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ALMA DE GARDEL, EL

Mario Levrero  

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Fragmento

1

En la Biblioteca, me despedí del hombre flaco que me había atendido y me dirigí hacia la salida, pero mucho antes de llegar a la puerta me di cuenta de que estaba lloviendo y volví sobre mis pasos. Apoyado junto al mostrador había un paraguas de tipo antiguo, negro, como de los que hace tiempo se van viendo cada vez menos. Seguramente pertenecía a alguna de aquellas viejas que iban a leer gratis el diario. Salí a la calle y fui tranquilamente hasta la parada del ómnibus. El secreto está en la seguridad interior. Llovía con fuerza pero sin velocidad; gotas muy pesadas que estallaban con ruido al tocar las baldosas. Hay una forma de placer muy intenso que es difícil de describir y que aparece sólo en la vejez; dejé pasar varios ómnibus que me servían, me servían todos en realidad, pero no quería interrumpir el placer. Es algo parecido a la lluvia, algo que cae y se dispersa.

*

En el ómnibus, todos los asientos estaban ocupados y había varias personas de pie, entre ellas una señora joven que hablaba animadamente con una niña de unos cuatro o cinco años; la niña le manoteaba la pollera para no caerse con los movimientos bruscos del ómnibus. Junto a mí, casi diría debajo de mí, quedó libre un asiento de los que mis abuelos llamaban “de los bobos”, no se sabe por qué. Son asientos paralelos al movimiento del ómnibus, y no perpendiculares como la mayoría. Me llevó mucho rato encontrar la oportunidad de cambiarme a uno perpendicular. Cuando finalmente lo hube conseguido, fue que subió un inspector a controlar los boletos. Yo no po

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