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EL APARTAMENTO

Danielle Steel  

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Fragmento

1

Claire Kelly subió corriendo la escalera con dos bolsas de la compra llenas, hasta la cuarta planta del apartamento en el que vivía desde hacía nueve años, en el barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen. Lucía un vestido corto de algodón negro y unas extremadas sandalias de tacón alto con cintas que se entrelazaban hasta la rodilla. Formaban parte de un muestrario y las había adquirido en una feria comercial que se había celebrado en Italia el año anterior. Era septiembre, el martes después del día del Trabajo, y hacía mucho calor. A Claire le tocaba comprar la comida para las cuatro chicas que compartían el apartamento. De todos modos, aunque no hubiera hecho calor, había que subir cuatro pisos hasta el loft. Vivía allí desde los diecinueve años, cuando estudiaba segundo curso en la Escuela de Diseño Parsons, y ahora lo compartía con tres chicas más.

Claire trabajaba como diseñadora de zapatos para Arthur Adams, una marca de calzado clásico de línea ultraconservadora. Los zapatos eran buenos pero de lo más aburridos, y truncaban por completo su sentido creativo. Walter Adams, hijo del fundador de la empresa, creía a pie juntillas que los zapatos de diseño eran una moda pasajera, y descartaba por sistema los modelos más innovadores de Claire, así que sus jornadas de trabajo eran una constante fuente de frustración. El negocio no iba mal pero tampoco crecía, y Claire tenía la sensación de que ella le podría sacar más partido si él se lo permitiera. Sin embargo, Walter ponía continuos impedimentos a cualquier propuesta suya. Ella estaba segura de que tanto el negocio como los beneficios aumentarían si su jefe la escuchara, pero Walter tenía setenta y dos años, estaba convencido de que la empresa marchaba bien y no creía en los zapatos de diseño, por mucho que su diseñadora insistiera en hacer alguna prueba.

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A Claire no le quedaba más remedio que obedecer a los deseos de su jefe si quería conservar el empleo. Su sueño era diseñar zapatos extremados y modernos como los que a ella le gustaba llevar, pero en Arthur Adams, Inc. no había lugar para eso. Walter detestaba los cambios, para gran desilusión de Claire. Y sabía que mientras permaneciera en la empresa tendría que diseñar zapatos clásicos y prácticos. Para su gusto, incluso los modelos planos resultaban demasiado conservadores.

De vez en cuando Walter le permitía aportar un toque de fantasía a las sandalias de verano destinadas a clientes que partían hacia los Hamptons, Newport, Rhode Island o Palm Beach. No se cansaba de repetir que su clientela la formaban personas adineradas, conservadoras y de cierta edad que sabían qué esperar de la marca, y nada de lo que Claire pudiera decir iba a cambiar eso. Walter no deseaba captar clientes jóvenes sino que prefería confiar en los de toda la vida. No había nada que discutir al respecto. No había sorpresas entre las mercancías que exportaban año tras año. Claire estaba frustrada, pero por lo menos tenía un empleo, y ya llevaba cuatro años en la empresa. Antes había trabajado para una marca de calzado barato cuyos artículos eran originales pero de bajo coste, y el negocio había quebrado al cabo de dos años. Arthur Adams era el máximo exponente del diseño tradicional de calidad, y mientras ella siguiera sus directrices, tanto la marca como su empleo tenían garantizada la continuidad.

A sus veintiocho años, a Claire le habría encantado añadir por lo menos unos cuantos modelos extremados a la línea de calzado y probar algo nuevo, pero Walter no quería ni oír hablar de ello y la reprendía con dureza cada vez que insistía, cosa que seguía haciendo, pues no renunciaba a dar un toque estiloso a lo que hacía. La había contratado porque era una diseñadora seria, responsable y con una buena formación, que sabía cómo diseñar unos zapatos cómodos y fáciles de producir. Los fabricaban en Italia, en las mismas instalaciones que se utilizaban en época del padre de Walter, en una pequeña población llamada Parabiago, cerca de Milán. Claire viajaba hasta allí tres o cuatro veces al año para tratar cuestiones relativas a la producción. Era una de las fábricas de mayor renombre y fiabilidad de Italia, y producía varías líneas de calzado mucho más atrevidas que la suya. A Claire se le iban los ojos cada vez que visitaba la fábrica, y se preguntaba si algún día tendría la oportunidad de diseñar zapatos que le gustaran, un sueño al que no pensaba renunciar.

Cuando llegó a la cuarta planta con sus zapatos de tacón alto, su lacia melena rubia se le había pegado a la nuca, aunque estaba más que acostumbrada a subir escaleras y según ella la ayudaba a mantener las piernas en forma. Había encontrado aquel apartamento por casualidad paseando por el barrio cuando vivía en la residencia para estudiantes de Parsons, en la calle Once. Un día cruzó Chelsea sin rumbo fijo y continuó hacia el norte hasta adentrarse en la que había sido una de las peores zonas de Nueva York, donde poco a poco se había ido alojando gente acomodada. Desde sus orígenes en el siglo XIX, Hell’s Kitchen había tenido fama de ser un barrio de tugurios y bloques baratos, de peleas callejeras y asesinatos en manos de bravucones irlandeses, italianos y más tarde puertorriqueños, que vivían allí con ganas de pelea. Sin embargo, todo eso había pasado a la historia cuando Claire llegó desde San Francisco para ingresar en la misma escuela donde su madre, de joven, había estudiado interiorismo. El sueño de Claire siempre había sido estudiar diseño de moda en Parsons, y su madre, a pesar de los escasos recursos de que disponía, se había esforzado por ahorrar penique a penique para que su hija entrara en aquella escuela y viviera en la residencia de estudiantes el primer año.

Durante el segundo semestre, Claire anduvo buscando un apartamento y le hablaron de Hell’s Kitchen, pero no se aventuró a acercarse allí hasta la tarde de un sábado de primavera. El barrio, que se extendía desde los últimos números de la calle Treinta hasta la Cincuenta, en el West Side, y desde la Octava Avenida hasta el río Hudson, se había convertido en el hogar de actores, dramaturgos y bailarines por su proximidad con el distrito teatral, el renombrado Actors Studio, el Baryshnikov Arts Center y el Alvin Ailey American Dance Theater. Muchos de los antiguos edificios seguían en pie, entre ellos fábricas y almacenes que habían sido transformados en apartamentos. Sin embargo, a pesar de las modestas mejoras, el barrio conservaba buena parte de su aspecto original, por lo que las construcciones tenían un aire decadente.

En una ventana, Claire vio un pequeño rótulo que anunciaba un apartamento en alquiler, y esa misma noche llamó al número indicado. El propietario le dijo que tenía un loft disponible en la cuarta planta. El edificio era una antigua fábrica que treinta años atrás había sido transformada en un bloque de viviendas. También le dijo que era de renta protegida, así que mejor que mejor. Cuando al día siguiente fue a verlo, quedó maravillada al descubrir que era inmenso. Constaba de una sala de estar enorme y diáfana con las paredes de ladrillo y el suelo de cemento pintado de color arena, cuatro habitaciones que podían usarse como dormitorios, dos baños modernos e impecables y una cocina sencilla con cuatro muebles básicos de Ikea. Claire no necesitaba tanto espacio, pero el apartamento era luminoso y soleado, y estaba en condiciones aceptables ya que el edificio, aunque carecía de lujos, había sido restaurado.

El alquiler costaba exactamente el doble de lo que podía permitirse, y no se imaginaba viviendo allí sola. Los pasillos del edificio eran un poco oscuros y el ambiente del barrio —el bloque estaba situado en la calle Treinta y nueve, entre la Novena y la Décima Avenida— seguía siendo algo peligroso. El propietario le explicó con orgullo que cuarenta años atrás aquella calle había sido una de las peores de Hell’s Kitchen, aunque ya no quedaba ni rastro. Para Claire tenía un aspecto un pelín destartalado y cierto aire industrial, pero el loft le encantaba. Solo tenía que buscar un compañero de piso que pagara la mitad del alquiler. A su madre no le comentó nada, no fuera a darle un ataque al pensar en los gastos. Calculó que si encontraba a alguien, le saldría incluso más barato que la residencia.

A la semana siguiente, en una fiesta, conoció a una chica que estudiaba escritura creativa en la Universidad de Nueva York. Tenía veinte años, uno más que Claire, y vivía en Los Ángeles. Si Claire era alta, Abby Williams era muy bajita. Tenía el pelo moreno y rizado y los ojos casi negros, mientras que la melena de Claire era rubia y lisa y sus ojos, azules. Parecía agradable y le apasionaba la escritura. Le explicó que escribía relatos cortos y que cuando se graduara quería escribir una novela, y mencionó de pasada que sus padres trabajaban en televisión. Más adelante Claire supo que el padre de Abby era el renombrado director de una importante cadena y que su madre había escrito y producido una serie de shows televisivos de éxito. Tanto Abby como Claire eran hijas únicas y centraban su atención en sus estudios y sus ambiciones, decididas a cumplir con las expectativas que sus respectivos padres habían depositado en ellas. Visitaron el apartamento juntas, y a Abby también le robó el corazón. No tenían ni idea de cómo iban a amueblarlo, a menos que fueran tirando de ventas de garaje, cosa que les encajaría con su presupuesto. La cuestión es que al cabo de dos meses, con el beneplácito de sus prudentes padres y tras firmar el contrato del alquiler, se trasladaron al apartamento.

Habían vivido allí las dos solas durante cuatro años, pero después de graduarse, para no estar tan atadas a sus padres, ganar independencia y recortar gastos, decidieron compartir el piso con dos chicas más con la idea de reducir el coste.

Claire conoció a Morgan Shelby en una fiesta del Upper East Side organizada por un grupo de jóvenes agentes de bolsa que alguien le había presentado. La fiesta era un aburrimiento, llena de tipos muy pagados de sí mismos, y Morgan y ella habían empezado a charlar. Morgan trabajaba en Wall Street, compartía un apartamento que no se podía permitir con una compañera a la que detestaba y estaba buscando alojamiento en una zona más céntrica y cercana a su trabajo. Intercambiaron los números de teléfono, y al cabo de dos días, tras comentarlo con Abby, Claire la llamó y la invitó a acercarse y echar un vistazo al apartamento de Hell’s Kitchen. Su única preocupación era que Morgan fuese demasiado mayor. En aquel momento tenía veintiocho años, cinco más que ella, y un buen empleo en el campo de las finanzas. Morgan era guapa, morena, con un estiloso corte de pelo y unas piernas largas. En aquel momento Claire trabajaba para el fabricante de zapatos que luego quebró y andaba escasa de dinero, y Abby era camarera en un restaurante a la vez que trataba de escribir su novela, por lo que ambas se preguntaban si Morgan se consideraría demasiado madura para vivir con ellas. Sin embargo, se enamoró del apartamento en cuanto lo vio y prácticamente les suplicó que le permitieran mudarse allí. La ubicación resultaba idónea trabajando en Wall Street. Cenaron juntas dos veces, y Morgan les cayó bien. Era inteligente, tenía un empleo y un gran sentido del humor, y buenas referencias, de modo que al cabo de seis semanas se trasladó al apartamento. El resto era previsible: llevaban viviendo juntas cinco años y se habían hecho amigas del alma.

Abby conoció a Sasha Hartman gracias a un amigo de un amigo que estudiaba con ella en la Universidad de Nueva York, dos meses después de que Morgan se hubiese instalado en el apartamento, cuando todavía buscaban a una cuarta compañera de piso. Sasha estudiaba medicina y deseaba especializarse en ginecología y obstetricia, por lo que la ubicación del apartamento también le resultaba idónea. Le cayeron bien las tres y les aseguró que no pararía mucho por el loft porque siempre estaba en clase, en el hospital o estudiando en la biblioteca para los exámenes. Era una joven de voz suave procedente de Atlanta, y comentó que tenía una hermana en Tribeca, aunque olvidó mencionar que eran gemelas idénticas, lo que causó un buen revuelo el día del traslado, cuando de repente apareció la hermana con una melena rubia como la suya y unos vaqueros y una camiseta iguales, y las tres amigas creyeron que veían doble. Valentina, la gemela de Sasha, se divertía confundiéndolas y no había dejado de hacerlo durante los cinco años transcurridos desde entonces. Las hermanas estaban muy unidas y Valentina disponía de una llave del apartamento. Sin embargo, eran la noche y el día. Valentina era una modelo de éxito con contactos en las altas esferas, mientras que Sasha consagraba su vida a la medicina: cinco años después de llegar a la ciudad había empezado a trabajar como residente en el Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York, así que su guardarropa constaba sobre todo de uniformes de hospital.

Las cuatro compañeras de piso eran una especie de plato exquisito a base de una combinación de ingredientes exóticos e inesperados. Se ayudaban mutuamente, se habían convertido en amigas íntimas y se querían un montón. Fuera cual fuese la receta, sus vidas y sus personalidades eran tan distintas que combinaban la mar de bien. Eran la familia que habían elegido ellas, y el loft de Hell’s Kitchen se había convertido en su hogar. Llevaban un estilo de vida que resultaba perfecto para las cuatro. Andaban todas muy liadas, entre sus ocupaciones y sus exigentes empleos, y disfrutaban de los ratos que pasaban juntas. Y las cuatro seguían convencidas de que el apartamento que Claire había encontrado nueve años atrás era un hallazgo y una joya. Les encantaba vivir en Hell’s Kitchen por su historia e incluso por su aire ligeramente cutre, y porque a pesar de todo era un lugar seguro. La gente decía que se parecía mucho a Greenwich Village cincuenta años atrás. La cuestión es que les habría sido imposible encontrar un apartamento de doscientos ochenta metros cuadrados por ese precio en cualquier otra parte de la ciudad. La zona no tenía nada que ver con la elegancia, la categoría y los alquileres astronómicos del SoHo, del distrito Meatpacking, del West Village, de Tribeca e incluso de Chelsea. Hell’s Kitchen gozaba de un realismo que en otros lugares había perdido intensidad o había desaparecido. Las cuatro adoraban su hogar y no deseaban vivir en ninguna otra parte.

Ocupar un piso alto en un edificio sin ascensor tenía sus inconvenientes; no obstante, a ellas no les importaba. Se encontraban a una manzana de uno de los parques de bomberos más emblemáticos de la ciudad, el Engine 34/Ladder 21, y por las noches, cuando había movimiento, oían aullar las sirenas de los vehículos que abandonaban el edificio, aunque ya se habían acostumbrado a su sonido. Además, entre todas habían comprado unos aparatos de aire acondicionado que eran un poco lentos porque la sala de estar era muy amplia, pero al final conseguían enfriar el espacio. En invierno, la calefacción funcionaba bastante bien y sus pequeños dormitorios resultaban cálidos y acogedores. Así que gozaban de todas las comodidades que necesitaban y deseaban.

Cuando se trasladaron a aquel apartamento, cada una llevó consigo sus sueños, sus esperanzas, su carrera y su propia historia, y poco a poco fueron descubriendo los temores y secretos de las demás.

Claire se había trazado un claro camino profesional. Quería diseñar zapatos increíbles y algún día llegar a ser famosa en el mundo de la moda. Sabía que eso no ocurriría jamás mientras trabajara para Arthur Adams, pero no podía correr el riesgo de renunciar a un empleo que necesitaba. Para ella, el trabajo era sagrado. Lo había aprendido de su madre, quien, al casarse con su padre, había abandonado un prometedor empleo en una importante firma de diseño de interiores de Nueva York para trasladarse a San Francisco, donde su marido fundó una empresa que sobrevivió a trancas y barrancas durante cinco años y acabó por quebrar. El padre de Claire jamás quiso que su esposa volviera a trabajar, pero ella aceptaba pequeños proyectos de decoración en secreto para no herir el amor propio de su marido. Necesitaban el dinero, y sus ahorros celosamente guardados habían permitido que Claire estudiara en una escuela privada y luego en Parsons.

El segundo negocio de su padre había corrido la misma suerte que el primero, y a Claire se le cayó el alma a los pies cuando oyó que su madre lo animaba a intentarlo una tercera vez tras los fracasos anteriores; hasta que acabó por dedicarse al mercado inmobiliario, cosa que detestaba, y se volvió hosco, huraño y resentido. Claire había visto cómo su madre abandonaba sus sueños por él, aparcaba su carrera profesional, dejaba pasar oportunidades de oro y ocultaba sus habilidades para apoyarlo y protegerlo.

Por eso, Claire había decidido con férrea determinación no poner jamás en peligro su carrera por un hombre, y durante años afirmó que no se casaría nunca. Claire había preguntado a su madre si se arrepentía de haber abandonado la carrera profesional que le esperaba en Nueva York, y Sarah Kelly le respondió que no. Amaba a su marido y hacía cuanto estaba en su mano con lo que tenía, cosa que a Claire le pareció especialmente triste. Habían pasado la vida entera sufriendo estrecheces, privándose de lujos e incluso a veces de vacaciones para que Claire pudiera ir a una buena escuela que habían pagado gracias a los fondos secretos de su madre. Para Claire, el matrimonio era sinónimo de sacrificio, de renuncia a uno mismo y de penurias, y se prometió que jamás permitiría que le ocurriera una cosa así. Ningún hombre interferiría con su carrera ni le arrebataría sus sueños.

Morgan compartía el mismo temor de Claire. Ambas habían visto cómo la vida de sus respectivas madres se arruinaba por culpa del hombre al que amaban, aunque el caso de la madre de Morgan había sido más dramático que el de Sarah Kelly. El matrimonio había sido un desastre. La madre había abandonado una prometedora carrera en el Boston Ballet cuando se quedó embarazada de Oliver, el hermano de Morgan, y poco después, de ella. Se arrepintió toda la vida de haber dejado de bailar, tuvo serios problemas con la bebida y básicamente el alcohol la mató cuando Morgan y su hermano se marcharon a estudiar a la universidad, y poco después el padre sufrió un accidente y también murió.

Morgan terminó la carrera de administración de empresas, y acababa de liquidar el crédito que había servido para pagar sus estudios. Estaba convencida de que a su madre le había arruinado la vida el hecho de haber sacrificado su carrera de bailarina para casarse y tener hijos, y Morgan no estaba dispuesta a permitir que le ocurriera lo mismo. Todo cuanto recordaba de su infancia eran violentas discusiones entre sus padres y a su madre bebiendo hasta perder el conocimiento o borracha a su regreso del colegio.

El hermano de Morgan, Oliver, era dos años mayor que ella y había dejado Boston para instalarse en Nueva York tras graduarse en la universidad. Se dedicaba a las relaciones públicas. La empresa para la que trabajaba estaba especializada en equipos deportivos, y era la pareja de Greg Trudeau, el famoso portero de hockey sobre hielo procedente de Montreal que se había convertido en la estrella de los New York Rangers. A Morgan le encantaba asistir con Oliver a los partidos para animar a Greg. Había invitado a sus compañeras de piso a unirse a ellos varias veces, y lo habían pasado de maravilla. Ellos visitaban con frecuencia el apartamento, y ellas los adoraban.

La situación familiar de Sasha era más complicada. Sus padres se habían divorciado por las malas después de que Sasha se graduara en la universidad y Valentina empezara a trabajar de modelo en Nueva York; su madre jamás lo superó. Su padre se había enamorado de una joven modelo que conoció en uno de los grandes almacenes de su propiedad, y se había casado con ella al cabo de un año. Del nuevo matrimonio habían nacido dos hijas, y la madre de las gemelas se puso aún más furiosa, hasta tal punto que quedó claro que la furia del infierno no es nada comparada con la de una mujer a la que el marido abandona para casarse con una modelo de veintitrés años. Sin embargo, siempre que las gemelas veían a su padre les parecía un hombre feliz y que adoraba a sus hijas de tres y cinco años. Valentina no sentía ningún interés por ellas y consideraba que la situación era ridícula, pero para Sasha, que había mantenido una estrecha relación con su padre tras el divorcio, sus hermanastras eran una ricura.

La madre vivía en Atlanta, era abogada matrimonialista y tenía fama de ser una auténtica fiera en los juicios, sobre todo desde su propio divorcio. Sasha viajaba a Atlanta lo mínimo, y temía las conversaciones telefónicas con su madre porque seguía haciendo comentarios despiadados sobre su padre incluso años después de que él hubiera vuelto a casarse. Hablar con ella le resultaba agotador.

Los padres de Abby seguían casados y se llevaban bien. Sus trepidantes carreras en televisión les habían impedido estar muy pendientes de Abby, pero siempre la apoyaban y secundaban su pasión por la escritura.

La trayectoria profesional de las cuatro chicas había ido avanzando paso a paso durante los cinco años que llevaban viviendo juntas, en el caso de Claire, con los dos fabricantes de zapatos. Soñaba con trabajar para una marca más sofisticada, pero ganaba un buen sueldo a pesar de no estar precisamente orgullosa de los zapatos que diseñaba.

Morgan trabajaba para George Lewis, uno de los genios de Wall Street, que a sus treinta y nueve años había construido su propio imperio para la gestión de inversiones privadas. A Morgan le encantaba asesorar a los clientes sobre sus inversiones y volar en el avión de George a otras ciudades para tomar parte en emocionantes reuniones. Admiraba muchísimo a su jefe, y con treinta y tres años veía sus objetivos cumplidos.

Sasha era obstetra residente y deseaba obtener la doble especialidad de embarazos de alto riesgo e infertilidad, así que tenía por delante unos cuantos años de frenético ritmo laboral. Cuando por fin terminaba la jornada y regresaba al apartamento para relajarse y dormir, le encantaba charlar con sus amigas y sentirse acompañada.

La vida de Abby era la única que había sufrido recientes cambios significativos. Había dejado su novela a medias hacía tres años, cuando se enamoró de Ivan Jones, un productor de teatro independiente que no trabajaba para Broadway, que la había convencido para que escribiera para él obras experimentales. Tanto sus compañeras de piso como sus padres preferían su narrativa de ficción a lo que escribía para Ivan. Sin embargo, el productor le aseguraba que sus obras actuales eran mucho más importantes y vanguardistas, y probablemente mucho más útiles para hacerse un nombre como escritora que esas chorradas comerciales que había escrito antes. La cuestión es que ella le creía. Ivan le había prometido que llevaría sus obras a escena, pero tres años después aún no lo había hecho; se dedicaba a producir tan solo las propias. Las compañeras de piso de Abby sospechaban que le estaba tomando el pelo, pero Abby estaba convencida de su talento y sinceridad, y de que era un genio. Ivan tenía cuarenta y seis años, y Abby le hacía de ayudante: limpiaba el teatro, pintaba los decorados y se encargaba de la taquilla. Llevaba tres años siendo su esclava a todas horas. Ivan no se había casado nunca, pero había tenido tres hijos con dos mujeres distintas, a los que nunca veía porque, según él, la relación con las madres era demasiado complicada y perjudicaba su inspiración artística. A pesar de las mil excusas baratas, Abby creía que algún día Ivan produciría sus obras, y lo consideraba un hombre de palabra aunque saltaba a la vista lo contrario. Estaba ciega y no veía sus pecados ni sus defectos, entre ellos el de romper promesas constantemente. Abby siempre estaba dispuesta a creerle y a darle otra oportunidad, para consternación de sus amigas. Ivan era como una máquina tragaperras que jamás daba premio, y ellas habían perdido la paciencia con él hacía tiempo. No lo encontraban atractivo, pero Abby sí. Ella confiaba en él, lo amaba y se aferraba a cada una de sus palabras. Sus compañeras ya no discutían sobre el tema porque acababan todas disgustadas. Ivan la había hechizado, y Abby estaba sacrificando su tiempo y su vida escribiendo para él sin obtener nada a cambio.

Sus padres le habían pedido que regresara a Los Ángeles y retomara su novela, o que por lo menos les permitiera ayudarla a encontrar un trabajo como guionista de cine o televisión. Ivan le dijo que si lo hacía se convertiría en un mediocre fenómeno comercial igual que ellos, e insistía en que tenía mucho más talento y merecía algo mejor; de modo que Abby se quedó con él, a la espera de que llevara a escena una de sus obras. No era estúpida, pero sí fiel, dependiente e ingenua, y él sacaba tajada de todo ello. Iván no caía bien a las compañeras de piso de Abby, que detestaban lo que le estaba haciendo a su amiga. Sin embargo, no servía de nada comentarlo. Sabían que no había devuelto ni un céntimo del dinero que ella le había prestado varias veces, convencida de que lo haría cuando las cosas le fueran mejor. Tampoco pasaba pensión a sus hijos. Las madres eran actrices y se habían hecho famosas tras su aventura con Ivan, por lo que podían mantener a los pequeños mejor que él, decía. Era un hombre que siempre eludía las responsabilidades. Abby estaba encandilada, sin embargo todos tenían la esperanza de que pronto abriera los ojos. Aun así habían pasado tres años, y por el momento no daba señales de despertarse de aquella pesadilla llamada Ivan. Sus compañeras de piso se daban cuenta de todo, y odiaban a Ivan por la forma en que la utilizaba y le mentía.

Con todo, aquella no era la primera relación problemática de Abby, que era la coleccionista de pajarillos heridos. En los cinco años que llevaba viviendo en el loft, primero había salido con un actor sin blanca incapaz de encontrar trabajo ni siquiera como camarero, que se había pasado un mes entero durmiendo en el sofá del apartamento hasta que las demás se quejaron. Abby estaba enamorada de él, y él estaba enamorado de una chica que llevaba seis meses en rehabilitación. Luego habían pasado por su vida escritores, varios actores e incluso un brillante aristócrata inglés venido a menos que no paraba de pedirle dinero prestado, además de toda una serie de perdedores, aspirantes a artista y tipos que la decepcionaban una y otra vez hasta que se daba por vencida. Por desgracia, aún no había llegado al límite con Ivan.

Claire solo tenía citas informales desde hacía años. Andaba tan ocupada que apenas tenía tiempo para salir, y no le importaba. Trabajaba hasta tarde, incluso los fines de semana. Su carrera de diseñadora le importaba más que cualquier hombre. Ambicionaba conseguir lo que su madre no había tenido jamás, y nada ni nadie se lo arrebataría; de eso estaba segura. Era extraño que siguiera saliendo con alguien tras unas cuantas citas. Nunca se había enamorado en serio, excepto de los zapatos que diseñaba. A los hombres les sorprendía descubrir la pasión con que se entregaba a su trabajo y lo inaccesible que se volvía en cuanto le demostraban su interés. Claire creía que tener pareja constituía una amenaza para su carrera y su equilibrio emocional. Tenía una mesa de dibujo en un rincón de la sala de estar del apartamento, y solía quedarse allí sentada después de que sus amigas se hubieran acostado.

A Sasha tampoco le quedaba tiempo para citas, ocupada como estaba con los estudios y el trabajo de obstetra residente. De vez en cuando mantenía una relación breve, pero llevaba un ritmo y unos horarios que prácticamente anulaban su vida personal. O bien le tocaba trabajar, o estaba agotada, o dormía. Era un bellezón, pero no ten ...