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EL CASO BONAPELCH

Hugo Burel  

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Fragmento

1

Todo comenzó en el verano de 1933, cuando yo era apenas un investigador de segundo orden en la Agencia, ubicada en la calle 42 de New York, y la Gran Depresión todavía no se había superado.

Fue Ridley O’Mara, mi jefe, el que recibió el telegrama desde la lejana Montevideo y casi sin leerlo me lo pasó, pensando quizá que era un asunto que no valía la pena. Tal vez el hecho de que yo hubiera nacido allí lo hizo dudar antes de arrojar el mensaje de inmediato a la papelera, como lo habría hecho de no mediar esa circunstancia. Sin dejar de sostener su puro entre los labios me ladró:

–Santini, creo que esto es para usted: léalo y dígame qué le parece.

Desde que yo había ingresado a la Agencia, no había tenido la oportunidad de elegir un caso o de atender uno por mi exclusiva cuenta. Era discreto y bastante eficaz para seguir bígamos o mujeres infieles, pero tenía en contra mi condición de latino en una empresa fundada por un escocés. Luego del estallido de la depresión, tras el desastre de 1929, las opciones de trabajo no eran muchas en New York.

Ya hacía un año que había dejado mi puesto de sereno en unos depósitos de Macey’s en el East River porque, gracias a un contacto fortuito con un investigador de la Agencia, llamado Thompson, pude llenar una solicitud de empleo y aguardar, hasta que un día me llamaron para hacerme una entrevista. En ese momento había más de 15 millones de desempleados en el país, por lo que podía llamarme privilegiado.

Cuando todavía trabajaba en el depósito, yo le había dado a Thompson un dato valioso para impedir un robo de mercadería y eso le había valido a él un éxito en su investigación. La crisis había aumentado la tasa de suicidios, pero también la de estafas, robos y otros delitos vinculados a la propiedad ya que, como dijo alguien, una de las consecuencias más notables de la recesión y el hundimiento económico fue la devaluación de la honradez.

En realidad, yo había actuado como un soplón, pero eso no pesaba en mi conciencia. En el momento de ofrecer el dato, una rara señal en mi mente me indicó que podía obtener un beneficio a cambio y, cuando el robo se frustró y los ladrones fueron detenidos por la policía, lo único que sentí fue indiferencia por la suerte de los infelices. Cuando se lucha por sobrevivir, no hay que mirar a los que van quedando por el camino. Thompson había valorado mi capacidad de observación para anticipar el delito y también mi decisión para cooperar con la Agencia.

En la solicitud dudé en escribir mi verdadero lugar de nacimiento, pero al final lo hice: Montevideo, el 25 de marzo de 1900. En realidad había vivido solo cinco años en Uruguay, porque mis padres, oriundos de Toscana, decidieron volver a emigrar a New York, alentados por las cartas de Gino Santini, el hermano mayor de mi padre, que era dueño de un restaurante en Brooklyn. Fue así que, a mediados de 1905, dejé mi pequeño país natal y viajé con mi familia –mis padres y Giulio, mi hermano, un año y medio mayor que yo– en un barco que partió desde Buenos Aires hacia la ciudad en la que iba a crecer y hacerme hombre. Luego nacería Mafalda, tres años después de nuestra llegada.

Mi padre y su hermano abrieron otro restaurante en el mismo barrio y yo crecí en una ciudad despiadada y violenta que en nada se parecía a aquella en la que había nacido. En ese proceso, mi verdadero origen desapareció, porque a los ojos de los demás yo era descendiente de italianos: Guido Santini, uno más entre los miles que habían llegado a la isla de Ellis. Pese a eso y gracias a una cocinera filipina que trabajaba en el restaurante y hablaba español, no perdí mi idioma natal.

O’Mara conocía esa historia y por eso decidió que el mensaje no terminara en la basura y el caso de la muerte de José Salvo, poderoso industrial de un remoto país del sur, fuera investigado por la Agencia. Un abogado vinculado a la familia del muerto se había conectado telegráficamente con nuestra oficina de New York, diciendo que necesitaba un detective y que había llegado a nosotros por recomendación del gerente de una compañía de seguros inglesa que operaba en Montevideo. No era habitual que atendiéramos casos tan lejanos, por más que nuestra tarifa más los gastos fuese aceptada.

El cable resumía escuetamente la propuesta y aclaraba que Salvo había sido atropellado por un automóvil en plena vía pública tres meses antes, el 29 de abril de 1933. Había fallecido veinte días después, en un sanatorio. La familia creía que no se trataba de un accidente y que la muerte había sido premeditada por su yerno, alguien llamado Ricardo Bonapelch.

–¿Qué piensa, Santini? Esto sucedió en su país y prometen pagar lo que acordemos para descubrir la verdad –dijo O’Mara.

–Supongo que es un caso como cualquiera: la diferencia es la distancia del terreno para investigar.

–¿Le gustaría encargarse?

–No tengo problema: a donde me manden, yo voy.

–Tal vez sea una buena oportunidad para ampliar nuestro negocio. En Sudamérica hay tanto o más delito que aquí. El director me comentó alguna vez cierta iniciativa de abrir una filial en Buenos Aires. A lo mejor usted puede hacer un viaje de exploración y esto que nos piden es un buen pretexto. ¿Todavía habla español?

–Sí, me defiendo bastante.

–Entonces vamos a responderles. Tarifa internacional más gastos, comida y hotel de primera. Eso incluye el pasaje de ida y vuelta. Haré que mi secretaria averigüe cuándo sale el próximo barco. ¿En qué trabaja actualmente?

–He estado siguiendo a un hombre a pedido de la familia de su esposa. Es curioso porque la engaña con otro hombre que a su vez también es casado, qué tiempos, ¿verdad? Nos turnamos con Brodsky en el seguimiento.

–Deje esa basura y que Brodsky se encargue. ¿Qué recuerda de su país?

La pregunta de O’Mara me tomó desprevenido porque hacía veintiocho años que me había ido. Mi mente buscó imágenes, sensaciones, caras.

–Era solo un niño cuando me fui. Conservo algunas fotografías. Una casa a la que accedía por un largo corredor y que tenía un patio con aljibe. Vivía cerca de la costa de un río ancho como el mar. Con mi hermano nos bañábamos entre unas rocas que formaban como una piscina. Una vez hubo una revolución y tuvimos miedo de que la ciudad fuera invadida. Mi padre vendía fruta y verdura en un mercado cercano al puerto. No había automóviles en las calles y yo tenía un amigo negro que jugaba conmigo en la vereda.

O’Mara apagó su habano en un cenicero y dio por terminada la reunión. Al final me recomendó:

–Mientras se cumple el papeleo, infórmese, busque datos del sitio a donde va. Repase las colecciones de los diarios y trate de encontrar alguna noticia relevante. Nunca hay que ingresar a ciegas en un caso.

Cuando O’Mara dijo “un caso”, sentí orgullo. Por fin yo tenía a cargo uno enteramente mío, que debería investigar en un lugar lejano, del cual casi no conservaba recuerdos. El caso Bonapelch incluía una muerte aparentemente accidental, una familia que desconfiaba, el yerno del muerto quizá implicado, sospechas, cabos sueltos, desconfianza ante la investigación oficial, ambición, dinero y poder. El asunto prometía, pero me estaba involucrando en un affaire que no iba a poder resolver. En ese momento eso no lo sabía.

Salí del despacho de O’Mara y me fui directo al edificio del New York Times.

2

Pedí las colecciones del año y busqué con paciencia noticias sobre Uruguay. La primera que encontré estaba vinculada al golpe de Estado que ese 31 de marzo había dado el presidente constitucional, disolviendo las Cámaras, proscribiendo partidos y figuras políticas y censurando la información opositora que apareciese en la prensa. Ese día se había suicidado un expresidente de su propio partido pegándose un tiro en el pecho en la puerta de su casa. “Como forma de inmolación ante el quiebre institucional”, subrayaba la información. Había una pequeña foto del muerto, apellidado Brum, pero ninguna del nuevo dictador.

Seguí pasando las páginas de sucesivas ediciones del Times sin que ningún titular se ocupase de Uruguay. Finalmente devolví los tomos encuadernados y salí al calor de la 5.ª Avenida.

Nunca más mis padres habían añorado el sur, como tampoco sentían nostalgia de s

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