Loading...

EL EJéRCITO INVISIBLE

Ricardo Monsalve  

0


Fragmento

Índice

CUBIERTA

PRIMERA PARTE LA CÁRCEL

1. HÉCTOR

2. OVALLE

3. LOS DEMÁS

4. LA LECCIÓN DE CARVAJAL

5. LA NOCHE DE LOS CONJURADOS

6. ESA NOCHE, DE REGRESO

7. EL DÍA QUE SIGUIÓ

8. CUATRO MISERABLES DÍAS

9. UN DISCURSO EN LA OSCURIDAD

10. LA REVOLUCIÓN TRAICIONADA

11. EL DESTINO DE LOS OTROS

12. EL PRISIONERO BALTASAR

13. LOS PERIPATÉTICOS

14. EL PAN AJENO

15. OH, FORTUNA

16. LA LOCURA DE OVALLE

17. IN ANGULO CUM LIBRO

18. LOS CIMIENTOS DEL PALACIO

19. EL GRAN CONSPIRADOR

20. UNA VISITA

21. REGRESO

22. LA NOCHE ANTIGUA

23. EL SOL SILENTE

24. UNA BODA

SEGUNDA PARTE. LAS ARMAS INTERIOR EL EJÉRCITO INVISIBLE.INDD 129

1. OBSCUROS

2. EL PERSEGUIDOR

3. EL OLMO TALLADO

4. OSVALDO SUEÑA

5. AL INTERIOR DEL VAGÓN

6. ANTES DEL ALBA

7. ÓSCAR

8. COMO PEDRO POR SU CASA

9. EL BUQUÉ DEL CAPITÁN

10. DOS HOMBRES LIBRES CONVERSAN

11. VICTORIA

12. LAS CARTAS DE HÉCTOR

13. FUROR

14. RUZ Y SOSA

15. EL NACIMIENTO DE UN FANTASMA

16. LA NIEBLA

17. LOS QUINCE MIL DURMIENTES

18. HÉCTOR, PINTOR

19. HISTORIA DE UN SUEÑO RECURRENTE

20. EL TREN

21. EN LA CASA DE SEGUNDO

22. LAS ARMAS

23. EL SITIO

24. EL CIELO ESTABA AÚN ESTRELLADO

TERCERA PARTE. EL SITIO DEL CORAZÓN INTERIOR EL EJÉRCITO INVISIBLE.INDD 283

1. MAESTISSIMUS

2. EL DESTINO DE LOS DEMÁS

3. LA LOCURA DE HÉCTOR

4. CÁRDENAS

5. DESPEDIDA

6. BIENVENIDA

7. SE DESATA UNA TORMENTA

8. EL CERTAMEN

9. LA HISTORIA CON QUE RESPONDIÓ HÉCTOR

10. LA HISTORIA DE OVALLE

11. LOS DOS MUERTOS

12. CUATRO EN LA POSADA

13. LA PRIMERA COLUMNA

14. ANDRESITO

15. EL HACEDOR DE TRAGEDIAS

16. 4 DE DICIEMBRE DE 1978

17. EL LUGARTENIENTE

18. EL COMANDANTE ANDRÉS

19. EL EJÉRCITO INVISIBLE

20. SU EXCELENCIA

21. EL ASALTO

22. CAOS MÓLOTOV

23. EL PUEBLO UNIDO

24. EL SITIO DEL CORAZÓN

CRÉDITOS

Para Francisca Ripoll

PRIMERA PARTE

LA CÁRCEL

1

Héctor

Una mañana de abril de 1975, un consejo de guerra condenó a Héctor a veinticinco años de cárcel. Una semana más tarde, la corte envió un oficio al presidiario con la transcripción de la sentencia. Héctor terminó de leerla y se la devolvió al emisario agradeciéndole su visita, se puso de pie rápidamente y volvió a su celda escoltado por dos funcionarios de Gendarmería. En el camino, se prometió jamás cumplir la condena.

Dos años y medio más tarde, en la madrugada del veinticinco de diciembre de 1977, el recuerdo de esa promesa desvelaba a Héctor en una de las celdas de castigo de la Penitenciaría de Santiago. Una y otra vez, como en un cine rotativo, su fuga se le presentaba en la imaginación como la primera escena de un drama cuyo único final posible era el asesinato del general Augusto Pinochet.

Pese a las semanas de aislamiento, aquella fantástica primera escena no era ninguna alucinación: en pocos días, durante la víspera de Año Nuevo, Héctor escaparía.

Acompañado por este secreto, velaba sentado en el suelo, con la espalda y la cabeza apoyadas en la pared y la vista perdida en la oscuridad azul de la celda. A su lado había un colchón deshecho e inmundo, como un animal en descomposición. Al otro costado, en la entrada sobre una puerta de hierro, había un pequeño tragaluz abarrotado, que dejaba entrar en pequeños rectángulos la luminosidad del pasillo. Bajo este haz de luz y con el dedo apenas apoyado sobre una de las baldosas del piso, Héctor trazaba palabras sueltas, escribiendo una letra sobre otra.

En esto se entretenía cuando oyó un tintineo de llaves afuera del calabozo. Cuando se abrió la puerta, la luz iluminó las paredes y sus escritos, como si de pronto se hubiese abierto un libro por la mitad. Al ver las figuras más allá del dintel, pasó la mano por sobre la última letra de su palimpsesto y se incorporó sacudiéndose los pantalones. Sin esperar a que se lo ordenaran, salió al corredor. Los carceleros lo llevaron entonces por el pasillo hasta salir al Óvalo, el enorme octágono del patio principal. Los tres hombres lo escoltaron bajo la luminosidad cegadora de la mañana hasta llegar a las puertas de la Calle 6. Segundos después de cruzarlas, el prisionero oyó que la reja volvía a cerrarse a sus espaldas.

Héctor caminó por el centro de la calle sin prestar atención a los internos, y no se detuvo hasta dar con la puerta de su celda. Sentado en el escritorio encontró a Ovalle hojeando uno de sus libros. Cuando este vio a su amigo atravesando el umbral le apareció una sonrisa en el rostro y de inmediato devolvió el libro al hueco que le correspondía entre los demás. «Héctor», dijo entonces, mientras comenzaba a levantarse. Al pasar junto a Ovalle, Héctor le puso una mano en el hombro para evitar que se pusiera de pie, y siguió caminando hasta su cama donde se tendió de frente al muro.

Con la sonrisa intacta, Ovalle intentó de nuevo: «amigo...», pero tampoco hubo respuesta. Héctor se quitó los lentes y, plegando su grueso armazón negro, se los acercó al cuello, protegiéndolos. Ovalle esperó unos segundos sin decir nada. Luego, con un timbre dramático, creyendo pronunciar un pase mágico, sentenció: «¡Venceremos, compañero!».

Héctor no contestó. Pero la consigna sonó en sus oídos como una dulce canción de cuna, y a los segundos se quedó dormido.

2

Ovalle

Ovalle salió de la celda y caminó por el patio en dirección a las puertas de la calle. Lo hizo con el paso de siempre, caminando pacíficamente, con la cabeza gacha y las manos tomadas tras la espalda, como perdido en una insondable meditación. Cojeaba de su pierna derecha, así que su cuerpo se balanceaba de un lado a otro como con cuidado, tratando de evitar el dolor que sentía en cada paso. Este ligero balanceo y su lentitud caracterizaban sus movimientos, los que sumados a una dulce mirada daban a su figura una inconfundible aura de docilidad.

La realidad, sin embargo, era muy diferente. Humilde técnico en calderas, Ovalle era, con seguridad, uno de los presos más peligrosos de la Penitenciaría. Pese a ser un hombre inteligente, sus ideas políticas eran poco elaboradas. Juraba ser un anarquista, pero no tenía otra convicción que el inquebrantable deseo de demoler el edificio de la sociedad. En esto coincidía con Héctor. Pero a diferencia de este, Ovalle no tenía planes para una sociedad destruida; su agenda se acababa en las ruinas, en los escombros de Chile. Lo que le importaba era prenderle fuego a Santiago una vez más; verlo derrumbarse en medio de las llamas y levantar del suelo las cenizas de sus oscuros cimientos para verlos desaparecer en el aire. Al menos así lo soñaba.

Para Héctor, más importante en Ovalle era su experiencia de trabajo con explosivos en las minas del norte. Verdadero sabio en la materia, Ovalle no solo sabía todo acerca de la historia, procedencia, componentes y usos de dichos explosivos: además podía construirlos. Héctor nunca supo ni quiso saber de dónde venía su arte. Lo que quería era tenerlo a mano para cuando se presentara la ocasión de contar con sus habilidades.

Por supuesto, nada de esto podía adivinarse al ver su sereno caminar.

—Buenos días, compañero —dijo Ruz al verlo entrar en su celda.

Ovalle alcanzó el respaldo de una silla como un náufrago se aferra a los restos de su nave y, girándola, se sentó dando un suspiro. Puso ambas manos sobre su rodilla imperfecta y la acarició, contento de que siguiera en su lugar. Recién entonces buscó con la mirada a los moradores: Sosa, el mexicano, venía bajando la escalera; Ruz estaba en cuclillas, al fondo de la habitación, devolviendo al fuego una tetera chamuscada; a Osvaldo no podía verlo. Este estaba en el segundo piso, echado de espaldas sobre su cama, con los ojos cerrados y sonriente, las manos tras la nuca y una pierna cruzada sobre la otra. Emma, su gata, dormitaba sobre su pecho.

—Soltaron a Héctor —anunció Ovalle sin rodeos.

—Lo vi pasar hace un segundo —contestó Ruz sentándose a su lado y mirándolo fijamente a los ojos—. ¿Cómo está?

Ovalle no respondió. Sosa le extendió una taza de café y se sentó detrás de Ruz.

—Bueno —continuó Ruz ante el silencio de Ovalle—, lo veremos más tarde.

El cojo se llevó el café a los labios pensando en las demás personas a las que debía informar. Tomaba la taza con ambas manos, como si hiciera frío. En realidad lo hacía así porque, siguiendo una curiosa circunvalación lógica, pensaba que de tener las manos desocupadas tendría que contestar.

—Esta noche podrías hablarle sobre el túnel —dijo Sosa a Ruz en voz baja—. Estoy seguro de que Héctor debe tener sus razones.

—Puede ser —respondió Ruz sin dirigirse a nadie. Luego fue a sentarse al escritorio, donde tomó el único libro que había sobre él y desapareció en su lectura. Sosa y Ovalle conversaron un rato; luego, el cojo anunció su partida.

Recibe antes que nadie historias como ésta