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EL ENVíO

Sebastian Fitzek  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Necesito la oscuridad,

la dulzura,

la tristeza,

la debilidad,

oh, lo necesito

“My Skin”, Natalie Merchant.

«Mi vida es un asco».

Samantha Heller inhaló de forma brusca y cerró los ojos para controlar las lágrimas.

Entró en el Aeropuerto Internacional O’Hare, de Chicago, con un nudo en su garganta, el que amenazaba con ahogarla poco a poco. Llegó al panel que ofrecía la información de los vuelos y su limitada paciencia cayó al piso cuando descubrió que el avión proveniente de Londres, Inglaterra, estaba retrasado.

«¡Genial!, lo único que faltaba para terminar de mejorar mi patética existencia», satirizó. Cruzó los brazos y buscó un sitio apartado del área de seguridad para esperar; escogió las sillas que estaban frente al baño de mujeres. Aunque estaba irritada, el retraso también la hizo sentir aliviada, ya que la intención detrás de ofrecerse a ir por el inglés, fue la de huir de su hogar durante un rato.

Se encogió sobre el asiento y tapó su cara con las manos mientras tomaba respiraciones profundas y relajantes para evitar llorar, tal como le enseñó su maestra de ballet —muchos años atrás— para contener el miedo escénico antes de presentarse en público.

Necesitaba conseguir algo de control: su mente era una revolución de pensamientos e ideas, enfrentadas unas contra otras.

Dejó caer su cabeza en la pared y cerró sus ojos.

Extrañaba a sus padres. Necesitaba a su mamá, quería sus consejos; quería que le dijera que estaría bien. También deseaba que su padre la protegiera, y batallara con lo que fuera que estuviese haciéndole daño, incluso si quien se lo estuviese infringiendo era en verdad ella misma.

Tal vez toda su añoranza brotara por la fecha, dentro de dos semanas se cumplirían catorce años de haberlos perdido y empezar a vivir con sus tíos. Siempre fue una extraña en ese hogar. Una familia en donde la única persona que la trató como tal fue Susan, su prima. Fue ella quien se ganó su confianza y quien la acompañó en todos sus días malos.

Lo único en su vida que siempre tuvo sentido fue Susan.

¿Por qué las cosas no pudieron mantenerse así? ¿Por qué no siguieron siendo las dos contra el mundo?

Sam soltó un jadeo ante en ese pensamiento. Volvió a taparse su cara con las manos temblorosas, elevó sus piernas hasta subirlas sobre el asiento, y negó con la cabeza.

Adoraba a su prima Susan. No entendía cómo podía vivir consigo misma con lo que le estaba haciendo.

«¿Por qué soy tan estúpida? ¿Por qué? No tengo que amarlo, pertenece a mi prima, ¡No a mí!».

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, y esta vez las dejó correr sin siquiera pensar en el espectáculo que estaba ofreciendo en pleno aeropuerto.

«¡Yo lo vi primero!».

Su llanto aumentó a pequeños sollozos después de eso.

Si hubiera sido mayor. Si hubiese tenido más de los dieciséis que tenía cuando lo conoció, todo habría sido muy distinto.

Él era y es el hombre más hermoso que ha visto en su vida; rubio, musculoso, muy alto, casi de la misma estatura de Sam —que con su metro ochenta siempre se sentía como un fenómeno alrededor de las demás personas—. Él parecía un Ken humano o el príncipe encantado de la película Shrek, con la excepción de que ahora usaba su cabello corto. Tenía los ojos del mismo tono de azul que iluminaba el cielo a media mañana o que decoraba el fondo de cada uno de sus pinturas.

Sabía que él era trece años mayor que ella y que Susan era mucho más hermosa que Sam, quien se sentía muy regular, excéntrica, pelirroja y pálida para ese hombre. En cambio, su prima era exuberante; con sus ojos verdes, su cabello rubio miel, pequeña y femenina, además de su personalidad dulce y vibrante.

Por años luchó para ignorar sus sentimientos, él amaba a su prima, era su novio, y tenía que sentirse feliz por ello. Se repitió una y otra vez que era muy joven, que solo era un encaprichamiento pasajero y no el amor de su vida.

No obstante, en secreto, desarrolló una fantasía maravillosa: «Susan se enamora de otro hombre, por tanto terminarían su relación. Seguirían siendo amigos, obvio. Luego de un tiempo, yo asistiría a una fiesta luciendo hermosa y sensual con un vestido negro ceñido a mi cuerpo, mostrando todas mis curvas sin ninguna inhibición.

Él llegaría al local del evento y me vería impactado, sus ojos azules muy abiertos y aturdidos al no haberse dado cuenta antes de mi belleza. Yo le sonreiría en forma coqueta, mostrándole que ya era toda una mujer. Allí me invitaría a bailar y me susurraría que era hermosa, sexy, que en verdad nunca amó a Susan, sino que estar a su lado era la única forma de estar cerca de mí, y que ahora no permitiría que nadie me arrebatara de sus brazos y que se moriría si no le pertenecía. Y por fin me daría mi primer beso».

No obstante, un año atrás su fantasía fue arruinada cuando su prima se casó con él. Sintió que su corazón se quebraba aún más y lloró con más fuerza. Después de la muerte de sus padres, ese fue el peor momento de su vida.

Además tuvo que ser la madrina de honor, así que estuvo a su lado mientras reían, se besaban e intercambiaban sus votos. Durante toda la ceremonia padeció de culpa. A sus propios ojos, era la peor de las mujeres por desear algo que no era suyo. Por no querer que su prima fuera feliz después de todo lo que sacrificó por ella. Por ese amor que seguía intacto desde la primera vez que lo vio.

—¿Por qué? —gimió entre lágrimas.

Debió irse lejos. No debió haber aceptado la sugerencia de Susan de vivir con ellos. Por supuesto, aún estaba bajo su tutela, pero en ese entonces ya tenía dieciocho años, podría haberse independizado. Sin embargo, decidió quedarse allí y su vida comenzó a oscilar entre la escuela de arte, su prima y él, a quien cada día amaba más. Hasta ese momento… que todo se volvió un poco peor.

—Oh Dios —clamó, y notó que alguien se sentaba a su lado. Se tensó y metió la cabeza entre sus rodillas.

—¿Qué te sucede? —escuchó la voz de un hombre. Negó con la cabeza, desesperada—. Dime qué te sucede —insistió.

Apartó las manos de su cara para observarlo, aunque las lágrimas evitaban que pudiera diferenciarlo, lo veía distorsionado, casi como un autorretrato de Francis Bacon. Volvió a cerrar los ojos.

—No —murmuró, y tuvo que callarse ya que se atragantó con sus sollozos.

«¿Cuándo empezaron a cambiar las cosas hasta llegar a este extremo?», se volvió a preguntar.

Susan trabajaba como profesora de Física Cuántica en la Universidad de Chicago y cumplía funciones de física experimental en su laboratorio, por lo que a veces regresaba tarde a casa y Sam —aunque no lo quisiera aceptar, pensar, o creer—, aprovechaba su ausencia para pasar tiempo con él. Su esposo.

Al principio se sintió cohibida, después fue adecuándose, actuando más como ella misma; escuchándolo, haciéndolo reír y reviviendo esa fantasía que debió haber dejado enterrada. Hasta que un mes atrás se atrevió a besarlo. Solo quería saber cómo se sentiría, si sería tan perfecto como lo imaginó tantas veces. Y él le respondió el beso con el mismo fervor que fue ofrecido.

Fue el momento más feliz de su vida. Hasta que culminó y comprendió exactamente lo que había hecho. Había traicionado a Susan, cometido una estupidez y nunca podría perdonarse.

Regresó al presente, apretó más las rodillas contra su pecho, queriendo desaparecer, e ignoró al sujeto que estaba a su lado, quien se negaba a dejarla tranquila. Se mordió la rodilla y sintió los brazos del hombre deteniéndola, confortándola. ¿Quién era? ¿Y por qué diantres le interesaba? Miró su imagen aún difusa y pestañó varias veces para aclarar su visión, sin ningún éxito. No podía dejar de llorar.

—Por favor —susurró el hombre con voz desesperada—, tal vez si me cuentas qué te pasa, juntos podríamos encontrar una solución.

Sam consideró la idea de hacerlo. Nadie más lo sabía. Ni su mejor amiga, Rachel, mucho menos su prima. No tenía con quién hablar de ello y la situación estaba trastornándola. Él no la conocía, tampoco tenía interés real en ella, solo estaba actuando como un buen samaritano. Lo miró con añoranza por lo que representaría para su salud mental y tomó una inhalación profunda, tratando de tranquilizarse lo suficiente para poder hablar.

—Estoy enamorada —susurró limpiando con brusquedad las lágrimas de sus mejillas.

—Eso no es tan grave —respondió el hombre con un movimiento de labios que se asemejaba a una sonrisa.

Deseó poder verlo con claridad, pero no lo consiguió ya que esa respuesta le hizo emitir una mezcla de risa histérica y llanto descontrolado.

—Del esposo de mi prima —agregó cuando se tranquilizó.

Él se tensó a su lado.

No le importó en absoluto. Era la mala, ¿no es así? La rompe hogares, la amante, la que no respetaba un sacramento sagrado, y ni siquiera estaba pensando en el matrimonio de su prima, sino en el vínculo que desarrollaron las dos desde que Sam tenía cinco años de edad.

No debería molestarse en juzgarla, ya ella lo hacía suficiente por ambos.

Era una estúpida y así lo asumió. Aceptó su mal proceder al querer disfrutar tanto tiempo con un hombre casado —en especial porque ese hombre era su amor imposible—, y se alejó. Empezó a pasar más horas en el Instituto de Arte. Paraba en su casa siempre y cuando Susan estuviese allí, o elegía el apartamento de Rachel en el caso contrario. Incluso encontró algo que le otorgaba la fuerza suficiente para no recaer en el amor que le profesaba.

La culpa que sentía.

Sin embargo, ayer se descuidó. Había salido temprano de clases y, en vez de quedarse en el Instituto, se fue a su casa a encerrarse en el sótano a pintar, aprovechando que estaba sola, sin recordar los motivos que la mantuvieron alejada en primer lugar.

Cuando, horas más tarde, salió a tomar agua y se lo encontró en la cocina, Sam había quedado paralizada al verlo, y ni siquiera intentó reaccionar cuando él le sonrió y acarició su mejilla, susurrándole que la había extrañado y que no podían seguir huyendo de lo que sentían. Ella lo único que consiguió balbucear en respuesta fue un “Susan”, y algo parecido a: “no podemos hacer esto”, antes que la besara y la apoyara contra el mesón de la cocina.

Justo allí, todo se fue al infierno.

Sam percibió que ponían una mano en su hombro y recordó que no se encontraba sola.

—Debe ser una ilusión —concluyó el hombre.

Ella gimió más fuerte y negó con la cabeza.

—Lo amo desde que lo vi por primera vez. Ayer nosotros casi… —se ahogó. La persona a su lado se tensó aún más—. ¿No comprende? Ella llegó y casi nos encontró juntos. Si hubiera llegado un segundo antes lo habría hecho. —Negó con la cabeza sus confesiones, entrecortándose por sus sollozos. Jadeó para tranquilizarse, sin conseguirlo en absoluto—. No sé qué hacer, no puedo herirla, no puedo. Ella me quiere y ha estado para mí desde que era pequeña. Soy una mala mujer. Lo soy —repitió balbuceando y sintió que él la envolvía entre sus brazos.

Pensó en pedirle que la soltara, no lo conocía lo suficiente para permitirle que la tocara. Pero no encontró la fuerza para hacerlo.

—Eres una niña —dijo en voz baja—. No es tu culpa.

Apretó los ojos, como si esas palabras hubiesen sido un insulto y empezó a apartarse. Él sujetó con más fuerza sus hombros.

—No soy una niña, tengo diecinueve años —dijo entre dientes, moviéndose para que la soltara—. Discúlpeme.

—Espera. Permíteme ayudarte, Samantha —replicó.

Ella se quedó paralizada. Levantó la mirada y pestañó repetidas veces tratando de aclarar su visión.

—¿Cómo sabes mi…? —se interrumpió horrorizada, los latidos de su corazón incrementándose—. Oh, Dios, ¿cómo te llamas?

Él suspiró y apretó un poco más su agarre antes de liberarla.

—Oliver —murmuró.

«No, no, no, no…», repitió en silencio.

—¿Lewis? —preguntó en un jadeo, aunque no tuvo que esperar a que le contestara. Sabía la respuesta.

Saltó del asiento y salió corriendo de allí tropezando con cientos de personas, deseando que el mundo se la tragara, ahogara y pateara su trasero.

Sí, de verdad su vida era un completo asco.

CAPÍTULO 2

¿Podríamos pretender que los aviones

en el cielo nocturno son estrellas fugaces?

Me vendría bien pedir un deseo

justo en este momento, justo en este momento

justo en este momento.

“Airplanes part II”, B.o.B., Hayley Williams y Eminem.

Oliver Lewis vio palidecer a la chica al pronunciar su apellido y mal

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