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EL FIN DE LA INOCENCIA

Pablo Vierci  

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Fragmento

1. Pánico

Era el peor día en años en materia de condiciones climáticas. No habíamos consultado lo que pronosticaba meteorología porque en 1968 nadie lo tenía en cuenta. Tampoco habíamos pedido permiso a Prefectura, porque de seguro no nos lo darían. Pero lo que era más grave, aunque lo supimos más tarde: Chumbo, el más fuerte de todos nosotros, no se había curado de un fuerte malestar reciente. Dos horas después de iniciar la travesía, confirmó que efectivamente se estaba formando una extraña tormenta, le inquietó que el mar estuviera cada vez más encrespado, y nos confesó que se sentía mareado, afiebrado, y en verdad estaba pálido, sin energía; aunque no quería ceder ni regresar ni dar el brazo a torcer, porque de todos los “Superdotados”, o el Trío, como nos llamaban en la clase del colegio desde el inicio de la Secundaria, él era el jefe y fue quien tomó la decisión de salir igual, a pesar de mi firme y paulatinamente desesperada posición en contra.

Chumbo iba en la proa de la canoa, con uno de los remos; yo iba segundo, con otro remo; del lado opuesto, atrás, Vicente, sin remo, y Teo, mucho más experto que yo, como timonel, en la popa, con el tercer remo. La travesía era larguísima para una canoa en el mar –once kilómetros hasta la isla de Flores–, por eso llevábamos tres remos. Nunca habíamos hecho antes ese recorrido. Habíamos quedado en llegar primero a un punto cercano, las rocas emergentes llamadas Las Pipas, a 2,6 kilómetros de la costa (esa era la expedición que anunciamos a nuestras familias), y si considerábamos que la situación meteorológica lo permitía, y fundamentalmente si el mar estaba plácido –“planchado como un plato”, como nos dijo el dueño de la canoa–, continuaríamos, o de lo contrario, pararíamos allí un rato, haríamos un simulacro de campamento junto a los lobos marinos y retornaríamos.

Cuando llegamos a Las Pipas, Chumbo advirtió que las nubes que dibujaban una extraña formación en el horizonte, detalle que ya habíamos visto una hora antes desde la playa, no se alejaban. No obstante, para llevarme la contra, decidió seguir igual, con el firme e irresponsable apoyo de Teo y el inocente respaldo de Vicente.

El accidente es un instante, una micra de segundo que define el último de la conjunción de factores ordenados en forma fortuita y coincidente para que se produzca. Minutos antes, el recio aguacero que se desplomó sobre nosotros nos obligó a protegernos con la pesada capota, una lona impermeable que nos dejó con menos capacidad de maniobra. La extraña y siniestra formación en el cielo se transformó en tornado, el viento borneó y el torbellino vino raudo exactamente en nuestra dirección, abriendo como un surco en el mar. La niebla se tornó aún más densa, quitándonos visibilidad. Una ola gigantesca e inopinada no dio tiempo para enfrentarla, y cuando decidimos virar para tomar un rumbo noreste, nos alcanzó.

Todo ocurrió en aquella fracción de segundo. La ola pegó en la banda derecha y adiós… Era imposible que sucediera, pero sucedió. Los Superdotados podían parecer inmortales, pero no lo eran. La vida podía ser eterna… si hubiéramos admitido que la extraña formación en el cielo que vimos con el largavista desde la playa, antes de meternos al mar, era una tromba, un tornado en gestación, en un país sin tornados… Pero no lo era. Resultaba evidente que estábamos cometiendo una imprudencia, y que con nuestra temeraria colaboración convergieron infinidad de factores aparentemente imposibles, algunos minúsculos y otros gigantescos, que, sumados, se encargaron de transformar la realidad de pies a cabeza.

La ola impredecible e imponente golpeó con tanta violencia la banda lateral de estribor de la canoa que volamos a casi cinco metros. Cuando quisimos acordar, los cuatro estábamos en el mar helado, con el aguacero inclemente castigándonos los rostros. Con la adrenalina al máximo, advertimos no solo lo vulnerable que es la vida flotando en el mar sino también el terror de Vicente. Porque los temas que nos habían mantenido tan concentrados –los conscientes y los del mar de fondo de nuestro inconsciente, o de nuestra “educación sentimental”, como yo le llamaba emulando a Flaubert, autor al que estudiábamos en el liceo– no nos permitieron preguntarle lo obvio a Vicente: si sabía nadar. Porque él fue un invitado de último minuto. Con semejante consternación y fragilidad, supimos que pronto entraría en pánico, y el cúmulo de factores adversos seguiría creciendo, multiplicándose, desordenándose. Así se configuró el caos, en el peor día, en la peor situación.

Cuando ya desde el mar Chumbo impartía las primeras órdenes y gritaba las prioridades –repartir los chalecos salvavidas, quitarse los zapatos y contener al desesperado que no sabía nadar–, una segunda ola elevó a la canoa dada vuelta a una altura inconmensurable. Luego la arrojó, como a una roca gigantesca lanzada por una catapulta, hacia donde estaba Teo quitándose las botas para empezar a desplegar su incomparable talento de Superdotado en actividades acuáticas. Se le vino encima con la violencia de un rayo. El filo de la banda lo golpeó con saña en medio de la frente, y si bien no lo decapitó al instante como yo temí –porque Teo poseía los reflejos de un campeón y se protegió con la mano izquierda, lo que amortiguó el golpe–, le produjo un tajo a lo largo de la frente, además de fracturarle cuatro dedos de esa mano, dejándolo desvanecido y a merced del mar enfurecido.

Di rápidas brazadas hacia Teo –mientras Chumbo sostenía y contenía a Vicente, y pensaba quizá que el golpe había matado a Teo, ya que este seguía inconsciente–, pero no bien llegué y lo tomé del mentón para sacarle la cabeza del agua, advertí que a pesar del inmenso tajo en sentido diagonal, desde la ceja izquierda hasta la parte superior de la frente del otro lado –cubierta por la sangre que manaba y teñía el agua de color ocre–, aún respiraba, y no solo respiraba sino que poco a poco recuperaba la conciencia. En esa posición –la cabeza bajo mi brazo– lo acerqué hasta Chumbo, el “médico” del Trío. “¡Los chalecos salvavidas!”, gritaba Chumbo, para que yo buscara el bolso verde oliva que habría volado con el violento impacto, como nosotros, en tanto él intentaba vendar a Teo con una bufanda, y con el antebrazo izquierdo sostenía a Vicente para que no se enloqueciera.

Asustaba ver la mirada vidriosa de Vicente, girando en derredor ante la furia impetuosa con que las olas nos subían y nos arrojaban al fondo del abismo, con volteretas que se hacían cada vez más enloquecedoras. Aproveché una ola para elevarme y ver lo que flotaba entre la niebla. Divisé el bolso verde oliva, alejándose y hundiéndose. Di unas cuantas brazadas, pero cuando lo alcancé, no era el bolso de los chalecos salvavidas, sino el otro, donde estaban los sacos de dormir. “¡No es este!”, grité, con pavor. Miré para todos lados buscando lo que todavía flotaba, porque los chalecos no se hunden; pero no veía el otro bolso, aunque sí vi el morral que había llevado Vicente, muy visible porque estaba confeccionado con retazos de telas de diferentes colores parchados, que no servía de nada, porque allí llevaba las pesadas frazadas de lana cruda –que se hundirían–, ya que él no tenía saco de dormir.

Fue en ese momento que advertí que la canoa se alejaba a gran velocidad, impulsada por la sudestada del Río de la Plata. Nadé hasta ella y me sumergí para ver si el bolso verde de los chalecos estaba sujeto a uno de los asientos, aunque no recordaba haberlo atado, y descubrí que lo único atado era el tubo de goma, en el que no había nada utilizable en un naufragio. Regresé junto a Chumbo, que estaba haciendo malabarismos para sostener a los dos semihundidos. El agua se movía como un maremoto, y volvió a gritar: “¡Encontrá los chalecos, Pablín!”.

Volví a elevarme con una ola para mirar y divisé otros objetos que todavía flotaban pero que se estaban hundiendo poco a poco: la capota que tuvimos que poner para protegernos del aguacero, la carpa, y más lejos, los remos que se iban arrastrados por la ventolera. ¿Pero los chalecos dónde estaban? Y por primera vez me recorrió el cuerpo una electricidad aterradora, con la tremenda sensación de lo que pudo haber ocurrido, el segundo naufragio. Cuando comenzó el aguacero y pusimos sobre nosotros la pesada capota de camioneta, posiblemente todo lo que estaba a su lado se había movido de lugar: el bidón de agua se volteó y se enredó con la soga, con la parrilla de hierro y la hornalla, y al darse vuelta la canoa con tanta violencia todo aquello se llevó al fondo del mar el bolso verde oliva y los chalecos salvavidas que tenía dentro. ¡La puta madre! “¡Enganchó el bolso y lo está llevando al fondo del mar!”, grité, como para mí mismo... “¡Sumergite!”, reaccionó Chumbo, mientras Teo terminaba de recobrar el conocimiento y recibía en la espalda el primer manotazo de Vicente, que definitivamente ya estaba en las puertas del infierno, dominado por el pánico.

Fue entonces que comenzaron los interminables minutos que malgasté sumergiéndome, uno, dos metros hacia el interior del mar opaco, sin ninguna visibilidad. Cada vez que emergía estaba más extenuado, y Chumbo me miraba incrédulo, porque volvía sin el bolso, azorado, desconcertado, como si esto no pudiera estar sucediendo, porque del Trío de los Superdotados yo era el responsable de traer los chalecos, yo era el encargado de la seguridad, yo era el “Superdotado sin campeonatos”; el que debía amortiguar los golpes y controlar los riesgos desmedidos que siempre asumían los otros dos, los verdaderos Superdotados (yo no lo era, en absoluto).

“¡Pablín, carajo!”, vociferaba Chumbo, anonadado, mientras Teo iba recuperando la energía y Vicente gritaba exorbitado y con el puño cerrado golpeaba a los dos que querían contenerlo como si quisieran ahogarlo. Y cuanto más gritaba más agua tragaba, completamente fuera de sí, y los quería hundir a ellos, sosteniéndose en sus cuerpos para mantenerse a flote él. El muchacho discreto y servicial que tanto habíamos admirado en

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