etapa, pero nunca supe si mantendría la misma intensidad más adelante, cuando se apaciguara la adrenalina.

A veces me daba por preguntarme cómo seríamos en el futuro. Chumbo terminaría Medicina, porque además de talentoso era determinado y testarudo, hijo de médico cirujano y audaz para las curaciones: jamás le tuvo miedo a abrir un forúnculo con un bisturí, o coser lastimaduras como un cirujano de combate, hacer un orificio en una uña golpeada y negra, con una jeringa hipodérmica, para aspirar el líquido y la sangre del hematoma, además de las pequeñas cirugías que practicaba en animales en el tambo de mi madre. Parecía un cirujano avezado, y tenía once, doce años. Y estudiaría, claro está, cirugía, porque él se consideraba a sí mismo un componedor, y trabajaría en un hospital público, porque además se consideraba un benefactor. Como le sobraba energía, estaba siempre disponible para componer las necesidades de quien las requiriera.

Teo, si bien estaba tan concentrado en el presente que le daba pereza elucubrar sobre el futuro, decía que sería un emprendedor exitoso, para lo que estudiaría un posgrado en una universidad extranjera, Harvard o Stanford, o en Milán, después de su grado en Uruguay. ¿Qué grado? Tanto le daba Ciencias Económicas u Oceanografía. No le preocupaba ni le temía al futuro, como si lo tuviera asegurado.

–Teo puede llegar a donde se lo proponga, el tema es si se lo propone. Para eso contamos contigo, Pablín –me dijo una vez Muñeca, en su casa, dos años antes del accidente, cuando Teo todavía dudaba sobre la universidad a la que ingresaría, que al fin fue la de Ciencias Económicas.

O sea, desde muy joven yo ya tuve la responsabilidad de encarrilar a mi amigo, cuyo talento desbordante podía perder en el camino, como en cierto sentido le sucedía al hermano menor, el “niño prodigio” que tenía un coeficiente intelectual de 160, según se lo midieron en Estados Unidos.

Me resultaba curioso que la madre de mi amigo me pidiera que me preocupara por su futuro, cuando él tenía el camino tan allanado, mientras que para mí, día tras día, el porvenir se me presentaba más confuso e inasible.

“La generación del 67 hará historia”, solía decir Chumbo refiriéndose a la generación que egresaría del colegio en ese año, porque sentía que había un designio cósmico de llevar a cabo grandes realizaciones, no por uno, sino por el país, por el universo. Cuando lo decía, yo lo miraba a los ojos: no titubeaban, esto no era una broma, lo decía de verdad. Y me daba cuenta de que pondría toda su energía descomunal en pos de ese designio. Y de esa forma, todos se esforzarían por hacer que lo fuera, con la inspiración insuflada por los Superdotados. Incluso la aureola se contagió a los de las clases mayores (con quienes en ese año fundamos un sencillo club de exalumnos), que nos miraban con curiosidad, porque habían aprendido a respetar y luego a temer, fundamentalmente en las canchas de rugby y de fútbol, la destreza, fuerza, velocidad y también los puños de Chumbo y Teo.

4. Rico Mac Pato y Petersburgo

Entre los que habían intentado acercarse al sol pero estaban “en capilla”, como les advertía Chumbo (“Pablín te informará si ingresás o no”), además de Peter, estuvo Pato Eike, el único millonario a escala global de la clase, lo que explicaba que las paredes de su casa gigantesca en la calle Mantua estuvieran cubiertas de cuadros como los que se ven en el Museo del Prado, como decía mi padre, que en un momento había atendido una consulta jurídica de su padre.

Como lo conocí desde los cuatro años, en preescolares, jamás me sorprendió que a Pato lo fueran a buscar en un Rolls Royce con chofer. Pato Eike y su inconmensurable fortuna formaban a su vez otro sol, los Rico Mac Pato, como les llamábamos en el Trío, en torno al cual orbitaban otros planetas, Bongo Carreras, Dumbo Donaldson, el Tano Lavazzi, porque pertenecer a su cofradía, como bromeábamos en el Trío Adrenalina, era como ser accionistas de Disneylandia.

El de Pato era un mundo de juguetes asombrosos traídos del extranjero, de una casa como si fuera el Hotel Ritz de París, de coches Cadillac y Porsche, que Pato Eike manejaba desde que tenía catorce, sin libreta de conducir, y desde los quince con una libreta falsificada donde figuraba que ya tenía dieciocho años, porque las leyes de entonces eran blandas para gente que se llevaba el mundo por delante. Con el tiempo, su universo fue el de las carreras de automóviles, de los coches caros, las ropas de marca, los viajes, las fiestas con los últimos hits musicales para encantar a las chicas, las “mesas reservadas” en las boîtes de moda.

Los nuestros eran como dos reinos separados, que se apreciaban y respetaban, pero con leyes propias y autoridades independientes. Pato Eike estaba más para el yate que para la canoa. Por eso lo primero que nos dijo cuando le contamos, la víspera de la travesía, que iríamos a la isla de Flores en canoa, aunque públicamente decíamos que solo llegaríamos hasta Las Pipas, fue por qué no íbamos en el yate que tenía en Punta del Este, que nos lo prestaba con marinero y todo. Si en las apariencias los Superdotados eran sobrios, casi austeros, los otros eran ostentosos.

El tercer subgrupo de la clase, junto al de los Superdotados y los Rico Mac Pato, fue, luego que lo expulsaron del Trío Adrenalina, el mundo más glamoroso y refinado en torno a la familia de Peter Mendoza, con su pequeño núcleo de acólitos (“Petersburgo”, tan ancien régime que todavía no sabían que se llamaba Stalingrado), elegidos a dedo fundamentalmente por su madre, Inecita. Eran santurrones con veleidades de aristócratas, en un país pautado por el igualitarismo que se inculcó desde mediados del siglo XIX con la instauración de la primera escuela gratuita, obligatoria y laica del continente. En realidad, Inecita llamaba aristócratas a los que tenían estancias desde hacía muchas generaciones, como si descender de los colonizadores españoles, cuando se repartieron las suertes de estancia, las más de las veces a sangre y fuego, fuera símbolo de mentalidades y modos avanzados. En ese universo donde muchos se llamaban por los dos apellidos predominaba la ida a la estancia, la cría de ganado de pedigrí para disputar cocardas en la Rural del Prado, la equitación en el Club de Polo y el cine, que Peter tenía en su propia casa. El marido de Inecita, Lindor Mendoza, el Comodoro, como le llamábamos (así se designó siempre al presidente del Yacht Club de Punta del Este y el mote le sentaba como anillo al dedo, por eso le quedó como distintivo), era un hombre pragmático que despreciaba a los “aristócratas” de Petersburgo y prefería al Trío Adrenalina, o los Superdotados, porque su instinto le indicaba que por allí su hijo tendría mejor porvenir, con esos lemas que el Trío repetía como broma pero también como fórmula: el mérito de superarse; mientras que los “aristócratas” promovidos por su mujer traerían lo que siempre vio y despreció: la lenta decadencia de la arrogancia miope.

Por otra parte yo cultivaba algunas aficiones que, por razones diferentes, los dos verdaderos Superdotados valoraban, predominantemente el amor a la vida al aire libre, desde la infancia, que se canalizaba en pequeñas cacerías –entonces era inimaginable la “conciencia ecológica”– con chumbera, ballesta, balas 22 y cartuchos, a medida que crecía. Mi familia (mis padres, dos hermanas menores y yo), mucho menos adinerada que la de Teo, poseía, por el lado materno, un campo heredado que entonces no era demasiado valioso, donde funcionaba un tambo. Junto a esa parcela, que venía de una herencia de mi tatarabuelo, de superficie infinita, había decenas de parcelas similares de mi tío y de primos, algunos muy cercanos a mis padres y otros no tanto. Pero todos dejaban pasar por los alambrados limítrofes a Pablín, como me llamaban desde que tengo conocimiento, el hijo de Adelita y el abogado Haroldo. Un jovencito espigado, con ojos verdes y cabello ligeramente ensortijado, como su madre, que andaba recorriendo los campos con un arma en bandolera o una caña de pescar, y buscaba lugares nuevos donde desplegar sus pasiones. Desde la Secundaria involucré en estas aficiones a mis dos amigos del Trío. En ese ámbito, por única vez, yo era el instructor y ellos los aprendices. Como no había competencia, aceptaban ese rol más pasivo con satisfacción, mientras disfrutábamos de esas largas caminatas camperas, o de noche acechábamos a los zorros con carne asada. Esto alentó en el Trío otras coincidencias: admirábamos el cosmos, reconocíamos otras dimensiones más serenas de la vida, forjándonos y evolucionando en una misma dirección; en este caso con más contemplación e introspección que vértigo y desmesura.

Como consecuencia de una cosa y de la otra, desarrollé la tercera pasión: la navegación en el arroyo. La parcela que le correspondía a mi madre tenía dos cursos de agua. Uno, el arroyo La Boyada, era más cercano a la casa y a él se accedía por un camino bordeado de casuarinas que se meneaban suavemente con el silbido del viento, hasta llegar al lugar preferido: una gran roca plana, extendida un par de metros por encima de la superficie del agua, en una amplia piscina natural, con el cauce bordeado de juncos y coronillas. Desde esta roca se podía observar más de doscientos metros del curso de agua en línea recta antes de que el arroyo doblara abruptamente a la derecha, para perderse en un monte criollo abigarrado y seguir de largo casi veinte kilómetros hasta desaguar en el Río de la Plata. En el agua, nadando, haciendo la plancha o flotando sobre gomas infladas de camioneta, observaba en silencio los coronillas, escuchaba los tordos de colores que se posaban a metros de mis manos, sobre los juncos, sentía los insectos, el sonido de las chicharras y surcaba el espacio con la vista: aquello era mi paraíso.

De ese modo, en el colegio me fui transformando –a pesar de que había otros compañeros con campos mucho más extensos, estancias esplendorosas, yates deslumbrantes que fondeaban en el puerto de Punta del Este (el balneario más sofisticado de América Latina), o en el del Buceo, en Montevideo– en el experto en cacerías, baños y navegación en arroyos, porque primero solo y luego con los Superdotados, surcábamos el arroyo La Boyada con todo tipo de balsas que nosotros mismos construíamos.

Fui yo el que propuse repetir en el mar lo que hacíamos en el arroyo: navegarlo, ya no con balsas, que eran imposibles de controlar, sino con canoas, con las debidas precauciones. Del arroyo La Boyada pasé a convertirme en experto en navegación en el Río de la Plata, con canoas que nos prestaban en el Club de Regatas, para ir hasta la cercana isla de las Gaviotas, a ochocientos metros de la costa. “Experto” era un decir, claro.

Se sumó otra contingencia que propició la travesía. En el mes de julio de ese año, pleno invierno, se publicó en los diarios que “un simple almacenero” de la ciudad de Colonia, a ciento ochenta kilómetros de Montevideo, en el litoral –Walter Cabrera, aficionado a la natación pero lo contrario de un atleta–, por una apuesta se lanzó a nadar de Buenos Aires a Colonia, sesenta y dos kilómetros, el doble del canal de la Mancha, untado de vaselina, y llegó, doce horas después, acompañado apenas por un chinchorro con motor, que le alcanzaba agua y alimentos. Cuando arribó a tierra, a las nueve de la noche, media ciudad lo estaba esperando, con bocinazos y aplausos. El almacenero no hizo el chequeo en el hospital, como le sugerían los médicos, sino que se fue a celebrar con amigos, disfrutando de un asado que le hacían en su ...