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EL AMOR SOBRE TODAS LAS COSAS

Isha  

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Fragmento



Índice

Portadilla

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UNO

DOS

TRES

CUATRO

CINCO

SEIS

SIETE

OCHO

NUEVE

DIEZ

ONCE

DOCE

TRECE

CATORCE

QUINCE

DIECISÉIS

DIECISIETE

DIECIOCHO

DIECINUEVE

VEINTE

VEINTIUNO

VEINTIDÓS

VEINTITRÉS

VEINTICUATRO

VEINTICINCO

Créditos

Grupo Santillana

UNO

El cabello largo y negro de Shannon flotaba alrededor de su cabeza como si fuera un velo líquido. Debajo de su cara, King Goldie se asomó con suspicacia desde el arrecife de coral plástico sin haber decidido aún si se uniría a la niña en su juego acuático. Imitando a Marine Boy, su héroe, Shannon había comenzado a practicar para ver cuánto tiempo podía contener la respiración bajo el agua. El tanque de King Goldie era perfecto para sus experimentos. El pez dorado nadaba en círculos bajo su nariz y generaba un remolino diminuto. Shannon observó las ondulaciones cristalinas y se sintió peculiarmente atraída. Era como un túnel suave y fresco; por un instante habría jurado que había algo ahí, al final, del otro lado: manchitas de luz que bailaban, la llamaban, la jalaban. No, que la empujaban, ¡y la empujaban con mucha fuerza! Cierto peso sobre la nuca de Shannon hizo que se sumergiera más en la pecera; burbujas de frenesí escaparon de su boca. Colocó las palmas sobre la pulida superficie del tanque de vidrio; sus pulmones ardían. Trató de liberarse, pero la sujeción sobre su cuello no cedía. Un grito apagado rasgó la turbulenta agua alrededor de su cabeza, y a pesar del enloquecedor tintineo en sus oídos, Shannon pudo distinguir la voz de Nana. Su mano se transformó en una garra. La sacó con tanta fuerza que el tanque se desequilibró sobre la mesa y cayó al suelo haciéndose añicos.

—En el nombre de Dios, ¿qué estabas tratando de hacer? —cuestionó Nana al mismo tiempo que revisaba a la mojada y temblorosa niña.

—La estaba sacando de la pecera, Nana. Un día de estos esa niña va a llegar demasiado lejos con sus juegos —dijo Katrina, la hermana mayor de Shannon mientras aplanaba las arrugas de su blusa.

—¡Mentira! —gritó Shannon, tosiendo y escupiendo—. ¡Estabas tratando de matarme!

La desgarbada joven se rió burlonamente.

—Por favor, como si no tuviera algo mejor que hacer.

—Sí, Katrina —dijo Nana con un tono estricto—. Ve y búscate algo mejor que hacer, como… no sé, ¿tal vez quemar tu sostén?

—¡Nana!, ¿cómo me puedes hablar así? ¿Y además, por qué siempre te pones de su lado? Recuerda que no eres su verdadera…

La queja de Katrina se congeló ante el frío acero de los ojos de la anciana. La joven se dio la vuelta y corrió llorando hasta la puerta; la azotó detrás de sí y salió de la casa.

—King Goldie —gimió Shannon.

La niña y la abuela comenzaron a gatear para atrapar al pez saltarín que, cosa rara, no se veía ni un poquito preocupado por lo precario de su situación. Por fin tuvieron éxito y, unos minutos después del incidente, King Goldie, aunque un poco enojado, ya estaba nadando de nuevo en la cubeta de la limpieza. Mientras tanto, Shannon trataba de recobrar el calor con un poco de chocolate caliente y Nana le desenredaba con suavidad la enorme masa de negro y húmedo cabello.

—¿Nana?

—¿Sí, peque?

—¿Qué fue lo que trató de decir Katrina?, ¿que no soy tu verdadera qué?

—No lo sé. No tiene caso tratar de entender a esa niña hasta que todas sus hormonas dejen de dar saltos y saltos.

Shannon se rió.

—¿Cuáles hormonas?

—Te lo explico después. Ahora apúrate con ese chocolate porque tenemos que limpiar el desastre que quedó en la sala.

—Está bien —dijo la niña mientras hundía sus carnosos labios en la densa espuma.

Nana suspiró. Esa noche hablaría con su hija Martha y con William. Había llegado el momento.

DOS

Martha, mi madre, solía decir que mi mirada era distante, como si estuviera tratando de encontrar algo que estaba demasiado lejos para distinguirse a simple vista. Ese rasgo se hacía más evidente en las fiestas navideñas, cuando la familia abandonaba la vida en los suburbios para ir a la inmovilidad de la cabaña de playa de Nana: una casa blanca de madera que parecía de galleta de jengibre, con persianas azules y un pórtico verde, anidada plácidamente frente al mar de Tasmania. Ahí me quedaba tirada en el puerto erosionado, con la mano apoyada con ligereza sobre mi pecho, y esperaba hasta que hicieran su trabajo los arrullos del sol, el viento y el oleaje. Cuando mi cuerpo llegaba a estar tan caliente como el caramelo líquido y mis párpados se sentían tan pesados que era difícil mantenerlos abiertos, lo escuchaba: un latido. Otro. Y luego, una apresurada sucesión de latidos que se producían con vigor y ligereza sobre mis costillas: era mi segundo corazón.

A veces ese latido me advertía que debía mirar dos veces antes de cruzar una calle que parecía desierta, y con bastante frecuencia me encontraba con que un coche inadvertido se acercaba a toda velocidad. Una vez, el latido me hizo evitar el atajo que usualmente usaba para ir de casa a la escuela; poco después me enteré de que a un desafortunado chico lo había mordido, en ese camino, una rara araña de tela de embudo. A veces, el latido se producía mientras hacía mis ejercicios acuáticos, y en esas ocasiones, sabía que alcanzaría con facilidad mi récord de cuatro minutos. Con frecuencia, mi segundo corazón se agitaba cuando me sentía particularmente nerviosa o asustada; al palpitar, sentía un alivio inmediato, la misma sensación que me producía el melodioso tarareo de mi madre cuando trenzaba mi grueso cabello. Estaba segura de que mi segundo corazón tenía algo que ver con mi amor por los animales y con la empatía que sentía con ellos. Sin embargo, lo que más me gustaba de él eran los sueños que me producía: ensoñaciones diurnas.

No sucedían con frecuencia, y, por lo mismo, las celebraba todavía más cuando las tenía. Como regla general, tenía que estar totalmente quieta (algo que de alguna manera iba en contra de mi naturaleza) en ese momento crepuscular entre el sueño y el despertar. Las ensoñaciones llegaban y se iban como las perezosas olas que golpean la playa: jardines ondulantes, delfines, un barco con velas color púrpura, una ciudad llena de edificios, unas cuantas torres de castillos construidos con guijarros, y otras que parecían conos de helado de porcelana. A veces, un hombre alto y guapo, con una ensortijada barba marrón-rojiza y una gema verde en la frente.

Y siempre la luz: fresca y azul, chispeante como los rayos de luna cuando atraviesan un candelabro. La luz resonaba con una voz: francés, alemán o marciano, no podía saberlo. Una voz que a veces susurraba y otras cantaba palabras indescifrables que, de una manera muy extraña, yo lograba entender. Palabras de amor con la promesa de que todo estaría bien.

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